Andaba por la ciudad un pobre hombre necesitado, aragonés, padre de
cinco hijos y que se ganaba la vida como podía, de escribiente y a lo
que saliera. El pobre acudía con frecuencia a conocidos y amigos, si es
que un hombre así los tiene, pidiéndoles con mil pretextos que le
anticiparan dos o tres duros. Y lo que era más triste, mandaba a alguno
de sus hijos, y alguna vez a su mujer, a las casas de los conocidos con
cartitas de petición. Joaquín le había socorrido algunas veces, sobre
todo cuando le llamaba a que viese, como médico, a personas de su
familia. Y hallaba un singular alivio en socorrer a aquel pobre hombre.
Adivinaba en él una víctima de la maldad humana.
Preguntóle una vez por él a Abel.
--Sí, le conozco--le dijo éste,--y hasta le tuve algún tiempo empleado.
Pero es un haragán, un vago. Con el pretexto de que tiene que ahogar sus
penas, no deja de ir ningún día al café, aunque en su casa no se
encienda la cocina. Y no le faltará su cajetilla de cigarros. Tiene que
convertir sus pesares en humo.
--Eso no es decir nada, Abel. Habría que ver el caso por dentro...
--Mira, déjate de garambainas. Y por lo que no paso es por la mentira
esa de pedirme prestado y lo de «se lo devolveré en cuanto pueda...» Que
pida limosna y al avío. Es más claro y más noble. La última vez me pidió
tres duros adelantados y le di tres pesetas, pero diciéndole: «Y sin
devolución!» Es un haragán!
--Y qué culpa tiene él...!
--Vamos, sí, ya salió aquello, qué culpa tiene...
--Pues claro! De quién son las culpas?
--Bueno, mira, dejémonos de esas cosas. Y si quieres socorrerle,
socórrele, que yo no me opongo. Y yo mismo estoy seguro de que si me
vuelve a pedir, le daré.
--Eso ya lo sabía yo, porque en el fondo tú...
--No nos metamos al fondo. Soy pintor y no pinto los fondos de las
personas. Es más, estoy convencido de que todo hombre lleva fuera todo
lo que tiene dentro.
--Vamos, sí, que para ti un hombre no es más que un modelo...
--Te parece poco? Y para ti un enfermo. Porque tú eres el que les andas
mirando y auscultando a los hombres por dentro...
--Mediano oficio...
--Por qué?
--Porque acostumbrado uno a mirar a los demás por dentro, da en ponerse
a mirarse a sí mismo, a auscultarse.
--Ve ahí mi ventaja. Yo con mirarme al espejo tengo bastante...
--Y te has mirado de veras alguna vez?
--Naturalmente! Pues no sabes que me he hecho un autorretrato?
--Que será una obra maestra...
--Hombre, no está del todo mal... Y tú, te has registrado por dentro
bien?
* * * * *
Al día siguiente de esta conversación Joaquín salió del Casino con
Federico para preguntarle si conocía a aquel pobre hombre que andaba así
pidiendo de manera vergonzante. «Y dime la verdad, eh, que estamos
solos; nada de tus ferocidades».
--Pues mira, ese es un pobre diablo que debía estar en la cárcel, donde
por lo menos comería mejor que come y viviría más tranquilo.
--Pues qué ha hecho?
--No, no ha hecho nada; debió hacer, y por eso digo que debería estar en
la cárcel.
--Y qué es lo que debió haber hecho?
--Matar a su hermano.
--Ya empiezas!
--Te lo explicaré. Ese pobre hombre es, como sabes, aragonés y allá en
su tierra aún subsiste la absoluta libertad de testar. Tuvo la desgracia
de nacer el primero a su padre, de ser el mayorazgo y luego tuvo la
desgracia de enamorarse de una muchacha pobre, guapa y honrada, según
parecía. El padre se opuso con todas sus fuerzas a esas relaciones
amenazándole con desheredarle si llegaba a casarse con ella. Y él, ciego
de amor, comprometió primero gravemente a la muchacha, pensando
convencer así al padre, y acaso por casarse con ella y por salir de
casa. Y siguió en el pueblo, trabajando como podía en casa de sus
suegros, y esperando convencer y ablandar a su padre. Y éste, buen
aragonés, tesa que tesa. Y murió desheredándole al pobre diablo y
dejando su hacienda al hijo segundo; una hacienda regular. Y muertos
poco después los suegros del hoy aquí sablista, acudió éste a su hermano
pidiéndole amparo y trabajo, y su hermano se los negó, y por no matarle,
que es lo que le pedía el coraje, se ha venido acá a vivir de limosna y
del sable. Esta es la historia, como ves, muy edificante.
--Y tan edificante!
--Si le hubiera matado a su hermano, a esa especie de Jacob, mal, muy
mal, y no habiéndole matado mal, muy mal también...
--Acaso peor.
--No digas eso, Federico.
--Sí, porque no sólo vive miserable y vergonzosamente, del sable, sino
que vive odiando a su hermano.
--Y si le hubiera matado?
--Entonces se le habría curado el odio, y hoy, arrepentido de su crimen,
querría su memoria. La acción libra del mal sentimiento, y es el mal
sentimiento el que envenena el alma. Créemelo, Joaquín, que lo sé muy
bien.
Miróle Joaquín a la mirada fijamente y le espetó un:
--Y tú?
--Yo? No quieras saber, hijo mío, lo que no te importa. Bástete saber
que todo mi cinismo es defensivo. Yo no soy hijo del que todos vosotros
tenéis por mi padre; yo soy hijo adulterino y a nadie odio en este mundo
más que a mi propio padre, al natural, que ha sido el verdugo del otro,
del que por vileza y cobardía me dió su nombre, este indecente nombre
que llevo.
--Pero padre no es el que engendra; es el que cría...
--Es que ese, el que creéis que me ha criado, no me ha criado sino que
me destetó con el veneno del odio que guarda al otro, al que me hizo y
le obligó a casarse con mi madre.