Zagal y zagala

Y del accidente se murió aquella noche misma, sin confesión, sin

recobrar los sentidos. ¿Fue el sol abrasador? Mil veces le cayó

verticalmente sobre el cráneo al señor Rosendo en sus épocas de vida

militar, y vamos, que el de la isla de Cuba pica en regla.... ¿Fue el

haber vuelto a manejar las tenazas y a elaborar barquillos para el

extraordinario consumo de aquellos días solemnes? ¿Fue, como dijeron

algunas comadres, el orgullo de ver a su hija tan elocuente y bizarra, y

tan agasajada por los señores de la Asamblea? Quédese para la posteridad

el arduo fallo, si bien parece infundada la última suposición, por

cuanto el señor Rosendo, lejos de manifestar complacencia cuando la

chica se metía en semejantes trifulcas, rompiera pocos días antes su

mutismo para decirle cosas muy al alma sobre eso de buscar tres pies al

gato y perder su colocación por locuras. El servicio militar había

formado de tal suerte el carácter del viejo, que la insubordinación era

para él el más feo delito, y su divisa, obediencia pasiva, automática;

así es que amenazó a Amparo, poniendo los ojos fieros y la voz

tartajosa, con romperle una costilla si volvía a leer periódicos en la

Fábrica. Algunos años antes no hubiera amenazado sino ejecutado; pero la

cigarrera, desde que lo es, sale en cierto modo de la patria potestad, y

por eso se creyó el señor Rosendo en el caso de guardar consideraciones

a su progenitura. Sabiendo cuánto influyen en los sacudimientos

cerebrales y en las hemorragias internas los accesos de furor, puede

creerse que, tal vez, la rabia y no el orgullo de ver a su hija elevada

al rango de _Tribuna del pueblo_ determinaron en la pletórica

constitución del viejo la apoplejía fulminante.

En fin, a él lo enterraron y quedáronse las dos mujeres cual es de

suponer en los primeros momentos: aturdidas, maravilladas de ver cómo

«se va uno al otro mundo». Desequilibrio económico no lo hubo, porque

Amparo, indultada, había vuelto a la Fábrica, y Chinto, trabajando como

un mulo porfiado que era, ganaba lo mismo que antes y traía fielmente la

colecta todas las noches según costumbre, con la diferencia de que ni

recogía ni reclamaba su mezquino sueldo. Pareció el nuevo sistema muy

ventajoso y cómodo a la tullida, que venía a estar como si tuviese dos

hijos y ambos ganasen para sustentarla. Pero Amparo vivía inquieta

habiendo advertido cierto peregrino cambio en la actitud y modales de

Chinto. Mostrábase este mandón y muy interesado por las cosas de la

humilde casa, que indicaba considerar como suya; se tomaba otra vez la

libertad de esperar a la muchacha a la salida de la Fábrica, y aun de

acompañarla a la ida, si lo consentía la labor de los barquillos;

gastaba con ella chanzas finas como tafetán de albarda, y en suma, desde

la muerte del viejo, le daba de protector y cabeza de casa, sin que en

modo alguno procediese como criado, único papel que Amparo le señalaba

siempre, mortificada de ver que el tosco paisano le prestaba servicios.

Indignada y ofendida, tratole con más despego que nunca, y para colmo de

disgusto, vio que Chinto correspondía a sus desaires con rústicas

ternezas y a sus muestras de desvío con pruebas de confianza y afición.

Una vez le trajo un pliego de aleluyas, y otra, como le oyese alabar

ciertos pendientes de cristal negro, fue y se los presentó a la noche

muy orondo.

Ella se negó a estrenarlos.

Hallábase una mañana Amparo en su cuarto vistiéndose para salir a la

Fábrica, cuando sintió que una mano indiscreta alzaba el pestillo, y con

gran sorpresa encontró delante de sí a Chinto, de un talante como nunca

lo había visto la muchacha, pues traía el sombrerón ladeado sobre la

oreja, los carrillos sofocados, el aire resuelto y un cigarro de a

cuarto en la boca: preparativos todos que había juzgado indispensables

el paisanillo para realizar la proeza de «cantar claro». La muchacha

cruzó prestamente su bata que aún tenía sin abrochar, y arrojó al osado

una mirada olímpica; pero Chinto venía tal, que ni las ojeadas de un

basilisco le hicieran mella.

--¿A qué entras aquí, a ver?--gritó la cigarrera--. ¿Qué se te ofrece?

--Se me ofrecía... dos palabritas.

--¿Palabritas? Tengo que hacer más que oír tus tontadas.

--No, pues yo te quería decir de que... allí... como ya tengo aprendido

el oficio... es decir, vamos, que quedándome las herramientas por lo que

me debía tu padre de soldada... allí, yo, como ya en la quinta del mes

pasado libré... y como vamos....

--¿Acabarás hoy o mañana? Habla expedito, que parece que estás comiendo

sopas.

--Mujer, quiérese decir... que si tú admites el arriendo del trato,

puedes, es decir, podemos... casarnos los dos.

La risa homérica que soltó la insigne Tribuna al verse requerida de

amores por aquella montés alimaña, se cambió presto en cólera al

advertir que Chinto continuaba brindándole su mano y corazón con las

discretas razones ya referidas.

--Porque yo, lo que es tenerte voluntá... te tengo muchísima, ya desde

mismo que te vi... y me gustas que no sé, que parece que mismo no pienso

sino en tus quereres... así me veo yo tan destruido, que cuasimente no

como y propiamente no me quiere dormir el cuerpo.... Por trabajar, ya

sabes que trabajaré hasta que me reviente el alma... y por

mantenerte....

--¡Mira... si no te sacas de delante, repelo, hago contigo una

desgracia!--gritó furiosa ya Amparo dando al mozo, que estaba próximo a

la puerta, un soberano empellón para arrojarle del cuarto. Pero el

movimiento brusco y familiar despertó la sangre aldeana de Chinto, y con

los brazos abiertos se fue hacia Amparo. Esta a su vez sintió que

renacía la chiquilla callejera de antaño, y bajándose prontamente, alzó

del suelo una botita y estampó el tacón de plano en la inflamada mejilla

que vio próxima a las suyas: y con tanto brío menudeó los golpes, que a

uno que le alcanzó entre los ojos, el bárbaro galán hubo de exhalar

imprecaciones sofocadas, retrocediendo y dejando el campo libre. Mal

segura aún la muchacha, agarró una silla; mas sobraban ya los aprestos

bélicos, porque el mozo, restituido a la razón por el vapuleo, se había

arrojado de bruces sobre la cama, y escondiendo y revolcando el rostro

en la ropa tibia aún del cuerpo de Amparo, lloraba como un becerro,

alzando en su dialecto el grito primitivo, el grito de los grandes

dolores de la infancia que reaparece en las siguientes crisis de la

existencia.

--¡Madre mía, madre mía!

Encogiose Amparo de hombros y fuese a su Fábrica, que urgía el tiempo y

era preciso ganar el pan, porque el entierro del viejo había consumido

sus menguados ahorros. Al regresar contó a su madre lo ocurrido, y con

no pequeña admiración oyó que la impedida la reprendía por no haber

aceptado la propuesta matrimonial; y es el caso que la lógica de la

tullida parecía contundente.

--¿Tú qué eres, mujer?--le decía--. Cigarrera como yo. ¿Y él qué es,

mujer? Barquillero como tu padre que en paz descanse. Que te dicen por

ahí si eres graciosa, si eres tal y cual.... Conversación y más

conversación. ¿Él trabaja, eh? Pues a eso vamos, que lo otro...

patarata.

Sin querer oír más, la muchacha declaró que no sólo repugnaba casarse

con semejante bestia, sino que iba a echarlo de casa volando: no era

cosa de tener que atrancar la puerta cada vez que se vistiese. No y no:

antes prefería que la aspasen viva que sufrirlo allí a todas horas.

Lamentose la tullida, recordó que el jornal de Chinto las ayudaba a

vivir; todo se estrelló contra la firmeza de la Tribuna. Y cuando volvió

de fuera Chinto a soltar el tubo vacío y a entregar, cabizbajo y humilde

como un borrego, sus ganancias del día, Amparo le intimó la orden de no

dormir ya aquella noche en casa. El mozo la oyó con rostro entre abatido

y atónito; y así que se convenció de que se le condenaba al ostracismo,

salió de la estancia a paso redoblado. La tullida se inclinó hacia su

hija cuanto pudo para decirle:

--Mira que le debemos cuartos.

--Se los restregaré por la cara--respondió Amparo con magnífico desdén.

A los dos minutos se presentó otra vez Chinto, cargado con los chismes

de la barquillería, tenazas, cargador, lebrillo, y hasta un haz de leña;

Amparo se puso en actitud defensiva cuando le vio blandir en el aire los

hierros; mas no fue sino para desunirlos con fuerza bovina y tirarlos a

un rincón desdeñosamente; y en seguida, juntando las tarteras, la leña y

el cañuto de hojalata, lo pateó todo hasta reducir a añicos los

cacharros y a un bollo informe el reluciente tubo. Ejecutada la hazaña,

a puntapiés mandó los tristes restos a las esquinas de la habitación, de

la cual se retiró sin volver atrás el rostro.

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La Tribuna · 第 24 / 42 题