¡Hombres!
=--I--=
Aquella buena mujer que pared por medio de _la Sanguijuelera_ vivía,
tenía por consorte a un rico mercader americano. Entiéndase bien que lo
de rico se le aplica por ser tal su apellido (se llamaba Modesto Rico),
y lo de americano por tener un establecimiento, no en las Américas que
están de la otra banda del mar, sino en aquellas, menos pingües y
lejanas, que se extienden por la Rivera llamada de Curtidores, pasan la
procelosa Ronda de Toledo y van a perderse entre basuras, escombros y
residuos de carbón en las Pampas de la Arganzuela, cerca de donde, por
fétidas bocas, arroja Madrid sobre el Manzanares lo que no necesita para
nada.
Modesto Rico tenía un tingladillo de clavos usados, espuelas rotas,
hebillas, cerraduras mohosas, jaulas de loros, abolladas alambreras y
tinteros de cobre. Era además lañador y lañaba de lo lindo. Ganaba poco,
y este poco se lo quitaba su afición a la horchata de cepas. Animal más
digno de desprecio y lástima no se ha visto ni verá. Una y otra vez en
el curso de la semana, y principalmente los domingos y lunes, hacía sus
cuentas sobre las costillas de su mujer con una vara de acebuche o
simplemente con la mano, más dura que granito.
Pues de esta unión había nacido un niño, el más bonito, el más gracioso,
el más esbelto, el más engañador y salado que en el barrio había.
Contaba a la sazón diez años, que parecían doce, según estaba el rapaz
de espigado y suelto. Su cara era fina y sonrosada, el corte de la
cabeza perfecto, los ojos luceros, la boca de ángel chapado a lo
granuja, las mejillas dos rosas con rocío de fango; y su frente clara,
despejada y alegre, rodeada de graciosos rizos, convidaba a depositar
besos mil en ella. Por estas lindezas, por la soltura de sus miembros y
gallardía de su cuerpo alto y delicado, estaba más orgullosa de él su
madre que si hubiera parido un príncipe. Hablaba el lenguaje de su edad,
con graciosos solecismos, comiéndose medio idioma y deshuesando el otro
medio. Si en el Cielo hay algún idioma o dialecto, el oír cómo lo
destrozan los ángeles será el mayor regocijo y entretenimiento del Padre
Eterno.
Hacía grandes esfuerzos Angustias (a quien llamaban también
_Palo--con--ojos_) por poner sobre aquellas tiernas carnes ropa
apropiada a la preciosa cara y al bonito cuerpo de su hijo. Su pobreza
no le permitía el lujo más ansiado de su corazón. Pero allá Dios le daba
a entender, con guiñapos del Rastro y otros arreglados por ella,
conseguía vestirle a su placer, y se recreaba en él; mirábase en aquel
espejo que era su vida y sus amores; se henchía de satisfacción oyendo
los encomios que del muchacho hacían las vecinas. Para los domingos
tenía un pantalón azul, más bien recortado que corto, unas botas usadas,
de segunda mano, o mejor, de segundos pies, y una camisola que su madre
cuidaba de planchar el sábado. Pero lo más lindo era una chaquetilla de
felpa roja, tan raída como bien ajustada, sobre la cual liaba Angustias
una faja hecha de dos o tres cintas de colores perfectamente cosidas,
con lo que el muchacho parecía un sol, más que un príncipe, algo de
sobrenatural en belleza y gallardía, como un Niño Jesús vestido de
torero. Desde que apareció por primera vez en la calle de Moratines, le
pusieron por apodo _el Majito_, y así se llamó toda su vida. Su nombre
era Rafael. Decían los vecinos que todas aquellas galas habían sido de
niños muertos y de despojos allegados, sabe Dios cómo, del obscuro borde
de la tumba. No nos corresponde aclarar esto, y tuvieran o no razón las
murmuradoras, ello es que _el Majito_ estaba majísimo con aquellos
arreos.
Lo que vamos a contar pasó en un domingo. _El Majito_ salió brincando de
su casa para ir a enredar a las ajenas. Mirole salir gozosa
_Palo--con--ojos_; mas no era fácil que el regocijo se pintase en su
cara, por tenerla casi toda cubierta con un pañuelo, a causa del dolor
de muelas y de la hinchazón que estaba sufriendo aquel día. Y aun así no
faltaban alrededor de su frente las sortijillas pegadas con tragacanto,
ni la canastilla y peinas. Era la carátula más grotesca que imaginarse
puede, pues uno de los lados de su rostro parecía calabaza, y era tal el
peso, que no separaba de aquella parte la mano.
_El Majito_ se metió de un salto en la tienda de _la Sanguijuelera_.
Esta solía mimarle y le obsequiaba unas veces con piñones y otras con
azotes.
«Hola, lagartijilla, ¿ya estás aquí?... No enredes en la tienda, porque
vas a cobrar.
--¿Y _Pecado_?
--En el taller... Dios le tenga allá...».
Aquel día, aunque era festivo, el soguero tenía trabajo hasta las doce.
No había querido ir Mariano; pero su severa tía le cogió por una oreja,
y... ¡Valiente holgazán!
«¿Y _Pecado_?--volvió a preguntar _el Majito_.
--Te digo que está en el trabajo... No te montes sobre la tinaja. Si me
la rompes, vas a ver. ¡Eh, eh! No te encarames, o te vas de aquí más
pronto que la vista.
--¿En dónde está _Pecado_?».
Para preguntar, los sabios y los chicos. _La Sanguijuelera_, cansada de
responder a la misma pregunta, le cogió con una mano los dos carrillos,
estrujándoselos, con lo que la boca del _Majito_ resultó como una
guinda. Le dio un beso en ella, diciéndole: «¡Qué pesado eres..., y qué
rebonito!».
«¡Suéltame, vieja!--exclamó Rafael, limpiándose la cara.
--Eso es, frótate, bobo... Y me has llenado de babas.
--¿Y _Pecado_?
--¡Toma _Pecado_!».
Y le arreó dos nalgadas. Como un jilguero saltó _el Majito_, y de un
brinco se puso en el pasillo, y de otro brinco en el patio interior, y
con un tercer brinco se metió en el aposento donde Encarnación vivía, el
cual no era notable por su desahogo ni por sus claridades. Difícilmente
se podría determinar, sin tener costumbre de andar dentro de tal
laberinto, lo que allí había; pero _el Majito_, que conocía el local
como un ratón conoce las entradas y salidas de la casa que habita, subió
a eminencias que parecían camas; descendió a negros abismos que parecían
arcones abiertos; trepó por las gastadas graderías de un estante viejo;
se arrastró por suelos polvorientos; metió su brazo por tortuosas
grietas formadas de informes bultos arrimados a la pared. Sin duda
buscaba algo. Su flexible cuerpecillo se escurría y deslizaba en
silencio de hueco en hueco, hasta que al fin, apoyado en un cofre, dio
una voltereta agitando las patitas en el aire, y se sumergió como el
nadador en persecución de la perla.
Era un rincón obscuro, polvoroso, lleno de cachivaches, antes
apreciables al tacto que a la vista, objetos de cartón, de cuero, de
metal, algo como mochilas, bayonetas, cartucheras, trozos de arreos
militares, desechados por inútiles en la liquidación de un bazar de
juguetes. _El Majito_ miró y se estuvo quieto, atento. Sus ratoniles
ojos veían en la obscuridad aquel montón de cosas. Era un cuadro en las
profundidades del mar, con ansiedad de buzo y resplandor de mariscos
entre el lívido verdor del agua. Las arañas se paseaban sobre los
objetos, pero Rafael no les tenía miedo. Las correderas entraban y
salían por los intersticios, huyendo azoradas al ruido, pero _el Majito_
tampoco las tenía miedo. Estuvo un rato en acecho, dudoso, mirando y
eligiendo. Fuerte cosa era decidir cuál objeto tomaría. Por último,
decidido, tiró de una brillante empuñadura y sacó un sable. Después
revolvió el conjunto y vio un brillo seductor de galones. Diole un salto
el corazón de ratero y tomó lo que brillaba. Era un sombrero que parecía
escudilla, un ros de cartón, deforme, cuarteado, pero con tres tiras de
papel dorado pegadas en redondo. _El Majito_, que tan poco sabía del
mundo, sabía que los tres entorchados son la insignia del capitán
general, y que esta es la jerarquía más alta del ejército. ¡Vaya usted a
averiguar dónde esos diablos de chicos aprenden estas cosas!
Se puso el ros y vio que era bueno. Empuñó el sable. Era un palito
pinchante amarrado a una empuñadura de metal, que en su origen parecía
haber sido asa de un brasero de cobre. Había en la prenda militar una
fabricación tosca, pero ingeniosa, que denotaba tanta habilidad como
falta de medios. Autor y dueño de aquellos arreos era, como se habrá
comprendido, el famoso _Pecado_, gran amigo de cosas de guerra, y que
desde su tierna infancia se mostraba muy precoz para las artes
mecánicas. Él apandaba, no se sabe dónde, aunque es de presumir que
fuera de sus viajes por las Américas, restos de juguetes, pedazos de
hojalata, de madera, de hierro; y con un clavo viejo, una cuerda, una
navaja rota y un enorme guijarro que servía de martillo y de piedra de
afilar, hacía maravillas.
En cuanto al ros, justo es consignar que no vino a sus manos por causa
de rapiña, sino que lo cogió en la calle, en el momento de caer de un
balcón, arrojado por unos niños. Era pieza lastimosa; pero ¡cómo se
trasformó en sus hábiles manos! Púsole visera que no tenía para lo cual
le bastó media suela de una zapatilla; lo moldeó y le dio forma, que
casi había perdido; adornole con una vistosa placa, que sacó de la chapa
circular de un botecillo de betún, y por último, con ciertos tirajos de
papel dorado, sutilmente desprendidos de una caja de mazapán, le puso
sus tres entorchados. ¡Muy bien! ¡Así se hacen las cosas! El ros tuvo en
sus orígenes plata y oro, insignias de comandante. _Pecado_ le hizo
ganar de un salto la mayor jerarquía militar con una prontitud que
envidiaría la misma _Gaceta_..., ¡hala!
Dejemos a _Majito_ con el ros encasquetado, el sable en la derecha mano,
en actitud tan belicosa, que si le viera el sultán de Marruecos
convocara a toda su gente a la guerra santa. Con la mano siniestra se
limpió el polvo y las telarañas que no querían desprenderse de la felpa
de su chaqueta, y dando después tres o cuatro brincos, se puso en la
calle gritando con todo el vigor de su pecho infantil: «Soy _Plin_».
¡Ser Prim! ¡Ilusión de los hijos del pueblo en los primeros albores de
la ambición, cuando los instintos de gloria comienzan a despuntar en el
alma, entre el torpe balbucir de la lengua y el retoñar, casi
insensible, de las pasiones! Esta ilusión, que era entonces común en las
turbas infantiles, a pesar de la reciente trágica muerte del héroe, se
va extinguiendo ya conforme se desvanece aquella enérgica figura. Pero
aún hoy persiste algo de tan bella ilusión; aún se ven zamacucos de
cinco años, con un palo al hombro y una gorra de papel en la cabeza, que
quieren ser Prim o ser O’Donnell. ¡Lástima grande que esto se acabe, y
que los chicos que juegan al valor no puedan invocar otros nombres que
los gárrulos motes de los toreros!
Ya lo hicimos--dijo Encarnación mirando al _Majito_--. Apandó los
chirimbolos, y cuando el otro venga tendremos la de no te menees».
_El Majito_ se dejó ir con grave paso por la calle de Moratines abajo.
Era el día ventoso, frío y seco, hijo maldito de la malditísima
primavera de Madrid. La pluma del ros del _Majito_ (porque una pluma de
pavo tenía) se torcía con la fuerza del viento. La cola de las gallinas
que andaban por la calle se doblaba también, obligándolas a dar tumbos
entre el fango. Todo lo que colgaba de las paredes, ropa, trapos, sogas,
se ponía horizontal; balanceábanse las bacías de cobre colgadas en la
puerta del barbero; las faldas de las mujeres se arremolinaban; se
rompían las vidrieras; los hombres se iban sujetando con la mano sus
gorras y sombreros, los curas apenas podían andar; todo lo flotante
tendía a tomar la horizontal, y en medio de esta desolación relativa,
_el Majito_ avanzaba tieso y altanero, como hombre supinamente
convencido de la importancia de sus funciones.
En la calle de Ercilla tenía ya un séquito de seis muchachos; en la del
Labrador, ya se le había incorporado una partida de diez y siete, entre
hembras y varones, siendo las primeras, ¡cosa extraña!, las que más
bulla metían. Los tres chicos del capataz de la fundición de hierro
salieron batiendo marcha sobre una plancha de latón, y pronto se
agregaron a ellos, para aumentar tan dulce orquesta, los dos del
tendero, tañendo esas delicadas sonatas de Navidad, que consisten en
descargar golpes a compás sobre una lata de petróleo. Eran estos
enemigos del género humano pequeñuelos y sucios. Calzaban botas
indescifrables, pues no se podía decir a ciencia cierta dónde acababa la
piel y empezaba el cordobán. Estaban galoneados de lodo desde la cabeza
a los pies. Si la basura fuera una condecoración, los nombres de
aquellos caballeritos se cogerían toda la _Guía de forasteros_.
Al desembocar el ya crecido ejército en la plaza de las Peñuelas, centro
del barrio, agregose una chiquillería formidable. Eran los dos nietos de
la _Tía Gordita_, los cuatro hijos de Ponce el buñolero, las del
sacamuelas y otros muchos. Mayor variedad de aspecto y de fachas en la
unidad de la inocencia picaresca no se ha visto jamás. Había caras
lívidas y rostros siniestros entre la muchedumbre de semblantes alegres.
El raquitismo heredado marcaba con su sello amarillo multitud de
cabezas, inscribiendo la predestinación del crimen. Los cráneos
achatados, los pómulos cubiertos de granulaciones y el pelo ralo, ponían
una máscara de antipatía sobre las siempre interesantes facciones de la
niñez. En un momento se vio a la partida proveerse de palos de escoba,
cañas, varas, con esa rapidez puramente española, que no es otra cosa
que el instinto de armarse; y sin saber cómo surgieron picudos gorros de
papel con flotantes cenefas que arrebataba el viento, y aparecieron
distintivos varios, hechos al arbitrio de cada uno. Era una página de la
historia contemporánea, puesta en aleluyas en un olvidado rincón de la
capital. Fueran los niños hombres y las calles provincias, y la aleluya
habría sido una página seria, demasiado seria. Y era digno de verse cómo
se coordinaba poco a poco el menudo ejército; cómo sin prodigar órdenes
se formaban columnas; cómo se eliminaba a las hembras, aunque alguna
hubo tan machorra que defendió a pescozones su puesto y jerarquía.
Crecía el estrépito, engrosaban las haces. ¿De dónde había salido toda
aquella gente? Eran la discordia del porvenir, una parte crecida de la
España futura, tal que si no la quitaran el sarampión, las viruelas, las
fiebres y el raquitismo, nos daría una estadística considerable dentro
de pocos años. Eran la alegría y el estorbo del barrio, estímulo y apuro
de sus padres, desertores más bien que alumnos de la escuela, un plante
del que saldrían quizás hombres de provecho y sin duda vagos y
criminales. De su edad respectiva poco puede decirse. Eran niños, y
tenían la fisonomía común a todos los niños, la cual, como la de los
pájaros, no determina bien los años de vida. La variedad de estaturas
más bien indicaba los grados de robustez o cacoquimia que los años
transcurridos desde que vinieron al mundo. El mal comer y el peor vestir
pasaba sobre todos un triste nivel. Algunos llevaban entre sus labios, a
modo de cigarro, un caramelo largo, de esos que parecen cilindro de
vidrio encarnado, y con un fácil movimiento de succión le hacían entrar
en la boca o salir de ella, repitiendo este gracioso mete y saca con
presteza increíble.
El militar paseo tenía por música, además del estruendo de las latas, el
reír inmenso de la bandada, el pío pío mezclado de voces prematuramente
roncas, y salpicado de esos dicharachos que, al ser escupidos de la boca
de un niño nos recuerdan al feo abejón cuando sale zumbando del cáliz de
la azucena. Había en las filas renacuajos de dos pies de alto, con las
patas en curva y la cara mocosa, que blasfemaban como carreteros; había
quien, mudando los dientes, escupía por el colmillo; había quien llevaba
una colilla de cigarro detrás de la oreja y una caja de fósforos en un
hueco, que no bolsillo, de la ropa. Había piernas blancas desnudas
asomándose a las ventanas de un pantalón que a pedazos se caía; había
zancas negras, esbeltas cinturas ceñidas por sucia cuerda o por tirajo
informe; chaquetones que fueron de abuelos, y calzones que fueron
mangas; blusas que aún se acordaban de haber sido chalecos; gorras
peludas que fueron, ¡ay!, manguito de elegantes damas. Pero la animación
principal de aquel cuadro era un centellear de ojos y un relampaguear de
alegrías divertidísimo. Con aquel lenguaje mudo decía claramente el
infantil ejército: «¡Ya somos hombres!». ¡Cuántas pupilas negras
brillaban en el enjambre con destellos de genio y chispazos de
iniciativa! ¡En cuántas actitudes se observaban pinitos de fiereza!
¡Allí la envidia, aquí la generosidad, no lejos el mando, más allá el
servilismo, claros embriones de egoísmo en todas partes! En aquel
murmullo se concentraban los chillidos para decir: «Somos granujas; no
somos aún la humanidad, pero sí un croquis de ella. España, somos tus
polluelos, y cansados de jugar a los toros, jugamos a la guerra civil».
=--II--=
Llegaron a la vía férrea de circunvalación que corta el barrio, sin
valla, sin resguardo alguno. La miseria se familiariza con el peligro
como con un pariente. Sintieron silbar la máquina, y los condenados se
pusieron a bailar sobre los carriles desafiando el tren mugidor que
venía. Lo azuzaban, lo escarnecían, hasta que apareció la locomotora en
la curva, y al verla cerca se dispersaron como bandada de gorriones. El
tren de mercancías pasó, enorme, pesado, haciendo temblar la tierra, y
ellos a un lado y otro de la vía le saludaban con espantosa rechifla, le
amenazaban con puños y palos, le trataban de tú, remedaban con insolente
escarnio los bufidos de la máquina, el desengonzado movimiento de las
bielas, y por último pusieron al guardafreno como hoja de perejil. El
tren les hacía tanto caso como a una nube de mosquitos, y desapareció
dejando atrás su humo y su ruido.
Volviose a ordenar la hueste y siguieron marchando, con _el Majito_ a la
cabeza. ¡Ah! Todavía mandaba. Goza, goza del brillo de tu alta posición,
que tiempo vendrá en que las grandezas se humillen y las altas torres se
desplomen. Avanzaban por la planicie que se extiende entre el hospital
del Niño Jesús y los collados áridos que rodean el barranco. Allí no hay
casas todavía, es decir, no hay miseria. ¿Quién diréis que salió a
recibirlos? Pues un pavo que habitaba en muladar próximo, y que todas
las mañanas se paseaba solo por el llano, con la gravedad enfática que
tanta semejanza le da con ciertos personajes. El pavo los miró; ellos le
miraron y se detuvieron. Hizo él la rueda y les echó una arenga, es
decir, que después de soltar dos o tres estornudos, que son la
interjección natural del pavo, les soltó esa carcajada que parece
ladrido. Los chicos se echaron a reír en inmenso coro, y el animal
volvió a hacer la rueda y a echarles otra arenga, diciendo «amados
compatricios míos...» con el cuello rojo cual la esencia del bermellón,
el moco tieso, las carúnculas inyectadas como un orador herpético. Más
gritaban ellos, más gargajeaba él. A cada voz respondía con sus
estornudos y su carcajada. Parecían aclamaciones a la patria, _vivas_
contestados con _hurras_. Después dio media vuelta y marchó delante. Era
esa caricatura militar de antaño que se llamaba tambor mayor. El viento
le despeinaba las plumas, y al arrastrar las alas y dar el estornudo era
el puro emblema de la vanidad. No le faltaban más que las cruces, la
palabra y la edad provecta para ser quien yo me sé.
Había llegado el momento en que la partida necesitaba hacer algo para
justificar su existencia. ¿Qué haría? ¿Una simple fiesta militar, o
dividirse en dos bandos para batirse en toda regla? El susurro y la
confusión indicaban que la falange se hacía a sí misma aquella pregunta.
Bien pronto nadie se entendía allí. La discordia descompuso las filas, y
todo eran empujones, codazos, gritos. No había uno que no quisiera ser
Prim, incluso el renacuajo de las patas corvas. Pues qué, ¿_el Majito_
no habían mandado ya bastante? Hasta el pavo, con aquella carcajada que
parecía un vómito de sonidos, exclamaba: «¡Abaa... jojojo _el Majito_!».
«Miá este--dijo uno de los chicos del carbonero, atacando al general en
jefe con el codo, así como los pollos embisten con el ala--. Dice que me
ponga detrás... Si no te callas, puñales, te pego la bofetá del siglo.
--Pega, hombre, pega--chilló Rafael preparándose a recibirle, animoso,
imponente, con el puño cerrado, y presentando también el codo y
antebrazo como un escudo--. Vamos, hombre...
--No vus perdáis, muchachos; no vus perdáis--dijo en tono conciliador el
del herrero, interponiéndose.
--Ponte atrás, ¡coles!--gritó _el Majito_--. ¡Qué coles! Si no te pones
atrás, verás...
--Que no me da la gana, hombre...
--Achúchale, achúchale--dijeron algunos que querían ver reñir al
_Majito_ con el hijo del carbonero.
--No vus perdáis, muchachos--volvió a decir el otro, sin soltar de la
boca sucia el caramelo largo.
--¡Que le achuche, que le achuche!»--graznaron varios, arremolinándose.
_El Majito_ y _Colilla_, que así se llamaba el del carbonero, se
sacudieron el primer golpe en los hombros.
«¡Leña!
--¡Atiza!».
A los primeros golpes cayó a tierra el ros. Más pronto que la vista lo
cogió Gaspar (el de las patas corvas), se lo puso, y echó a correr hacia
abajo, en dirección a las Yeserías. Allí le detuvieron dos muchachos que
subían del río; le quitaron la codiciada prenda, y uno de ellos se la
puso. Mirose en un charco verdoso, y estalló en risa. En tanto la
refriega había cesado, y _el Majito_, con la cara soplada, los ojos
encendidos, el corazón hirviendo de rabia, se había subido a una colina
de las inmediatas al barranco, y desde allí gritaba que iba a matar a
uno y a reventar a seis si no le devolvían su sombrero.
Los que subían del río eran como de doce años, descalzos, negros,
vestidos de harapos. El uno traía una espuerta de arena. Los dos
mostraban grandes manojos de una hierba que se cría en aquellas
praderas. Es una liliácea, que algunos llaman matacandil y otros jacinto
silvestre o cebolla de lagarto. Tiene un tallo o tuetanillo que se
chupa, ¡y es dulce!
«¡Matacandiles!»--chillaron muchos, arrojando las armas y saliendo a
recibir a los dos individuos, conocidos en la república de las picardías
con los nombres de _Zarapicos_ y _Gonzalete_.
«¿A cómo?--preguntó una voz.
--A cinco.
--¡Qué coles!..., a cuatro.
--¡A cinco! El que no dé cinco no chupa.
--Maldita sea tu madre..., ¡a cuatro!
Y empezó un regatear febril, una disputa de contratación que retrasaba
las ventas. Pero ¿qué se vendía y qué se compraba allí? Los matacandiles
que en las tardes de primavera dan materia a un animado comercio
infantil, ¿se cambiaban por dinero? No, porque la escasez de numerario
lo vedaba. Sin embargo, no puede decirse que no fuera metálico el
segundo término del cambio, porque los matacandiles se cambiaban por
alfileres.
_Zarapicos_ y _Gonzalete_ eran comerciantes. No daban un paso por
aquellos muladares habitados, ni aun por las calles de Madrid, sin que
sacaran de él alguna ganancia. ¡Bien por los hombres guapos! Vivían de
sus obras y de sus manos; su casa era la capital de España, ancha y
ventilada; su lecho el quicio de una puerta o cualquier rincón de casa
de dormir; su vestido una serie de agujeros pegados unos a otros por
medio de jirones de tela; su sombrero, el aire y el sol; sus zapatos,
los adoquines y baldosas de las calles. No eran hermanos; eran amigos.
Habían llegado cada uno a Madrid por distinta vía y puerta; _Zarapicos_,
por el Norte; _Gonzalete_, por el Sur. Tenían padres; pero ya no se
acordaban de ellos. Vinieron pidiendo limosna. Después habían visto que
Madrid es un campo inmenso para la actividad humana, y a la limosna
habían unido otras industrias.
_Zarapicos_ fue durante algún tiempo lazarillo de un ciego; _Gonzalete_
sirvió a una mujer que, al pedir en la puerta de la iglesia, le
presentaba como hijo. Uno y otro se cansaron de aquella vida mercenaria
y poco independiente, y ansiosos de libertad se lanzaron a trabajar por
su cuenta. Entonces se conocieron, y entablaron cariñosa amistad. Ambos
aspiraban a vender _La Correspondencia_ o _El Imparcial_, pero ¡ay!
ciertas posiciones, por humildes que parezcan, no están al alcance de
todos los individuos. Eran demasiado granujas todavía, demasiado
novatos, demasiado pobres, y no tenían capital para garantizar las
primeras manos. Uno de ellos logró vender _El Cencerro_ los lunes; otro
merodeaba contraseñas en las puertas de los teatros. Eran dos
millonarios en capullo. _Zarapicos_ decía a _Gonzalete_: «Verás, verás
cómo semús cualquier cosa».
Antes de llegar a las altas posiciones comerciales tenían que pasar por
humillante aprendizaje y penoso noviciado. ¡Recoger colillas! Ved aquí
un empleo bastante pingüe. Pero tal comercio tiene algo de trabajo, y
exige recorrer ciertas calles, instalarse en las puertas de los cafés,
consagrarse al negocio con cierta formalidad. Eran niños, necesitaban
juego como el pez necesita agua, y así por las tardes se iban al río a
recoger matacandiles. Allí se presentaba inopinadamente algún bonito
recreo, tal como cortar la cuerda de una cabra que estuviera atada en
los bardales, y a veces se presentaban buenos negocios. Ocurría con
frecuencia el caso de tropezar con una herradura en la carretera del
Sur, y ¡cuántas veces, junto a las fábricas, podían recogerse pedazos de
lingote, clavos y otras menudencias que, reunidas, se vendían en el
Rastro! Con estas cosillas resultaba que tanto _Zarapicos_ como
_Gonzalete_ pudieran tocarse el titulado pantalón para sentir sonar algo
como retintín de un cuarto dando contra otro. Eran ricos; pero no
gastaban un ochavo en comer. Dos veces al día la guarnición de Palacio
da a los chicos las sobras del rancho, a trueque de que estos les laven
los platos de latón. Esta sopa boba, a la cual los granujas llaman
_piri_, atrae a mucha gente menuda a los alrededores del cuerpo de
guardia, y se la disputan a coscorrones.
Después de bien llena la panza, nuestros dos amigos bajaban hacia el
río. Si tenían ganas de trabajar, ayudaban a las lavanderas a subir la
ropa; si no, tiraban hacia las Yeserías. Aquel día cogieron tantos
matacandiles, que apenas podían llevarlos. Por la mucha abundancia,
_Zarapicos_ fijó en cinco alfileres el precio de la docena de
matacandiles. Hubo temporada en que se cotizaron a diez y once,
manteniéndose firme este precio durante toda una semana.
Lo mismo _Zarapicos_ que _Gonzalete_ tenían las solapas de sus deformes
chaquetas llenas de alfileres tan bien clavados, que sólo asomaban la
cabeza. El borde de la tosca tela parecía claveteado como un mueble...
Las transacciones empezaron en seguida. Unos daban tallos, los otros
chupaban y pagaban. Muchos tenían repuesto de alfileres; otros corrían a
sus casas, encontraban a sus madres peinándose al sol, en las puertas de
las casas, y les quitaban la moneda o se la robaban.
En tanto _el Majito_, desde la cumbre de una eminencia formada por
escombros, increpaba a la muchedumbre infantil de abajo, diciendo que
iba a reventar a patadas a todos y cada uno si no le devolvían su
sombrero. ¡Qué vergüenza! _Zarapicos_ lo tenía puesto, y estaba tan
contento de su adquisición, que amenazó al _Majito_ con subir y sacarle
las tripas si no se callaba. Con el viento y la bulla que el pavo metía
apenas se sentían las chillonas voces provocativas. _El Majito_, cansado
de parlamentar sin fruto ni resultado alguno, lanzó una piedra en medio
de la turba de comerciantes. Al voltear, haciendo honda de su elástico
brazo, parecía un gallito de veleta, obedeciendo más al viento que al
coraje. _Gonzalete_, al recibir la piedra en un hombro, gritó:
«¡Repuñales! ¡Maldita sea tu sangre!».
Entonces _Zarapicos_ tiró al _Majito_; la piedra silbó en el aire y no
hirió al muchacho, que al punto disparó la segunda suya.
Instantáneamente, sin que se dieran órdenes ni se concertara cosa
alguna, generalizose la pelea. Muchos se pasaron al bando del _Majito_,
sin darse la razón de ello; otros permanecieron abajo, y todos tiraban,
soldados bravos, saliendo a la primera fila y desafiando el proyectil
que venía. Bajarse, elegir el guijarro, cogerlo, hacer el molinete con
el brazo y lanzarlo, eran movimientos que se hacían con una celeridad
inconcebible.
Para que no les viera la gente mayor del barrio ni los del Orden
Público, se corrieron al barranco de Embajadores, lugar oculto y
lúgubre. Ninguna orden se dio entre ellos para este hábil movimiento,
nacido, como la batalla misma, de un superior instinto. _El Majito_ y
los suyos ocupaban la altura, _Zarapicos_ y su mesnada el llano. Piedra
va, piedra viene, empezaron las abolladuras de nariz, las hinchazones de
carrillos y los chichones como puños. Mientras mayor era el estrago,
mayor el denuedo: «¡Leña!, ¡atiza!, ¡dale!». ¡Qué ardientes gritos de
guerra! Ni las moscas se atrevían a pasar por el espacio en que se
cruzaban las voladoras piedras. Una de estas alcanzó a una mujer y la
detuvo en su camino, obligándola a retirarse con la mano en un ojo.
Muchos chiquillos se retiraron también berraqueando, porque el dolor les
enfriaba los ánimos, dando al traste en un punto con todo su coraje.
El barranco de Embajadores, que baja del Salitre, es hoy en su primera
zona una calle decente. Atraviesa la Ronda y se convierte en
despeñadero, rodeado de casuchas que parecen hechas con amasada ceniza.
Después no es otra cosa que una sucesión de muladares, forma intermedia
entre la vivienda y la cloaca. Chozas, tinglados, construcciones que
juntamente imitan el palomar y la pocilga, tienen su cimiento en el lado
de la pendiente. Allí se ven paredes hechas con la muestra de una tienda
o el encerado negro de una clase de Matemáticas; techos de latas
claveteadas; puertas que fueron portezuelas de ómnibus, y vidrieras sin
vidrios de antiquísimos balcones. Todo es allí vejez, polilla; todo está
a punto de desquiciarse y caer. Es una ciudad movediza compuesta de
ruinas. Al fin de aquella barriada está lo que queda de la antigua
Arganzuela, un llano irregular, limitado de la parte de Madrid por
lavaderos, y de la parte del campo por el arroyo propiamente dicho. Este
precipita sus aguas blanquecinas entre collados de tierra que parecen
montones de escombros y vertederos de derribos.
La línea de circunvalación atraviesa esta soledad. Parte del suelo es
lugar estratégico, lleno de hoyos, eminencias, escondites y burladeros,
por lo que se presta al juego de los chicos y al crimen de los hombres.
Aunque abierto por todos lados, es un sitio escondido. Desde él se ven
las altas chimeneas y los ventrudos gasómetros de la fábrica cercana;
pero apenas se ve a Madrid. Hay un recodo matizado de verde por dos o
tres huertecillas de coles, el cual sirve de unión entre la plaza de las
Peñuelas y la Arganzuela. En este recodo el transeúnte cree encontrarse
lejos de toda vivienda humana. Sólo hay allí una choza guardada por un
perro, dentro de la cual un individuo, al modo de gitano, cuida los
plantíos de coles.
Pues bien: por este paso, que se llama la Casa Blanca, los valientes
muchachos se corrieron desde las Peñuelas a la Arganzuela, lugar que ni
hecho de encargo fuera mejor para descalabrarse a toda satisfacción.
¡Zas, zas!, iban y venían los pedruscos del campo del _Majito_ al campo
de _Zarapicos_ y viceversa. Ocupaba el primero, como hábil capitán, las
alturas sinuosas, y los desalmados del bando contrario se dispersaban
por el llano, al borde de los charcos verdosos. Habíalos seguido el
pavo, y colocándose en lugar seguro, de donde dominar pudiera la
perspectiva del campo de batalla, les animaba con sus guerreros toques a
degüello. Más enfurecidos ellos cuanto mayor era el número de los que se
retiraban contusos, se atacaban con creciente furor. Estaban rojos. Sus
brazos, al parecer descoyuntados, elásticos, flexibles como una banda de
cuero, funcionaban con aterradora prontitud. Ni _Zarapicos_ se acordaba
ya de los matacandiles, ni _Gonzalete_ de los alfileres. Morir matando
era su ilusión. Estaban ebrios, y los más intrépidos se reían de los
pucheros de los desanimados...
De improviso hubo entre los combatientes de uno y otro ejército un
movimiento de sorpresa. Oyose una voz, dos, veinte, que dijeron
«_¡Pecado!_», y cien ojos se volvieron hacia el barranco. Por él venía,
descendiendo a saltos, un muchacho fornido, rechoncho, tan mal vestido
como los demás, el cual a cada paso lanzaba una interjección y amenazaba
con el puño. Era el gallito del barrio, el perdonavidas de la partida,
capitán de gorriones, bandolero mayor de aquellos reinos de la
granujería, angelón respetado y temido por su fuerza casi varonil, por
su descaro, por su destreza en artes guerreras y de juego. Así no hubo
en el cotarro uno solo que no temblara al oírle gritar: «¡Estarvus
quietos!.., ¡vus voy a reventar!...».
=--III--=
Detuviéronse las manos ardientes que empuñaban la piedra, y todos le
miraron. Fundábase la superioridad de _Pecado_ en la fuerza, de donde
venía la justicia, es decir, que solía dirimir contiendas de chicos,
unas veces a trompada limpia y otras con atinadas y comedidas razones,
aunque todo hace creer que el primer argumento era el que con más
frecuencia usaba.
«¿Por qué vos zurráis?»--preguntó ceñudo, tremendo.
_El Majito_ había salido a su encuentro. _Pecado_ era para él más que un
amigo, un protector, un maestro amado. Al verle, todo aquel valor
homérico de que dio pruebas en la altura, se trocó en llanto de
desconsuelo, cosa natural en chicos, cuya rabia se deshiela en lágrimas,
y haciendo pucheros que desfiguraban su hermosura, exclamó:
«Picos..., mi sombrero... Yo soy _Plim_.».
En vez de llorar, el desvergonzado _Zarapicos_ se echó a reír como un
sátiro. Con inflamados ojos miró _Pecado_ su querido ros en la cabeza de
aquel monstruo de la rapacidad, y poniéndose los brazos en jarra, habló
así:
«¿Sabes lo que te digo?..., que si no sueltas el ros te reviento a
patás.
--¡Ladrón!»--chilló _el Majito_, sintiéndose otra vez más valiente por
la presencia de Mariano.
Al oírse llamar con nombre tan infamante, _Zarapicos_, que era un rapaz
honrado, aunque pobre, no pudo contener el ímpetu de su ira, y echando
la mano al cuello del insolente _Majito_, le derribó en tierra,
diciendo:
«¡Figuerero!..., ¡coles!, ¡te deslomo!».
Pero _el Majito_ supo reponerse, sacudirse, levantarse, y, una vez en
pie, sus manos alzaron un canto tan grande como medio adoquín.
«Suéltalo»--le dijo prontamente _Pecado_ con voz y gesto de prudencia.
_El Majito_ soltó la piedra refunfuñando feroces amenazas de asesinato.
Volviéndose a los desvergonzados comerciantes, _Pecado_ les dijo con
imperioso ademán, en que había tanta energía como orgullo:
«Dirvos.
--No nos da la gana.
--Dirvos, digo.... y venga mi sombrero.
--Miale, miale... ¿Te quieres callar? El sombrero es mío».
Al oír _Pecado_ una afirmación tan contraria a los sagrados derechos de
propiedad, no se pudo contener más. Huyó de su corazón la generosidad,
de su espíritu la prudencia, y arremetió a _Zarapicos_ con tal empuje
que este dio algunos pasos atrás, y habría caído en tierra si no fuera
también un muchachote robusto. Lucharon, ¡ay!, con varonil fiereza. Las
bofetadas se sucedían a las bofetadas, los porrazos a los porrazos. De
cada golpe se inflaba un carrillo. Trabados al fin de manos y brazos,
cayeron rodando. _Zarapicos_ debajo, _Pecado_ encima. _Pecado_ vencía, y
machacó sobre su víctima con ferocidad. El niño rabioso supera en
barbarie al hombre. ¿Habéis visto reñir a dos pájaros? El tigre es un
animal blando al lado de ellos.
Bien molido estaba _Zarapicos_, cuando acercó a coger entre sus dientes
un dedo de _Pecado_. ¡Oh! ¡Con qué inefable delicia apretó las quijadas!
Mariano dio agudísimo grito, y saltó como gallo herido. El otro se
levantó. Su rostro era un conjunto de dolor, de vergüenza, totalmente
embadurnado de fango y lágrimas. Al mismo tiempo reía y lloraba.
_Pecado_ se cegó; no veía nada; llevó la mano a la cuerda que sujetaba
sus calzones a la cintura. La última injuria que cambiaron fue referente
a sus respectivas madres. Cuando nada inmundo les queda por decir,
arrojan aquel postrer salivazo de ignominia sobre la cuna que poco antes
les ha mecido.
«Tu madre es una _acá_ y una _allá_.
--Tu madre es esto o lo otro».
_Pecado_ no dijo ni oyó más; sacó de la cintura una navajilla,
cortaplumas o cosa parecida, un pedazo de acero que hasta entonces había
sido juguete, y con él atacó a _Zarapicos_. Del golpe, el infeliz
chiquillo cayó seco.
¡Hombres ya!
Silencio terrorífico. Los muchachos todos se quedaron yertos de miedo.
Al principio no comprendían la realidad abominable del hecho. Cuando la
comprendieron, los unos echaron a correr llevados de un compasivo
horror; los otros rompieron a llorar con ese clamor intenso, sonoro,
dolorido, que indica en ellos la intuición de las grandes desdichas.
Aquello no era una travesura; era algo más. Aquello de que estaba
manchado _Zarapicos_ no era el almagre de que se pintaban alguna vez
para jugar; era sangre, ¡sangre! _Zarapicos_ no jugaba al muerto; no
hacía gestos para hacer reír a sus compañeros; no decía con voz doliente
¡madre! para representar una comedia; era que se moría realmente...
Temblando, pálido y siniestro, con los ojos secos, sin tener clara idea
de su acción, _Pecado_ arrojó el arma que había sido juguete. El
instinto le mandaba huir, y huyó.
Alborotose en un instante el barrio de las Peñuelas. Salieron todas las
mujeres a la calle, gritando, algunas con el cabello a medio peinar. Los
hombres corrían también. La Guardia Civil, que tiene su puesto en la
calle del Labrador, se puso en movimiento; y hasta un señor concejal y
un comisario de Beneficencia, que a la sazón paseaban por el barrio
eligiendo sitio para el emplazamiento de una escuela, corrieron al lugar
del atentado. ¡Horror y escándalo!
Las mujeres clamoreaban alzando al cielo sus manos; los hombres gruñían;
_la Sanguijuelera_ misma salió de su tienda a buen paso, medio muerta de
terror y vergüenza, y por todas partes no se oía sino: «_Pecado_,
_Pecado_».
La Arganzuela se llenó de gente. Unos corrían en busca del juez; otros
decían que el juez no le encontraría vivo; los más hablaban de llevarle
a la Casa de Socorro, y todos decían: «¡_Pecado_!».
Vino corriendo el boticario con árnica y vendajes, diciendo también:
«¡_Pecado_!». El concejal, seguido del comisario de Beneficencia (que
por ser hombre muy grueso no podía seguirle aprisa), hacía, siguiendo a
la multitud, las consideraciones más sustanciosas sobre un hecho que, si
bien algo extraordinario, no era nuevo en los anales de la criminalidad
de Madrid.
«Van siete casos de esta naturaleza en diez años--decía el comisario de
Beneficencia, harto sofocado, por ser poco compatibles su gordura y la
celeridad del paso.
--Terrible es el matador hombre; pero el matador niño, ¿qué nombre
merece?... Dicen que este tiene trece años.
--¡Qué país!
--¡Pero qué país!
--En Málaga son frecuentes estos casos.
--Y en Madrid lo van siendo también.
--¡Y nos ocupamos de escuelas! ¡Presidios es lo que hace falta!
--Escuelas penitenciarias, o cárceles escolares... Es mi tema».
Cuando llegaron al sitio de la catástrofe, los dos señores, dignísimos
representantes de lo más meritorio y venerable que hay en los pueblos
modernos, se echaron recíprocamente el uno sobre el otro estas
dramáticas exclamaciones:
«¡Esto es espantoso!
--Esto parte el corazón
--Escuelas, Sr. de Lamagorza.
--Presidios, Sr. D. Jacinto.
--Yo digo que jardines Froebel.
--Yo digo que maestros de hierro que no usen palmeta, sino fusil
Remington.
--Pero qué, ¿se lo llevan ya?
--No está muerto; pero parece grave.
--¡Golpe más bien dado!--murmuró un chulo--. Ese chico es de _buten_.
--¡Vaya, que la madre que parió tal patíbulo!--apuntó una de estas que
llaman del partido.
--El asesino, el asesino, ¿dónde está?--gritó el concejal dándose gran
importancia, y brujuleando en la muchedumbre con fieros ojos--.
Guardias, busquen ustedes al criminal... ¡Qué País!... Pero guardias...,
los del Orden Público, ¿dónde están?».
Pero ya la Guardia Civil había comenzado sus pesquisas. Los chicos, que
en estas cosas suelen ser más diligentes que los hombres, indicaban la
dirección que siguió _Pecado_ en su fuga. Las opiniones eran diversas.
Unos decían que se había refugiado en la Quinta de la Esperanza; otros
que había tomado por la vía férrea adelante. Un naranjero, que con su
comercio portátil de naranjas, cacahuetes y caramelos largos, se había
acercado al lugar de la pelea, aseguró haber visto al matador saltar la
tapia de una corraliza inmediata a las huertecillas de coles y acelgas
que rodean el arroyo. Fundada era la declaración del naranjero.
Acercáronse hombres y mujeres a la corraliza; unos empinándose sobre la
punta de los pies, otros subiéndose a una piedra, miraron por encima de
las bardas de adobes, y vieron al terrible chico tratando de esconderse
en un ángulo. _Pecado_ miró con receloso espanto la hilera de cabezas
que en el borde de la tapia se le aparecía, y ante aquella visión de
pesadilla se sintió domeñado, aunque no cobarde. Terrible coro de
amenazas e injurias brotó de aquella fila de bocas, y más de cincuenta
brazos se extendían rígidos por encima de la tapia. Pero el alma de
_Pecado_ se componía de orgullo y rebeldía. Su maldad era todavía una
forma especial del valor pueril, de esa arrogancia tonta que consiste en
querer ser el primero. El estado casi salvaje en que aquella arrogancia
crecía, trájole a tal extremo. De esta manera, un muñeco abandonado a
sus instintos llega a probar el licor amargo de la maldad y a saborearlo
con infernal delicia. A _Pecado_ se le conquistaba fácilmente con
hábiles ternuras. Era tan bruto, que _el Majito_ mismo, con un poco de
mimo y otro poco de esa adulación que algunos chicos manejan como nadie,
le tenía por suyo. Pero de ningún modo se le conquistaba con la fuerza.
Así, cuando vio aquel cerco de semblantes fieros; cuando se vio
amenazado por tantas manos e injuriado por tantas lenguas, desde la
provocativa de las mujeronas hasta la severa y comedida del guardia
civil; cuando notó la saña con que le perseguía la muchedumbre, en quien
de una manera confusa entreveía la imagen de la sociedad ofendida,
sintió que nacían serpientes mil en su pecho, se consideró menos niño,
más hombre, y aun llegó a regocijarse del crimen cometido. Cosas tan
tremendas como desconocidas para él hasta entonces, la venganza, la
protesta, la rebelión, la terquedad de no reconocerse culpable,
penetraron en su alma. Por breve tiempo la ocupaba el miedo, y lágrimas
de fuego escaldaban sus mejillas; pero pronto la ganó por entero el
instinto de defensa. Entrevió, como un--ideal glorioso, el burlar a toda
aquella gente, escapándose y aumentando el daño antes causado con otros
daños mayores.
Esta era la situación moral de _Pecado_ cuando el comisario de
Beneficencia, llevado de un celo que nunca será encomiado bastante, se
empinó como pudo sobre una piedra, y asomando la cabeza y hombros por
encima de la tapia, dirigió al criminal su autorizada y en cierto modo
paternal palabra, diciendo:
«Mequetrefe, sal pronto de ahí, o verás quién soy».
¡Cuánto habría dado el criminal por que cada mirada suya fuera una
saeta! Quería despedir muertes por los ojos. Cogió un ladrillo, y
apuntando a la por tantos títulos respetabilísima cabeza del apóstol de
la Beneficencia oficial, lo disparó con tan funesta puntería, que el
buen señor gordo gritó: «¡Carástolis!», y estuvo a punto de caer
desvanecido. Testigos respetables dicen que en efecto cayó.
¡Víctima ilustre ciertamente!
¿Nos atrevemos a decir que la agresión inicua y casi sacrílega de que
había sido objeto el señor comisario, provocó algunas sonrisas y aun
risotadas entre aquella gentuza, y que hubo quien entre dientes dijo que
había tenido el chico la mejor sombra del mundo?... Digámoslo, sí, para
eterno baldón de la clase chulesca.
_Zarapicos_ fue llevado en gravísimo estado a la Casa de Socorro, y la
nueva víctima pateaba y rabiaba de ira al sentir el dolor de su frente y
ojo, y al verse manchada de sangre aquella mano benéfica que sólo para
alivio de los menesterosos existía.
«¡Guardias, guardias, reventad a ese miserable!... ¡Vaya un monstruo!...
¡Carástolis! ¡Ay!, ¡ay! Sr. Lamagorza, este truhán me ha matado... ¡Qué
país!, ¡qué país!».
Alguien apoyaba por allí cerca estas sentidas razones con otras
igualmente enérgicas, que revelaban una indignación fulminante. Era el
pavo, que avanzó haciendo la rueda y arrastrando las alas hacia el señor
comisario herido. En tanto _Pecado_, rápido como el pensamiento, se
subió al cobertizo y se dejó caer en el arroyo por una vertical de más
de cinco metros, deslizándose por la escabrosa superficie de tierra.
Dieron vuelta hacia la otra parte los guardias y el público para
cogerle; pero él se escurrió por el borde del arroyo, metió los pies en
el agua cuando le faltó el terreno, y buscó un refugio en el agujero
negro de la alcantarilla por donde aquella agua blanquecina y nada
limpia desembocaba.
«Que le cojan ahora--dijo una mujer del pueblo, que después de la
descalabradura del señor comisario, simpatizaba, ¡oh vilipendio!, con el
criminal.
--¡Que venga la guardia de la alcantarilla!»--exclamó el concejal
inflamado de coraje.
Los guardias civiles y los de Orden Público trataron de remontar el
arroyo; pero venía muy crecido. Peligraba el lustre de las botas y aun
las botas mismas.
«¿Quién pesca ahora a ese condenado?
--Hay una reja que no le dejará internarse. Ha de estar a cuatro o cinco
varas de la boca».
Miraban todos y no le veían. Un guardia civil arriesgó las botas,
acercándose a la boca. Llevaba fusil.
«Allí está--gritó--. Le veo los ojos».
El guardia distinguía dos luceros en la obscuridad. Desde allí _Pecado_
atisbaba a sus perseguidores con cierta serenidad provocativa.
«¡Granuja!--gritó el civil--, sal de ahí o te hago fuego.
--¡Fuego, fuego!»--clamó a lo lejos la voz del comisario, a quien
piadosas chulapas ponían una venda.
_Pecado_ había entrado con ánimo de no parar hasta verse en lugar
seguro, aunque tuviera que ir a las entrañas de la tierra. Pero la
obscuridad y el espanto de aquel sitio acongojaron su corazón, aún no
suficientemente varonil para arrostrar ciertos lugares. Se detuvo; viose
entre dos especies de muerte, y vaciló... Le consolaba que los guardias
no podían entrar a cogerle. ¿Y si le hacían fuego?... Entonces se achicó
tanto, que volvió a ser niño y a tener miedo. Dirigió la mente a ciertas
ideas confusas de su tierna niñez; pero aquellas ideas estaban tan
borradas, tan lejanas, que poco o ningún alivio encontró en ellas. De
Dios no quedaba en él más que un nombre. Era como un rótulo escrito
sobre un arca vacía, de la cual, pieza por pieza, han ido sacando los
ricos tesoros. Nada sabía; su tía le hablaba poco de Dios, y el maestro
de escuela le había dicho sobre el mismo tema mil cosas huecas que nunca
pudo comprender bien. Las nociones de su tía y las palabras del maestro
se le habían olvidado con el penoso trabajo del taller de sogas y
aquella vida errante de juegos, raterías y miseria.
Sin saber cómo, este orden de ideas llevole a reconocerse culpable. Algo
chillaba dentro de él que se lo decía. Era criminal, y sus perseguidores
tenían razón en perseguirle, y aun en matarle atándole en un palo y
estrangulándole. Esto le hizo estremecer de espanto, ¡a él que había
visto una y otra ejecución en el Campo de Guardias sin conmoverse!...
Pero aunque se reconoció bien perseguido, su orgullo estaba allí para
aconsejarle no entregarse... ¡Fuera miedo!... Desgraciadamente para él,
estos fieros pensamientos se aplacaban con el agotamiento de las fuerzas
físicas. Estaba cansado; en todo el día no había comido más que el
currusco de pan que le dio su tía al ir al trabajo. ¡Y había dado tantas
vueltas a la rueda en el aposento obscuro del soguero!... ¡Y corrió
tanto después para ir desde la calle de las Amazonas a su casa!...
¡Tenía un hambre tan atroz y una sed!...; sobre todo, una sed de padre y
muy señor mío. A estas insufribles molestias se unió el frío. Sus pies
desaparecían en el agua, y desde lo interior del cañón de ladrillo venía
un aliento glacial que le empujaba hacia afuera. ¿Qué haría?
Determinose entonces en él ese fenómeno de observación retrospectiva que
suele acompañar a las situaciones de gran perplejidad. El espíritu
turbado abandona el palenque de la duda, y se refugia en los hechos que
han precedido inmediatamente a la situación terrible. Espantose de no
haber previsto lo que le pasaba, y comparo la serenidad de la mañana con
el apuro y desasosiego de la tarde. ¡Qué lástima haber vivido aquel
día!... ¡Qué lejos estaba de que iba a cometer barbaridad tan grande! No
había ido con gusto al trabajo por ser domingo. Nunca iba con gusto,
porque él daba a la rueda y su tía cobraba. Pero al fin, con gusto o sin
él, allá fue tranquilo, pensando en que por la tarde se divertiría en el
Canal o en la Arganzuela. Había estado toda la mañana esperando con
mucho anhelo la hora de soltar el trabajo. Contaba los segundos por las
vueltas de la odiosa rueda. Creíase motor del misterioso reloj del
tiempo. Dale que le dale, había llegado al fin la hora, y la manivela,
que para él era parte de sus propias manos, se había quedado sola en el
taller, quieta y muda.
Sin decir adiós al maestro, porque el maestro no le saludaba a él a
ninguna hora, _Pecado_ había salido y bajado a saltos por la Ribera de
Curtidores.
Aún le parecía ver los puestos rastreros y las manos recogiendo
cachivaches. Era día de toros. Aquellos barrios estaban muy animados.
Todo lo recordaba perfectamente; todo lo veía, como si lo tuviera
delante, revivido a sus ojos en la obscuridad de su escondite. Se
acordaba de que, al llegar a la Ronda, le había detenido el paso un
perezoso carromato de cinco mulas, de esos que no acaban de pasar nunca.
El muchacho, impaciente y atrevido, atravesó por debajo de la panza de
una de las mulas, que por más señas era torda. Después vio un entierro;
luego encontró a dos chicas del barrio que le dieron un cacahuet, y
él..., él las había administrado un par de nalgadas a cada una, porque
eran muy bonitas... Representábase luego la llegada a su casa; recordaba
que su tía, antes de darle de comer, le había anunciado el hurto del
ros, y que él, sin poderse contener al oír tan atroz noticia, abandonó
la comida, y subiendo otra vez a la Ronda, se lanzó por el barranco
abajo en busca de la cuadrilla. Lo demás, por ser más reciente y
desagradable, se le representaba con matices aún más vivos. El
ensangrentado cuerpo de _Zarapicos_ no se quitaba ya de delante de sus
ojos... Su orgullo y sus malos instintos rebuscaban todos los sofismas
del egoísmo para producir una reacción; pero si estos ganaban algún
terreno, al punto lo perdían. Los sofismas hacían grandes esfuerzos por
destruir la hermosa flor del arrepentimiento; pero cuantas más hojas le
arrancaban, más lozanas las echaba ella.
«¡Date, date, canallita!--gritó el guardia--, o te dejo seco».
_Pecado_ miró al guardia. No, no se entregaría. Antes morir que
entregarse. Eso de que le llamaran canallita, le exasperaba... Vislumbró
el presidio, como en sus sueños infantiles había vislumbrado otras veces
el Cielo... Pero si el hambre y la sed le devoraban, ¿qué podía hacer
más que entregarse? Y el guardia aquel era precisamente un hombre a
quien Mariano admiraba mucho por su gallardía y su simpático rostro. Se
llamaba Mateo González, y servía en el puesto de la calle del Labrador.
_Pecado_ le imitaba en el modo de andar. En sus sueños de ambición, no
se le ocurría jamás ser general, ni obispo, ni banquero, ni comerciante
famoso, sino ser Mateo González.
Este, que era ladino, tuvo una idea feliz. _Pecado_ le vio desaparecer,
y por un momento tembló de alegría. Pero no le dio tiempo el guardia a
regocijarse, porque otra vez apareció por el arroyo adelante. En vez de
fusil, traía dos naranjas en la mano derecha.
«¡Eh, Marianín!--gritó inclinándose para verle mejor y mostrarle lo que
llevaba--. Sal; no seas tonto. No te haremos nada... ¿Ves? Si sales, te
doy estas dos naranjas».
_Pecado_ dio un salto hacia fuera y se arrojó en brazos del guardia.
«¡Ah tunante...!»--dijo este con alegría, echándole la zarpa al cuello y
dejándose arrebatar las naranjas.
=--IV--=
Consagremos un recuerdo de consideración y lástima, en el último renglón
de esta tragedia, al digno señor comisario de Beneficencia, autor de
tantos y tan hermosos expedientes. Él solo sería capaz, si le dejaran,
de elevar en pocos años a una altura increíble, dentro de los archivos
nacionales, esos grandiosos monumentos papiráceos en que se cifra
nuestra bienandanza. Sería preciso tener corazón de estuco para no
afligirse al verle descalabrado, con la mano en la frente y esta ceñida
por un pañuelo, corriendo en coche simón hacia la Casa de Socorro de la
calle de Embajadores, donde por la noche se vistió de la luz de los
serafines el pobrecito _Zarapicos_.
_La Correspondencia_ recogió en el Juzgado de guardia una nota del
suceso de aquel día, y lo dio a sus lectores en un sueltecillo crudo.
Cuando lo leyeron los amigos que acompañaban al señor de Lamagorza en su
casa, y cuando este les refirió detalles del hecho, oyéronse las
exclamaciones más ardientes sobre el estado moral e intelectual del
país; se recordaron otros hechos análogos ocurridos antes en Madrid,
Valencia y Málaga, y por último se declaró con unanimidad muy
satisfactoria que era preciso hacer algo, ¡algo, sí!, y consagrar muchos
ratos y no pocas pesetas a la curación del cuerpo social. Como la prensa
alarmada acalorase el asunto en los días sucesivos, se formaron juntas,
se nombraron comisiones, las cuales a su vez parieron diversas especies
de subcomisiones; y hubo discursos seguidos de aplausos... y se lucieron
los oradores; y otros, que ávidos estaban de dar sus nombres al público,
adquirieron esa celebridad semanal que a tantos desvanece.
Tanta actividad, tanta charla, tanto proyecto de escuelas, de
penitenciarías, de sistemas teóricos, prácticos, mixtos, sencillos y
complejos, celulares y panoscópicos, docentes y correccionales, fueron
cayendo en el olvido, como los juguetes del niño, abandonados y rotos
ante la ilusión del juguete nuevo. El juguete nuevo de aquellos días fue
un proyecto urbano más práctico y además esencialmente lucrativo.
Ocupáronse de él juntas y comisiones, las cuales trabajaron tan bien y
con tanto espíritu de realidad, que al poco tiempo se alzó grandiosa,
provocativamente bella y monumental, toda roja y feroz, la nueva Plaza
de Toros.