El barrio de Amparo era de gente pobre; abundaban en él cigarreras,
pescadores y _pescantinas_. Las diligencias y los carruajes, al cruzarlo
por la parte de la Olmeda, lo llenaban de polvo y ruido un instante;
pero presto volvía a su mortecina paz de aldea. Sobre el parapeto del
camino real que cae al mar estaban siempre de codos algunos marineros,
con gruesos zuecos de palo, faja de lana roja, gorro catalán; sus
rostros curtidos, su sotabarba poblada y recia, su mirar franco, decían
a las claras la libertad y rudeza de la existencia marítima; a pocos
pasos de este grupo, que rara vez faltaba de allí, se instalaba, en la
confluencia de la alameda y la cuesta, el mercadillo: cestas de
marchitas verduras, pescados, mariscos; pero nunca aves ni frutas de
mérito.
Lo más característico del barrio eran los chiquillos. De cada casucha
baja y roma, al lucir el sol en el horizonte, salía una tribu, una
pollada, un hormiguero de ángeles, entre uno y doce años, que daba
gloria. De ellos los había patizambos, que corrían como asustados
palmípedos; de ellos, derechitos de piernas y ágiles como micos o
ardillas; de ellos, bonitos como querubines, y de ellos, horribles y
encogidos como los fetos que se conservan en aguardiente. Unos daban
indicios de no sonarse los mocos en toda su vida, y otros se oreaban sin
reparo, teniendo frescas aún las pústulas de la viruela o las ronchas
del sarampión; a algunos, al través de la capa de suciedad y polvo que
les afeaba el semblante, se les traslucía el carmín de la manzana y el
brillo de la salud; otros ostentaban desgreñadas cabelleras, que si
ahora eran zaleas o ruedos, hubieran sido suaves bucles cuando los
peinaran las cariñosas manos de una madre. No era menos curiosa la
indumentaria de esta pillería que sus figuras. Veíanse allí gabanes
aprovechados de un hermano mayor, y tan desmesuradamente largos, que el
talle besaba las corvas y los faldones barrían el piso, si ya un
tijeretazo oportuno no los había suprimido; en cambio, no faltaba
pantalón tan corto, que, no logrando encubrir la rodilla, arregazaba
impúdicamente descubriendo medio muslo. Zapatos, pocos, y esos muy
estropeados y risueños, abiertos de boca y endeblillos de suela; ropa
blanca, reducida a un jirón, porque, ¿quién les pone cosa sana para que
luego se revuelquen en la carretera, y se den de mojicones todo el santo
día, y se cojan a la zaga de todos los carruajes, gritando: «¡Tralla,
tralla!»?
De lo que ninguno carecía era de cobertera para el cráneo: cuál lucía
hirsuta gorra de pelo, que le daba semejanza con un oso; cuál un
agujereado fieltro sin forma ni color; cuál un canasto de paja tejido en
el presidio, y cuál un enorme pañuelo de algodón, atado con tal arte,
que las puntas simulaban orejas de liebre. ¡Oh, y qué cariño profesaban
los benditos pilluelos a aquella parte de su vestido! Antes se dejarían
cortar el dedo meñique, que arrancar la gorra o el sombrero; nada les
importaba volver a casa de noche sin una pierna del calzón o sin un
brazo de la chaqueta; pero tornar con la cabeza descubierta sería para
ellos el más grave disgusto.
Vivía el barrio entero en la calle, por poco que el tiempo estuviese
apacible y la temperatura benigna. Ventanas y puertas se abrían de par
en par, como diciendo que donde no hay, no importa que entren ladrones;
y en el marco de los agujeros por donde respiraban trabajosamente los
ahogados edificios, se asomaba ya una mujer peinándose las guedejas, y
de la cual sólo distinguía el transeúnte la rápida aparición del brazo
blanco y la oscura aureola del cabello suelto; ya otra, remendando una
saya vieja; ya lactando a un niño, cuyas carnes rollizas doraba el sol;
ya mondando patatas y echándolas, una a una, en grosera cazuela.... Esta
vecina atravesaba con la _sella_ de relucientes aros camino de la
fuente; aquella se acomodaba a sacudir un refajo o a desocupar, mirando
hacia todos lados con recelo, una jofaina; la de más acá salía con
ímpetu a administrar una mano de azotes al chico que se tendía en el
polvo; la de más allá volvía con una pescada, cogida por las agallas,
que se balanceaba y le flagelaba el vestido. Todas las excrecencias de
la vida, los prosaicos menesteres que en los barrios opulentos se
cumplen a sombra de tejado, salían allí a luz y a vista del público.
Pañales pobres se secaban en las cancillas de las puertas; la cuna del
recién nacido, colocada en el umbral, se exhibía tan sin reparo como las
enaguas de la madre.... Y no obstante, el barrio no era triste; lejos de
eso, los árboles vecinos, el campo y mar colindantes, lo hacían por todo
extremo saludable; el paso de los coches lo alborotaba; los chiquillos,
piando como gorriones, le prestaban por momentos singular animación;
apenas había casa sin jaula de codorniz o jilguero, sin alelíes o
albahaca en el antepecho de las ventanas; y no bien lucía el sol, las
barricas de sardinas arenques, arrimadas a la pared y descubiertas,
brillaban como gigantesca rueda de plata.
Tampoco faltaban allí comercios que, acatando la ley que obliga a los
organismos a adaptarse al medio ambiente, se acomodaban a la pobreza de
la barriada. Tiendecillas angostas, donde se vendían zarazas catalanas y
pañuelos; abacerías de sucio escaparate, tras de cuyos vidrios un galán
y una dama de pastaflora se miraban tristemente viéndose tan mosqueados
y tan añejos, y las cajas _tremendas_ de fósforos se mezclaban con
garbanzos, fideos amarillos, aleluyas y naipes; figones que brindaban al
apetito sardinas fritas y callos; almacenes en que se feriaban cucharas
de palo, cestería, cribas y zuecos: tal era la industria de la cuesta de
San Hilario. Allí se tuvo por notable caso el que un objeto adquirido se
pagase de presente, y el crédito, palanca del moderno comercio,
funcionaba con extraordinaria actividad. Todo se compraba al fiado:
cigarrera había que tardaba un año en poder abonar los chismes del
oficio. Reinaba en el barrio cierta confianza, una especie de comadrazgo
perpetuo, un comunismo amigable: de casa a casa se pedían prestados, no
solamente enseres y utensilios, sino «una sed» de agua, «una nuez» de
manteca, «un chisquito» de aceite, «una lágrima» de leche, «un nadita»
de petróleo. Avisábanse mutuamente las madres cuando un niño se
escapaba, se descalabraba o hacía cualquier diablura análoga; y como el
derecho de azotar era recíproco, las infelices criaturas venían a estar
en potencia propincua de ser vapuleadas por el barrio entero.
Pronto se acostumbró la madre de Amparo a su nueva vecindad: tenía la
cama próxima a la ventana, y nadie pasaba por allí sin detenerse a
conversar un rato.... Las pescaderas le referían sus lances, y la
tullida compraba desde su lecho sardinas, pedía agua, oía chismes sin
número, forjándose en cierto modo la ilusión de que tomaba el aire
libre.... Por lo que hace a Amparo, fue presto la reina del barrio:
reíanse los marineros, abierta la boca de oreja a oreja, dilatando sus
anchos semblantes de tritones, cuando la veían pasar; los carabineros
del Resguardo le echaban flores.... Casi todos manifestaron sentimiento
al saber que «andaba» con un oficial, un señorito de allá del barrio de
Abajo.
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