--Ya te figurarás a lo que vengo--le dijo Abel a Joaquín apenas se
encontraron a solas en el despacho de éste.
--Sí, lo sé. Tu hijo me ha anunciado tu visita.
--Mi hijo y pronto tuyo, de los dos. Y no sabes bien cuánto me alegro!
Es como debía acabar nuestra amistad. Y mi hijo es ya casi tuyo; te
quiere ya como a padre, no sólo como a maestro. Estoy por decir que te
quiere más que a mí...
--Hombre... no... no... no digas así.
--Y qué? Crees que tengo celos? No, no soy celoso. Y mira, Joaquín, si
entre nosotros había algo...
--No sigas por ahí, Abel, te lo ruego, no sigas...
--Es preciso. Ahora que van a unirse nuestras sangres, ahora que mi hijo
va a serlo tuyo y mía tu hija, tenemos que hablar de esa vieja cuenta,
tenemos que ser absolutamente sinceros.
--No, no, de ningún modo, y si hablas de ella, me voy!
--Bien, sea! Pero no creas que olvido, no lo olvidaré nunca, tu discurso
aquel cuando lo del cuadro.
--Tampoco quiero que hables de eso.
--Pues de qué?
--Nada de lo pasado, nada! Hablemos sólo del porvenir...
--Pues si tú y yo, a nuestra edad, no hablamos del pasado, de que vamos
a hablar? Si nosotros no tenemos ya más que pasado!
--No digas eso!--casi gritó Joaquín.
--Nosotros ya no podemos vivir más que de recuerdos!
--Cállate, Abel, cállate!
--Y si te he de decir la verdad, vale más vivir de recuerdos que de
esperanzas. Al fin, ellos fueron y de éstas no se sabe si serán.
--No, no, recuerdos, no!
--En todo caso, hablemos de nuestros hijos, que son nuestras esperanzas.
--Eso sí!
--De ellos y no de nosotros, de ellos, de nuestros hijos...
--Él tendrá en ti un maestro y un padre...
--Sí, pienso dejarle mi clientela, es decir, la que quiera tomarlo, que
ya la he preparado para eso. Le ayudaré en los casos graves.
--Gracias, gracias.
--Eso además de la dote que doy a Joaquina. Pero vivirán conmigo.
--Eso me ha dicho mi hijo. Yo, sin embargo, creo que deben poner casa;
el casado, casa quiere.
--No, no puedo separarme de mi hija.
--Y nosotros de nuestro hijo, sí, eh?
--Más separados que estáis de él... Un hombre apenas vive en casa; una
mujer apenas sale de ella. Necesito a mi hija.
--Sea. Ya ves si soy complaciente.
--Y más que esta casa será la vuestra, la tuya, la de Helena...
--Gracias por la hospitalidad. Eso se entiende.
Después de una larga entrevista en que convinieron todo lo atañedero al
establecimiento de sus hijos, al ir a separarse Abel, mirándole a
Joaquín a los ojos, con mirada franca, le tendió la mano, y sacando la
voz de las entrañas de su común infancia le dijo: «Joaquín!»
Asomáronsele a éste las lágrimas a los ojos al cojer aquella mano.
--No te había visto llorar desde que fuimos niños, Joaquín.
--No volveremos a serlo, Abel.
--Sí, y es lo peor.
Se separaron.