La Unión del Norte

¡Cuidado si hace calor!

Sobre el duro azul de un celaje no empañado por la más leve bruma,

ondean las flámulas, colocadas en mástiles a la veneciana alrededor del

baluarte de la Puerta del Castillo, y sus gayos colores no desdicen del

júbilo radiante del cielo y de la estrepitosa y alegre multitud. Arcos y

ondas de follaje verde corren de mástil a mástil, disonando y

contrastando con el tono cerúleo del firmamento. En mitad del anfiteatro

se alzaba el palco destinado a la Asamblea de la Unión, con su tribuna

al centro, y flanqueado de otros dos más bajos, pero mayores, destinados

a las comisiones del partido. Bien podía la Asamblea constitutiva de la

Unión del Norte de la costa ibérica--que así se nombraba en sus

documentos oficiales--ocupar oronda y satisfecha el palco presidencial:

pocas sesiones y breves horas le habían bastado para sentar las bases

del gran contrato unionista federativo; actividad gloriosa, sobre todo

comparándola con la flema y machaconería de aquellas holgazanas de

Cortes Constituyentes, que tardaban meses en redactar un código

fundamental y definitivo para la nación.

Caminaba impetuosa hacia el anfiteatro la comitiva, compuesta del

partido y _juventud_ republicana, de mucha chiquillería, de los comités

rurales, de los delegados y de todo fiel cristiano que movido de

curiosidad quiso injerirse en la procesión. Apresuradamente, como si

fuese un ser único animado por un solo soplo vital, y tuviese por voz la

banda de música que aturdía el ambiente con himnos y más himnos,

adelantábase la palpitante masa humana; y empujadas por la compacta

muchedumbre, las banderas, coronadas de flores, vacilaban cual si

estuviesen ebrias, y tan pronto daban traspiés y se inclinaban acá o

acullá, como tornaban a erguirse rectas y altivas. Y las casas del

tránsito parecían contemplar el cuadro y entender su asunto, y de unas

llovían flores, ramos, coronas, y otras, en menor número, cerradas a

piedra y lodo, dijérase que fruncían el ceño y se ponían hurañas y

serias al sentir el roce de las olas revolucionarias.

Cuando estas llegaron a estrellarse en el baluarte, se esparcieron y

derramaron por doquiera. El gentío trepó a las escaleras, cabalgó en el

caballete de los bastiones, invadió los palcos de los comisionados, y se

extendió coronando las alturas vecinas; por los troncos de los mástiles

se encaramó más de un granuja, resuelto a dominar la situación. Penetró

majestuosamente en su palco la Asamblea, y así que los delegados

ocuparon sus asientos, el tumulto se apaciguó como por magia, y cerca de

veinte mil personas guardaron silencio religioso. Sólo se oyó salir de

algún rincón del anchuroso escenario, el melancólico grito que

pregonaba: «¡Agua de limón fría, barquillos, agua, azucarillos, agua!».

Dos fotógrafos, situados en el lugar oportuno para tomar la vista,

enfocaban cubriéndose la cabeza con el paño de bayeta verde, y sus

máquinas parecían los ojos de la Historia contemplando la escena. Casi

se oiría el volar de una mosca, sobre todo en las cercanías del palco

presidencial.

Procediose a la firma y lectura del contrato de Unión. Desde lejos se

veía en el palco una agrupación de cabezas, entre las cuales se

destacaba la negra cabellera melodramática del disputador y sus quevedos

de oro, y la barba nívea del Patriarca, resplandeciente al sol como la

de Jehová en los cuadros bíblicos. Estaban Baltasar y Borrén apoyados en

un lienzo de parapeto, de pie sobre un sillar de piedra, lo cual les

permitía ver cuanto ocurriese. Ambos prestaban atención suma,

comprendiendo que presenciaban un episodio interesante del drama

político español.

--Aquí se incuba algo, hombre--exclamó Borrén inclinándose hacia su

amigo.

--¡Claro que se incuba! ¡El desbarajuste universal... y el picadillo que

van a hacer de España esos señores!

--Hombre, dice que no.... Dice que lo que desean es confederarnos, para

que estemos más uniditos que antes... ¿no ve usted que esto se llama la

Unión?

--¡Sí, sí, corte usted un dedo y péguelo después con saliva!

--A bien que una nación no es ninguna naranja para hacerse cuarterones

tan fácilmente.... ¿Sabe usted lo que me contaron de ese viejecito...

del Patriarca? Mire usted, yo me explico que sea republicano... ¡había

cosas en aquellos tiempos antiguos! ¡Era el segundo de una casa rica...

poderosa, hombre! El mayorazgo arrampló con todo, ¿eh?, mimos y

hacienda, y a él le quedó un palomar viejo y la memoria de las

azotainas.... Otro se hubiera hecho misántropo... Él se hizo filántropo

y luego progresista, y luego federal... y es un bienaventurado que

abraza a todo el mundo, y oye misa, y es incapaz de hacer daño a

nadie... acá _inter nos_ le tengo por algo chocho....

--¿Y aquel moreno... el de los quevedos?

--¡Ah! ese... ese dicen que es de los que quieren perder las colonias y

salvar los principios: hombre de línea recta, de geometría.... Según

Palacios, que lo conoce, la ecuación entre la lógica y el absurdo: no en

balde es ingeniero. Si para lograr sus ideales tuviese que

desollarnos... ¡pobre pellejo!

--¿Y si tuviese que desollarse a sí mismo?

--¡Cáspita!, de la epidermis ajena a la propia.... Con todo, no seamos

escépticos, hombre. Allí tiene usted a aquel otro... al del bigote

negro... el que está a la izquierda del Patriarca. Pues mire usted,

hombre, que le ha costado ya dinero y disgustos esta mojiganga

política... emigrado, encausado, maltratado... y se libró de ir a las

Marianas... no sé cómo.... Hay humor para todo en este mundo

sublunar.... ¡Y decir que cuando Dios produce chicas como esa se ocupen

en politiquear los muchachos!

Al pronunciar estas palabras señalaba Borrén a Amparo, cuyos rojos

atavíos la distinguían del círculo femenino que la rodeaba.

--Pues esa chica aún politiquea más que los barbudos... ¿no sabe

usted...?

Y el incidente del banquete fue comentado, desmenuzado, acribillado por

las dos bocas masculinas, que lo adornaron con festones satíricos. Entre

tanto se leía el contrato de la Unión, y a pesar de que el sol no estaba

en el zenit ni mucho menos, la gente arracimada y prensada producía una

temperatura insufrible, y se oían exclamaciones de este jaez: «Nos

morimos.--Nos asfixiamos.--¡Cuándo vendrá un poco de fresco!--Pero,

hombre, no nos estruje usté.--Ave María, qué bárbaro.--Estese usté

quieto.--Pues si no ve, fastidiarse: ¿sa figurao que vemos los demás?

--¡Tan siquiera puede uno meter la mano en el bolsillo para sacar un

triste pañuelo!--Cuidado con el reloj, palpa si lo tienes». Y la voz del

lector del Contrato volaba por cima del mar de cabezas, y las palabras

«garantías sacrosantas... dogmas de libertad... derechos

invulnerables... ideales benditos... pueblo honrado y libre...» se

dilataban en el cálido y sereno ambiente. Una lluvia de flores vino, de

improviso, a oscurecerlo, y multitud de blancas palomas fueron lanzadas

a él, abatiendo al punto el vuelo con aletear trabajoso, y cayendo sobre

la muchedumbre, entorpecidas de tener tanto tiempo ligadas las patas. Un

estruendoso cubo de cohetes de lucería salió bufando en todas

direcciones; retumbó la música; hubo un minuto de gritos, vivas,

estruendo y confusión, y nadie reparó en que un pobre viejo, un

barquillero, salía del recinto mitad arrastrado y mitad en brazos de dos

hombres. «Le dio un accidente», decían al verlo pasar, sin añadir otro

comentario.

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La Tribuna · 第 23 / 42 题