Ensayo sobre la literatura dramática revolucionaria

No hay remedio, esto se va y lo otro avanza a galope. ¿Cuándo se retira

Amadeo? ¿Hoy? ¿Mañana? Y si el italiano no perdió de vista todavía la

tierra española, ya es como si viviésemos en plena república; no estará

proclamada, pero ¿qué más da? Todo el mundo cuenta con ella de un

instante a otro. Sólo bajo la monarquía de merengue que se va

derritiendo y consumiendo al calor de la revolución podía ser

representable el drama que anunciaban los carteles del coliseo

marinedino, Valencianos con honra. Aunque Amparo no iba a parte alguna,

tanto oyó hablar de lo intencionado y subversivo que era el drama

famoso, y de cómo pintaba a los republicanos tal cual son y no según los

ennegrece el pincel reaccionario, que resolvió asistir. Instalose con

Ana en el paraíso, donde se amontonaba inmensa concurrencia, que les

metía los pies por la cintura, los codos por las ingles; a duras penas

lograron las dos muchachas apoderarse de su sitio; al fin consiguieron

embutirse de medio lado en delanteras, y allí se mantuvieron prensadas,

comprimidas, sin ser dueñas ni de enjugarse el sudor de la frente. El

calor era espeso, asfixiante. Al alzarse el telón vino una bocanada de

aire más respirable a aquel horno; poco duró, pero al menos dio ánimos

para atender a las primeras escenas del drama.

El cual merecía bien que se sufriese la asfixia y otros géneros de

tortura, a trueque de verlo representar. Desde la exposición tuvo

conmovidos y suspensos a los espectadores. No podía ser de más

actualidad el argumento, basado en los sucesos políticos de Valencia de

1869. Jugaba en el enredo un espía, un vil espía, perseguidor y delator

de una familia republicana a machamartillo. Perdonado este pícaro en el

primer acto por los magnánimos conspiradores a quienes vendió, claro

está que no había de enmendarse, y que en los actos siguientes volvería

a hacer de las suyas; no lo creyeron así los protagonistas del drama,

pero en cambio la concurrencia de la cazuela lo presintió, y en medio

del calor sofocante se oían voces ahogadas de emoción exclamando: «¡Ay!

¿Para qué perdonarán a ese tunante?... ¡Ya verás cómo los ha de vender

otra vez!... ¡Como yo le atrapase no le soltaba, no!». Verdad es que si

el bellaco del espía era tan malo que no tenía el diablo por donde

cogerlo, en cambio los personajes republicanos ofrecían modelos de

lealtad y dechados de virtudes. Cuando en el mismo acto primero una

esposa se abraza a su marido, que parte al combate, declarando con noble

resolución que quiere seguirle y compartir los riesgos de la lid, Amparo

sintió como un nudo, como una bola que se le formaba en la garganta, y

haciendo un supremo esfuerzo, se agarró a la barandilla de la cazuela y

gritó «¡bien!... ¡muy bien!» dos o tres veces, luciendo su voz de

contralto. Era aquel drama el mismo que ella había soñado en otro

tiempo, cuando llegaron a Marineda los delegados de Cantabria, de cuyos

riesgos y aventuras tanto deseara ser partícipe. La escena final del

acto, donde todos los voluntarios republicanos, entre el fragor de la

lid empeñada, doblan la rodilla al aparecer el Señor acompañado de las

monjas de San Gregorio, aflojó suavemente los tirantes nervios de la

concurrencia. Una especie de rocío refrigerante de honradez, dulzura y

religiosidad se derramó sobre el público; las gentes experimentaban

impulsos de abrazarse, de rezar y de charlar. ¡Después dirán que los

oscurantistas se levantan por la religión! ¡Sí, sí! ¡Por cobrar las

contribuciones y destruir _ferroscarriles_! ¡Que vengan a oír esto!

¿Quién duda que los mejores cristianos son los federales?

Pasose el entreacto en vivos comentarios acerca del drama, que causaba

favorabilísima impresión. Personas grandes se limpiaban los ojos con el

dorso de la mano haciendo tiernos momos de llanto. ¡Cuidado que se

necesitaba talento y sabiduría para escribir piezas así! Sólo era

irritante lo de dejar al espía con vida, porque de fijo, en el acto

próximo, iba a salir con alguna barrabasada gorda. De tal suerte

imperaba el entusiasmo, que nadie se ocupaba en mirar a la gente de

abajo, a pesar de hallarse de bote en bote el coliseo; y como tardase en

subir el telón, hubo pateos y aplausos impacientes y furiosos. Al fin

dio principio el ansiado acto segundo.

Graduaba el autor hábilmente los efectos dramáticos, manejando con

destreza los resortes del terror y la piedad. Ahora presentaba un

mancebito que volvía de la lucha callejera a su casa, herido

mortalmente, y consternando a su familia del modo que cualquiera puede

figurarse. La actriz encargada de este interesante papel se había puesto

sobre su cabello natural una peluca de ricitos cortos que la hacía

semejante a un perro de aguas; circundaban sus ojos románticas ojeras

marcadas al difumino; espesa capa de polvos de arroz imitaba la palidez

de la agonía; llevaba americana muy floja para disimular la amplitud de

las caderas, y entró tambaleándose y dando traspiés, con la mano apoyada

en la región del pecho donde se suponía estar la herida. Por el paraíso

circuló un rumor misterioso y profundo, el rugido opaco de la emoción

que se comprime y refrena para mejor estallar después. Comenzó la escena

de la despedida del moribundo y su familia. Cuando el padre, comandante

de los voluntarios republicanos, dijo adiós al hijo confiándole la

bandera, en unos versos que terminan así:

_Lleva la palma en la mano_

_Mientras la patria en ofrenda_

_Te da este sudario en prenda..._

y corriendo hacia la concha del apuntador y mudando la voz llorona en un

vocejón estentóreo, gritó cerrando de puños:

_¡Viva el pueblo soberano!_

Los llantos histéricos de las mujeres fueron cubiertos, devorados por el

clamor que se alzó compacto y fortísimo, repitiendo frenéticamente el

¡viva!, a la vez que un huracán de palmadas asordó el coliseo.

Contagiados, electrizados por la exaltación del público, los actores se

esmeraban, bordaban su papel, y, poseyéndose, se abrazaban en realidad y

se daban verdaderas puñadas en el tórax. Amparo, con medio cuerpo fuera

de la barandilla, palmoteaba a más y mejor.

Durante el segundo entreacto, las gentes prensadas en la cazuela se

hallaron unas miajas más anchas y cómodas, ya sea porque su volumen se

había ido sentando y acomodándose al espacio, ya porque algunas,

indispuestas con tan alta temperatura, mal de su grado hubieron de

retirarse. Ana logró, pues, revolverse y escudriñar con sus perspicaces

ojos de gato los ámbitos del teatro todo. Dio un expresivo codazo a la

Tribuna, que miró hacia donde le señalaba su amiga, y divisó a las de

García en un palco platea.

Fijose especialmente en Josefina, que estaba elegante y sencilla, con

traje de alpaca blanca adornado de terciopelo negro. A toda su familia,

desde la madre hasta Nisita, les rebosaba el contento visiblemente; pero

Josefina, en particular, no parece sino que se había esponjado con las

buenas nuevas del pleito. La proximidad de la fortuna animaba, como un

reflejo dorado, su tez, y hacía fulgecer en sus ojos chispas áureas.

Recostada en la silla, gozaba beatíficamente del triunfo, exponiendo a

la admiración de los inquilinos de las _lunetas_ el cuerpecillo

ajustado, púdico, la línea fugitiva que se elevaba desde la cintura al

hombro, el gracioso manejo de abanico, el movimiento delicado con que

subía los gemelos a la altura de las cejas. No acertaba Amparo a apartar

los ojos de su vencedora rival, y a duras penas la distrajo de aquella

contemplación acerba el principio del tercer acto.

Aparecía en éste un oficial del ejército, que, agradecido a la

hospitalidad que le habían otorgado en la casa republicana, salvaba a su

vez a los dueños de ella: patético rasgo, corona de todos los excelentes

sentimientos que abundaban en el drama. Cuando más moqueaba la gente y

se oían más jipíos y sollozos, Amparo sintió que su mirada, atraída por

irresistible imán, se clavaba otra vez en el palco de García. Abriose la

puerta de este, y entró Baltasar, ceñido el fino talle por un uniforme

intachable; y después de saludar cortésmente a la madre y a las niñas,

se sentó al lado de la mayor, arreglándose el pelo con la enguantada

mano, y estirando levemente, con notable desembarazo, la tirilla.

Dirigió a Josefina en voz baja dos o tres palabras que, según el

movimiento con que las acompañó, debían ser: «¿Qué tal esto?». Y la de

García alzó los hombros de un modo imperceptible, que claramente

significaba: «Psh.... Un dramón muy cursi y muy populachero». Definida

así la situación, Baltasar tomó familiarmente el abanico de la joven, y

mientras lo cerraba y abría y le daba vueltas como para informarse bien

del paisaje, se entabló una de esas conversaciones íntimas, salpicadas

de coqueterías, de reticencias, de miradas intensas y cortas, de

ahogadas risas, diálogos en que reina dulce abandono, que no serían

posibles mano a mano y en la soledad, y nunca se producen mejor que

entre el tumulto de un sitio público, ante miles de testigos, en el

desierto de las multitudes.

--Pero no ves, mujer... ¡qué poca vergüenza!--exclamaba Ana señalando al

grupo, del cual no se separaban las pupilas de Amparo--. Después del...

del aviso, ¿no sabes?--añadió hablándole al oído.

La Tribuna no contestó. Ana ignoraba la destrucción del anónimo: Amparo,

avergonzándose de su noble impulso, no quería confesarlo, temerosa de

que la Comadreja la tratase de _babiona_ y de _pápara_, y aun de que

repitiese la carta por cuenta propia. Ahora... ahora, clavando las uñas

en la franela roja del barandal, sentía que el corazón se le inundaba de

hiel y veneno: nada, estaba visto que era tonta; ¿por qué no echó la

carta en el correo? Pero no; esa miserable y artera venganza no la

satisfacía; cara a cara, sin miedo ni engaño, con la misma generosidad

de los personajes del drama, debía ella pedir cuenta de sus agravios. Y

mientras se le hinchaba el pecho, hirviendo en colérica indignación, el

grupo de abajo era cada vez más íntimo, y Baltasar y Josefina

conversaban con mayor confianza, aprovechándose de que el público,

impresionado por la muerte del espía infame que, al fin, hallaba

condigno castigo a sus fechorías, no curaba de lo que pudiese suceder

por los palcos. De Josefina, que tenía la cabeza vuelta, sólo se

alcanzaban a ver los bucles del artístico peinado, la mancha roja de una

camelia prendida entre la oreja y el arranque del blanco cuello, y la

bola de coral del pendiente, que oscilaba a cada movimiento de su dueña.

Bien quisiera la Tribuna salir, librarse de la sensación lancinante que

le producía tal vista; pero la gente que la rodeaba por todas partes,

como las sardinas a las sardinas en la banasta, no le consentía moverse

mientras el telón no se bajase. Un poco antes de terminarse el drama

hubo de ver a las de García que se levantaban, y a Baltasar que les

ponía los abrigos a todas con suma deferencia, empezando por la madre;

después se cerró la puerta del palco, y quedose Amparo con las pupilas

fijas maquinalmente en aquel espacio vacío. Aún tardó algunos minutos en

comenzar el desagüe de la cazuela, y el estrepitoso descenso por las

escaleras abajo. Cogiéronse Amparo y Ana de bracero, y empujadas por

todos lados arribaron al vestíbulo y de allí salieron a la calle, donde

el frío cortante de la noche liquidó al punto el sudor en que estaban

ensopadas sus frentes. Sintió la Comadreja que el brazo de Amparo

temblaba, y la miró, y le halló desencajada la faz.

--Tú no estás bien, chica... ¿qué tienes? ¿Te da algo por la cabeza?

--Suéltame--contestó con voz opaca la Tribuna--. A donde voy no me hace

falta compañía.

--¡María Santísima!, ¿a dónde vas, mujer?, ¿qué es esto?

--¡Que a dónde voy! Pues a apedrearles la casa, para que lo sepas.

Y recogió el mantón, como para quedarse con los brazos libres.

--Tú loqueas.... Anda a dormir.

--O me dejas o me tiro al mar--respondió con tal acento de desesperación

la muchacha, que Ana la soltó, y echó a andar a su lado, midiendo el

paso por el de la terrible y colérica Tribuna.

--Te digo que se la apedreo, mujer; tan cierto como que ahora es de

noche y Dios nos ve. ¡Repelo!,¡no hay sino hacer irrisión de las

gentes... de las infelices mujeres... de los pobres! ¿Pero tú has visto

qué descaro, qué descaro tan atroz? En mi cara... en mi cara misma...

¡me valga san Dios!, ¡que esto no pasa entre los negros de allá de

Guinea!

--Bueno... y ahora ¿qué se hace con perderse... con ir a la cárcel,

mujer?

--Desahogarme, Ana... porque me ahogo, que toda la noche pensé que con

un cordel me estaban apretando la nuez.... ¡Romperles los vidrios,

retepelo!, ¡armar un belén, avergonzarlos, canario!, ¡y que no me piquen

las manos y que duerma yo a gusto hoy!, ¡que tengo las asaduras aquí

(señaló a la garganta) y el corazón apretao, apretao!

--Pero mujer... mira, considera....

--No considero, no miro nada....

Este diálogo duraba mientras cruzaron las dos amigas el páramo de

Solares en dirección al barrio de Arriba, por donde suponía Amparo que

iba Baltasar acompañando a las de García hasta su casa. El aire frío y

el silencio de las calles del barrio templaron, no obstante, la sangre

enardecida de la Tribuna. Pareciole entrar en algún claustro donde todo

fuese quietud y melancolía. No hollaba un transeúnte el pavimento, que

resonaba con solemnidad, y cuando menos lo pensaban las dos

expedicionarias, les cerró el paso una iglesia, la de Santa María

Magdalena, alta, muda, con pórtico de ojiva, donde la luz de los faroles

dibujaba los vagos contornos de los santos de piedra que se miraban

inmóviles. Involuntariamente la Tribuna bajó la voz, y al cruzar por

delante del pórtico se santiguó, sin darse cuenta de lo que hacía, y

reportó y contuvo el paso. Ana iba a aprovechar la coyuntura para hacer

a la determinada Tribuna mil reflexiones, a tiempo que un oficial, que

volvía de la plaza de la Fruta, cruzó casi rozándose con ellas y sin

verlas, cantando entre dientes no sé qué polca o pasodoble. Reconoció

Amparo a Baltasar y echó tras él como el lebrel tras la res que

persigue. ¿Oyó Baltasar las pisadas de la Tribuna y pudo reconocerlas?

¿O era solamente que iba deprisa? Lo cierto es que se perdió de vista al

revolver de la esquina, y que, por muy diligentes que anduvieron las que

lo seguían, no lograron darle alcance.

--Voy a llamarle a la puerta--exclamó Amparo.

--Mujer, ¿estás loca?... ¡una casa de la calle Mayor!--murmuró Ana con

respetuoso miedo--. ¿Tú sabes la que se armaría?

En horas semejantes la calle Mayor ofrecía imponente aspecto. Las altas

casas, defendidas por la brillante coraza de sus galerías refulgentes,

en cuyos vidrios centelleaba la luz de los faroles, estaban cerradas,

silenciosas y serias. Algún lejano aldabonazo retumbaba allá... en lo

más remoto, y sobre las losas el golpe del chuzo del sereno repercutía

majestuoso. Amparo se detuvo ante la casa de los Sobrados. Era ésta de

tres pisos, con dos galerías blancas muy encristaladas, y puerta

barnizada, en la cual se destacaba la mano de bronce del aldabón. Y

entre el silencio y la calma nocturna, se alzaba tan severa, tan

penetrada de su importante papel comercial, tan cerrada a los extraños,

tan protectora del sueño de sus respetables inquilinos, que la Tribuna

sintió repentino hervor en la sangre, y tembló nuevamente de estéril

rabia, viendo que por más que se deshiciese allí, al pie del impasible

edificio, no sería escuchada ni atendida. Accesos de furor sacudieron un

instante sus miembros al hallarse impotente contra los muros blancos,

que parecían mirarla con apacible indiferencia; y de pronto, bajándose,

recogió un trozo de ladrillo que la casualidad le mostró, a la luz de un

farol, caído en el suelo, y con airada mano trazó una cruz roja sobre la

oscura puerta reluciente de barniz, cruz roja que dio mucho que pensar

los días siguientes a doña Dolores y al tío Isidoro, que recelaban un

saqueo a mano armada.

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La Tribuna · 第 40 / 42 题