Con el casamiento de su hija pareció entrar el sol, un sol de ocaso de
otoño, en el hogar antes frío de Joaquín, y éste empezar a vivir de
veras. Fué dejándole al yerno su clientela, aunque acudiendo, como en
consulta, en los casos graves y repitiendo que era bajo su dirección
como aquél ejercía.
Abelín, con las notas de su suegro, a quien llamaba su padre, tuteándole
ya, y con sus ampliaciones y explicaciones verbales, iba componiendo la
obra en que se recojía la ciencia médica del doctor Joaquín Monegro, y
con un acento de veneración admirativa que el mismo Joaquín no habría
podido darle. «Era mejor, sí--pensaba éste--era mucho mejor que
escribiese otro aquella obra, como fué Platón quien expuso la doctrina
socrática.» No era él mismo quien podía, con toda libertad de ánimo y
sin que ello pareciese no ya presuntuoso, mas un esfuerzo para violentar
el aplauso de la posteridad, que se estimaba no conseguible; no era él
quien podía exaltar su saber y su pericia. Reservaba su actividad
literaria para otros empeños.
Fué entonces, en efecto, cuando empezó a escribir su _Confesión_, que
así la llamaba, dedicada a su hija y para que ésta la abriese luego que
él hubiese muerto, y que era el relato de su lucha íntima con la pasión
que fué su vida, con aquel demonio con quien peleó casi desde el albor
de su mente dueña de sí hasta entonces, hasta cuando lo escribía. Esta
confesión se decía dirigida a su hija, pero tan penetrado estaba él del
profundo valor trágico de su vida de pasión y de la pasión de su vida,
que acariciaba la esperanza de que un día su hija o sus nietos la dieran
al mundo, para que éste se sobrecojiera de admiración y de espanto ante
aquel héroe de la angustia tenebrosa que pasó sin que le conocieran en
todo su fondo los que con él convivieron. Porque Joaquín se creía un
espíritu de excepción, y como tal torturado y más capaz de dolor que los
otros, un alma señalada al nacer por Dios con la señal de los grandes
predestinados.
«Mi vida, hija mía--escribía en la _Confesión_,--ha sido un arder
continuo, pero no la habría cambiado por la de otro. He odiado como
nadie, como ningún otro ha sabido odiar, pero es que he sentido más que
los otros la suprema injusticia de los cariños del mundo y de los
favores de la fortuna. No, no, aquello que hicieron conmigo los padres
de tu marido no fué humano ni noble; fué infame, pero fué peor, mucho
peor, lo que me hicieron todos, todos los que encontré desde que, niño
aún y lleno de confianza, busqué el apoyo y el amor de mis semejantes.
Por qué me rechazaban? Por qué me acojían fríamente y como obligados a
ello? Por qué preferían al lijero, al inconstante, al egoísta? Todos,
todos me amargaron la vida. Y comprendí que el mundo es naturalmente
injusto y que yo no había nacido entre los míos. Esta fué mi desgracia,
no haber nacido entre los míos. La baja mezquindad, la vil ramplonería
de los que me rodeaban, me perdió.»
Y a la vez que escribía esta _Confesión_, preparaba, por si ésta
marrase, otra obra que sería la puerta de entrada de su nombre en el
panteón de los ingenios inmortales de su pueblo y casta. Titularíase
_Memorias de un médico viejo_ y sería la mies del saber de mundo, de
pasiones, de vida, de tristezas y alegrías, hasta de crímenes ocultos,
que había cosechado de la práctica de su profesión de médico. Un espejo
de la vida, pero de las entrañas, y de las más negras, de ésta; una
bajada a las simas de la vileza humana; un libro de alta literatura y de
filosofía acibarada a la vez. Allí pondría toda su alma sin hablar de sí
mismo; allí, para desnudar las almas de los otros, desnudaría la suya;
allí se vengaría del mundo vil en que había tenido que vivir. Y las
gentes, al verse así, al desnudo, admirarían primero y quedarían
agradecidas después al que las desnudó. Y allí, cambiando los nombres a
guisa de ficción, haría el retrato que para siempre habría de quedar de
Abel y de Helena. Y su retrato valdría por todos los que Abel pintara. Y
se regodeaba a solas pensando que si él acertaba aquel retrato literario
de Abel Sánchez, le habría de inmortalizar a éste más que todos sus
propios cuadros, cuando los comentaristas y eruditos del porvenir
llegasen a descubrir, bajo el débil velo de la ficción, al personaje
histórico. «Sí, Abel, sí--se decía Joaquín a sí mismo--la mayor
coyuntura que tienes de lograr eso por lo que tanto has luchado, por lo
único que has luchado, por lo único que te preocupa, por lo que me
despreciaste siempre o, aun peor, no hiciste caso de mí, la mayor
coyuntura que tienes de perpetuarte en la memoria de los venideros, no
son tus cuadros, no! sino es que yo acierte a pintarte con mi pluma tal
y como eres. Y acertaré, acertaré, porque te conozco, porque te he
sufrido, porque has pesado toda mi vida sobre mí. Te pondré para siempre
en el rollo, y no serás Abel Sánchez, no, sino el nombre que yo te dé.
Y cuando se hable de ti como pintor de tus cuadros, dirán las gentes:
«Ah, sí, el de Joaquín Monegro!» Porque serás de este modo mío, mío, y
vivirás lo que mi obra viva, y tu nombre irá por los suelos, por el
fango, a rastras del mío, como van arrastrados por el Dante los que
colocó en el Infierno. Y serás la cifra del envidioso.»
Del envidioso! Pues Joaquín dió en creer que toda la pasión que bajo su
aparente impasibilidad de egoísta animaba a Abel, era la envidia, la
envidia de él, a Joaquín, que por envidia le arrebatara de mozo el
afecto de los compañeros, que por envidia le quitó a Helena. Y cómo,
entonces, se dejó quitar el hijo? «Ah--se decía Joaquín,--es que él no
se cuida de su hijo, sino de su nombre, de su fama, no cree que vivirá
en las vidas de sus descendientes de carne, sino en las de los que
admiren sus cuadros, y me deja su hijo para mejor quedarse con su
gloria. Pero yo le desnudaré!»
Inquietábale la edad a que emprendía la composición de esas _Memorias_,
entrado ya en los cincuenta y cinco años, pero, no había acaso empezado
Cervantes su _Quijote_ a los cincuenta y siete de su edad? Y se dió a
averiguar qué obras maestras escribieron sus autores después de haber
pasado la edad suya. Y a la par se sentía fuerte, dueño de su mente
toda, rico de experiencia, maduro de juicio y con su pasión, fermentada
en tantos años, contenida pero bullente.
Ahora, para cumplir su obra, se contendría. Pobre Abel! La que le
esperaba...! Y empezó a sentir desprecio y compasión hacia él. Mirábale
como a un modelo y como a una víctima, y le observaba y le estudiaba. No
mucho, pues Abel iba poco, muy poco, a casa de su hijo.
--Debe de andar muy ocupado tu padre--decía Joaquín a su yerno;--apenas
parece por aquí. Tendrá alguna queja? Le habremos ofendido yo, Antonia o
mi hija en algo? Lo sentiría...
--No, no, papá--así le llamaba ya Abelín,--no es nada de eso. En casa
tampoco paraba. No te dije que no le importa nada más que sus cosas? Y
sus cosas son las de su arte y qué sé yo...
--No, hijo, no, exageras... algo más habrá...
--No, no hay más.
Y Joaquín insistía para oir la misma versión.
--Y Abel, cómo no viene?--le preguntaba a Helena.
--Bah, él es así con todos!--respondía ésta.
Ella, Helena, sí solía ir a casa de su nuera.