D. Galo se fué en seguida en casa de Clemencia, á quien halló sola.

--¡Jesus! dijo poco despues de haber entrado: no podeis pensar el mal

rato que he pasado.

--¿Sí? lo siento. ¿Por qué causa y dónde?

-- Por causa y en casa de D. Jorge. ¡Jesus!

-- Pero, ¿con qué motivo, amigo mio? preguntó Clemencia algo inmutada.

--¿Porqué... Clemencita?...

D. Galo se sonrió con la chuscada que acostumbraba, aun cuando lo que

decia fuese lo que se llama, nada entre dos platos.

-- Vaya, decid, D. Galo; dijo Clemencia, á quien la respuesta de D. Galo

inquietaba.

-- Clemencia, solo á vos y en confianza lo digo.

-- Sabeis que soy callada, D. Galo.

-- Sí, sí, por eso os lo diré. Fuí, pues, allá esta mañana; un paso de

atencion.

-- Ciertamente. ¿Y bien?...

-- Pues sabréis que D. Jorge estaba...

D. Galo abrió la mano y apoyó su dedo pulgar en sus labios, guiñó un

ojo, se sonrió en grande y añadió: Ya me entendeis.

-- No os entiendo, repuso Clemencia.

-- Pues nuestro inglés estaba... dijo D. Galo, y acercándose á Clemencia,

añadió: ¡ebrio!

--¡Ebrio! esclamó esta asombrada.

-- Como una cuba, repuso D. Galo.

D. Galo refirió con todos sus pormenores la referida escena á Clemencia,

y esta lo comprendió todo: no era mujer bastante vulgar para gozarse en

el despecho de Sir George, pero sí bastante delicada para que le

chocasen los insolentes y acerbos procedimientos con que habia insultado

al hombre mas benévolo é inofensivo, y que era ademas amigo de ella. Así

fué que aun esta escena contribuyó á hacerle conocer todo lo áspero y

duro de aquella naturaleza que la inteligencia habia podido elevar, la

esquisita sociedad pulir, pero á la que nada habia podido dar un

corazon, sin el cual son todos los demas dotes, bellas vestiduras,

resplandecientes coronas que encubren un esqueleto.

Durante esta conversacion, Sir George, que se habia quedado solo, se

paseaba por su cuarto en un estado de cólera y exasperacion el mas

violento, y se decia:

-- _¡Joué!_ ¡burlado!... ¡como un pollito! ¿Y por quién? ¡por una mujer

que ha pasado la mitad de vida en un convento, y la otra mitad en el

campo! por una hija de la naturaleza, criada por un fraile sentimental y

ascético! ¡Y yo que creí que me amaba! ¡Oh! qué anomalías se ven en las

españolas! Entre estas mujeres, las que valen son culebras insujetables.

La ofendí, lo confieso; pero he querido pedirle perdon, y no he podido

ni aun verla! -- Son estas mujeres suaves flores con tallos de acero. No

conocen la vanidad cuando compite con su innato é indomable orgullo

mujeril.--¡Casarse con otro, cuando le ofrecí ser mi mujer! ¡Qué

insolencia! ¿Y con quién? ¿Será con su recien llegado primo Cortegana,

ese chisgarabís, ese mono afrancesado? No; será con un pastor Fido,

inocente como sus corderos. ¡Y ese imbécil de Pando que no me lo ha

dicho! siento no haberle tirado por la ventana! ¡Y esa criatura se

aviene á encerrarse en ese círculo vulgar y mezquino! ¡Oh! ¡es una

criatura incomprensible! todo lo sabe por instinto, como el ruiseñor la

melodía! Ella me rejuvenecia -- á su lado vivia -- me animaba -- me

alegraba! -- sabia cual la aurora echar sobre todo un rosado

tinte. -- Pero... ¿quién es ese marido que ha surgido como por magia á sus

piés en el momento oportuno? ¿Lo tendria de reserva? ¡Ah! ¡no! esa mujer

no era artificiosa, -- no; pero está llena de supersticiones: -- me habria

querido hacer papista... ¡Vamos! esto al fin ha tenido mejor desenlace

que si me hubiese dejado arrastrar á casarme, y con eso me hubiese dado

á mí mismo la patente de machucho.

Sir George se arrellanó en su sillon á la chimenea y encendió un

cigarro; pero al momento despues lo tiró, y esclamó con rabia:

-- Pero... ¡vive Dios! ¿Qué hago? ¿Quedarme? no; sin ella me fastidia

Sevilla; me iré al Cáucaso, que no he visto. Vamos, judío errante, coge

tu báculo; que el movimiento rejuvenece el cuerpo y distrae el ánimo. Lo

conocido fastidia, busquemos lo desconocido.--¡Ah! añadió, ¡solo una

cosa he hallado que fuese para mí desconocida!... ¡y esa fué ella! ¡luz

fugitiva que de la oscuridad salió, para volver á hundirse en ella! Pero

no creais que me afligís, señora; una dama hay mas bella, mas amable,

mas querida de mí que lo sois vos, y es la dulce y encantadora libertad.

No, no compiten vuestros encantos con los suyos; si lograros era á

costa de perderla, vale mas una decepcion que una cadena: así pues, _all

is well that ends well_. Bien está lo que en bien acaba.

Clemencia: Novela de costumbres · 第 46 / 53 题