Apénas se habia concluido la narracion, cuando de léjos se oyeron
discordes y confusos gritos. Clemencia puso el oido. Las voces eran
muchas, y herian de cuando en cuando el aire estridentes silbidos.
--¿Qué es esto?... dijo Clemencia poniéndose en pié.
--¿Qué ha de ser? opinó Mariquilla, los pícaros de los chiquillos del
lugar que andarán de tuna.
-- No son estas voces de muchachos, repuso Clemencia, cuyo corazon latia
fuertemente, al oir acercarse en aquella direccion la gritería; me
temo...
No acabó la frase, porque una voz distinta ya, á la vez ronca, exaltada
y azorada gritó:
--¡Eh, toro!
Un espantoso temblor se apoderó de la infeliz Clemencia, miéntras que
las chiquillas, dando gritos de terror, la rodearon colgándose de sus
vestidos.
Clemencia volvió en torno suyo sus ojos estraviados, por ver si algun
medio de salvacion se le presentaba; pero ninguno ofrecia aquel lugar.
El vallado alto, espeso, no interrumpido, se alzaba á ambos lados del
camino como una muralla vegetal, coronada por las puas de las pitas,
como las de mampostería lo están por puntas de hierro; el camino, mas
hondo que el vecino campo, encajonado y preso, se prolongaba
indefinidamente á la izquierda; por la derecha sonaba la alarma.
Ademas, ¿cómo huir, cómo correr, cuando la infeliz apénas podia tenerse
en pié? ¿Cómo abandonar á las dos criaturitas, que se asian á ella como
á su tabla de salvacion? Y aunque lo hubiese intentado, ¿cuánto habria
tardado en alcanzarla la fiera en su veloz corrida?
--¡Estamos perdidas! gimió la estremecida Clemencia cruzando las manos.
¡Madre mia de las Angustias, apiádate de nosotras! ¡Alcanza un milagro
en favor de tu devota y de estas inocentes!... ¡qué grande es tu piedad,
y grande tu valimiento!
La algazara se acercaba; ya sonaba sobre la tierra dura el seco ruido
de las herraduras de los caballos en su carrera. Los silbidos y
descompuestas voces penetraban como clavos la trastornada cabeza de
Clemencia, que permanecia inerte como la imágen del espanto.
En este instante apareció á la entrada del callejon, alta la cabeza, y
moviéndola en bruscos movimientos de uno á otro lado, como incierto
sobre la direccion que habia de seguir, el toro, esa fiera tremenda que
con tanto esmero se hace embravecer para solaz y diversion de hombres,
que al salir de la que les brinda, ¡harán discursos ó escribirán
artículos pomposos en loor de la cultura, del modo de moralizar al
pueblo y dulcificar las costumbres! Clemencia yerta é inmóvil, se
apoyaba en la loma del vallado; la situacion era espantosa. Hubieran
podido salvar á Clemencia acosando al toro en otra direccion; pero nadie
sabia que allí estuviese, oculta como se hallaba por el vallado.
En este momento el perrillo de la niña se puso á ladrar. Entónces el
toro miró á aquel grupo; esto decidió su vacilante intencion, y...
partió hácia él.
Clemencia cerró los ojos y nada vió; pero oyó ruido á espaldas del
vallado, un fuerte golpe en el suelo, una llamada al toro; se sintió
agarrada y sopesada por unos brazos vigorosos, cogida entre las zarzas
por unos puños de hierro, y atraida al opuesto lado del vallado, donde
cayó en tierra.
--¡Las niñas! gritó con angustia. Pero una despues de otra cayeron á su
lado, tras ellas saltó un hombre; este hombre era Pablo, Pablo, sereno y
tranquilo, como el poder que brilla en acciones, y no se ostenta ni
altera en palabras.
A Pablo le habia sido indicada la direccion que habia seguido Clemencia,
cuando la voz que cundió de haberse desbandado un toro, alarmó la
poblacion. Seguido del aperador del cortijo, ambos bien montados, cortó
por campo atraviesa, para registrar el peligroso camino.
Llegaron en el momento en que el toro, incierto aun, vacilaba. Pablo se
echó del caballo, cogió su capa, y saltó al camino, haciendo para el
efecto hincapié en una escrescencia que tenia el tronco de uno de los
pinos, con grave riesgo de lastimarse en su atrevido salto.
Presentó la capa al toro, que se paró al ver caer de repente ante sí
aquel inesperado antagonista. El toro partió á él, y Pablo le lió con
admirable tino y destreza su capa en las astas; y miéntras el animal
cegado trabajaba por desasirse de ella, Pablo con vigor y rapidez,
levantaba en alto á la anonadada Clemencia, que recibia el aperador en
sus robustas manos; hacia lo mismo con las niñas, y se valia á su vez de
la mano salvadora del fiel criado, para ponerse en salvo.
--¡Pablo! esclamó Clemencia, prorumpiendo en un torrente de lágrimas.
-- Calla, murmuró este á su oido.
Aun no habia pasado el peligro.
Siguió á estas palabras un profundo silencio, en que no se oian sino los
resoplidos de la fiera, de la que solo les separaba el vallado, detras
del cual batallaba por desprenderse de la capa. Una vez libre del
estorbo que le cegaba, podria el toro en lugar de seguir adelante,
retroceder y volver á hallarse en campo raso, á poca distancia de ellos.
Mas un ruido monótono y sonoro se oye de léjos en uniforme cadencia, y
se viene acercando.
--¡Somos salvos! murmuró Pablo al oido de Clemencia.
Eran los cencerros de los cabestros, que requeridos por el ganadero,
venian á recoger al toro. Poco despues entraban en el callejon con su
uniforme trote, y el toro, mas cuerdo que los hombres, los seguia,
pesándole una emancipacion estéril, de que tan mal uso hacia, y que tan
poca ventaja le reportaba.
Poco despues el ruido de los cencerros, á la vez tan melodioso, tan
aterrante y tan consolador, se fué perdiendo y alejando, á la par que el
peligro; al fin no se distinguió, reduciéndose su sonido á un vago,
lejano y grave rumor.
Clemencia, trémula y temblando, caminaba, mas que asida, colgada del
brazo de su salvador.
-- Pablo, le decia con débil voz, no te doy las gracias, porque hablar no
puedo; me has dado mas que la vida; me has libertado de la mas espantosa
de las muertes. ¡Oh! ¡y qué frias son cuantas espresiones de gratitud
han inventado los hombres, para que te pueda yo espresar lo que siento!
En este momento llegaban varios hombres bien montados, armados de
garrochas. Seguíales tirado por cuatro mulas el barrocho, en el que se
veia á D. Martin gesticulando y gritando desatentadamente. Cuando
alcanzó á Clemencia, mandó parar, y la recibió en sus brazos; bien que
la infeliz no podia hablar, y permanecia llorando é inerte, recostada en
el pecho de su padre. El aperador Miguel Gil contaba á gritos lo
ocurrido, al estático y embriagado auditorio.
--¡Sí, sí! esclamaba entusiasmado D. Martin, -- Pablo es todo un hombre.
Bien podrá no tener habla de abogado; pero en tratándose de manos á la
obra, ahí está él. En jarabe de pico no está ducho; pero en cuanto á
guapezas, muestra,--¡por via del Dios Baco! -- la sangre de los Guevaras.
¡Ea, viva Dios! Sí, sí, Pablo, te luciste, ¡caracoles! Todos pueden
charlar y mangonear; pero lo que tú has hecho, no lo hacen sino los
hombres de pelo en pecho.
-- Ea, á casa, á casa; y ¡por los aires! añadió dirigiéndose al cochero;
que esta niña se me desmaya, y es preciso sangrarla sobre la marcha.
-- Hija, dijo Doña Brígida cuando llegaron, ¿no te dije que el campo era
para los lobos? Gracias infinitas al Señor, de buena has escapado.
-- Y á la bendita Señora de las Angustias, á quien me encomendé, madre,
repuso Clemencia.
-- Mañana mismo, hija, se le hará una funcion de gracias, repuso Doña
Brígida.
-- Sin olvidar las que le debes á Pablo, dijo Don Martin, á quien allí y
en momento tan oportuno guió la Señora; lo que ha sido una providencia:
¡no hay nada sin Dios!
En seguida contó á su mujer lo ocurrido.
--¡Si Pablo es mas noble que el oro! dijo con espresion Doña Brígida,
gastando esa hermosa voz, á la que en los pueblos se da un sentido mucho
mas lato que en el lenguaje moderno, en el que solo espresa una calidad;
pero entre las gentes del campo es su significado como la esencia de
todas las demas buenas calidades.
-- Lo que Pablo ha hecho, padre, repuso Clemencia, es mas que una
heroicidad; es una abnegacion de sí mismo.
-- Sí, sí, merece una corona, dijo D. Martin; pero como no la tengo, lo
que te doy, Pablo, es el potro ruano _Andaluz_, para que le luzcas á él,
como el mejor caballo de por estas tierras, y él te luzca á tí, como el
mejor jinete y el mas guapo de los mozos de Andalucía.
--¡Señor! esclamó Pablo, de manera alguna admito ese potro, que es el
mejor que teneis.
-- Oyes, ¿y cuándo has visto tú que lo que yo regalo sea lo peor? repuso
su tio. ¡Pues tendria que ver!... ¿Y en quién ha de estar mejor
empleado; me querrás decir?
-- Por _Andaluz_ os darán en feria cuarenta mil reales, tio.
-- Mas que me dieran cuarenta mil pesos, no sale _Andaluz_ de casa; ese
es para tí. He de tener el gusto de que nadie le caliente el lomo sino
tú, ¿estás? No ha de enseñorearse _Andaluz_, por via del Dios Baco, sino
con un Guevara. ¡Vea Vd.! ¡_Andaluz_, que hace polvo en un lodazal!
--¡Qué temeridad! decia el Abad, y este increible arrojo las ha salvado
á las tres! Pablo, das razon á un antiguo refran escoces, que dice que
lo mas prudente es el valor.
--¡El demonio se pierda! esclamó D. Martin. ¡Y que no supiera yo ese
refran! Es decir, sabia el sentido, pero no lo sabia enversado; no se me
olvidará.
--¡Esponerse de esta suerte por un éxito tan dudoso! prosiguió el Abad.
¡Oh noble y ciego ímpetu de la juventud!
-- De todas maneras la salvaba, tio, repuso Pablo.
-- Así, así, esclamó D. Martin; así se hacen las hazañas, esponiéndose;
si no, no lo son; ¡toma, toma! Señor Abad, á costa de su pellejo,
Francisco Estéban fué guapo. A tanto se espone el cuerpo como padece el
alma.
Juan y su hija se habian abalanzado á las niñas, que estrechaban en sus
brazos y cubrian de lágrimas; mas ahora se precipitaron hácia Pablo,
abrazándole y besando sus manos con ese entusiasmo de los corazones
ardientes, tan espansivo y tan tierno.
--¡Vaya! esclamaba Juana; que se espusiese así su mercé por salvar á la
señorita, que al fin es su prima, ya era una hombrada de las pocas;
pero que hiciese lo propio por estas inocentes... ¡mire Vd. que para eso
es preciso tener esa bondad tan buena del señorito! ¡Vaya, si esto es de
lo grande, de lo santo, de lo sonado!
-- Sí, sí, añadia D. Martin, esto va á ser mas sonado que las narices. A
este Pablo, no solo no le arredra nada, pero ni le perturba. En su vida
de Dios se le van las marchanas; así es que en llegando la ocasion, como
ha sucedido hoy, hace cosas tan grandes que al rey le llaman de tú.
-- Señorito, decia la madre de las niñas, mas tienen que agradecerle á su
mercé mis niñas, que á mí que las parí. ¡Dios se lo premie tanto como yo
se lo agradezco!
Pablo se apresuró á sustraerse, alejándose, á las muestras de admiracion
y de gratitud de que era objeto.
Entró en esto precipitadamente la tia Latrana, que era una vieja y osada
pordiosera, que de continuo asediaba á D. Martin, la que con gemidos y
lágrimas se abalanzó á Clemencia; pero como era muy pequeña, y Clemencia
era mas bien alta, no pudo por fortuna pasar el abrazo de su cintura.
--¡El demonio se pierda! dijo D. Martin, que estaba demasiado alegre
para enfadarse; no hay procesion sin tarasca. ¿A qué viene Vd. aquí, tia
singuilindango?
-- Pues ¿no habia de venir, señor, á ver á mi señorita de mi corazon, que
la quiero como si la hubiese parido, que es tan modosita con los pobres
de Dios, y á la que en su vida se le oye ni un _mal haya_? ¡no como
otros ricos que son mas ásperos que aceitunas de acebuche! -- Y vengo
tambien, Señor D. Martin, para que me dé su mercé un poco de pan y de
vino, para ponerme un reparito en el _estógamo_, pues con la alegría me
se ha _escompuesto_.
--¿Que se le ha descompuesto á Vd. el estómago con la alegría? ¡Por via
del demonio malo! Pues para contrapeso, lo mejor es darle á Vd. una
pesadumbre, y verá Vd. cómo entra en caja. ¡Habráse visto tal fanganina!
-- Pues sí, Señor D. Martin, que lo _mesmo_ es una alegría que un pesar
para estrépito del cuerpo.
-- No es sino que es Vd. mas pedigüeña que un demandante, y nada le
basta; el dinero que se le da, es como un puñado de moscas en un cerro
en dia de levante; siempre está Vd. hecha la esencia de la necesidad;
nada le luce.
--¿Cómo me ha de lucir, señor? Ningun perro lamiendo engorda; el pan que
me da hoy su mercé, ¿acaso me ha de apaciguar el hambre de mañana? ¡Ay,
Señor D. Martin, el hambre tiene cara de hereje!
-- Se parecerá á Vd. En honra de la salvacion de mi hija, y en gloria de
la guapeza de mi sobrino, habia pensado darle á Vd. un duro, dijo D.
Martin, dándole una peseta.
--¿Y los diez y seis reales que faltan, Señor Don Martin? Esos me los
deberá su mercé, dijo con alegre ansia la vieja.
-- Pídaselos Vd. á la gran insolente de su lengua que se los ha robado,
pues en poniéndose á charlar, no hay respetos que no atropelle: ¿está
Vd. enterada, tia raspagona? dijo D. Martin volviéndole la
espalda, -- sepa que de la mano á la boca se pierde la sopa.
--¡Vaya! por poco se ha incomodado su mercé, murmuró la tia Latrana al
irse; pues al Santo que está enojado, con no rezarle ya está pagado.