Concluyó la carrera el hijo de Abel, Abelín, y acudió su padre, a su
amigo, por si quería tomarle de ayudante para que a su lado practicase.
Lo aceptó Joaquín.
«Le admití--escribía más tarde en su _Confesión_, dedicada a su
hija--por una extraña mezcla de curiosidad, de aborrecimiento a su
padre, de afecto al muchacho, que me parecía entonces una medianía y por
un deseo de libertarme así de mi mala pasión a la vez que, por más
debajo de mi alma, mi demonio me decía que con el fracaso del hijo me
vengaría del encumbramiento del padre. Quería por un lado, con el cariño
al hijo, redimirme del odio al padre, y por otro lado me regodeaba
esperando que si Abel Sánchez triunfó en la pintura, otro Abel Sánchez
de su sangre marraría en la Medicina. Nunca pude figurarme entonces cuán
hondo cariño cobraría luego al hijo del que me amargaba y entenebrecía
la vida del corazón.»
Y así fué que Joaquín y el hijo de Abel sintiéronse atraídos el uno al
otro. Era Abelín rápido de comprensión y se interesaba por las
enseñanzas de Joaquín, a quien empezó llamando maestro. Este su maestro
se propuso hacer de él un buen médico y confiarle el tesoro de su
experiencia clínica. «Le guiaré--se decía--a descubrir las cosas que
esta maldita inquietud de mi ánimo me ha impedido descubrir a mí».
--Maestro,--le preguntó un día Abelín,--por qué no recoje usted todas
esas observaciones dispersas, todas esas notas y apuntes que me ha
enseñado y escribe un libro? Sería interesantísimo y de mucha enseñanza.
Hay cosas hasta geniales, de una extraordinaria sagacidad científica.
--Pues mira, hijo--(que así solía llamarle) respondió--yo no puedo, no
puedo... No tengo humor para ello, me faltan ganas, coraje, serenidad,
no sé qué...
--Todo sería ponerse a ello...
--Sí, hijo, sí, todo sería ponerse a ello, pero cuantas veces lo he
pensado no he llegado a decidirme. Ponerme a escribir un libro... y en
España... y sobre Medicina...! No vale la pena. Caería en el vacío...
--No, el de usted, no, maestro, se lo respondo.
--Lo que yo debía haber hecho es lo que tú has de hacer, dejar esta
insoportable clientela y dedicarte a la investigación pura, a la
verdadera ciencia, a la fisiología, a la histología, a la patología y no
a los enfermos de pago. Tú que tienes alguna fortuna, pues los cuadros
de tu padre han debido dársela, dedícate a eso.
--Acaso tenga usted razón, maestro; pero ello no quita para que usted
deba publicar sus memorias de clínico.
--Mira, si quieres, hagamos una cosa. Yo te doy mis notas todas, te las
amplío de palabra, te digo cuanto me preguntes y publica tú el libro. Te
parece?
--De perlas, maestro. Ya vengo apuntando desde que le ayudo todo lo que
le oigo y todo lo que a su lado aprendo.
--Muy bien, hijo, muy bien!--y le abrazó conmovido.
Y luego se decía Joaquín: «Este, éste será mi obra! Mío y no de su
padre. Acabará venerándome y comprendiendo que yo valgo mucho más que su
padre y que hay en mi práctica de la Medicina mucha más arte que en la
pintura de su padre. Y al cabo se lo quitaré, sí, se lo quitaré! El me
quitó a Helena, yo les quitaré el hijo. Que será mío, y quién sabe?...
acaso concluya renegando de su padre, cuando le conozca y sepa lo que me
hizo».