Don Martin Ladron de Guevara, padre de Fernando[3], de cuyo gran caudal
y antigua nobleza tienen noticia nuestros lectores, era uno de esos
señorones de tierra adentro, tan apegados á sus pueblos y á sus casas,
que parece que forman, si puede decirse así, parte de estas, como si
fuesen figuras de bajo relieve esculpidas en ellas. Señores que no se
han ocupado en su vida sino de sus caballos, de sus toros, de su labor y
de los chismes del pueblo; de los que por un indefinido anhelo por
crearse un interes y una ocupacion, gastan con gusto enormes sumas en
suscitar y sostener un ridículo pleito, que en el fondo les es
indiferente ganar ó perder, contestando á los que les reconvienen por
esa mezquindad, «_que no es por el huevo, sino por el fuero_.»
D. Martin, por descontado, no habia recibido ninguna clase de
instruccion, esceptuando la religiosa, por aquella regla de: si es el
mayorazgo... ¿á qué ha de estudiar, y de qué le ha de servir el
saber? -- Por consiguiente, no habia abierto un libro en su vida. Pero
esto no le impedia ser instintiva y tradicionalmente caballeroso, y
tener como generalmente los andaluces, talento y gracia; con el
privilegio que tienen los magnates, de aguzarlos y lucirlos, diciendo
cuanto se les viene á las mientes.
Como hombre que se sabe escuchado siempre con respeto y deferencia, D.
Martin hablaba recio, pronto y resuelto, y con el mismo tono al rey que
al pordiosero; esto es, en tono natural, llano y decidido. Tenia en la
memoria y usaba de continuo una inagotable cantidad de dichos y
refranes, á los que llamaba evangelios chicos.
Era D. Martin caritativo como religioso; esto es que daba á manos
llenas, y sin ostentacion. Era generoso como caballero, poniendo tan
poco precio á sus beneficios y olvidándolos tan completamente, que se
ofendia si se recordaban ó encomiaban en su presencia; porque miraba
sencilla y cristianamente el dar los ricos á los pobres, no como una
virtud, sino como un deber.
Entre los muchos rasgos que se contaban de él, era uno el siguiente:
En el año denominado _del hambre_, esto es, el de 1804, año en que
perecian los pobres de necesidad, y en que valian los granos y semillas
sumas fabulosas, tenia D. Martin sus graneros atestados con el producto
de una pingüe cosecha de garbanzos. Cada dia hacia que en su presencia
se distribuyesen á los pobres; cada niña llevaba una taza, cada mujer
dos, y cada hombre que se presentaba, tres.
Una mañana en que aun dormia D. Martin, le despertó el mayordomo.
-- Señor, le dijo, ahí están unos arrieros de Sevilla con mucha prisa y
mayor empeño por llevarse los garbanzos.
--¿Prisa? esclamó D. Martin; ¡pláceme! Díles que me levantaré á mi hora;
que iré á misa á mi hora; que almorzaré á mi hora: y que despues, cuando
sean las nueve, me podrán hablar.
Y D. Martin se volvió á dormir.
Levantóse á su hora, hizo todo lo que tenia de costumbre, y á las nueve
salió al patio, en que le aguardaban los arrieros y todos los pobres que
socorria.
--¡Dios guarde á Vds., caballeros! dijo con su campanuda voz,
dirigiéndose á los primeros. ¿Con que se quieren Vds. llevar los
garbanzos, eh?
-- Sí, señor D. Martin, y por el precio no hemos de reñir; que acá
traemos plata para pagarlos, mas que fuesen de oro.
-- Y pueden Vds. poner que de oro son, observó el mayordomo. A
seiscientos reales fanega se los acaban de pagar á D. Alonso Prieto.
-- Ya lo sabemos, contestaron los arrieros. Señor D. Martin, se puso su
mercé las botas hogaño.
-- Pues señores, siento decir á Vds. que han echado el viaje en balde,
puesto que no puedo vender los garbanzos, porque no son mios.
--¿Que no son de su mercé? Vamos, señor, ¿se está su mercé burlando?
-- Que no son mios, digo: ¿lo sabré yo, caracoles?
--¿Pues de quién son, señor?
-- De estos, respondió D. Martin, señalando á los pobres: preguntadles á
ellos si los quieren vender. ¿Se venden los garbanzos, hijos? gritó con
la voz de bajo que siempre tuvo.
Un clamoreo de angustia y súplica se alzó al cielo.
-- Pero, señor... insistieron los arrieros.
-- Pues ¿no estais viendo que no quieren sus dueños? ¿Yo qué le hago?
contestó D. Martin.
¡Cuánto y cuánto de esto se halla sepultado en el corazon de España,
para consuelo de los buenos y confusion de los pesimistas misántropos,
que se empeñan en juzgarla por su corrompida superficie!
En su juventud habia ido D. Martin alguna vez á Sevilla, y siempre habia
vuelto con las manos en la cabeza diciendo:--¡Cristianos! aquello es una
Babilonia; allá lo que vale es lo que relumbra; y añadia: ¡A tu tierra,
grulla, mas que sea con un pié!
Escusado es decir que tenia D. Martin por toda innovacion y por todo lo
estranjero la misma clase de repulsa con tedio y coraje, que conservaba
desde la guerra de la Independencia por todo lo frances.
En diciendo la estúpida espresion lugareña _es nacion_[4], tenian las
cosas y los sujetos la marca de reprobacion de Cain sobre sí. Se
estremecia al oir la voz _nacion_, y torcia materialmente la boca á las
familias de los Grandes, enlazadas con princesas alemanas: ¡al fin
_nacion_! decia. A lo que solia contestarle una complaciente
comadre: -- Nosotros los españoles podremos tener nuestras faltas,
compadre; pero al ménos, gracias á Dios, no somos _nacion_.
Así era que D. Martin nunca habia variado nada, ni en su casa, ni en su
labranza, ni en su modo de vivir, ni en su modo de ver, ni aun en su
manera de vestirse. Llevaba siempre media de seda azulada, zapatos de
una especie de paño recio ó feltre gris, llamado piel de rata, con
hebillas de plata; calzon de casimir negro, igualmente con hebillas de
plata en las rodillas, un gran chaleco de rico género de seda, algunos
bordados en colores; una amplia chaqueta ó chupa, corta, igualmente de
seda, con faldones cortos; y se ponia redecilla en que encerraba su
cabello, que nunca quiso cortarse; solo que la redecilla era corta, y no
llegaba sino poco mas abajo de la nuca. Cuando salia por la mañana, se
ponia un capote de rico paño negro adornado con pasamanería y caireles
de seda, y por las tardes una capa de grana, forrada de raso de color, y
en la cabeza un sombrero á la chamberga, parecido al que llevan los
picadores en las fiestas de toros. Aunque D. Martin tenia mas de setenta
años, y habia engordado paulatinamente mas de lo necesario para bailar
unas seguidillas, conservaba restos de una arrogante figura; era alto, y
sus facciones, aunque abultadas, eran bellas y correctas.
Habia contraido segundas nupcias con su actual mujer, por razon de
estado y sin conocerla; lo que no quitaba que se hubiesen llevado muy
bien, teniendo él por ella, en razon de su espíritu caballeroso, las mas
finas deferencias. -- Quien honra á su mujer se honra á sí mismo, solia
decir; y la honra que á tu mujer das, en tu casa se queda.
Habíanse casado por poderes, y el dia que llegó la novia, hizo D. Martin
formarse en rueda la enorme cantidad de criados de casa y de campo que
le servian, y cogiendo á la recien llegada por la mano, se la presentó
diciendo: «Esta es vuestra señora y... la mia; lo que ella mande, se ha
de hacer ántes que lo que mande yo; estais advertidos.» En fin, D.
Martin era bondadoso, generoso, poco severo, de fácil trato, amigo de
ver á todos contentos, y contribuyendo á ello mas bien por un impulso
instintivo, que por una intencion razonada; dándose por espíritu de
familia grandes aires de vanidad y de orgullo, sin tener en sí el mas
mínimo gérmen de estos vicios, y siendo á fuer de rico, mimado de chico
y adulado de grande, un poco despótico y un mucho egoista.
La SEÑORA, como siempre la llamaba D. Martin, Doña Brígida Mendoza, era
de esas mujeres secas, reservadas, austeras é impasibles, que tienen el
defecto de no hacer amable la virtud de que son modelos. Unido esto á la
edad, á la desgracia de haber perdido sucesivamente á todos sus hijos, y
al continuo afan de refrenarse, habíase entristecido y metido en sí,
llevándola este afan á archivar en su pecho las penas y las
prosperidades, con la misma grave serenidad con la que un cura registra
en los libros parroquiales nacimientos y defunciones. Todo esto formaba
un conjunto serio, frio y grave, pero digno, noble y abstraido de todo,
no por agria misantropía, sino por la real superioridad de alma que da
la religion.
D. Martin solia decir al verla tan serena: -- Cuando eran chicos sus
hijos, y los tenia alrededor como la gallina su echadura, si tenia
alguno un resfriado cogia la madre el cielo con las manos y se le
cerraba el mundo; pero ahora parece en todas ocasiones que ha comido
pata: eso es, porque ¡_lo poco espanta, y lo mucho amansa_!
Vivia con ellos un hermano de D. Martin, algo menor que él, Abad de
aquella colegiata. Era este hombre distinguido un ente privilegiado, de
los pocos en quienes están á la misma altura el alma, el corazon y la
cabeza: un hombre de aquellos que los instruidos llaman sabio, los
religiosos santo, los pobres padre, y sus allegados ángel.
En su juventud le habia su padre enviado á Sevilla á estudiar, tanto por
haberlo deseado su mismo hijo, como con el fin de que siguiese la
carrera de la toga. Pero en la guerra de la Independencia tomó un fusil,
y se fué á combatir al invasor coloso. Hecho prisionero, pasó á Francia,
y aprovechó sus ocios en seguir sus estudios. Concluida la guerra, viajó
por Alemania é Inglaterra, siempre aumentando sus conocimientos con su
pasion por el saber, haciéndose un hombre eminente en conocimientos como
en cultura. Acabó por pasar á Italia, donde permaneció mucho tiempo en
Roma: allí se maduraron los tesoros con que habia enriquecido su cabeza
y su corazon. Como fruto sazonado de su variada esperiencia del mundo,
de las cosas y de los hombres, y como hijo de su suave y elevado
carácter, se desarrolló entónces su vocacion á la carrera tranquila,
espiritual y filantrópica de la iglesia, volviendo algunos años despues
á sus lares, y siendo acogido con alborozo por su hermano, en cuya casa
vivia, rodeado de sus libros y de sus pobres, gozando de la naturaleza
como un poeta, y de la paz como un cenobita.
El Abad en su demagrada persona, tenia todo el aire de elegante
distincion innato y adquirido, que siempre le habian sido propios, sin
que la pausa y falta de pretensiones de su estado y de su edad, le
hubiesen alterado, y sí solo añadido dignidad y dulzura.
D. Martin que queria mucho á su hermano, considerando que debia á su
vocacion al sacerdocio el placer de tenerle á su lado, decia que el Abad
habia hecho bien en dedicarse á la iglesia, proposicion que apoyaba con
uno de sus evangelios chicos, diciendo: «Si quieres un dia bueno, hazte
la barba; un mes bueno, mata un puerco; un año bueno, cásate; pero si
quieres un _siempre_ bueno, hazte clérigo.» Y añadia: «Fraile que fué
soldado, sale mas acertado.»
Desde la muerte de su hijo último, habia traido D. Martin á su lado para
ayudarle á estar al frente de su labor, á un sobrino, hijo de un primo
hermano suyo, que debia ser el heredero de su casa.
Pablo Guevara, así se llamaba, tenia veinte y dos años, y habia sido
poco favorecido por la naturaleza. Era en estremo moreno, tenia
facciones bastas, maneras toscas y aire comun; pero tenia como tipo de
la raza andaluza los ojos grandes y negros, los dientes chicos y
blancos.
Criado siempre en el campo, era corto de genio, y no tenia nada de fino
ni de erudito; en cambio sabia domar caballos como un picador, y
derribar reses como el mejor ganadero.
Su tio, que como hemos dicho, encajaba á cada cual lo que le parecia sin
andarse con rodeos, desde que vió á su sobrino, cuyo empaque no le hizo
gracia, le definió en estas frases que solia decirle:
-- Pablo, hijo, vive sosegado; que ninguno se condenó por feo.
Si se hablaba del color moreno, opinaba:
-- Pablo, no hay que apesadumbrarse; lo moreno es color que nunca pierde;
y miéntras mas subido, mas firme.
Si su sobrino decia alguna gansería:
-- Pablo, esclamaba su tio, habló el buey y dijo mú; te se conoce á
distancia dónde al mundo viniste; que quien dijo cortijo, todo lo dijo.
Pablo habia nacido casualmente en un cortijo.
Ponia D. Martin el sello á los juicios que sobre su sobrino hacia, con
esta definicion:
-- Pablo; lo que es á guapo, no te gana nadie, pero á feo tampoco; de
bueno te pasas, pero á entendido no llegas, y á sutil no alcanzas.
Este era el nuevo círculo en que se iba á ingertar la existencia de
Clemencia, círculo compuesto, como todos los que forman los hombres, de
bueno y de malo; pero, predominando en este mucho mas lo bueno que lo
malo.
La casa solariega de D. Martin de Guevara era un edificio en cuya
construccion no se habia ahorrado ni el terreno, ni los materiales, ni
el dinero; pero en la que no se tomó en cuenta ni la comodidad ni la
elegancia. Un enorme patio enladrillado; salones en que podian correr
caballos, alcobas cuadradas, grandes y desnudas, formaban su interior;
al esterior muchas ventanas con sobra de hierro y falta de cristales,
alistadas en fila, como soldados sobre las armas; y un enorme balcon
sobre una gran puerta, coronado con las armas in-folio de la familia,
componian la mansion solariega de estos nobles hidalgos.
Habitaban estos por lo regular lo bajo, dejando á la soledad y al
silencio en pacífica posesion del cuerpo alto, con sus antiguos muebles
de mal gusto, cubiertos de un imperecedero damasco carmesí, que parecia
haberse elaborado para hacer un vestido á la eternidad; sus cornucopias
deslustradas, sus arañas destartaladas, y algunos escelentes cuadros
vinculados, que escaparon al vandalismo de las tropas de Napoleon,
merced á haberlos escondido en una apartada hacienda.
A espaldas tenia la casa los corrales, cuadras, horno, tahona y graneros
de su uso, con entrada por otra calle.
Nada de jardin se veia, nada de elegante ni de ameno; pues lo ameno, así
para D. Martin como para sus progenitores, habia sido siempre mucha
bulla y mucho tráfago de campo.
Esta era la mejor casa del pueblo, y estando él en la carretera, en ella
se alojaban los reyes á su paso. En vida de D. Martin habian pasado por
allí Cárlos IV, José Bonaparte, glorificado por los franceses con el
título _ad honorem_ de Rey de España; las Princesas de Braganza, ya
desposadas con el Rey y el Infante; y Fernando VII. D. Martin no habia
puesto, segun la costumbre establecida en las casas en que se hospedan
los reyes, cadenas en la puerta de la suya, y cuando se le preguntaba la
causa de esta omision, contestaba á su manera:
-- Taberna vieja no necesita rama.
-- Pablo, dijo un dia D. Martin á su sobrino; ya la viudita escribe que
está en disposicion de venir. Paréceme que deberias tú ir con el
barrocho por ella.
Pablo, que tenia un carácter bueno y complaciente, y que segun
costumbres añejas respetaba mucho á sus mayores, pero que era cortísimo
de genio, y tenia bastante tacto para conocer cuánto le faltaba para ser
una persona fina y de buenas maneras, se quedó estremecido con la
proposicion de su tio.
-- Señor, dijo balbuciente, si... si... ¡si no la conozco!
-- Ni yo tampoco, repuso su tio, que tenia de largo lo que el sobrino de
corto; y si fuese mozo, iria de cabeza. ¡Con que á tí no te impone un
toro, y te impone una buena moza! ¡Por via del atun salado! que pareces
aciguatado.
-- Señor, dispénseme Vd., por Dios.
-- Por dispensado. Tú te lo pierdes, trabado; á bien que mas divertida ha
de venir con Miguel que tiene buena parola, la lengua espedita y habla
por los codos, que no contigo que para sacarte una palabra del cuerpo se
necesita un garfio: siempre tienes la lengua entumida.
Pocos dias despues llegó Clemencia; pero tan abatida todavía, moral y
físicamente, á causa de las repetidas y recientes catástrofes acaecidas,
que en su pálido semblante estaban aun sellados el espanto y el dolor.
Al apearse del detestable barrocho que tirado por cuatro magníficas
mulas habia ido por ella á Sevilla, se sintió profundamente conmovida,
al recordar que allí habia nacido y pasado su infancia su malogrado
marido, y que iba á ver á sus padres. Al entrar corrió hácia su suegra,
en cuyos brazos se echó sollozando; á esta señora, que como sabemos era
austera, seca y poco afecta á espansiones, desagradó aquella esplosion
de vehemente dolor, y se contentó con decir con serenidad:
-- Ya no tienes porqué afligirte ni estar apurada. A los que Dios llama á
sí, mas vale encomendárselos, que no protestar contra su santa voluntad
con estremos y violencias. No se siente mas á un marido que á un hijo...
¡y yo estoy resignada!
-- Vamos, niña, dijo su suegro abrazando á su vez á Clemencia; vamos, que
aquí no se viene á llorar, sino á consolarse y conformarse con la
voluntad de Su Majestad. Vienes á tu casa, _á tu casa_, y puedes mandar
como dueña que eres; pero mira, hija mia, que los viejos no quieren
gentes compungidas alrededor suyo. Vamos, que con agua pasada no muele
el molino.
Clemencia permaneció callada, haciendo heróicos esfuerzos para hacerse
dueña de su congoja, pues conoció que el egoismo de la vejez rechaza al
dolor como á un enemigo.
Sintióse entónces estrechada por los brazos de una persona, que dejó
caer sobre su frente dos lágrimas, diciendo:
--¡Llora, llora, hija mia! que las lágrimas son una de las mas bellas
prerogativas de la primavera de la vida. Son las lágrimas que vierte la
juventud, á la vez brillantes y puras como las de la infancia, y
sentidas como las de la vejez; desahogan el corazon é inspiran simpatía;
pero si el cariño y la lástima secan sus fuentes, aquí, hija querida,
desaprenderás el llanto.
Quien profundamente conmovido hablaba así era el Abad.