Vestíase Amparo, antes de salir a la Fábrica, reflexionando que
diluviaba, que de noche se habían oído varios truenos, que se quedaría
gustosa en casa, y aún entre cobertores, si no necesitase saber
noticias, excitarse, oír voces anhelosas que decían: «Ahora sí que llegó
la nuestra.... Macarroni se va de esta vez... hay un parte de Madrí, que
viene la república... mañana se proclama».
Al salir de su fementido lecho, la transición del calor al frío le hizo
sentir en las entrañas dolorcillos como si se las royese poquito a poco
un ratón. Púsose pálida, y le ocurrió la terrible idea de que llegaba la
hora. Volviose al lecho, creyendo que allí se calentaría: cerró los ojos
y no quiso pensar. Un deseo profundo de anonadamiento y de quietud se
unía en ella a tal vergüenza y aflicción, que se tapó la cara con la
sábana, prometiéndose no pedir socorro, no llamar a nadie. Mas como
quiera que el tiempo pasaba y los dolorcillos no volvían, se resolvió a
levantarse, y al atar la enagua, de nuevo le pareció que le mordían los
intestinos agudos dientes. Vistiose no obstante, y se dio a pasear por
la estancia, a tiempo que una mano llamó a la puerta del cuartuco, y
antes que Amparo se resolviese a decir «adelante», Ana entró.
--¿Vienes?
--No puedo.
--¿Pasa algo, hay novedá?
--Creo... que sí.
--¿Qué sientes, mujer?
--Frío, mucho frío... y sueño, un sueño que me dormiría de pie... pero
al mismo tiempo rabio por andar... ¡qué rareza!
--¿Aviso a la señora Pepa?
--No... qué vergüenza.... Jesús, mi Dios.... Ana querida, no la avises.
--¡Qué remedio, mujer! ¿Sigue eso?
--Sigue... ¡infeliz de mí, que nunca yo naciese!
--Acuéstate sobre la cama....
Con su viveza ratonil, Ana arropó a la paciente, y ya se dirigía a la
puerta, cuando una quebrantada voz la llamó.
--Llévale la cascarilla a mi madre... dile que me duele la cabeza... no
le digas la verdá, por el alma de quien más quieras....
--Sí que no se hará ella de cargo....
Amparo se quedó algo tranquila: sólo a veces un dolor lento y sordo la
obligaba a incorporarse apoyándose sobre el codo, exhalando reprimidos
ayes. Ana corría, corría, sin cuidarse de la lluvia, hacia la ciudad.
Cerca de dos horas tardó, a pesar de su ligereza, en volver acompañada
de un bulto enorme, del cual sólo se veían desde lejos dos magnos
chanclos que embarcaban el agua llovediza, y un paraguazo de algodón
azul con cuento y varillas de latón dorado. Bufaba la insigne comadrona
y resoplaba, ahogándose a pesar del ningún calor y de la mucha y glacial
humedad de la atmósfera; cuando penetró en la casucha, revolviose en
ella como un monstruo marino en la angosta tinaja en que el domador lo
enseña. Fuese derecha a la cama de la paralítica, y le dijo dos o tres
frases entre lástima y chunga, que a esta le supieron a acíbar;
cabalmente estaba deshaciéndose de ver que ni podía ayudar a su hija en
el trance, ni acompañarla siquiera; aquella habitación era tan próxima a
la calle, que ni soñaba en traer allí a la paciente.
Consumíase la pobre mujer presa en su jergón, penetrada súbitamente de
la ternura que sienten las madres por sus hijas mientras estas sufren la
terrible crisis que ellas ya vencieron.... Chinto se encontraba allí,
semejante a un palomino atontado.... Entró la comadrona donde la llamaba
su deber, y el mozo y la vieja se quedaron tabique por medio, ayudándose
a sobrellevar la angustia de la tragedia que para ellos se representaba
a telón corrido.... La tullida maldecía de su hija que en tal ocasión se
había puesto, y al mismo tiempo lloriqueaba por no poder asistirla. Y a
cada cinco minutos la señora Pepa entraba en el cuartuco llenándolo con
su corpulencia descomunal, y ordenando militarmente a Chinto que
corriese a desempeñar algún recado indispensable.
--Aceite, rapaz... ¡un poco de aceite!
--¿Qué tal?--interrogaba la madre.
--Bien, mujer, bien.... ¡Aceite, porreta!
Lo que no se encontraba en la casa, Chinto salía disparado a pedirlo
fuera, prestado en la de un vecino, o fiado en las tiendas.
Generalmente, al recoger una cosa, la comadrona exigía ya otra.
--Un gotito de anís....
--¿Anís? ¿Para qué?--preguntaba la tullida.
--Para mí, porreta, que soy de Dios y tengo cuerpo y también se me abre
como si me lo cortasen con un cuchillo....
Y Chinto se echaba dócilmente a la calle en busca de anís.... Volvía a
presentarse la terrible comadre, toda fatigosa y sofocada.
--Vino... ¿hay vino?
--¿Para ti?--murmuraba sin poder contenerse la impedida.
--Para ti, para ti.... ¡Para ella, demonche, que bien necesita ánimos la
pobre!... ¿Piensas tú que yo le doy desas jaropías de los médicos, desos
calmantes y durmientes? ¡Calmantes! Fuersa, fuersa es lo que hace falta,
y vino, que alegra al hombre las pajarillas, ¡porreta!
Quince minutos después:
--Tres onsas de chocolate, del mejor.... Y mira, de camino a ver si
encuentras una gallinita bien gorda, y le vas retorciendo el
pescuezo.... Pide también un cabito de cera... las planchadoras que haya
por aquí han de tener....
--¿De cera?
--De cera, ¡porreta! ¿Si sabré yo lo que me pido? Y pon agua a la
lumbre.
Y Chinto entraba, salía, dando zancajadas a través del lodo, trayendo a
la exigente facultativa cera, espliego, romero, vino blanco y tinto,
anís, aceite, ruda, todas las drogas y comestibles que reclamaba.... En
los breves intervalos que tenía de descanso el solícito mozo, se sentaba
en una silla baja, al lado del lecho de la tullida, quejándose de que le
faltaban las piernas de algún tiempo acá, él mismo no sabía cómo, y
parece que la respiración se le acababa enteramente: el médico le
afirmaba que se le había metido polvillo de tabaco en los _broncos_ y en
los _plumones_... Boh, boh... ¿qué saben los médicos lo que uno tiene
dentro del cuerpo? Hablaba así en voz baja, para no dejar de prestar
oído a los lamentos de la paciente, que recorrían variada escala de
tonos: primero habían sido gemidos sofocados; luego quejidos hondos y
rápidos, como los que arranca el reiterado golpe de un instrumento
cortante; en pos vinieron ayes articulados, violentos, anhelosos, cual
si la laringe quisiese beberse todo el aire ambiente para enviarlo a las
conturbadas entrañas; y trascurrido algún tiempo, la voz se alteró, se
hizo ronca, oscura, como si naciese más abajo del pulmón, en las
profundidades, en lo íntimo del organismo. A todo esto llovía, llovía, y
la tarde de invierno caía prontamente, y el celaje gris ceniza parecía
muy bajo, muy próximo a la tierra. Chinto encendió el candil de
petróleo, y trajo caldo a la paralítica, y permaneció sentado, sin
chistar, con las rodillas altas, los pies apoyados en el travesaño de la
silla, la barba entre las palmas de las manos. Hacía un rato que el
tabique no comunicaba queja alguna. Dos o tres amigas de la Fábrica,
entre ellas Guardiana, que ya no se quejaba de la paletilla, entraban un
momento, se ofrecían, se retiraban con ademanes compasivos, con
resignados movimientos de hombros, con reflexiones pesimistas acerca de
la fatalidad y de la ingratitud de los hombres. De improviso se
renovaron los gritos, que en el nocturno abandono parecían más lúgubres:
durante aquella hora de angustia suprema, la mujer moribunda retrocedía
al lenguaje inarticulado de la infancia, a la emisión prolongada,
plañidera, terrible, de una sola vocal. Y cada vez era más frecuente,
más desesperada, la queja.
Serían las once cuando la señora Pepa se presentó en el cuarto de la
tullida, enjugándose el rostro con el reverso de la mano. Sobre su
frente baja y achatada, y en su grosera faz de Cibeles de granito, se
advertía una preocupación, una sombra.
--¿Cómo va?
--Tarda, porreta.... Estas primerizas, como no saben bien el
camino...--Y la comadre hizo que se reía para manifestar tranquilidad;
pero un segundo después añadió--: Puede ser que... porque uno no quiere
embrollos ni dolores de cabesa, ¿oyes? Yo soy clara como el agua,
vamos... y no se me murieron en las manos, ¡porreta!, sino dos, en la
edá que tengo.... Después los médicos hablan.... Y yo cuanto puedo hago,
y unturas y friegas de Dios llevo dado en ella....
Al afirmar esto, la comadre se limpiaba a las caderas sus gigantescas
manos pringosas.
--¿Habrá que avisar al médico?--gimoteó la tullida.
--Porreta, a mi edá no gusta verse envuelta en cuentos... luego después,
que si hizo así, que si pudo haser asá... que si la señora Pepa sabe o
no sabe el oficio.... Menéate ya, dormilón--añadió despóticamente
volviéndose a Chinto...--. Ya estás corriendo por el médico, ¡ganso!
Chinto salió sin cuidarse del agua que continuaba cayendo tercamente del
negro cielo, y corrió, perseguido por aquella voz cada vez más dolorida,
más agonizante, que atravesaba el tabique, mientras la impedida se
lamentaba de que además de morírsele la hija, iba a tener que abonar--¿y
con qué, Jesús del alma?--los honorarios de un facultativo. El silencio
era tétrico, el tiempo pasaba con lentitud, medido por el chisporroteo
del candil y por un clamor ya exhausto, que más se parecía al aullido
del animal espirante que a la queja humana. Media noche era por filo
cuando Chinto entró acompañado del médico. Acostumbrado debía estar este
a tan críticas situaciones, porque lo primero que hizo fue dejar el
chorreante impermeable en una silla, remangarse tranquilamente las
mangas del gabán y los puños de la camisa, y tomar de manos de Chinto
una caja cuadrilonga que arrimó a un rincón. Después entró en el cuarto
de la paciente, y se oyó la voz gruñona de la comadre, empeñada en darle
explicaciones....
A eso de un cuarto de hora más tarde volvió el soldado de la ciencia a
presentarse y pidió agua para lavarse las manos.... Mientras Chinto
buscaba torpemente una jofaina, la madre, llorosa, temblando, preguntaba
nuevas.
--Bah... no tenga usted cuidado... ese chico me dijo que se trataba de
un lance muy peligroso, y me traje los chismes... no sé para qué: una
muchacha como un castillo, con formación admirable, una versión que se
hizo en un decir Jesús.... Estamos concluyendo. Ahora la comadre basta,
pero yo seré testigo.
Lavose las manos mientras esto decía, y tornó a su puesto. La mecha de
petróleo, consumida, carbonizada, atufaba la habitación, dejándola casi
en tinieblas, cuando dos o tres gritos, no ya desfallecidos, sino, al
contrario, grandes, potentes, victoriosos, conmovieron la habitación, y
tras de ellos se oyó, perceptible y claro, un vagido.
-XXXVIII-
¡Por fin llegó!
Amparo descansa abismada en el reposo inefable de las primeras horas.
Sin embargo, a medida que la luz de la pálida mañana entra por el
ventanillo, vuélvele la memoria y la conciencia de sí misma. Llama a
Chinto ceceándolo.
--¿Qué quieres, mujer?
--Vas a ir corriendo al cuartel de infantería.... Parece que ahora no
sale la tropa de los cuarteles.
--Bueno.
--Si no está allí don Baltasar, a su casa.... ¿La sabes?
--La sé. ¿Qué le digo?
--Le dirás... ¡veremos cómo sabes dar el recado! Le dirás que tengo un
niño... ¿oyes? No vayas a equivocarte....
--Bueno, un niño....
--Un niño... no sea que digas una niña, tonto; un niño, un niño.
--¿No le digo más?
--Y que ya sabe lo que me ofreció... y que si quiere ponerse por padre
de la criatura... y que mañana se bautiza.
--¿Nada más?
--Nada más.... Esto... bien clarito.
Chinto salía cuando entraba Ana, que se había ido a su casa a dormir.
Venía muy misteriosa, como el que trae nuevas estupendas.
--¿Y ese valor, y el pequeño?--preguntó alzando la sábana y la manta y
sacando del tibio rincón donde yacía, un bulto, un paquete, un pañuelo
de lana, entre cuyos dobleces se columbraba una carita microscópica
amoratada, unos ojuelos cerrados, unas faccioncillas peregrinamente
serias, con la seriedad cómica de los recién nacidos. Ana empezó a
hablarle, a decirle mil zalamerías a aquel bollo que del mundo exterior
sólo conocía las sensaciones de calor y frío; buscó una cucharilla y le
paladeó con agua azucarada; arregló la gorra protectora del cráneo,
blando y colorado como una berenjena, y después se sentó a la cabecera
del lecho, depositando en el regazo el fajado muñeco.
--¿No sabes?--exclamó abriendo por fin la esclusa de sus noticias--.
Encontré a la que les cose a las de García.... No te alteres, mujer,
alégrate; se largan esta tarde para Madrí, porque tuvieron parte de que
ganaron el pleito y van a arreglarlo allá todo.
Volvió Amparo el rostro con lánguido movimiento, murmurando:
--Dios vaya con ellas.
--No sé que no les pase algo en el camino, porque anda todo revuelto....
Me dijo esa misma chica que hoy sin falta venía la República....
--Hace... ocho días que la están anunciando....
--Calla, no hables, que te puede venir el delirio....
Y la Comadreja se dedicó a arrullar al infante mientras Amparo se
sepultaba otra vez en un sopor que le dejaba el cerebro hueco, la cabeza
vacía, anonadando su pensamiento y haciéndola insensible a lo que pasaba
en torno suyo. Los pasos de Chinto la llamaron a la vida otra vez. Abrió
los ojos, que, en la palidez amarillosa de su morena cara, parecían
mayores y azulados. Chinto se acercó andando de puntillas, torpón y
zambo como siempre. Además parecía hallarse muy turbado.
--Caro me costó que me dejasen pasar al cuartel--murmuró con su
estropajosa habla de paisano, que salía a relucir de nuevo en los lances
difíciles--. No se puede andar.... Todo está revuelto.... La gente corre
como loca por las calles.... Allí... dice que se marchó el Rey.... Que
en Madrí hay República....
Medio se incorporó Amparo, apartando de la frente los negros cabellos
lacios con el sudor que los empapaba....
--¿Qué me dices?--balbució.
--Lo que te digo, mujer.... El alcalde y el gobernador ya echaron muchos
bandos, que los vi en las esquinas.... Y están poniendo trapos de color
en los balcones....
--¡Será la cierta!--clamó alzando las manos--. Sigue, sigue.
--Pues fui al cuartel... y allí no estaba....
--¿Irías a su casa volando?--interrogó Amparo temblona.
--Fui... y dice que....
--Acaba, maldito.
--Y dice que...--Chinto se devanó los sesos buscando una fórmula
diplomática--. Dice que no está en el pueblo, porque... porque ayer se
marchó a Madrí.
Quiso abrir la boca Amparo y articular algo, pero su dolorida laringe no
alcanzó a emitir un sonido. Echose ambos puños a los cabellos y se los
mesó con tan repentina furia, que algunos, arrancados, cayeron
retorciéndose como negros viboreznos sobre el emboce de la cama.... Las
uñas, desatentadas, recorrieron el contraído semblante y lo arañaron y
ofendieron....
--Lárgate, que me voy a levantar--dijo por fin a Chinto--, a ver si
reúno gente y quemo aquella maldita madriguera de los de Sobrado.
--Sí, lárgate--añadió Ana--. ¡Para las buenas noticias que traes!
En vez de obedecer, acercose Chinto a la cama, donde jadeaba Amparo
partida, hecha rajas por el horrible esfuerzo de su cólera.
--Mujer, oyes, mujer...--pronunció con voz que quería suavizar y que
sólo lograba ensordecer--no te aflijas, no te mates.... Allí... yo... yo
me pondré por padre y nos casaremos si quieres... y si no, no... lo que
digas.
Como generosa yegua de pura sangre a la cual pretendiesen enganchar
haciendo tronco con un individuo de la raza asinina, la Tribuna se
irguió, y saltándosele los ojos de las órbitas, los carrillos inflamados
por la fiebre, gritó:
--Sal, sal de ahí, bruto.... ¡Quieres condenarme!
Fuese el emisario de malas nuevas con la música a otra parte, cabizbajo,
convencido de que era un criminal, y la oradora permaneció sentada en la
cama, arrugando las ropas en la contorsión desesperada de sus miembros y
cuerpo.
--¡Justicia--clamaba--, justicia! ¡Justicia al pueblo... favor, madre
mía del Amparo! ¡Virgen de la Guardia!, ¿pero cómo consientes esto? ¡La
palabra, la palabra, la palaaaabra... los derechos que... matar a los
oficiales, a los oficia!...
Un principio de fiebre y delirio se traslucía en la incoherencia de sus
palabras. Su cabeza se trastornaba y aguda jaqueca le atarazaba las
sienes. Dejose caer aletargada sobre las fundas, respirando
trabajosamente, casi convulsa. Ana se sintió iluminada por una idea
feliz. Tomó el muñeco vivo, y sin decir palabra, lo acostó con su madre,
arrimándolo al seno, que el angelito buscó a tientas, a hocicadas, con
su boca de seda, desdentada, húmeda y suave. Dos lágrimas refrigerantes
asomaron a los párpados de la Tribuna, rezumaron al través de las
pestañas espesas, humedecieron la escaldada mejilla, y en pos vinieron
otras, que se apresuraban desahogando el corazón y aliviando la
calentura incipiente....
Al exterior, las ráfagas de la triste brisa de febrero silbaban en los
deshojados árboles del camino y se estrellaban en las paredes de la
casita. Oíase el paso de las cigarreras que regresaban de la Fábrica; no
pisadas iguales, elásticas y cadenciosas como las que solían dar al
retirarse a sus hogares diariamente, sino un andar caprichoso,
apresurado, turbulento. Del grupo más compacto, del pelotón más resuelto
y numeroso, que tal vez se componía de veinte o treinta mujeres juntas,
salieron algunas voces gritando:
--¡Viva la República federal!