Clemencia á poco fué querida de todos, como no podia dejar de suceder,
apegándose ella á los que la rodeaban y le hacian la vida tan dulce, con
todo el calor de su amante corazon.
--¡Caramba! solia decir D. Martin, bien sabia el tronera de mi hijo lo
que se hacia, casándose con esta _malva-rosita_. (D. Martin, que á todo
el mundo ponia sobrenombre, le habia puesto este á su nuera, uniendo así
los emblemas de la hermosura y de la suavidad.) Es un sol para la vista,
un canario para el oido, y una alhaja para la casa. Estoy ya tan hecho á
ella, añadia con su acostumbrado egoismo, que no sentiria mas sino que
pensase en volverse á casar, lo que no puede dejar de suceder, puesto
que la viuda lozana, ó casada ó sepultada ó emparedada.
--¡Qué se habia de casar! decia el Abad, que no ignoraba cuanto habia
sufrido Clemencia en su matrimonio, y que desde su alta y serena esfera
creia difícil el que Clemencia, que habia llegado á ella, la abandonase
tan pronto.
--¡Qué se habia de casar! opinaba Doña Brígida, que consideraba el
recuerdo de su hijo suficiente para llenar una existencia.
--¡Qué se habia de casar! pensaba Pablo, profundamente convencido de que
no habia un mortal digno de poseer aquel tesoro.
Habia hallado Clemencia preparadas para ella dos habitaciones
interiores, de las cuales la segunda daba á un corralito encerrado entre
cuatro paredes como un pobre preso. Unas bastas sillas de paja, un
catrecito antiguo de pésimo gusto con esquisita ropa de cama, un tocador
cubierto con almidonado linó de hilo, una cómoda-papelera veterana, por
no decir inválida, unos cuadros de Santos, de diferentes tamaños y
entrapados con el polvo de dos siglos, y una estera nueva, todo en
estremo limpio, formaban el mueblaje de aquellas tranquilas
habitaciones. Pero al año de ocuparlas Clemencia, nadie las habria
reconocido. Las sillas de paja habian sido reemplazadas por otras de
rejilla, pintadas y charoladas de negro y oro, imitando el maqué
chinesco. Los cuadros habian sido restaurados en Sevilla, y brillaban
con toda su frescura primitiva en lindos marcos dorados. Sobre un
elegante tocador de madera amarilla de Haytí, sobre rinconeras y sobre
un velador de la misma madera, habia lindos floreros de cristal y de
china, llenos de flores naturales. Una bonita librería baja á la
inglesa, cubierta de cortinitas flotantes de tafetan carmesí, contenia
una coleccion de libros, los mas selectos de nuestros antiguos y
modernos escritores. Un silloncito bajo de tijera con brazos y espaldar,
cuyo asiento así como la faja que sujetaba por arriba los palos del
espaldar, habian sido bordados de tapicería por su dueña, estaba
colocado cerca de la ventana, y á su lado se veia una preciosa canastita
de labor. Sobre la cómoda-papelera, que despues de restaurada era un
magnífico mueble incrustado de bronce, concha y nácar, en el estilo tan
celebrado del famoso artista Boule, habia un hermoso crucifijo de
marfil, atribuido á nuestro gran escultor Montañés.
Habíase abierto una puerta al corral, que se veia transformado en un
jardincito, cuyas paredes desaparecian tras de floridas enredaderas. El
suelo estaba tapizado de violetas. En medio se habia trasplantado un
granado de flor, que entre sus finas y lustrosas hojas lucia sus
magníficas y lozanas flores, gastando toda su savia en hermosura sin
fruto, en las barbas del siglo XIX, sin cuidarse de incurrir en su
censura y desden. Colgaban entre las flores de las enredaderas jaulas
pintadas de verde con variados pájaros que se esmeraban en obsequiarlas
con un alegre concierto, en el que formaban coro las golondrinas, no tan
maestras ni artistas como ellos, pero que lucian una gran flexibilidad
de garganta.
Alguna suave noche de mayo habia venido el Orfeo de la filarmonía alada,
el ruiseñor, á hacer vibrar en aquel aire embalsamado sus trinos, y sus
encantadoras notas sostenidas. Entónces todo callaba en el éstasis de la
admiracion, y Clemencia, apoyada en la reja á la par de los jazmines,
dirigia, entre una sonrisa y una lágrima al estrellado cielo una mirada
llena de sentimientos de admiracion, de amor y de gratitud hácia aquel
Dios que á la naturaleza dotó de tantos encantos, y al hombre de un alma
á su semejanza, á la que reveló su conocimiento, no exigiendo en cambio
de tantos beneficios, sino el que haga este un buen uso de sus dones.
--¡Oh! esclamaba entónces, recordando unas cuartetas que recitaban en su
convento.
¡Oh! si el sol, luna y estrellas,
Como son astros lucidos,
Fuesen lenguas que alabasen
Tu nombre santo y divino!
Léjos estaba entónces de ella traer con triste premeditacion á su
memoria sus dolores pasados, como un acíbar para amargar lo presente;
cruel propension que tienen muchos, haciendo de esta suerte en todas
ocasiones, de lo pasado nuestro verdugo, pues si nos ofrece recuerdos de
felicidades, es para echarlas de ménos, y si de penas, es para volverlas
á sentir. Zanjada su cuenta con lo pasado, de que saliera ilesa la
pureza de su alma, la sanidad de sus sentimientos y lo inmaculado de su
conciencia, sucedíale como á la azucena que aja y dobla el huracan, sin
empañar su blancura ni robarle su perfume; que, repuesta la calma, se
rehace, alza su cáliz y vuelve á su lozanía, sin mas agitarse en la
serena atmósfera que Dios le envía.
Y no es la primera vez que hacemos notar el envidiable rasgo que
caracterizaba á esta suave criatura; era este su natural inclinacion al
bien hallarse, su propension á la alegría, nacidas ambas de su
encantadora falta de pretensiones á la vida, magnífica prerogativa que
alimenta la educacion modesta, retirada y religiosa, y que destruye de
un todo la moderna educacion filosófica, bulliciosa y emancipada.
Así fué, que apénas pasó algun tiempo, apénas se halló querida, mimada y
mirada como un miembro de la familia, instalada agradablemente y
domiciliada en su nueva morada, nada le quedó que desear, y se sintió
tan dichosa, que un dia, como era tan espansiva, se echó con un
movimiento caluroso y espontáneo al cuello de su suegra, y le dijo:
--¡Madre, qué feliz soy aquí! ¡Estoy tan contenta!
La señora, que habitualmente hacia calceta, y tenia la cabeza inclinada
sobre su labor, la levantó, miró con sorpresa á su nuera, y le
respondió:
--¡Dichosa tú, hija mia! me alegro. -- Mas en la especie de sonrisa amarga
que por un instante se indicó en sus labios, se leia claramente la
confirmacion de las palabras con que acogió á su llegada la esplosion de
dolor de su nuera. «¡Cuán cierto es que una mujer no siente tanto la
muerte de su marido, como una madre la muerte de su hijo!»
Así juzga cada cual en este mundo, por su propio sentir el ajeno; los
inmutables, por la duracion; los apasionados, por la vehemencia de los
sentimientos; y en ambas cosas, en la vehemencia y en la duracion, suele
tener mas parte el temperamento que el alma. Nadie es ni puede ser juez
de la fuerza del sentir ajeno. Hemos visto personas sanas y bien
constituidas enfermar y aun morir de una leve pena; y hemos visto
personas de constitucion débil sufrir los mas acerbos golpes del
destino, sin que palideciese siquiera su mejilla. ¿Cómo fijar reglas
generales, cuando no hay dos personas ni aun dos gemelos, que ni en el
órden físico ni en el moral, sean en un todo semejantes? Si alguien
hubiese inferido por la impasible reserva con la que Doña Brígida
recibió á su nuera, que no amaba á su hijo, y otro hubiese pensado al
ver á la jóven viuda renacer á la vida y á la alegría, que no habia
sentido á su marido, ambos juicios habrian sido falsos y superficiales.
-- D. Martin, que no hacia sino mirar á la cara á su nuera solia
preguntarle:
--¿Qué deseas, malva-rosita?
-- Nada, -- respondia con una sonrisa de alma y de corazon
Clemencia; -- nada, sino el que no varíe mi suerte.
Buen y sabio deseo, poco comun en los jóvenes, aun en los mas felices; y
mas raro aun, si llegan á formarlo, el que lo vean cumplirse. Solo los
viejos pueden esperar el haber pagado por entero su tributo de lágrimas
á la vida; esta es la gran prerogativa de la vejez.
La transformacion de las habitaciones de Clemencia era debida á su tio
el Abad, cuya fina delicadeza y cuyo simpático cariño hácia ella, habian
querido embellecer y hacer dulce su nido á la sobrina á quien amaba,
cual los pájaros tapizan con suaves plumas los de sus polluelos. Cada
cosa habia sido una nueva é inesperada sorpresa para Clemencia, y le
habia causado la mas viva é infantil alegría.
Lo que es su suegro, le regalaba constantemente muy hermosas y prosaicas
onzas de oro, que Clemencia rehusó al principio con modesta pero firme
decision. Su suegro entónces, por primera y única vez en su vida, se
incomodó con ella, haciéndole presente que lo que ella miraba como un
don, era una deuda. Clemencia, pues, las iba apiñando sin contarlas en
un cajon de su papelera.
En cuanto á su suegra, en nada de esas cosas se metia, y solo una vez al
año, el dia de su santo, regalaba á su nuera; pero este regalo era
siempre una alhaja de gran valor.
Pablo todos los dias le regalaba flores, no porque él las apreciase, ni
como elegante adorno, ni como poética espresion; sino porque sabia que
le gustaban á ella.
Aunque á todos los individuos de la familia queria Clemencia con
ternura, con quien se unió mas estrechamente fué con su tio el Abad.
Eran dos almas parecidas, dos corazones semejantes, y pronto conoció su
tio, cuán fácil le seria que llegasen á serlo sus inteligencias. Así fué
que se dedicó á cultivar aquel entendimiento tan apto para el saber,
tan ansioso de enriquecerse y elevarse. Y nadie era mas á propósito para
encargarse de esta bella tarea; porque el Abad era el tipo del hombre
superior, que gira en aquella alta esfera, á la que solo pueden llegar
los que unen á los mas bellos dotes naturales, la virtud, el saber, el
conocimiento del gran mundo, el uso de la alta sociedad, y la cultura.
No siguió el ilustrado maestro en su enseñanza un método, ni se sometió
á reglas de estudio que suelen hacerla esclusiva y árida; solo en el
aprendizaje de las lenguas prescribió sujecion y órden. En lo demas,
dejaba á la ventura enlazarse las cosas las unas á las otras, para
esplicarlas ó analizarlas, porque era su afan infundir á su discípula el
espíritu y no la letra. -- Tú no vas á poner cátedra, solia decirle: lo
que te conviene es una idea exacta de cada cosa, sin que tus
conocimientos sobre ellas lleguen á profundos en ninguna. Debes solo
formarte un ramillete con las flores del árbol del saber, puesto que,
como mujer, tienes que considerar tus conocimientos, no como un objeto,
una necesidad ó una base de carrera, sino como un pulimento, un
perfeccionamiento, es decir, cosa que serte debe mas agradable que útil.
Nunca por muchos que adquieras, los mires como una superioridad; puesto
que el saber está al alcance de todos, y no es una _prerogativa_ sino
una _ventaja_, y aun dejará de serlo si le acompañan la intolerancia y
la presuncion, que son seguros medios, no solo de hacerse odioso, sino
de caer en ridículo; puesto que como se ha dicho muy bien de los
valientes, se puede decir de los que presumen de saber, que siempre
hallarán otro que sepa mas que ellos.
Es cierto que el saber da al que lo posee cierta superioridad sobre el
ignorante; mas aun dado caso que el ignorante no tuviese sobre el que
sabe, otra clase de superioridad que la compense ó aventaje, no hay nada
en el mundo, hija mia, que se deba disimular mas, que una superioridad,
pues es lo que ménos se perdonan los hombres; y sobre todo no perdonan
las superioridades adquiridas, y hostilizan á las erguidas. Persuádete
bien de esta verdad: la superioridad es una carga, como lo es para el
gigante su estatura; gozar de ella, y disimularla con benevolencia y no
con desden, es la gran sabiduría de la mujer.
La superioridad que se ostenta, lastima profundamente el amor propio
ajeno, que tolera la superioridad que se tiene, pero rechaza la que se
le quiere imponer: así es que la que adquieras debe asemejarse en tí á
una túnica forrada de armiña; su finura, su suavidad debe ser interior y
para tí misma.
Lo que aprendas, líbrete Dios de _lucirlo_; pues harias de un bálsamo un
veneno: oculta las flores; que cuando su vista no brille, será mas suave
y mas atractivo el perfume que aun involuntariamente exhalen.
Confiesa una falta, (supongo, hija mia, que las tuyas serán siempre de
aquellas que se pueden confesar sin vergüenza) confiesa una falta, digo,
y oculta un mérito, pues hay en los hombres mas indulgencia que
justicia.
No desprecies á nadie, pues el desprecio, ese acerbo primogénito del
orgullo, no debe nunca profanar la nobleza de tu alma, la modestia de tu
sexo, la delicadeza de tu corazon, ni la equidad de tu conciencia; pues
es el desprecio crímen de lesa humanidad.
Pero sobre todo, ten presente que el saber es algo; el genio es aun mas;
pero que hacer el bien es mucho mas que ambos, y la única superioridad
que no crea envidiosos.
Ama la lectura, sin que llegue tu aficion á pasion; mira á los libros
como _amigos_ apacibles y agradables, llenos de buena enseñanza, sin
caprichos ni falsías, que nada exigen y conceden mucho, que se suelen
olvidar en la prosperidad, y se vuelven á hallar en la desgracia,
prontos á consolar, distraer y dirigirnos; pero que no deben absorberte
ni apasionarte como amantes.
Aun cuando tu memoria no retenga una buena lectura, no creas que hayas
perdido su fruto, pues te quedará la ventaja real de la impresion que te
ha causado, y del giro que ha dado á tus ideas; que la cultura no la da
el mas ó ménos retener, sino el mas ó ménos apropiarse la buena
enseñanza.
Prefiere para tu lectura la de la historia y la de los viajes, que
descorrerán á tus ojos el velo del tiempo y la cortina del mundo.
No te ocupes en sistemas sociales, sueños de utopistas remontados hasta
alcanzar al ridículo, y ten presente que es preciso ser ciego y dejar de
ser religioso, para creer posible la felicidad, en un mundo que por
culpa del hombre, y por la voluntad del que lo crió, dejó de ser
paraíso. Un filósofo aleman ha dicho, que si los hombres fuesen mas
felices de lo que son, caerian en la languidez, y si mas desgraciados
caerian en la desesperacion. Admira y adora la mano que en esto como en
todo, dispuso la gran ley del equilibrio, hasta en la suerte de entes
castigados y no condenados; equilibrio que ni en el órden moral ni en el
físico, alcanzarán á destruir los débiles esfuerzos humanos: verdad que
atestigua lo pasado, que lo presente afirma, y que el porvenir
demonstrará cual ellos.
Huya sobre todo tu alma elevada, espíritu puro creado á la imágen de
Dios, del cínico sensualismo, que arrogante y desdeñoso se enseñorea hoy
dia en el mundo con su ansia de innovaciones, y con su pendon que tan
alto levanta, en el que se lee: _¡intereses materiales sobre
todo!_ -- Alza tu vista de este círculo rastrero; considera que el bien y
el mal son dos grandes y universales principios: lo que ambos inspiren
tendrá siempre las mismas tendencias, la de _arriba_ y la de
_abajo_. -- Dios que nos llama y dice: _¡sube!_ -- El enemigo de nuestra
alma que nos arrastra y dice: _¡baja!_ -- Ocupen los intereses materiales
el segundo puesto, y no le usurpen el primero á los morales.
No te afanes en buscar amigos; pero esmérate en evitar enemigos: para
lograrlo, procura que tus procederes sean constantemente justificables,
y para esto ten presente que hay siempre dos maneras de considerarlos;
la una es con respecto á uno mismo, y la otra respecto á cómo pueda
interpretarlos la malevolencia ajena, que vale mas evitar que no retar.
No basta confiar en que el fin y motivo de nuestras acciones sean
buenos, para prescindir de la opinion pública. No, hija mia, no basta
ser bueno; es preciso tambien parecerlo, por acatamiento á la sociedad,
por consideracion á sí propio y por respeto á la verdad.
Esta deferencia á la opinion para eludir su censura, aunque sea injusta,
no se debe confundir con la baja y humilde vanidad que mendiga elogios;
y, no obstante, hija mia, por mezquina y rastrera que esta sea, es
preferible en las mujeres al insolente orgullo que desprecia con cinismo
la sancion pública en su fanfarron espíritu de independencia, y en su
soberbia glorificacion del individualismo. Madame de Staël, que tan alto
puesto ocupó en la jerarquía social y en la de la inteligencia, ha
dicho: «El hombre debe arrostrar la opinion, y la mujer someterse á
ella,» y aun lo primero se entiende en ocasiones dadas, y en
circunstancias escepcionales, en que su conciencia se lo prescriba al
hombre.
No te prescribiré la delicadeza, hija de mi corazon, porque la
delicadeza es instintiva en las naturalezas privilegiadas como la tuya.
¡Cuántas veces la he admirado en su apogeo en gentes del campo, que ni
aun sabian su nombre! La sociedad la cultiva, porque cultivar es la
mision de la sociedad; para esto crea reglas que le aplica. Una de ellas
es, que para ser la delicadeza esquisita en el trato, es necesario
siempre y en todas relaciones, ponernos en el lugar de la persona con la
que nos ponen las circunstancias en contacto. Esta regla se parece á la
que se da para leer bien en alta voz, y es la de leer con los ojos la
frase que sigue á la que pronuncian los labios; así miéntras hablamos,
debemos leer en el semblante de los que nos escuchan el efecto de
nuestras palabras, para modificar las sucesivas, con el fin de nunca
herir ni chocar con ellos.
Para aprender la vida y conocer el mundo, sé observadora, Clemencia; no
observadora misántropa, cáustica ni satírica, sino observadora justa,
despreocupada y benévola. La grata y útil tarea de la observacion embota
ese sentimiento de personalidad tan comun en nuestros dias, que es el
mayor enemigo de la sociedad amena. La observacion te interesará, te
entretendrá y te dará el gran y útil conocimiento del corazon humano.
Entónces conocerás cuán erradas son esas máximas absolutas, que todo lo
miden por un rasero; y lo falso de esos aforismos vulgares, tales como:
«Todos los hombres son iguales.
Quien vió una mujer, las vió todas.
El corazon del hombre siempre es el mismo.
Las pasiones y modo de sentir de los lapones, son los mismos que los de
los andaluces.»
Y ménos fiarás en la archivulgar sentencia, _piensa mal y acertarás_; no
pienses mal, sino juzga bien, y acertarás. Pero sé tarda en formar tu
juicio, porque con verdad se ha dicho que el hombre juzga por razones, y
la mujer por impresiones; es decir, el primero con la cabeza, y la
segunda con el corazon; y ya sabes cuán fácil es este de dejarse
engañar, sobre todo si es noble y sincero; sin embargo, debes siempre
preferir _la tristeza de un desengaño, al sonrojo de un mal juicio_.
No tengo presente en dónde he leido poco há que el hombre de
entendimiento es el que halla tipos distintos, y que el hombre vulgar es
el que halla á todos los hombres iguales.
-- Yo creí, repuso Clemencia, cuando le dijo esto su tio, que los tipos
eran raros.
-- No, hija mia, contestó el Abad, pues el tipo es aquella persona que
resume en sí mas marcadamente los rasgos peculiares de la clase á que
pertenece, sin tener originalidad. Si la tuviese marcada, seria un
original y no un tipo en su género. Y si no, observa á mi hermano: él es
el verdadero tipo del caballero campesino andaluz, con sus dotes de tal,
esto es, un entendimiento claro, perspicaz é inculto, su hermoso y noble
corazon, y su carácter franco, pero indomellado, su pequeño despotismo
de cabeza de casa grande, y su generosidad de mayorazgo, sus grandes y
altos sentimientos cristianos, y sus mezquinos gustos lugareños.
Observa á Pablo, y verás en él el tipo del hombre de valer, modesto,
obscuro y poco lucido.
Observa á mi cuñada, y verás el tipo de la mujer reconcentrada, cuya
austeridad, cual una capa de nieve, encubre y retiene en su gérmen los
brotes de un corazon rico y noble.
Observa aun á la tia Latrana, esa vieja impertinente que de continuo
asedia á mi hermano; y verás cómo con su exigente, descocado é insolente
despotismo, forma el tipo de esa clase de pordioseras españolas. Todos
estos tipos son muy comunes, y si se pintasen, tendrian su mérito en que
cada cual los reconociese. El que es poco comun, hija mia, es el tuyo,
que es el tipo femenino mas bello, el de la inocente jóven que criada en
un convento, vive satisfecha en el estrecho círculo de una casa austera,
habiendo atravesado el mundo, que no echa de ménos, desgarrando al pasar
su blanca túnica en sus abrojos, y conservando pura é ilesa su alma
preservada bajo las alas del ángel de su guarda. ¡Oh Clemencia! no
adquieras nunca ilustracion, ventaja, saber, ni preponderancia á costa
de esta; y ten presente que el saber aislado es una hermosa estatua sin
corazon y sin vida: así es que dice el profundo Balzac, que una bella
accion encubre todas las ignorancias; y yo añado que vale mas que todo
el saber humano.
--¡Qué bueno sois, señor! solia esclamar Clemencia.
-- Todos con pocas escepciones lo somos teóricamente, contestaba
sonriendo el Abad: no está el mérito en formular máximas, está en
aplicarlas á la vida: de suerte que no en mí, sino en tí lo estará, si
pones en práctica las que deseo inculcarte.
De esta suerte, y con escogidas lecturas, fué formando el Abad el gusto,
cultivando el entendimiento, y dirigiendo las ideas de Clemencia;
haciendo brotar en ella los mas delicados y esquisitos gérmenes, como el
sol de primavera engalana y hace florecer una amena floresta.
Pablo, despues de estrañar que Clemencia demostrase tanto afan por los
libros, y por recoger cuanta enseñanza salia de los labios de su tio,
empezó por interesarse en esta enseñanza, la que le pareció en estremo
amena, y acabó por engolfarse en ella, con la atencion, seriedad y
constancia propias de su genio.
Doña Brígida veia todo esto sin aplaudirlo, ni ménos criticarlo. Esta
señora, que no tomaba en cuenta pareceres ajenos, nunca imponia el suyo
á los demas, rarísima y apreciabilísima cualidad.
Pero no así D. Martin, que no habia cosa en que no se metiese. Así era
que como lo que hacia su hermano le infundia respeto, y por otro lado el
estudio no le inspiraba ninguna simpatía, solia decir al oido á
Clemencia:
-- Malva-rosita, díle al tio que ménos borla y mas limosna, y ten
presente que boca brozosa cria mujer hermosa.
Otras veces, cuando se prolongaban las sesiones con el Abad, gruñia:
¡tanta leccion y tanta leccion! ¿de qué te ha de servir eso? Anda, anda,
díle al tio que ménos espuma y mas chocolate.
En cuanto á Pablo, solia decirle:
--¿Tú tambien te quieres meter á discreto, tú que no pareces de la
familia de los Guevaras, sino de los Alonsos, que eran treinta, y todos
tontos? ¡El demonio se pierda! Déjate de latines, Pablo, que la zamarra
y la borla de doctor hacen unas migas como un toro y un pisaverde. A tus
agujas, sastre. ¿A qué lo echas de pulido, si eres fino como tafetan de
albarda?
Y se ponia á canturrear, cosa á que era muy afecto:
San Pedro como era calvo
A Cristo le pidió pelos,
Y Cristo le respondió:
Déjate de pelos, Pedro.