Una tarde llamó Clemencia á dos niñas, nietas de Juana, que pasaban su
vida en aquella casa, á quien su mismo dueño, que tantos intrusos veia y
toleraba en ella, llamaba el arca de Noé.
Todos los niños querian con entusiasmo á Clemencia. Tienen estos un
instinto que los atrae á lo bueno y á lo bello; que patentiza lo elevado
de la naturaleza humana, que el mundo y la vida van degradando, si el
alma no es bastante fuerte para contrarestar su influencia nociva, y si
al formarse carecen los niños de buena enseñanza y buenos ejemplos, ley
práctica de tanto mas poder que la ley escrita. La palabra solo indica
la senda; el ejemplo arrastra á ella.
Clemencia tambien se habia apegado á ellos, porque los niños son la
verdadera alegría del mundo. A su lado parece la vida mas dulce, y los
horrores de la tierra mas apartados.
¡Cuán distantes están del infausto árbol del bien y del mal, ellos que
no alcanzan á sus ramas! Y es tal el encanto sublime de la inocencia,
que hasta da un reflejo simpático de sí á la ignorancia. Pronto se
aprende, pronto se sabe, pero nunca se olvida; el corazon se purifica,
la cabeza no. La fe que ha tenido que defenderse y luchar contra
argumentos impíos, es como la vírgen que ha tenido que defenderse de los
ataques de un seductor violento; conoce el mal aunque lo deteste, y mas
vale aun ignorarlo que detestarlo. ¿Cuál de los hombres, realmente
superiores, sean cuales fuesen sus creencias, no ha envidiado alguna vez
la sencilla ignorancia? ¿Qué marino luchando en el mar, sin senda,
agitado siempre por furiosos y encontrados vientos, buscando, sin
hallarlo, fondo seguro en que echar el ancla, no ha envidiado la
barquilla del pescador, que sin salir de su tranquila ensenada, no
pierde de vista el faro, que le hace inútil la brújula y otros
instrumentos de la ciencia? ¡Y no obstante se levanta hoy dia la voz
_oscurantismo_ como pendon de vilipendio, contra aquellos que creen que
en el _saber_ no está la _moral_, sino la _corrupcion_ del vulgo! El
mismo Byron ¿acaso no ha dicho: «Sabemos que el saber no es la
felicidad, y que la ciencia no es mas que un cambio de ignorancia, por
otra clase de ignorancia?» ¿Pues para qué trocar la ignorancia humilde y
feliz por la ignorancia soberbia y descontentadiza?
Cuando Clemencia les dijo que iban á paseo, las dos niñas se pusieron á
saltar de alegría, y las tres fueron á despedirse de Doña Brígida.
--¿Y dónde vas á paseo? preguntó la inamovible señora.
-- Al campo, á coger flores.
--¡Al campo! ¡Ay Jesús! El campo es para los lobos; pero anda con Dios,
hija, si te divierte.
En la puerta se encontraron á D. Martin, que con su capote y con su
sombrero á la chamberga, venia llenando la calle. Al ver á Clemencia con
las niñas, le dijo:
-- Dios te guarde, y no de mí. ¿Dónde se va con ese séquito, _Regina
angelorum_?
-- Al campo, señor.
-- Bien hecho, ¡id á estirar las piernas y á esparcir el ánimo! Si
pudiese, habia de ir contigo; pero ya no puedo nada de lo que podia; es
necesario echar esta carreta al carril. No hay mas remedio que meterme
adentro. Y añadió: ¿Qué es eso que llevas en brazos, Mariquilla?
-- Lleva un perro, respondió Clemencia.
-- Un perrillo chico, repuso vivarachamente la niña; pero su madre es
grande.
-- Calla, renacuajo, le dijo D. Martin, que eres como el grillo, que no
se le ve á dos pasos y se le oye á mil. La mañana está calurosilla,
prosiguió dirigiéndose á Clemencia; el sol está que echa chiribitas,
aunque estamos en febrero. Ya se acerca San Matías, marzo al quinto dia:
entra el sol por las umbrías y calienta las aguas frias. Ea pues, con
Dios id, y con Dios volved. Si tiras á la izquierda, verás qué bueno
está mi cebadal, pues febrero saca la cebada de culero.
Clemencia y las niñas anduvieron algun tiempo por el campo, y entraron
despues en un camino encajonado entre altos vallados de pitas, á cuyos
piés nacian espesas é intrincadas las zarzas, las esparragueras, las
madre-selvas, las pervincas, entre las cuales asomaban las amapolas sus
encendidas y encarnadas caras con su ojo negro, y los candiles de vieja
sus jorobas.
En el mismo vallado se levantaban dos altos pinos; á su sombra se sentó
Clemencia con su pequeño séquito á descansar, oyendo el suave murmullo
de sus sonoras cimas, que tan indefinible encanto tienen, que ora suena
triste y lejano como un eco que repite debilitado el hondo y melancólico
suspiro del mar, ora vago y misterioso, como á veces suenan indefinidas
voces en el corazon.
La niña mas chica traia un pájaro.
-- Señorita, dijo la mayor, Aniquilla está lastimando á ese pájaro que
aprieta con la mano.
--¡Que no! repuso la chica; no tengo la mano _apretá_, sino _aflojá_.
--¿Sabes lo que es un pájaro? le preguntó Clemencia.
-- Sí, contestó Mariquilla.
--¿Pues qué son?
Los pájaros son clarines
Entre los cañaverales,
Que le dan los buenos dias
Al sol de Dios cuando sale.
-- Es cierto, dijo sonriendo Clemencia; pero son tambien animalitos de
Dios.
--¿Y no se deben matar los animales?
-- No; á no ser necesario: y entónces, dándoles el ménos tormento
posible. En lo demas, Dios que les dió la vida, que se la quite. Suelta
ese pajarito, Aniquita; que harás una obra de caridad.
La niña titubeaba.
-- Suelta ese pájaro; que lo manda la señorita, le dijo su hermana la
mayor.
-- Si tengo la mano _abría_, y no se quiere ir...
Clemencia le estendió la mano, y el pajarito se voló alegremente.
--¿No te bastaba, dijo Clemencia á la niña, el que te dijese que harias
una obra de caridad? ¿No sabes que la caridad es la primera de las
virtudes, y se estiende sobre todo lo que sufre, como el sol de Dios por
el mundo entero?
-- La caridad es dar limosna, ¿no es verdad, señorita? preguntó la mayor.
-- Por supuesto, la limosna es uno de sus efectos; y así hijas mias, dad,
dad sin pararos; que con el corazon en la mano, se pinta á la Caridad,
porque vacías ya, no tienen otra cosa que dar.
--¿Y el que no tiene nada? dijo la niña.
-- Raro es el que no halle otro mas desdichado que él, á quien pueda dar
algo, por poco que sea; y lo poco en el que tiene poco, y la intencion
en quien no tiene nada, consuelan al pobre y agradan á Dios. Y para
convenceros de ello, os contaré un ejemplo.
Las niñas se pusieron á escuchar con esa ansiosa atencion con la que los
niños absorben las primeras nociones que sobre las cosas se les dan, y
los primeros sentimientos que en sus ánimos se imprimen.
Los pinos se pusieron á susurrar aun mas suavemente, pareciendo imponer
silencio á la naturaleza con su dulce ceceo para oir la palabra de Dios;
y hasta los pajaritos bajaron de rama en rama como para venir á
escucharla.
Clemencia habló así:
--«Habia una reina tan buena y tan virtuosa, que atendiendo á la gran
mision que Dios le diera poniendo el cetro en sus manos, solo pensaba en
hacer virtuosos, religiosos y felices á sus vasallos, ciñendo así á sus
sienes una corona mucho mas bella que la de oro que le diera su
herencia, y estampando de esta suerte su nombre en el corazon de sus
vasallos, para que la bendijeran, y en el libro de la historia, para que
las generaciones la admirasen; porque un buen rey es para los pueblos un
beneficio de Dios, como uno malo es un castigo. Esta reina, pues, bien
criada en la enseñanza de Dios, sabia que estaba en su alto puesto para
dar con su ejemplo una gran leccion á sus vasallos, y con su virtud
decoro al trono y respecto á su persona. Iba á los hospitales y casas de
beneficencia á vigilar por el bien de los infelices; gastaba sus rentas
en grandes empresas para la prosperidad del país que Dios le habia dado
á regir, ocupando y dando por ese medio pan á muchos infelices.
Respetaba mucho á los sacerdotes, al mismo tiempo que encargaba á los
obispos, los amonestasen severamente á ser los mas santos de los
hombres. Así era bendecida por todos como una madre, y adorada como un
ángel.
Estableció esta gran reina un premio, para aquel que en el año
transcurrido hubiese hecho la mayor obra de caridad, pensando con razon
que era esta una gran enseñanza práctica al alcance de todas las
inteligencias.
Cuando todos se hubieron reunido y la reina estaba como _jueza_ en su
trono, se acercó uno, y dijo que habia labrado en su pueblo un hermoso
hospital para los pobres. El corazon de la reina se llenó de gozo al oir
esto, y preguntó si estaba concluido. -- Sí señora, contestó el
interrogado, solo falta ponerle en el frontispicio la lápida con letras
de oro, que diga por quién y cuándo se labró. La reina le dió las
gracias, y se presentó otro. Este dijo que habia costeado á sus espensas
un cementerio en su pueblo, que de este carecia. Alegróse la virtuosa
reina, y le preguntó si estaba concluido, á lo que contestó que solo
faltaba rematar el hermoso panteon que en el centro estaba construyendo
para él y su descendencia. Dióle gracias la reina, y se presentó una
señora, que dijo habia recogido una niña huérfana que se moria de
hambre, y la habia criado, dándole lugar de hija.--¿Y la tienes contigo?
preguntó la reina. -- Sí señora, y la quiero tanto, que jamas me separaré
de ella; es tan dispuesta, que cuida de toda la casa y me asiste á mí
con cariño y esmero. Celebró grandemente la reina esta digna obra de
caridad, cuando se oyó un tropel entre las gentes, que se desviaban
dando paso á un niño mas bello que el sol. Arrastraba tras sí á una
pobre vieja estropajosa, que hacia cuanto podia para deshacerse y huir
de aquel lugar tan concurrido.--¿Qué quiere este bello niño? preguntó la
reina, que no cerraba sus oidos, que eran mas de madre que de soberana,
á ninguno que deseaba hablarle. -- Quiero, contestó el niño con mucha
dignidad y dulzura, traer á Vuestra Majestad á la que ha ganado el santo
premio que habeis instituido para la mayor obra de caridad.--¿Y quién
es? preguntó la reina. -- Es esta pobre anciana, contestó el niño.--
¡Señora! clamó la pobre vieja, toda confusa y turbada, nada he hecho,
nada puedo hacer: soy una infeliz que vivo de la bolsa de Dios. -- Y no
obstante, dijo el niño con voz grave, has merecido el premio. -- Pues ¿qué
ha hecho? preguntó la noble reina, que ántes de todo queria ser
justa. -- Me ha dado un pedazo de pan, dijo el niño. -- Ya veis, señora,
esclamó apurada la anciana, ya veis, ¡un mendrugo de pan! -- Sí, repuso el
niño; pero estábamos solos, y era el único que tenia. La reina alargó
conmovida el premio á la buena pordiosera, y el niño, que era el Niño
Dios, se elevó á las alturas, bendiciendo á la gran reina, que daba
premios á la virtud, y á la buena y humilde anciana que le habia
merecido.
Así veis, pues, hijas mias, que el mérito no está en el mas ó ménos
valor de la obra, sino en las circunstancias y en los sentimientos con
que se hace; y que un pedazo de pan para el que no tiene otra cosa, y
hasta se lo quita de la boca para darle, es mas aun á los ojos de Dios
que ve los corazones, que una obra sonada y celebrada, que consigo lleva
su recompensa.»