Desde la venida de Amadeo I tenían las cigarreras de Marineda a quien
echar la culpa de todos los males que afligían a la Fábrica. Cuando
caminaba hacia España el nuevo Rey, leíanse en los talleres, con pasión
vehementísima, todos los periódicos que decían: «No vendrá». Y el caso
es que vino, con gran asombro de las operarias, a quienes la prensa roja
había vaticinado que la monarquía era «un yerto cadáver, sentenciado por
la civilización a no abandonar su tumba». Alguna cigarrera abogó por el
hijo de Víctor Manuel, rey liberal al cabo, que daba la mano a todos y
no tenía maldita la soberbia; pero la inmensa mayoría convino en que, al
fin, un rey siempre era un rey, y en que la monarquía no era la
república federal, verdades tan palmarias que, por último, los
disidentes hubieron de reconocerlas.
Otros motivos de irritación ayudaban a soliviantar los ánimos.
Escaseaban las consignas y la hoja tan pronto era quebradiza y seca,
como podrida y húmeda. No, trabajo habían de pasar los que fumasen
semejante veneno; pero las que lo manejaban también estaban servidas. Al
ir a estirar la hoja para hacer las capas, en vez de extenderse, se
rompía, y en fabricar un cigarro se tardaba el tiempo que antes en
concluir dos; y para mayor ignominia, había que echarle remiendos a la
capa por el revés lo mismo que a una camisa vieja, lo cual era gran
vergüenza para una cigarrera honrada y que sabe su obligación al
dedillo. Las operarias alzaban los brazos ejecutando la desesperada
pantomima popular, llevándose ambas manos a la cabeza, a la frente, al
pecho, señalando con enérgicos ademanes el tabaco averiado e inútil, de
imposible elaboración. Tan alteradas estaban, que al pasar las maestras
les metían puñados de hoja en las narices, gritando que «olía a berzas»;
y, envalentonándose, lo hicieron también con los inspectores, y si el
jefe se hubiera presentado en los talleres, apostaban que con el jefe
repetirían la escena. En vano algunas maestras intentaron calmar el
oleaje prometiendo, para el entrante mes, nuevas consignas: seguían las
turbulencias porque aquel Gobierno maldito, no contento con enviarles
hoja de desperdicio, para más, daba en la flor de no pagarles. Pasaban
días y días sin que la cobranza se abriese, y las pobres mujeres,
tímidamente al principio, después en voz alta y angustiosa, preguntaban
a las maestras: «Y luego, ¿cuándo nos darán los cuartos?». Fue en
_crescendo_ el run run y se convirtió en formidable marejada. El
instinto que impele a los amotinados a ponerse a las órdenes de alguien,
aconsejó a las operarias del taller de cigarrillos arrimarse a Amparo
buscando el calor de su tribunicia frase. Halláronse chasqueadas: Amparo
no dio fuego. Oyó a todas y convino con ellas en que, efectivamente, era
una picardía no pagarles lo suyo; y, ventilado este punto, siguió liando
pitillos, sin añadir arenga, excitación, sermón político ni cosa que lo
valiese. Admiradas se quedaron las turbas de semejante frialdad. ¡Si
pudiesen penetrar en lo íntimo del alma de Amparo, en aquellos
inexplorados rincones donde quizá ella misma no sabía con total
exactitud lo que guardaba! ¡Si hubiesen visto brotar una figurita chica,
chica y remotísima, como las que se ven con los anteojos de teatro
cogidos a la inversa, pero que iba creciendo con rapidez asombrosa, y
que en la nomenclatura interior de las ilusiones se llamaba _señora de
Sobrado_! ¡Si advirtiesen cómo esa _señora_, microscópica, aun vestida
del color del deseo, iba avanzando, avanzando, hasta colocarse en el
eminente puesto que antes ocupaba la Tribuna, que se retiraba al fondo
envuelta en su manto de un rojo más pálido cada vez!
Atribuyose a otras causas la indiferencia de la oradora. Amparo tenía
los dedos listos y una boca no más que mantener; la crisis económica no
podía importarle tanto como a las que reunían seis hijos, tres o cuatro
hermanos, familia dilatada, sin más recursos que el trabajo de una
mujer. El tiempo corría, y en la tienda se cansaban de fiarles; se veían
perdidas, ¿cómo salir del apuro? ¡A los angelitos no era cosa de darles
a comer las piedras de la calle! Guardiana, hablando de su sordo-muda,
partía el corazón; ella primero consentía morir, que privar a la niña de
su cascarillita con azúcar y de su pan fresco de trigo; si era preciso,
pediría una limosna: no sería la primera vez; y al oír esto todas sus
amigas la atajaron: ¡pedir limosna!, ¡qué humillación para la Fábrica!
No; se ayudarían mutuamente, como siempre; las que estaban mejor se
rascarían el bolsillo para atender a las más necesitadas; y en efecto,
así se hizo, verificándose numerosas cuestaciones, siempre con fruto
abundante.
Cierto día se difundió por la Fábrica siniestro rumor: Rita de la
Riberilla, una operaria, había sido cogida con tabaco. ¡Con tabaco!
¡Jesús, si parecía una santa aquella mujer chiquita, flaca, con los ojos
ribeteados de llorar, que solía atarse a la cara un pañuelo negro a
causa, quizá, del dolor de muelas! Pero algunas cigarreras, mejor
informadas, se echaron a reír: ¿dolor de muelas?, ¡ya baja! Era que su
marido la solfeaba todas las noches, y ella, por tapar los tolondrones y
cardenales, se empañicaba así; también una vez se presentó arrastrando
la pierna derecha y diciendo que tenía reúma, y la reúma era un lapo
atroz sacudido por él. Cuando llevaron a la culpable al despacho del
jefe, lo primero que hizo fue llorar sin responder; y al cabo, hostigada
ya, asaeteada a preguntas, se resolvía a confesar que «el marido» la
abría a golpes si no le llevaba todos los días tres cigarros de a
cuarto.... La Comadreja, con su carilla acutangular, cómicamente
fruncida, remedaba a la perfección los entrecortados sollozos, el hipo y
las súplicas de la delincuente.
--Tres cig...aaaarros, señor menistrad...ooooor, tres cig...aaaarros
sólo, que aun yo de aquí viva no saaaal...ga si otra triste hilacha de
taaaaab...aco apañé... que yo no lo hiiiice por cudicia, tan cierto como
que Dios bendito está en los diiiivinos sielos, sino que el marido me da
con el formón, que, perdonando la cara de usté, en una pierna me cortó
la carne, que puedo enseñar la llaga, que aún no curó... Y él sólo
quería el tabaco para fuuumar, que no era para vender ni hacer
negocio.... Y ahora yo pierdo el pan, y mis hijos también.... Porque
escuche, y perdone: él me decía: «Ya que no traes cuartos hace un mes a
la casa, tan siquiera trae cigarros...».
El taller entero, a vueltas de la risa que le causaba la graciosa mímica
de Ana, rompió en exclamaciones de lástima: robar no estaba bien hecho,
claro que no; pero también hay que ponerse en la situación de cada uno;
¿cómo se había de gobernar la infeliz, si su marido la partía y hacía
picadillo con ella? ¡Ay! ¡Dios nos libre de un mal hombre, de un
vicioso! En fin, no era razón dejar morir de hambre a los chiquillos de
la Rita; la Fábrica daba limosna a bastantes pobres de fuera: con más
motivo a los de dentro; y la maestra recorrió el taller con el delantal
hecho bolsa, y llovieron en él cuartos, _perros_ y monedas de diferentes
calibres en gran abundancia. Al llegar frente a Amparo esta tuvo un
rasgo que fue aplaudidísimo y le conquistó otra vez gran popularidad.
Hacía ya una semana que la pitillera vivía del crédito, porque sus
gastos de vestir la traían siempre atrasada; y cuando la cuestora se
acercó a pedirle, no tenía la futura señora de Sobrado ni un ochavo
roñoso en el bolsillo. Pero, cosa de un mes antes, había realizado uno
de sus caprichos, comprando con las economías, en otro tiempo destinadas
a salvar a la Asamblea, un par de pendientes largos de oro bajo, que
eran su orgullo: quitóselos sin vacilar, y los echó en el delantal de la
maestra. Alzose un clamoreo, una aprobación ruidosa y vehemente, gritos
agudos, voces humedecidas por el llanto, bendiciones casi inarticuladas;
y al punto, dos o tres objetos más de escaso valor, una sortija de
plata, un dedal de lo mismo, vinieron despedidos desde las mesas
próximas, cayeron en el delantal y se mezclaron con la calderilla.
Aquella tarde, al salir de los talleres, vieron las operarias, colgado
cerca del quicio de la puerta, el cartel de rigor: «Habiendo sido cogida
con tabaco en el acto del registro la operaria del taller de cigarros
comunes, Rita Méndez, del partido núm. 3, rancho 11, queda expulsada
para siempre de la Fábrica.--_El Administrador Jefe_, FULANO DE TAL».
Colocadas a ambos lados de la escalera, las cuadrilleras vigilaban para
que el despejo se hiciese con orden; y sentadas ya en sus sillas,
esperaban las maestras, más serias que de costumbre, a fin de proceder
al registro. Acercábanse las operarias como abochornadas, y alzaban de
prisa sus ropas, empeñándose en que se viese que no había gatuperio ni
contrabando.... Y las manos de las maestras palpaban y recorrían con
inusitada severidad la cintura, el sobaco, el seno, y sus dedos rígidos,
endurecidos por la sospecha, penetraban en las faltriqueras, separaban
los pliegues de las sayas.... Mientras los bandos de mujeres iban
saliendo con la cabeza caída--humilladas todas por el ajeno delito--, el
reloj antiguo de pesas, de tosca madera, pintado de color de ocre con
churriguerescos adornos dorados, que dominaba el zaguán grave y austero
como un juez, dio las seis.
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