El corazón quería salírsele del pecho al ver los bonitos caracteres que
decían:
_El marqués viudo de Saldeoro_.
Largo rato estuvo perpleja, la cartulina en la mano, sin apartar los
ojos del sortilegio que sin duda contenían las letras negras del nombre
y las pequeñitas de las señas: _Jorge Juan, 13_. Las emociones varias
que se sucedieron en Isidora, las cosas que pensó en rápido giro de la
mente, no son para contadas. Todo se resolvió en alegría, de la que se
derivaban, como de rico manantial, diversas corrientes de sentimientos
expansivos; a saber: un profundo agradecimiento al distinguido caballero
que la visitaba, y un deseo vivo de que llegase pronto, muy pronto, lo
más pronto posible, el día siguiente.
Su buen tío había escrito a dos principales señores de Madrid, hijo y
padre, para que la ampararan, defendieran y aconsejaran en el grave
negocio de reclamar su posición y herencia. ¡Cosa extraña y digna de
gratitud! Una de las personas a quienes venía recomendada, el hijo, el
marqués de Saldeoro, de cuya gallardía y proezas galantes habían llegado
noticias al mismo Tomelloso, no esperaba a ser visitado por ella, sino
que, dando una prueba más de su acatamiento al bello sexo, apresurábase
a visitarla en tan humilde morada...
Y como la impresionable joven, cuando se entretenía en ver las cosas por
su faz risueña y en hacer combinaciones felices llegaba a límites
incalculables, empezó a ver llano y expedito el camino que antes le
pareciera dificultoso; pensó que se le abrirían voluntariamente las
puertas que creyó cerradas, y que todo iba bien, perfectamente bien.
Usando entonces de aquella propiedad suya que ya conocemos, dio realidad
en su mente al marqués de Saldeoro, favorito de las damas, según decían
lenguas mil; le tuvo delante, le oyó hablar agradecida, le preguntó
ruborizada; construyó, si así puede decirse, con material de
presunciones y elementos fantásticos, la visita personal que al
siguiente día no podía menos de realizarse.
Consecuencias precisas de esta febril concomitancia con un personaje a
quien adornado suponía de seductoras cualidades, fueron un desdén muy
vivo hacia el pobre Miquis y una vergüenza de las escenas de aquel día.
El paseo con el estudiante, la escena del ventorrillo, la vil tortilla
cebolluna, las naranjas comidas en campo raso, las confianzas, las
carreritas, se reprodujeron en su imaginación como un sabor amargo y
malsano, haciendo salir el rubor a su semblante. Habían sido aquellas
aventurillas tan contrarias a su dignidad y a su posición futura, que
diera cualquier cosa porque no hubieran pasado.
Tan metida en sí misma estaba con estos bochornos y aquellas alegrías,
que apenas comió. Como recordara en la mesa que debía hablar algo de
Augusto para preparar su presentación, dijo que era un estudiante pobre,
un buen chico, hijo de labradores, algo tocado de la cabeza, más músico
que médico y más médico que fino. Cuando Augusto llegó, negose Isidora a
ir al teatro, porque le había dado jaqueca. Emilia y Leonor no quisieron
ir tampoco, y el buen estudiante quedó en la situación más desairada del
mundo. Pero como era tan listo, y maravillosamente a todo se plegaba,
hasta dominar las situaciones más difíciles, bien pronto cautivó a la
familia con sus donaires. Doña Laura propuso jugar a la brisca; trajo D.
José de su cuarto una sebosa baraja, y en el comedor, bajo la pestífera
llama del petróleo mal encendido, formaron el más alegre corrillo que
vieron casas de huéspedes.
Huyendo de tanta vulgaridad, retirose Isidora a su cuarto, donde se
encerró.
«Ese pobre Miquis--decía--es un buen muchacho, pero tan ordinario...
¡Pobrecillo!, me da lástima de él; pero ¿qué puedo hacer? ¿Puedo hacer
yo que las cosas sean de otra manera que como Dios las ha dispuesto?...
Está que ni pintado para Emilia o para Leonor... Me alegraré mucho de
que sea un hombre de provecho. Necesitará protección de las personas
acomodadas, y en lo que de mí dependa...».
Se acostó, no para dormir, sino para seguir dando vida ficticia en el
horno siempre encendido de su imaginación a la visita del día siguiente
y a las consecuencias de la visita. El marqués de Saldeoro entraba; ella
le recibía medio muerta de emoción, le hablaba temblando; él le
respondía finísimo. ¡Y qué claramente le veía! Ella rebuscaba las
palabras más propias, cuidando mucho de no decir un disparate por donde
se viniera a conocer que acababa de llegar de un pueblo de la Mancha...
Él era el más cumplido caballero del mundo... Ella se mostraba muy
agradecida... Él dejaría su sombrero en un sillón... Ella tendría
cuidado de ver si alguna silla estaba derrengada, no fuera que en lo
mejor de la visita hubiera una catástrofe... Él había de dirigirle
alguna galantería discreta... Ella tenía que prever todas las frases de
él para prepararse y tener dispuestas ingeniosas contestaciones...
¡Cielo santo!, y aún faltaba una larga noche y la mitad de un larguísimo
día para que aquel desvarío fuera realidad...
Era preciso arreglar el cuarto lo mejor posible... ¡Qué pensaría el
caballero ante aquellos miserables trastos!... Isidora no podía mirar
sin sentir pena las tres láminas que ornaban las paredes empapeladas de
su cuarto. Aquí una vieja estampa sentimental representaba la _Princesa
Poniatowsky en momento de recibir la noticia de la muerte de su esposo_;
allí el cuadro del _Hambre_; enfrente, dos amantes escuálidos,
esmirriados y de pie muy pequeño, él de casaca con mangas de pemil, ella
con sombrero de dos pisos, se juraban fidelidad junto a un arroyo... Si
D.ª Laura no se incomodase, Isidora arrojaría a la calle las tres
laminotas... Pues, ¿y la cómoda con su cubierta de hule manchado? Más
valía no verla... Pero ella se levantaría temprano y fregotearía bien la
cómoda, el lavabo de tres patas y haría maravillas de orden y
limpieza... Después compraría una corbata bonita... Rogaría a D.ª Laura
que la dejase traer de la sala dos sillas de damasco con sus fundas de
percal... En fin... No contenta con pensar lo que pasaría al siguiente
día, pensó los sucesos del tercer día y los del otro y los del mes
próximo, y los del año venidero, y los de dos, tres o cuatro años más.
Dejémosla mal dormida, abrazada consigo misma, a las altas horas de la
noche, cuando todo ruido cesara en la casa. ¿Era aquello felicidad o
martirio? Dice Miquis, y quizás dice bien, que no existiría ni siquiera
el nombre de felicidad si no se hubieran dado al hombre, como se da al
niño el juguete, el consuelillo de esperarla.