=--I--=
Dijo también Dios: Produzcan las aguas reptiles de ánima viviente...
Y crió Dios las grandes ballenas, y toda ánima que vive y se mueve, que
reprodujeron las aguas según sus especies... Y vio Dios que era bueno.
Y las bendijo diciendo: Creced y multiplicaos y henchid las aguas de la
mar...
(_Génesis_, cap. I, versículos 20, 21 y 22.)
Amados hermanos míos: Feliz mil veces _la postrera de las tierras hacia
donde el sol se pone_, esta nuestra España, que concibió en su seno y
crio a sus pechos a D. Manuel José Ramón del Pez, lumbrera de la
Administración, fanal de las oficinas, astro de segunda magnitud en la
política, padre de los expedientes, hijo de sus obras, hermano de dos
cofradías, yerno de su suegro el Sr. D. Juan de Pipaón, indispensable en
las comisiones, necesario en las juntas, la primera cabeza del orbe para
acelerar o detener un asunto, la mejor mano para trazar el plan de un
empréstito, la nariz más fina para olfatear un negocio, servidor de sí
mismo y de los demás, enciclopedia de chistes políticos, apóstol nunca
fatigado de esas venerandas rutinas sobre que descansa el noble edificio
de nuestra gloriosa apatía nacional, maquinilla de hacer leyes, cortar
reglamentos, picar ordenanzas y vaciar instrucciones, ordeñador mayor
por juro de heredad de las ubres del presupuesto, hombre, en fin, que
vosotros y yo conocemos como los dedos de nuestra propia mano, porque
más que hombre es una generación, y más que persona es una era, y más
que personaje es una casta, una tribu, un medio Madrid, cifra y
compendio de una media España.
Don Manuel José Ramón Pez andaba, en la época a que se refiere este
nuestro panegírico, entre los cincuenta y los sesenta años. Desde su
tierna edad servía en esta maternal Administración española. De niño
había tenido el amparo de otros peces mayores y de los Pipaones, que
también eran Peces por la rama materna. Más adelante se gobernó solo, y
casi siempre desempeñó elevados y ubérrimos destinos, con intervalos de
cesantías; que nada hay estable ni completo en este mundo. Gozaba
reputación de honrado, lo que el predicador declara con gusto, aunque
esto de la honradez bien sabemos todos que ha llegado a ser una idea
puramente relativa. De sus principios políticos no queremos hablar,
porque no hay para qué. Ni esto importa gran cosa, con tal de establecer
que aquellos principios, presupuesto que los hubiera, tenían por
atributo primero una adaptación tan maravillosa como la de los líquidos
a la forma y color del vaso que los contiene. Eran, pues, principios
líquidos, lo que no es ciertamente el colmo de la incohesión, pues
también los hay gaseosos. Si un carácter ha de formarse de una sola
pieza y de una sola substancia, descartando las demás como puramente
ornamentales, el carácter de D. Manuel se componía de una sola y
homogénea cualidad, la de servir a todo el mundo, prefiriendo siempre,
por la ley de gravitación social, a los poderosos.
Es fama que no hay cosa, debajo de la jurisdicción de lo humano, que no
se consiguiera por mediación de Pez, y de aquí que Pez estuviera en
aquellos días de apogeo tan abrumado de recomendaciones como lo está de
ex--votos un santo milagroso. La recomendación es entre nosotros una
segunda Providencia; equivale a lo que otros pueblos menos
expedientescos llaman suerte, fortuna. Por ella se puede llegar a
cumbres altísimas; por ella se abren los caminos que hallan cerrados el
trabajo y el talento. Debemos al misticismo esa forma administrativa de
la paciencia que se llama el expediente; debemos al favoritismo esa
forma gubernamental del soborno que se nombra la recomendación.
No como una segunda fase de su carácter servicial, sino como una
ampliación de él, tenía don Manuel la virtud de la filogenitura, o sea
protección decidida, incondicional, una protección frenética y
delirante, a la copiosísima, a la inacabable, a la infinita familia de
los Peces. En aquellos días, amados hermanos míos, desempeñaba una de
las principales direcciones de Hacienda, y aun se le indicaba para
ministro. En los mismos días veríais repartidos por toda la redondez de
la Península número considerable de funcionarios que por llevar el claro
nombre de Pez, manifestaban ser sobrinos, primos segundos, cuartos o
séptimos, o siquiera parientes lejanos de D. Manuel. Había cuatro o
cinco Peces entre los oficiales generales del ejército, todos con buenos
lotes en direcciones o capitanías generales. Los magistrados y jueces y
promotores fiscales del género Pez se contaban por centenares,
distribuidos en toda la España. Para que en todas las jerarquías hubiera
algún miembro de esta omnisciente familia de bendición, también había un
obispo pisciforme, y hasta doce canónigos y beneficiados que pastaban en
el banco del Culto y Clero. En ayudantes de obras públicas, capataces,
recaudadores de contribuciones, empleados de Sanidad, vistas de Aduanas,
inspectores de Consumo, jefes de Fomento, oficiales cuartos, séptimos y
quincuagésimos de Gobiernos de provincia, el número era tal que ya no se
podía contar. Invoquemos el texto divino: _Crescite et multiplicamini,
et replete aguas maris_.
De la Mancha, centro y venturoso nido de aquella familia, no hay que
hablar, porque allí los había hasta de las más bajas categorías. Sin
contar alcaldes, secretarios de Ayuntamiento, cuyo parentesco con D.
Manuel era evidente, aunque remotísimo, coleaban mil y mil Pececillos,
sólo relacionados con el ilustre jefe por los servicios mutuos y el
apellido, que tomaban su parte de sopa boba, ya de peones camineros, ya
de peatones, quier de maestro de escuela, quier de sacristán. Para
decirlo todo de una vez, y concretándonos al distrito perpetuo de D.
Manuel, basta decir que era una pecera. Amados hermanos míos, recordemos
la opinión que acerca de esta gente formó el _Apóstol de las Escuelas_,
Augusto Miquis, manchego. De sus profundos estudios ictiológicos sacó la
clasificación siguiente: Orden de los _Malacopterigios abdominales_.
Familia, _Barbus voracissimus_. Especie, _Rémora vastatrix_.
=--II--=
Amados hermanos míos: si de la Mancha pasamos, pues todo es España, a la
Dirección de que era jefe D. Manuel, hallaremos un espectáculo no menos
patriarcal. De su matrimonio con una de las hijas de D. Juan de Pipaón
(que de Dios goza), había tenido D. Manuel siete criaturas. Descontando
al hijo mayor, Joaquín Pez, de quien se hablará cuando le toque;
descartando también a las dos señoritas de Pez, ya casaderas, quedaban
cuatro pimpollos. Luis, de veintiséis años, tenía treinta mil reales en
la Secretaría del Ministerio; Antoñito, de veintidós Navidades, gozaba
veinticuatro en una Dirección limítrofe; Federico, de diez y nueve, se
dignaba prestar sus servicios al lado del papá por la remuneración de
catorce mil reales; Adolfito, de quince, había admitido un bollo de ocho
mil entre los escribientes, y el gato..., no, el gato no había recibido
aún la credencial; pero la recibiría en justo galardón de su celo
persiguiendo a los ratoncillos que roían los papeles de la oficina.
No pasaremos adelante, por respeto al mismo Sr. de Pez, sin hacer una
breve excursión al campo de la Aritmética. Es una observación o problema
que el público ha formado muchas veces ante ciertas antítesis, que, a
fuerza de repetirse, han llegado a sernos familiares. Cuando D. Manuel
era Director, el boato de su familia igualaba al de una familia
propietaria con quince o veinte mil duros de renta. El no tenía bienes
raíces de ninguna clase, no estaba inscripto en el gran libro, no debía
de tener tampoco economías. Sumando su sueldo con el sueldo de los
pececillos, el total no alcanzaba, con las mermas del descuento, a seis
mil duros. Problema: ¿por qué misteriosas alquimias pasaba esta cantidad
para alimentar las siguientes partidas: casa de diez y ocho mil reales,
buena mesa, estreno constante de ropa por todos los individuos de la
familia, lujosos vestidos de baile para las niñas, landó, palco a primer
turno al Teatro Real, excursiones a los otros teatros, viajes de verano,
imprevistos, etc...? Aun suponiendo doble el activo por lo que D. Manuel
percibía de algunas compañías de ferrocarriles, quedaba la mitad del
gasto en el aire. Pero estos rompecabezas, que en tiempos pasados
preocupaban algo a los vagos, amigos de averiguar vidas ajenas, ya, por
ser de todos los momentos, han llegado a parecer cosa natural y
corriente. Familiarizada la sociedad con su lepra, ya ni siquiera se
rasca, porque ya no le escuece.
Introduzcámonos en el hogar Pez; nademos un momento en el agua de esta
redoma de felicidad, donde brillan las escamas de plata y oro de este
matrimonio dichoso, y de esta prole dichosísima. Los tiempos eran
prósperos. Tocaba entonces estar arriba. El árbol fecundísimo del poder
protegía con su plácida sombra a la familia. Bastaba alargar la mano
para coger sus sabrosas frutas. El aroma de sus flores embriagaba. De
situación tan bella procedía en todos aquel deseo febril de goces y el
delirio de llamar la atención, de parecer mucho más de lo que realmente
eran. La señora de Pez ya no aspiraba simplemente a que sus hijas
casasen con hombres ricos y decentes. No; sus yernos habían de ser
millonarios, y además, duques, o cuando menos, marqueses; ellas mismas
(dañadas ya sus inocentes almas por la fatuidad) habían hecho suyas las
ideas de su endiosada mamá, y aún iban más lejos, y soñaban con
príncipes, ¿por qué no con reyes?
Eran dos niñas preciosas, de hermosura delicada y frágil, de esa que
luce en la juventud con la belleza enfermiza de una flor de estufa, y
luego se disipa en el primer año de matrimonio; rubias, delgadas,
quebradizas, porcelanescas. Sus ojos claros lucían demasiado grandes en
la delgadez linda y afilada de sus caritas de cera. A fuerza de ser
traídas y llevadas por su mamá de salón en salón, de teatro en teatro,
de fiesta en fiesta, parecían fatigadas, pero no hartas de frívolos
pasatiempos y goces. Se las educaba en la inmodestia, de donde resultaba
que estas tales niñas apenas podían esconder, bajo el barniz de la
urbanidad, el desprecio que sentían hacia todo lo que fuera o pareciese
inferior a la esfera en que ellas estaban. No se les caía de la boca la
palabra _cursi_, aplicándola a este o aquel que no viviese inmergido en
el mar de felicidades de la familia Pez; y al hablar de este modo no
comprendían las tontuelas que ellas caían también debajo del fuero de la
cursilería, porque esta es un modo social propio de todas las clases, y
que nace del prurito de competencia con la clase inmediatamente
superior. Aquellas niñas, mil veces dichosas, no habían visto el mundo
sino por su lado frívolo; no conocían la sociedad ni su mecanismo, ni
sus orbes y gravitación admirables. Su instrucción se circunscribía a un
poco de Catecismo, una tintura de Historia, ¡y qué Historia!, algunos
brochazos de Francés y un poco de Aritmética. Pero ¿de que servían los
rudimentos de esta ciencia madre a las preciosas Josefa y Rosita, si no
les cabía en la cabeza que ellas careciesen de cosas que la hija del
duque de Tal poseía en abundancia? En aquellos cerebros, tan limpios de
malicia como de sindéresis, cerebros atiborrados de hojas de rosa, para
ahuyentar las ideas, como si estas fueran cucarachas, no podía entrar la
comparación entre los diez millones de renta del duque de Tal y los
cincuenta mil reales del Director de Hacienda, aun suponiéndole Pez, y
Pez grandísimo. _Creavit Deus Cete grandia_ (los grandes cetáceos).
Dejémoslas en paz. Eran dichosas. ¿A qué conturbar su felicidad,
picoteándola con números? Que gocen de la vida, de los verdes años.
Ocupémonos de Adolfito, el precoz funcionario, que no iba a la oficina
sino cuando le daba la gana; que había encargado un velocípedo a Londres
y había extendido él mismo la orden para que el administrador de la
Aduana de Irún lo dejase pasar sin derechos, ¡qué rasgo de genio! «Tú
irás muy lejos, niño», le dijo el jefe de Negociado. Y realmente aquel
rasgo valía una cartera. ¡Genialidad infantil que anunciaba el embrión
de un hombre de Estado español!
Ocupémonos también, amados hermanos míos, de Federico y Antoñito Pez,
que estaban a punto de ser abogados, y que eran el uno filósofo (muchos
filósofos de hoy tienen diez y siete abriles) y el otro economista. ¡Ah!
La Economía política es una ilusión que se pierde siempre a los veinte
años. Federico se había distinguido en esos círculos de sabiduría
temprana donde centenares de ángeles juegan al discurso. Era oradorcito.
Allí era de oír lo siguiente: «El señor que me ha precedido en el uso de
la palabra...». Y el tal preopinante no llevaba chichonera porque hoy es
moda que los niños de teta usen sombrero. Las controversias de los
menudos filósofos y economistas tomaban siempre un tono de acaloramiento
y personalismo, que agriaba los nobles caracteres. La Memoria escrita
por Federico sobre no sé qué, pasó desde la tribuna a la prensa,
apareció en una Revista; el niño se creció; inscribiose en un círculo
más nombrado; hízose oír; le aplaudieron. Primero hablaba y luego
gritaba. Ensordecía los pasillos. Llegó a envanecerse con su facilidad
de palabra, y a creerse un Moret, un Gabriel Rodríguez. Hubo de volverse
loco porque le dijeron que aún mamaba. ¡Disparate! El no mamaba sino del
presupuesto.
Antoñito, que era el filósofo, empleaba las horas de oficina en hacer
revistas musicales para un periódico de teatros. La Filosofía y la
Música tienen un alma de diez y nueve años, una afinidad que parece
parentesco. Son dos cuerdas distintas del laúd de la tontería. Antoñito,
que había hecho en su cabeza una especie de pasta filosófica, amasando
al padre Taparelli con Augusto Comte, era además un wagnerista
furibundo, aunque, la verdad ante todo, en jamás de los jamases había
oído música de Wagner. En sus artículos llamaba a todas las cantantes
_divas_, y a toda las obras _spartitos_. Era severísimo con los artistas
cuando no le daban butaca.
Ocupémonos, finalmente, de Luis Pez, el cual no era filósofo, ni
economista, ni músico; era jinete. Había comenzado una carrera militar,
pero tuvo que abandonarla por falta de luces. Su pasión eran los
caballos. Se ocupaba del propio tanto como de los ajenos, y deploraba
que no tuviéramos hipódromo (1872). Como el de sus hermanas, estaba su
cerebro tan limpio de Aritmética, que no acertaba a comprender por qué
él tenía un solo caballo, mientras su amigo, el hijo de los duques de
Tal, montaba alternativamente cinco, sin contar los veinte que ocupaban
la cuadra de la calle de San Dámaso. He aquí una contradicción económica
ante la cual Federico Pez, un Bastiat en estado de larva, habría tenido
quizás algo que decir. Iba nuestro galán centauro a la oficina lo menos
que podía. Estaba agregado a la Comisión de empleados que redactaban las
nuevas Ordenanzas de Aduanas. ¿Para qué había de molestarse este digno
funcionario en asistir a su trabajo si él no sabía lo que era comercio;
si no sabía lo que era un puerto; si no había visto otra mar que el mar
sin barcos de Biarritz; si ignoraba lo que es un buque, un cargamento,
lo que son derechos, valores, rol, tasa, escala alcohólica, arancel, y
demás cosas que atañen al tráfico y desarrollo del cambio? Bostezaba en
la oficina, cobraba su sueldo, esperaba con ansia la hora y la calle.
Amados hermanos míos, tiempo es ya de que digamos con el ángel. _¡Ave,
María!_
=--III--=
Sorprendamos a D. Manuel José Ramón Pez (o del Pez) cuando, recién
abandonadas las ociosas plumas, entraba en su despacho a enterarse de
varios asuntos, ajenos a su empleo, aunque muchos tenían con él relación
misteriosa, sólo de él conocida. Envuelto en su abrigadora bata, calados
los lentes o quevedos, afeitada y descañonada ya la barbilla violácea,
bien peinadas y perfumadas con colonia las patillas de un gris de
estopa, revolvía cartas, consultaba notas, hojeaba _memorándums_,
ordenaba _in mente_ lo que no tenía orden, hacía cálculos, esbozaba
proyectos, trazaba planes. La frase y el guarismo se entrecruzaban en su
cerebro, demarcando en su frente una arruga fina, delicada, que parecía
hecha con tiralíneas; abismábase en meditaciones; después, tarareando
una cancioncilla, pasaba la vista por los periódicos de la mañana, daba
algunas órdenes a sus escribientes y se ocupaba un poco de teatros y
diversiones.
A cada instante era visitado el despacho por un ángel que entraba
retozando. ¡Qué cháchara suplicatoria y qué mendicidad mezclada de
regocijo! «Papá, dale el dinero a Francisco para que vaya por el palco
de la Comedia... Papá, no olvides que hoy se renueva el abono del
Real... Papaíto, págame esta cuenta de Bach... Papá, el sastre... Papá,
la modista... Papa, la florista... Papá, la cuenta de Arias... Papá,
nuestros abanicos... Papá, el caballo... Papá, papá, papá...». Era un
pío pío que no cesaba. Por fortuna don Manuel José Ramón era la imagen
viva de la Providencia, según generosamente daba y repartía, sin
quejarse, sin regañar; antes bien, regodeándose de ver tanto gusto y
apetito satisfechos. Adoraba a la familia y se recreaba en ella. También
él era feliz, porque si algún bien positivo hay en el mundo, es el que
sienten mano y corazón en el momento de dar algo.
Y en tanto, en el recibimiento de la casa se agolpaba un gentío fosco,
siniestro, una turba preguntona y exigente, que quería hablar con el
señor, ver al señor, decir dos palabritas al señor. Sonaba a cada
instante la campanilla, y entraba uno más. Eran los desfavorecidos de la
fortuna, pretendientes, cesantes de distintas épocas, de la época de Pez
y de la época del antecesor de Pez. Algunas bocas famélicas pedían pan;
otras no pedían más que justicia. Aquellos, sofocados por la necesidad,
pedían para el momento; estos para el mes que viene, y algunos estaban
atrofiados ya y tan sin fuerzas para pretender, que pedían _para cuando
hubiese una vacante_. Con este gentío calagurritano se mezclaban los
postulantes de otra esfera, personajes y señorones que pasaban al
despacho desde que llegaban. El criado no podía contener a la turba
impaciente, desesperanzada, a veces rabiosa, que tenía en sus maneras el
ímpetu del asalto. Una mujer mal vestida atropelló en cierta ocasión al
criado, se metió por el pasillo adelante, entró sin anunciarse en el
despacho, y encarándose con D. Manuel, dijo con lágrimas y gestos de
teatro: «Señor, soy viuda de un Pez».
Don Manuel repartía promesas, limosnas, a veces credenciales de poca
monta, y para todos tenía un consuelo, una palabra o un duro. Era
bondadoso y muy bien educado. Había en su mente, junto a la idea de su
derecho al presupuesto, la idea de ciertos deberes ineludibles para con
la humanidad cesante y desposeída.
Por concluir nuestro panegírico con un hecho concreto de la vida del
santo, diremos que una mañana D. Manuel mandó que no entrase nadie.
Estaba fatigado. Quería ir pronto a la oficina, donde tenía cita con el
marqués de Fúcar y con el ministro para tratar de salvar al Tesoro,
haciéndole un préstamo.
«¡Ah!, se me olvidaba...--murmuró, echando la vista sobre una carta--.
Francisco, dile al señorito Joaquín que suba».
Joaquín Pez, el mayor de los Pececillos, tenía treinta y cuatro años. Se
había casado por amor con la hija única de la marquesa de Saldeoro.
Quedose viudo a los ocho años de matrimonio, no exento de alborotos, y
cuando las cosas de esta relación ocurren estaba asombrosamente
consolado de su soledad. Por dos calidades, de mucho valer ambas, se
distinguía; física la una, moral la otra. Era su corazón bueno y
cariñoso. Era su figura y rostro de lo más apuesto, hermoso y noble que
se pudiera imaginar. Tenía toda la belleza que es compatible con la
dignidad del hombre, y a tales perfecciones se añadían un aire de
franqueza, una agraciada despreocupación, o sí se quiere más claro, una
languidez moral muy simpática a ciertas personas, una cháchara frívola,
pero llena de seducciones, y por último, maneras distinguidísimas, humor
festivo, vestir correcto y con marcado sello personal, y todo lo que
corresponde a un tipo de galán del siglo XIX, que es un siglo muy
particular en este ramo de los galanes.
Y hablemos ahora, amados hermanos míos, del defecto de Joaquín Pez,
defecto enorme, colosal, reprobado por la Filosofía, por la Iglesia, por
los Santos Padres y hasta por la gente de poco más o menos. Este defecto
era la debilidad, deplorable incuria para defenderse del mal, dejadez de
ánimo y ausencia completa de vigor moral. Conocidas las condiciones
físicas y sociales del Pez, bien se comprenderá que este vicio del alma
había de tener por expresión sintomática el desenfreno de las pasiones
amorosas.
Disculpémosle. Era tan guapo, tenía tanto partido, que más que el tipo
del seductor leyendario, tal como nos lo han transmitido los dramas, era
en varias ocasiones un incorregible seducido. Las mujeres absorbían su
atención, todo su tiempo y todo su dinero, muy abundante al recibir la
herencia de su esposa, pero muy mermado ocho años después. Cuando le
conocemos, Joaquín estaba en el apogeo de sus triunfos, y en todos los
terrenos sociales se presentaba con su carcaj y flechas; es decir, que
no despreciaba ninguna pieza de caza, ya estuviese en palacios, ya en
cabañas o andurriales.
Ya os oigo decir, amados míos, que estas cacerías, lejos de fortificar
al hombre, le desmedran y embrutecen. Tan claro es eso como el agua;
pero nuestro vigoroso Pez no había llegado aún, cuando le conocimos, al
grado de envilecimiento que es el término de las pasiones locas. Su
vicio era todavía un vicio del corazón, intervenido con la fantasía. Aún
persistían en él ilusiones juveniles, con sus delicadezas y entusiasmos,
con sus melancolías, sus arrebatos e impaciencias. El cuerpo principiaba
a envejecer antes que el alma, porque esta retardaba su extenuación con
fantasmagorías y esfuerzos de iluminismo, de que nacían, aunque por modo
artificioso, afectos parecidos a la ternura.
Vivía solo este joven, en el piso bajo de la casa, cuyo principal
ocupaban sus padres. Levantábase tarde, almorzaba con su familia, y
después de la una rara vez le volvían a ver sus padres hasta el día
siguiente.
«Pero, hombre, ¿has visto?--le dijo el papá Pez, prejuzgando con su
tonillo burlón el asunto de que iba a tratar--. Otra carta del Canónigo
en que viene con las mismas historias... Nos recomienda a esa tal
Isidora y a su hermano para que les aconsejemos y les dirijamos..., ¡qué
tonterías!, en su pretensión... Dice que son nietos de la marquesa de
Aransis; que él lo probará ante los Tribunales. ¿Tú crees esto?
--Yo..., yo, verdaderamente...--manifestó Joaquín con aquella indolencia
que de su cuerpo a su pensamiento se extendía--. No lo afirmo ni lo
niego.
--Logomaquias, hombre--dijo D. Manuel apartando de sí con desprecio la
carta de su amigo el Canónigo, cacique y faraute de los Peces en buena
parte de la Mancha--. Esto es novela... ¡Nietos de la marquesa de
Aransis!... Cierto es que aquella pobre Virginia... ¿Conoces tú a esa
Isidora?
--Sí.
--¿Y ella sostiene...?
--Como el Evangelio.
--Logomaquias. Estas historias de muchachos mendigos que a lo mejor
salen con la patochada de tener por papás a duques o príncipes, no
pueden pasar en el día, mejor dicho, yo creo que no han pasado nunca.
Admitámoslo en las novelas; ¡pero en la realidad...! En fin, sea lo que
quiera, es preciso atender al Canónigo, que nos sirve bien. Entérate.
Dice que pongamos a disposición de la muchacha algunas cantidades. En lo
que no le haré el gusto, por ahora, es en lo de hablar de ello a la
marquesa de Aransis. Es cosa muy delicada. Cumpliremos diciéndoselo a su
apoderado, el marqués de Onésimo... Logomaquias, hombre...
--Yo me encargaré de esto--replicó decididamente Joaquín--. Ya he visto
a esa hija de reyes. Es una muchacha simpática, discreta y buena, que
merece, sí, merece, sin duda algo más de lo que posee».
Cuando Isidora llegó a Madrid, recibió don Manuel una carta del Canónigo
recomendando a su sobrina, e indicando de un modo vago el asunto que
tanto había hecho reír al señor Director. Por encargo de este, Joaquín
la visitó; encontrola guapa el primer día, el segundo muy guapa, y el
tercero deliciosísima, con lo que la diputó por suya. Trazó las primeras
paralelas; halló resistencia; trazó las segundas y halló más
resistencia, una tenacidad que anunciaba el heroísmo. De aquí vino
aquella retirada hábil que desconcertó, como antes se dijo, a la joven,
no vencida por el ataque, sino por el aburrimiento de no verse atacada.
¡Cuán cierto es que el ocio enerva y rinde al más aguerrido ejército
antes que el fuego y las balas!
Las dotes militares de Joaquín, más que de general de tropas regladas,
eran de guerrillero hábil en golpes de mano. Viene esto de la índole de
los tiempos, que repugnan la epopeya. No pueden substraerse los amores a
esta ley general del siglo prosaico... El atrevido capitán de partidas,
desde que habló con su padre, ideó, pues, la emboscada más hábil que
concertaron guerrilleros en el mundo. No pondría sitio. Enviaría un
parlamentario al enemigo para hacerle salir de la plaza. Si el enemigo
caía en el lazo, si pasaba el río de la Prudencia y se ponía bajo los
fuegos del desfiladero de la Audacia...
En el capítulo siguiente veréis, ¡oh amados feligreses!, lo que pasó.