Capítulo XIII

¡Cursilona!

Serían las cuatro cuando Isidora, acompañada de su padrino, llegó al

portal de la casa de Joaquín Pez. Su ansiedad era grande, porque había

recibido una elegante esquela en que el viudito de Saldeoro, después de

declararse imposibilitado de salir a la calle, invitaba a la señorita de

Rufete a venir a su casa, donde sería enterada de una comunicación del

Canónigo en que se le enviaba dinero, y de un asunto extraordinariamente

importante y venturoso. Los comentarios que hizo Isidora desde la calle

de Hernán Cortés a la de Jorge Juan no cabrían en este volumen, aunque

fuese doble. ¡De qué manera y con qué fecundidad de imaginación dio vida

en su mente a la entrevista próxima a verificarse! Al llegar al portal,

y al decir a D. José: «dese usted una vueltecita por el barrio y vuelva

aquí dentro de media hora», ya había ella desarrollado en sí misma cien

visiones distintas de lo que había de pasar. Cuando ella entraba, salían

las dos niñas de Pez con su mamá para subir al coche que las esperaba en

la calle. ¡Qué elegantes! Isidora las miró bien; pero iba ella, a su

parecer, tan mal, con tan innoble traza, que de buena gana se hubiera

escondido para no ser vista de las otras. Porque la de Rufete, pobre y

mal ataviada, se consideraba fuera de su centro. Su apetito de

engrandecerse no era un deseo tan sólo, sino una reclamación. Su pobreza

no le parecía desgracia, sino injusticia, y el lujo de los demás

mirábalo como cosa que le había sido sustraída, y que tarde o temprano

debía volver a sus manos.

Las niñas de Pez apenas se fijaron en la muchacha que entraba. Pero esta

las examinó bien, y en menos de lo que se dice hizo de ellas crítica

acerba, las desnudó, les quitó los sombreros, censuró aquellos talles de

araña, y concluyó por considerar en su mente lo que resultaría si la más

guapa de las chicas de Pez se vistiera con los arreos de Isidora, y esta

se pusiera los de la chica de Pez.

Entró en casa de Joaquín, y el criado la encerró en un gabinete mientras

pasaba recado al señorito. ¡Qué hermosos y finos muebles, qué cómodos

divanes, qué lucientes espejos, qué blanda alfombra, qué graciosas

figuras de bronce, qué solemnidad la de aquel reloj, sostenido en brazos

de una ninfa de semblante severo, y sobre todo, qué magníficas estampas

de mujeres bellas! La escasa erudición de Isidora no le permitía saber

si aquellas señoras eran de la Mitología o de dónde eran; pero la

circunstancia de hallarse algunas de ellas bastante ligeras de vestido

le indujo a creer que eran Diosas o cosa tal. ¡Y qué bonito el armario

de tallado roble, todo lleno de libros iguales, doraditos, que mostraban

en la pureza de sus pieles rojas y negras no haber sido jamás leídos!

«Pero ¿qué harán en los rincones aquellos dos señores flacos? ¡Ah! Esa

pareja se ve mucho por ahí. Son Mefistófeles y D. Quijote, según ha

dicho Miquis. Yo no haré nunca la tontería de tener en mi casa nada que

se vea mucho por ahí. Vamos, que aún puedo yo dar lecciones a esta

gente». Mirando y remirando los ojos de Isidora toparon con el Cristo de

Velázquez, y estaba ella muy pensativa tratando de averiguar qué haría

nuestro Redentor entre tanta diosa, cuando entró Joaquín.

«¡Albricias!--le dijo de buenas a primeras, tomándole las dos manos y

apretándoselas mucho--. Papá ha tenido una carta del Canónigo... Papá se

propone hablar a la marquesa de Aransis. Todo se arreglará... Esto va

bien. ¿No lo dije yo?».

Isidora quedó tan turbada por esta irrupción brusca de buenas noticias,

que no acertó a decir nada. Miraba embebecida a Joaquín. Pasada la

primera impresión de las noticias, lo que dominó en el espíritu de la

joven fue la vergüenza de que Joaquín, tan admirador de ella, la viese

mal vestida. Había estado dos horas arreglándose para disimular su mala

facha. Venía compuesta con galana sencillez, respirando aseo y

coquetería; pero todo el aseo del mundo, toda la gracia y sencillez no

podían disimular la fea catadura del descolorido traje, ni menos, ¡y

esto era lo más atroz!, la desgraciadísima vejez y mucho uso de las

botas, que no sólo estaban usadas y viejas, sino ¡rotas! Lo que Isidora

padecía con esto no es decible. Cuidadosamente escondía bajo las faldas

sus pies, tan pequeños como mal calzados, para que Joaquín no se los

viera.

Pero ya él se los había visto, sin perder por eso el amor, o llámese

como se quiera, que sentía; antes bien, exaltándose más. Por efecto de

esas aberraciones del gusto que marcan el tránsito de la pasión al

vicio, Joaquín la amaba más con aquel atavío grosero; y si estuviera

completamente derrotada, como mendiga de las calles, viera en ella

sublimado el ideal del momento.

«¿Y cuándo hablará su papá de usted a la marquesa?--preguntó Isidora ya

más dueña de sí--. La marquesa está en Córdoba...

--¿En Córdoba?... Ya--murmurró Joaquín, a quien no le importaba gran

cosa que la marquesa estuviera donde mejor le acomodase--. Eso no

importa. La marquesa vendrá... ¡Ah!, ya me olvidaba de decir a usted lo

mejor. Tenemos orden del señor Canónigo para entregar a usted las

cantidades que necesite. Usted dirá.

--¡Las cantidades que necesite!»--repitió Isidora embelesada, viendo en

su imaginación una cascada de dinero.

¡Tener dinero! ¡Qué alborozo! Parecía que en su alma, como en alegre

selva iluminada de repente, empezaran a trinar y a saltar mil

encantadores pajarillos. ¡De tal modo se le anunciaban las necesidades

satisfechas, los goces cumplidos, las deudas pagadas y otras

satisfacciones más, traídas por la soberana virtud del oro!

Conocedor Joaquín de la manera de tocar ciertos registros del alma

humana y de los efectos de la sorpresa teatral en los sentidos del

hombre, y más aún de la mujer, llegose a la chimenea, tomó de ella una

cajita, abriola y mostró a los ojos admirados de Isidora porción

cumplida de dinero, monedas de oro y plata, y dos o tres manojillos de

billetes de Banco.

«No sé lo que habrá aquí--dijo Pez revolviendo el tesoro con sus dedos,

y afectando hacerlo con indiferencia para dar a entender su familiaridad

con los millones--. Mil, dos, cuatro, ocho... Usted dirá».

El efecto fue inmenso. Atónita y embobada estaba la de Rufete, paseando

su alma con las miradas por el interior de la hermosa cajita, y si bien

la cantidad no era fabulosa ni mucho menos, por ser todos los billetes

pequeños, la pobre joven, que tanto se dejaba llevar de la hipérbole,

creía ver pasar por entre los dedos de Joaquinito Pez toda la corriente

del dorado Pactolo.

«Usted dirá--repitió él, hojeando los cuadernillos de billetes como si

fueran libritos de papel de fumar--. Mi parecer es que usted, por quien

es y por la posición que ocupará, no debe seguir viviendo en aquella

casa. Usted debe tomar una casa para sí y su hermano, ponerse en otro

pie de vida, no escatimar ciertas comodidades, en fin... ¿Quiere usted

que yo me encargue de buscarle casa, de proporcionarle muebles,

modista...?».

Joaquín la miró. ¡Qué guapa era! Isidora le oía como si oyera una

descripción del Paraíso a quien realmente ha estado en él. Luego, cuando

Joaquín la miró tan de cerca que ella podía contarle los pelos de la

barba rubia y los radios dorados de las pupilas obscuras, creyó ver al

mismo ángel de la puerta del Paraíso mostrando las llaves de él... Por

un instante Isidora no hizo más que saltar la mirada de la cajita al

rostro, y del rostro a la cajita. La profunda admiración que por el

joven sentía se acrecentaba hasta parecer cariño entrañable. ¡Era tan

seductor su modo de mirar!... ¡Tenía un no sé qué tan distinto de todos

los demás hombres!... Así lo pensó Isidora, sintiendo herida y

traspasada toda aquella parte de su corazón que dejaba libre el orgullo.

«Usted dirá»--volvió a indicar Joaquín, dejando a un lado la cajita y

tomando las manos de Isidora.

Esta se puso a temblar, tuvo miedo, porque Joaquín se le hizo más guapo,

más seductor, más caballero, revistiéndose de todas las perfecciones

imaginables.

«¿Me porto mal--dijo él con voz blanda--; me porto mal en pago de la

ofensa que usted me hizo despidiéndome y diciéndome que no podía

quererme?».

Isidora fluctuaba entre el reír y el temer. Se reía y estaba pálida.

Después sintió frío.

«Yo bien sé lo que pasará cuando usted llegue al fin de su

camino--prosiguió él--. En vez de quererme entonces como ha prometido,

me despreciará... ¡Será usted entonces tan superior a mí!...».

La perfidia en estas palabras era tanta, que no cabía debajo de todos

los pliegues del disimulo.

Isidora, además de reír, además de temer, además de tener frío, se

sentía como mecida en un vagoroso y aéreo columpio. La cara hermosísima

del joven Pez pasaba ante sus ojos con oscilación de resplandores

celestes que van y vienen. ¿Cómo no, si de pronto empezó a oír retahíla

de palabras ardientes, que jamás oyera ella sino en sueños? Joaquín la

tuteaba, Joaquín se extralimitaba de palabra. Rápidamente conoció

Isidora la proximidad de su mal, y tuvo una de esas inspiraciones de

dignidad y honor que son propias en las naturalezas no gastadas. Su

debilidad tuvo por defensor y escudo al sentimiento que, por otra parte,

era causa de todos sus males: el orgullo. Se salvó por su defecto, así

como otros se salvan por su mérito. No es fácil definir lo que

rápidamente pensó, las cosas que trajo a la memoria, las sacudidas que

dio a su dignidad de Aransis para que se despertase y saliese a

defenderla. Ello es que saltó del asiento con tal rapidez, que no pudo

Joaquín detenerla, y con velocidad de pájaro se puso en la puerta. El

violento palpitar de su seno, cortándole la respiración, apenas le

permitió decir:

«No quiero nada, no quiero nada».

Evidentemente, referíase al contenido de la cajilla. Joaquín corrió tras

ella, diciendo: «Formalidad, formalidad». Pero la de Rufete, valiente y

decidida, trató de abrir la puerta. Estaba cerrada. Era de ver su

ligereza de gorrión, su prontitud para correr de un punto a otro,

perseguida, mas no alcanzada. Corrió a la ventana, que por ser de piso

bajo estaba a dos varas de la calle, abriola, y apoyándose en el

alféizar, vuelta hacia dentro, dijo así con animosa voz:

«Si usted no me abre la puerta y me deja salir, grito desde aquí y pido

socorro».

Quedose parado el Pez; reflexionó un instante. De repente su amor se

deshizo en despecho y su despecho en risa.

«¿Escenita?... ¿Gritar en la calle? ¡Qué ridiculez! Usted se empeña en

que hagamos el oso».

La ira retozaba en sus labios. Miró a Isidora con tanto enojo, que esta

se turbó y creyó haber sido desconsiderada y excesivamente altanera.

Después el joven abrió la puerta. Indicó a Isidora la salida, dejando

escapar de sus labios, trémulos de ira, esta palabreja:

«_¡Cursilona!..._»

Tres minutos después, Isidora se unía a don José en la esquina de la

calle, y marchaba hacia su casa con el alma llena de turbación, alegre

de la victoria y triste de la pobreza, satisfecha y desconcertada,

diciendo para sí:

«Me ofende por que soy huérfana, y me insulta porque soy pobre; y a

pesar de todo...».

La desheredada · 第 29 / 87 题