¡Cursilona!
Serían las cuatro cuando Isidora, acompañada de su padrino, llegó al
portal de la casa de Joaquín Pez. Su ansiedad era grande, porque había
recibido una elegante esquela en que el viudito de Saldeoro, después de
declararse imposibilitado de salir a la calle, invitaba a la señorita de
Rufete a venir a su casa, donde sería enterada de una comunicación del
Canónigo en que se le enviaba dinero, y de un asunto extraordinariamente
importante y venturoso. Los comentarios que hizo Isidora desde la calle
de Hernán Cortés a la de Jorge Juan no cabrían en este volumen, aunque
fuese doble. ¡De qué manera y con qué fecundidad de imaginación dio vida
en su mente a la entrevista próxima a verificarse! Al llegar al portal,
y al decir a D. José: «dese usted una vueltecita por el barrio y vuelva
aquí dentro de media hora», ya había ella desarrollado en sí misma cien
visiones distintas de lo que había de pasar. Cuando ella entraba, salían
las dos niñas de Pez con su mamá para subir al coche que las esperaba en
la calle. ¡Qué elegantes! Isidora las miró bien; pero iba ella, a su
parecer, tan mal, con tan innoble traza, que de buena gana se hubiera
escondido para no ser vista de las otras. Porque la de Rufete, pobre y
mal ataviada, se consideraba fuera de su centro. Su apetito de
engrandecerse no era un deseo tan sólo, sino una reclamación. Su pobreza
no le parecía desgracia, sino injusticia, y el lujo de los demás
mirábalo como cosa que le había sido sustraída, y que tarde o temprano
debía volver a sus manos.
Las niñas de Pez apenas se fijaron en la muchacha que entraba. Pero esta
las examinó bien, y en menos de lo que se dice hizo de ellas crítica
acerba, las desnudó, les quitó los sombreros, censuró aquellos talles de
araña, y concluyó por considerar en su mente lo que resultaría si la más
guapa de las chicas de Pez se vistiera con los arreos de Isidora, y esta
se pusiera los de la chica de Pez.
Entró en casa de Joaquín, y el criado la encerró en un gabinete mientras
pasaba recado al señorito. ¡Qué hermosos y finos muebles, qué cómodos
divanes, qué lucientes espejos, qué blanda alfombra, qué graciosas
figuras de bronce, qué solemnidad la de aquel reloj, sostenido en brazos
de una ninfa de semblante severo, y sobre todo, qué magníficas estampas
de mujeres bellas! La escasa erudición de Isidora no le permitía saber
si aquellas señoras eran de la Mitología o de dónde eran; pero la
circunstancia de hallarse algunas de ellas bastante ligeras de vestido
le indujo a creer que eran Diosas o cosa tal. ¡Y qué bonito el armario
de tallado roble, todo lleno de libros iguales, doraditos, que mostraban
en la pureza de sus pieles rojas y negras no haber sido jamás leídos!
«Pero ¿qué harán en los rincones aquellos dos señores flacos? ¡Ah! Esa
pareja se ve mucho por ahí. Son Mefistófeles y D. Quijote, según ha
dicho Miquis. Yo no haré nunca la tontería de tener en mi casa nada que
se vea mucho por ahí. Vamos, que aún puedo yo dar lecciones a esta
gente». Mirando y remirando los ojos de Isidora toparon con el Cristo de
Velázquez, y estaba ella muy pensativa tratando de averiguar qué haría
nuestro Redentor entre tanta diosa, cuando entró Joaquín.
«¡Albricias!--le dijo de buenas a primeras, tomándole las dos manos y
apretándoselas mucho--. Papá ha tenido una carta del Canónigo... Papá se
propone hablar a la marquesa de Aransis. Todo se arreglará... Esto va
bien. ¿No lo dije yo?».
Isidora quedó tan turbada por esta irrupción brusca de buenas noticias,
que no acertó a decir nada. Miraba embebecida a Joaquín. Pasada la
primera impresión de las noticias, lo que dominó en el espíritu de la
joven fue la vergüenza de que Joaquín, tan admirador de ella, la viese
mal vestida. Había estado dos horas arreglándose para disimular su mala
facha. Venía compuesta con galana sencillez, respirando aseo y
coquetería; pero todo el aseo del mundo, toda la gracia y sencillez no
podían disimular la fea catadura del descolorido traje, ni menos, ¡y
esto era lo más atroz!, la desgraciadísima vejez y mucho uso de las
botas, que no sólo estaban usadas y viejas, sino ¡rotas! Lo que Isidora
padecía con esto no es decible. Cuidadosamente escondía bajo las faldas
sus pies, tan pequeños como mal calzados, para que Joaquín no se los
viera.
Pero ya él se los había visto, sin perder por eso el amor, o llámese
como se quiera, que sentía; antes bien, exaltándose más. Por efecto de
esas aberraciones del gusto que marcan el tránsito de la pasión al
vicio, Joaquín la amaba más con aquel atavío grosero; y si estuviera
completamente derrotada, como mendiga de las calles, viera en ella
sublimado el ideal del momento.
«¿Y cuándo hablará su papá de usted a la marquesa?--preguntó Isidora ya
más dueña de sí--. La marquesa está en Córdoba...
--¿En Córdoba?... Ya--murmurró Joaquín, a quien no le importaba gran
cosa que la marquesa estuviera donde mejor le acomodase--. Eso no
importa. La marquesa vendrá... ¡Ah!, ya me olvidaba de decir a usted lo
mejor. Tenemos orden del señor Canónigo para entregar a usted las
cantidades que necesite. Usted dirá.
--¡Las cantidades que necesite!»--repitió Isidora embelesada, viendo en
su imaginación una cascada de dinero.
¡Tener dinero! ¡Qué alborozo! Parecía que en su alma, como en alegre
selva iluminada de repente, empezaran a trinar y a saltar mil
encantadores pajarillos. ¡De tal modo se le anunciaban las necesidades
satisfechas, los goces cumplidos, las deudas pagadas y otras
satisfacciones más, traídas por la soberana virtud del oro!
Conocedor Joaquín de la manera de tocar ciertos registros del alma
humana y de los efectos de la sorpresa teatral en los sentidos del
hombre, y más aún de la mujer, llegose a la chimenea, tomó de ella una
cajita, abriola y mostró a los ojos admirados de Isidora porción
cumplida de dinero, monedas de oro y plata, y dos o tres manojillos de
billetes de Banco.
«No sé lo que habrá aquí--dijo Pez revolviendo el tesoro con sus dedos,
y afectando hacerlo con indiferencia para dar a entender su familiaridad
con los millones--. Mil, dos, cuatro, ocho... Usted dirá».
El efecto fue inmenso. Atónita y embobada estaba la de Rufete, paseando
su alma con las miradas por el interior de la hermosa cajita, y si bien
la cantidad no era fabulosa ni mucho menos, por ser todos los billetes
pequeños, la pobre joven, que tanto se dejaba llevar de la hipérbole,
creía ver pasar por entre los dedos de Joaquinito Pez toda la corriente
del dorado Pactolo.
«Usted dirá--repitió él, hojeando los cuadernillos de billetes como si
fueran libritos de papel de fumar--. Mi parecer es que usted, por quien
es y por la posición que ocupará, no debe seguir viviendo en aquella
casa. Usted debe tomar una casa para sí y su hermano, ponerse en otro
pie de vida, no escatimar ciertas comodidades, en fin... ¿Quiere usted
que yo me encargue de buscarle casa, de proporcionarle muebles,
modista...?».
Joaquín la miró. ¡Qué guapa era! Isidora le oía como si oyera una
descripción del Paraíso a quien realmente ha estado en él. Luego, cuando
Joaquín la miró tan de cerca que ella podía contarle los pelos de la
barba rubia y los radios dorados de las pupilas obscuras, creyó ver al
mismo ángel de la puerta del Paraíso mostrando las llaves de él... Por
un instante Isidora no hizo más que saltar la mirada de la cajita al
rostro, y del rostro a la cajita. La profunda admiración que por el
joven sentía se acrecentaba hasta parecer cariño entrañable. ¡Era tan
seductor su modo de mirar!... ¡Tenía un no sé qué tan distinto de todos
los demás hombres!... Así lo pensó Isidora, sintiendo herida y
traspasada toda aquella parte de su corazón que dejaba libre el orgullo.
«Usted dirá»--volvió a indicar Joaquín, dejando a un lado la cajita y
tomando las manos de Isidora.
Esta se puso a temblar, tuvo miedo, porque Joaquín se le hizo más guapo,
más seductor, más caballero, revistiéndose de todas las perfecciones
imaginables.
«¿Me porto mal--dijo él con voz blanda--; me porto mal en pago de la
ofensa que usted me hizo despidiéndome y diciéndome que no podía
quererme?».
Isidora fluctuaba entre el reír y el temer. Se reía y estaba pálida.
Después sintió frío.
«Yo bien sé lo que pasará cuando usted llegue al fin de su
camino--prosiguió él--. En vez de quererme entonces como ha prometido,
me despreciará... ¡Será usted entonces tan superior a mí!...».
La perfidia en estas palabras era tanta, que no cabía debajo de todos
los pliegues del disimulo.
Isidora, además de reír, además de temer, además de tener frío, se
sentía como mecida en un vagoroso y aéreo columpio. La cara hermosísima
del joven Pez pasaba ante sus ojos con oscilación de resplandores
celestes que van y vienen. ¿Cómo no, si de pronto empezó a oír retahíla
de palabras ardientes, que jamás oyera ella sino en sueños? Joaquín la
tuteaba, Joaquín se extralimitaba de palabra. Rápidamente conoció
Isidora la proximidad de su mal, y tuvo una de esas inspiraciones de
dignidad y honor que son propias en las naturalezas no gastadas. Su
debilidad tuvo por defensor y escudo al sentimiento que, por otra parte,
era causa de todos sus males: el orgullo. Se salvó por su defecto, así
como otros se salvan por su mérito. No es fácil definir lo que
rápidamente pensó, las cosas que trajo a la memoria, las sacudidas que
dio a su dignidad de Aransis para que se despertase y saliese a
defenderla. Ello es que saltó del asiento con tal rapidez, que no pudo
Joaquín detenerla, y con velocidad de pájaro se puso en la puerta. El
violento palpitar de su seno, cortándole la respiración, apenas le
permitió decir:
«No quiero nada, no quiero nada».
Evidentemente, referíase al contenido de la cajilla. Joaquín corrió tras
ella, diciendo: «Formalidad, formalidad». Pero la de Rufete, valiente y
decidida, trató de abrir la puerta. Estaba cerrada. Era de ver su
ligereza de gorrión, su prontitud para correr de un punto a otro,
perseguida, mas no alcanzada. Corrió a la ventana, que por ser de piso
bajo estaba a dos varas de la calle, abriola, y apoyándose en el
alféizar, vuelta hacia dentro, dijo así con animosa voz:
«Si usted no me abre la puerta y me deja salir, grito desde aquí y pido
socorro».
Quedose parado el Pez; reflexionó un instante. De repente su amor se
deshizo en despecho y su despecho en risa.
«¿Escenita?... ¿Gritar en la calle? ¡Qué ridiculez! Usted se empeña en
que hagamos el oso».
La ira retozaba en sus labios. Miró a Isidora con tanto enojo, que esta
se turbó y creyó haber sido desconsiderada y excesivamente altanera.
Después el joven abrió la puerta. Indicó a Isidora la salida, dejando
escapar de sus labios, trémulos de ira, esta palabreja:
«_¡Cursilona!..._»
Tres minutos después, Isidora se unía a don José en la esquina de la
calle, y marchaba hacia su casa con el alma llena de turbación, alegre
de la victoria y triste de la pobreza, satisfecha y desconcertada,
diciendo para sí:
«Me ofende por que soy huérfana, y me insulta porque soy pobre; y a
pesar de todo...».