El mayor poeta del romanticismo portugués comprendió el partido que de

esta tradición podía sacarse, y fundó en los honestos y desventurados

amores de Bernardim y la Infanta el argumento de su drama _Un auto de

Gil Vicente_, compuesto en 1838[666], y que sería el mejor de los suyos

si no existiese el incomparable _Fr. Luis de Sousa_. El mayor defecto

del _Auto_ es su título: Gil Vicente es una figura demasiado grande

para ser tratada episódicamente como lo está en el drama de Garrett,

donde la representación de su tragicomedia _Las Cortes de Júpiter_

sólo sirve para que se desate impetuosa la pasión de Bernardim, que

entra en el auto disfrazado de mora encantada para entregar el anillo

mágico á la nueva duquesa de Saboya. Esta situación es de gran efecto

teatral, y no lo pareció menos el final del tercer acto, que pasa á

bordo del galeón _Sta. Catherina_. El poeta, á quien su insensata

pasión ha arrastrado á embarcarse en aquella nao, se ve próximo á ser

sorprendido por el rey D. Manuel, y para salvar el honor de la que ama

se arroja al mar entre las sombras de la noche, dejándonos el poeta en

la incertidumbre de su destino. Hay algo de artificial y rebuscado en

estas situaciones: la ingenuidad pintoresca de la primitiva leyenda

satisface mucho más; la historia, como en casi todos los dramas de

este género acontece, está respetada en lo accesorio y falseada en lo

fundamental; los afectos que expresa Bernardim no son los del último

heredero de los trovadores provenzales, los de un Macías rezagado, sino

los de un poeta romántico que ha leído á Chateaubriand y á Lamartine.

Garrett abusa de la nota sentimental y del aparato escénico, emplea la

_saudade_ como una receta infalible, pero todo se le perdona por su

viva intuición poética (que sólo en _Fr. Luis de Sousa_ llega á ser

profunda y serena) y por el singular encanto de su estilo, que es una

maravilla en el género dificilísimo de la prosa dramática.

Con ocasión del drama de Garrett quiso Alejandro Herculano prestar

el apoyo de su autoridad histórica á la leyenda de los amores de

doña Beatriz, publicando cierta relación del viaje de la infanta á

Saboya[667], de la cual se infiere que fueron mal recibidos allí los

portugueses de su séquito y aun se les obligó á salir del país. Pero

esto pudo tener otras causas meramente políticas, sin recurrir á la

sospecha de los supuestos amores, y es lo cierto que la princesa y su

marido vivieron siempre en buena armonía y paz doméstica, á pesar del

contraste entre los hábitos sencillos de la modesta corte piamontesa y

los esplendores y magnificencias de la Lisboa del Renacimiento en que

se había educado doña Beatriz.

Por lo demás, la leyenda de Faria y Sousa no envuelve ninguna

imposibilidad cronológica. La infanta tenía poco más ó menos la edad

de Bernaldim Ribeiro, puesto que había nacido en 1504 y se casó en

1521, embarcándose para Italia el 9 de agosto. Pero si el poeta vino

por primera vez á la corte en aquel mismo año, según de sus églogas se

deduce, poquísimo espacio puede concederse para el desarrollo de su

pasión.

De todos modos, esta tradición, además de ser antigua, no ha sido

impugnada hasta ahora con argumentos tales que la convenzan de

falsedad. Esta ventaja lleva á otras dos muy modernas, que han tenido

escasos secuaces. Apenas puede hacerse mérito, por lo absurda y

extravagante que es, de la que echó á volar el antiguo diplomático

brasileño F. A. de Varnhagen, según el cual la _Aonia_ de _Menina e

Moça_, la amada de Bernaldim Ribeiro, es nuestra reina doña Juana

la Loca; su tío _Lamentor_, el rey D. Manuel, y su marido _Fileno_,

Felipe el Hermoso. Con decir que aquella pobre señora no puso nunca

los pies en Portugal, y estaba ya casada en 1496, cuando probablemente

Bernaldim Ribeiro no había nacido, basta para que se juzgue del valor

de esta hipótesis, ejemplo solemne de los desvaríos á que se presta

la interpretación de los anagramas en obras antiguas, cuya clave no

poseemos[668].

De muy distinto género es la hipótesis que con grande agudeza de

ingenio y mucha doctrina ha desarrollado Teófilo Braga en su libro

_Bernardim Ribeiro e os Bucolistas_, tan interesante como todos los

suyos[669]. Sostiene el erudito historiador de la literatura portuguesa

que _Aonia_ es dona Juana de Villena, prima del rey D. Manuel, que fué

casada con el conde de Vimioso D. Francisco de Portugal. La dama del

tiempo antiguo que cuenta la historia y deplora la pérdida de su hijo

es doña Leonor, viuda de D. Juan II; el _caballero de la puente_ es el

príncipe D. Alfonso, que murió de una caída de caballo (lo cual no es

lo mismo que morir en un desafío); _Belisa_ es doña Isabel, primera

mujer de D. Manuel, y _Cruelsia_, probablemente, doña María Coresma, á

quien Bernardim había querido antes de ir á la corte y conocer á doña

Juana.

Todo ello está muy ingeniosamente combinado, no envuelve ninguna

imposibilidad moral, puede parecer hasta verosímil; pero además de ser

enteramente gratuito y trabajo de pura imaginación reconstructiva, sin

apoyo sólido en ningún documento, tropieza con las fechas generalmente

asignadas al nacimiento de Bernardim y á su ida á la corte. Doña Juana

ya estaba casada en 1516, y parece haber sido una esposa ejemplar.

Si admitimos, como creyó D. Agustín Durán, que el romance de _Don

Bernaldino_, inserto ya en el _Cancionero_, sin año, de Amberes, y

repetido en el de 1550 y en la _Silva_ de Zaragoza, se refiere al poeta

portugués (como parece indicarlo, no sólo la comunidad del nombre, sino

un verso que es casi traducción de las primeras líneas de _Menina e

Moça_), habrá que suponer que la leyenda amorosa de Bernardim Ribeiro

había penetrado en Castilla durante su vida y años antes de que se

imprimiese su novela. El romance es tan bello que no debemos omitirle

aquí; pertenece al género de los artísticos popularizados que componían

los últimos trovadores:

Ya piensa don Bernaldino--a su amiga visitar,

Da voces a los sus pajes--de vestir le quieren dar,

Dábanle calzas de grana--borceguís de cordoban,

Un jubon rico broslado,--que en la corte no hay su par,

Dábanle una rica gorra,--que no se podía apreciar,

Con una letra que dice:--«Mi gloria por bien amar».

La riqueza de su manto--no vos la sabría contar;

Sayo de oro de martillo--que nunca se vio su igual.

Una blanca hacanea--mandó luego ataviar,

Con quince mozos de espuelas--que le van acompañar.

Ocho pajes van con él,--los otros mandó tornar;

De morado y amarillo--es su vestir y calzar.

Allegado han a las puertas--do su amiga solia estar;

Fallan las puertas cerradas,--empiezan de preguntar:

--¿Dónde está doña Leonor--la que aqui solia morar?

Respondió un maldito viejo--que él luego mandó matar:

--_Su padre se la llevó--lejas tierras habitar_.

El rasga sus vestiduras--con enojo y gran pesar,

Y volviose a los palacios--do solia reposar.

Puso una espada a sus pechos--por sus dias acabar.

Un su amigo que lo supo--veníalo a consolar,

Y en entrando por la puerta--vídolo tendido estar.

Empieza a dar tales voces--que al cielo quieren llegar,

Vienen todos sus vasallos--procuran de lo enterrar

En un rico monumento--todo hecho de cristal,

En torno del cual se puso--un letrero singular:

«Aqui está don Bernaldino--que murió por bien amar».

(Núm. 149 de la _Primavera_ de Wolf).

_Menina é Moça_ fué una aparición solitaria en la literatura

portuguesa. Los ingenios de aquel reino que luego cultivaron con

gran ahinco la novela pastoril, como Fernán Álvarez de Oriente en su

_Lusitania Transformada_ (1607), y Francisco Rodríguez Lobo en su

_Primavera_ y _Pastor Peregrino_ (1608-1614), no imitaron á Ribeiro,

sino á otro famoso conterráneo suyo, á quien se debe la primera novela

pastoril escrita en castellano.

Jorge de Montemayor, como él se llamaba castellanizando hasta su

apellido, era natural de _Montemor o velho_, lugar situado á cuatro

leguas de Coimbra, en las márgenes del Mondego[670]. De aquellos

parajes se acuerda con amor en el libro VII de la _Diana_, recordando

sus antigüedades y tradiciones:

«Y preguntándole Felismena qué ciudad era aquella que había dejado

hacia la parte donde el rio, con sus cristalinas aguas, apresurando su

camino con gran impetu venía, y que tambien deseaba saber qué castillo

era aquel que sobre aquel monte mayor que todos estaba edificado, y

otras cosas semejantes, la una de aquéllas (pastoras), que Duarda se

llamaba, la respondió: que la ciudad se llamaba Coimbra, una de las

más insignes y principales de aquel reino, y aun de toda España, asi

por la antigüedad de nobleza de linajes que en ella habia, como por la

tierra comarcana a ella, la cual aquel caudaloso rio, que Mondego tiene

por nombre, con sus cristalinas aguas regaba; y que todos aquellos

campos que con tan gran impetu iba discurriendo se llamaban el campo

de Mondego, y el castillo que delante los ojos tenian era la luz de

nuestra España; y que este nombre le convenia más que el suyo propio,

pues en medio de la infidelidad del Mahomético rey Marsilio, que tantos

años le habia tenido cercado, se habia sustentado de manera que siempre

habia salido vencedor, jamás vencido[671]; y que el nombre que tenía

en lengua portuguesa era _Monte-mor o velho_, adonde la virtud, el

ingenio, valor y esfuerzo quedaron por trofeos de las hazañas que los

habitadores dél en aquel tiempo habian hecho; y que las damas que en él

habia y los caballeros que lo habitaban florecian en todas las virtudes

que imaginarse podian. Y asi le contó la pastora otras muchas cosas de

la fertilidad de la tierra, de la antigüedad de los edificios y de las

riquezas de los moradores, de la hermosura y discreción de las ninfas y

pastoras que por la comarca del inexpugnable castillo habitaban; cosas

que a Felismena pusieron en gran admiracion».

Allí pasó su primera juventud, sin haber recibido verdadera educación

clásica, entregado á la música, al amor y á la poesía. El mismo lo

declara en su epístola autobiográfica al Dr. Francisco Sá de Miranda:

Riberas me crié del rio Mondego...

De ciencia alli alcancé muy poca parte

I por sola esta parte juzgo el todo

De mi ciencia y estilo, ingenio y arte.

En música gasté mi tiempo todo;

Previno Dios en mí por esta via

Para me sustentar por algun modo.

No se fió, señor, de la poesia

Porque vio poca en mí, y aunque más viera,

Vio ser pasado el tiempo en que valia.

El rio de Mondego i su ribera

Con otros mis iguales paseava,

Sujeto al crudo amor i su bandera.

Con ellos el cantar exercitava

I bien sabe el amor que mi Marfida

Ia entonces sin la ver me lastimava.

Aquella tierra fue de mí querida;

Dejé la, aunque no quise, porque veia

Llegado el tiempo ia de buscar vida.

Para la gran Hesperia fue la via

A do me encaminara mi ventura

Y a do senti que amor hiere y porfia[672].

Jorge de Montemayor fué soldado en algún tiempo, pero creemos que no en

esta época de su vida, puesto que nada dice de ello en su carta. Hay en

su _Cancionero_ dos sonetos que compuso «partiéndose para la guerra» y

«yéndose el autor á Flandes»[673]. Del primero son estos versos:

Ora por mí el Frances quede vencido,

Y el nuestro gran Philipo sublimado...

Montemayor no pudo alcanzar más guerra de Felipe II con Francia que la

de 1555 á 1559, memorable por el triunfo de San Quintín. Pero mucho

tiempo antes de esa fecha encontramos noticias de él en Castilla. Opina

su último y erudito biógrafo, el Sr. Sousa Viterbo[674], que el poeta

portugués vino á Castilla en la comitiva de la infanta doña María, hija

de D. Juan III, casada en 1543 con el príncipe D. Felipe (luego Felipe

II), y en efecto, en la dedicatoria de sus dos primeras obras se titula

«Cantor en la capilla de su Alteza la muy alta y muy poderosa Señora la

infanta doña María»[675].

La vida de esta princesa fué cortísima; poco más de dos años sobrevivió

á su matrimonio, y no llegó á ceñir la corona de España. Á su

fallecimiento, en 12 de junio de 1545, compuso Jorge de Montemayor un

soneto harto infeliz[676] y unas bellísimas coplas de pie quebrado,

glosando algunas de las de Jorge Manrique.

Nueva protectora encontró en la infanta de Castilla doña Juana,

consorte del príncipe portugués D. Juan y madre del infortunado rey D.

Sebastián[677]. Ya en 14 de mayo de 1551 estaba al servicio de esta

señora, puesto que D, Juan III le hizo merced de la _escrevaninha_

de uno de los dos navíos de la carrera de la Mina, por un viaje,

llamándole en el privilegio «criado da princeza muito amada e prezada

nossa filha»[678]. De esta infanta hay una carta á la reina doña

Catalina, intercediendo á favor del padre de nuestro poeta (cuyo nombre

no se expresa) para que se le dé el oficio que pide[679].

Por la carta de Montemayor á Sá de Miranda inferimos que para este

tiempo habían comenzado ya sus amores con la que llama _Marfida_:

Alli me mostró Amor una figura;

Con la flecha apuntando dijo: «aquella»,

Y luego me tiró con flecha dura.

A mi Marfida vi más y más bella

Que quantas nos mostró naturaleza,

Pues todo lo de todas puso en ella...

Mas ya que el crudo amor me hubo herido,

Le vi quedar tan preso en sus amores,

Que io fui vencedor, siendo vencido.

Alli senti de amor tales dolores

Que hasta los de aora no creia

Que los pudiera dar amor maiores...

_En este medio tiempo la estremada,

De nuestra Lusitania gran princesa,

En quien la fama siempre está ocupada,

Tuvo, señor, por bien de mi rudeza

Servirse, un bajo ser alevantando

Con su saber estraño i su grandeza.

En cuya casa estoi ora passando

Con mi cansada musa_...

La dama designada en esta epístola y en muchas poesías líricas con el

nombre de _Marfida_ ¿es la misma pastora que en la novela se llama

_Diana_? Me inclino á creer que no, porque en la égloga tercera de

las que contiene el _Cancionero_ de Montemayor, figuran como personas

diversas el pastor _lusitano_ que servía á Marfida y Sireno el amador

de Diana. Cabe, por tanto, la duda de si Montemayor poetizó en su

novela amores propios ó ajenos. Á la _Diana_ precede en todas las

ediciones el siguiente argumento:

«En los campos de la principal y antigua ciudad de Leon, riberas

del rio Ezla, hubo una pastora llamada Diana, cuya hermosura fue

extremadisima sobre todas las de su tiempo. Esta quiso y fue querida

en extremo de un pastor llamado Sireno, en cuyos amores hubo toda

la limpieza y honestidad posible. Y en el mismo tiempo la quiso más

que a sí otro pastor llamado Silvano, el cual fue de la pastora tan

aborrecido, que no habia cosa en la vida a quien peor quisiese.

Sucedió, pues, que como Sireno fuese forzadamente fuera del Reino a

cosas que su partida no podía excusarse, y la pastora quedase muy

triste por su ausencia, los tiempos y el corazón de Diana se mudaron, y

ella se casó con otro pastor llamado Delio, poniendo en olvido al que

tanto habia querido. El cual viniendo despues de un año de ausencia,

con gran deseo de ver a su pastora, supo antes que llegase cómo era ya

casada, y de aqui comienza el primer libro, y en los demas hallarán muy

diversas historias de cosas que verdaderamente han sucedido, aunque van

disfrazadas bajo el estilo pastoril».

La tradición afirma desde antiguo que Diana es figura real y no

imaginaria, y hasta de su pueblo natal nos informa. «¿Qué mayor riqueza

para una mujer que verse eternizada? (dice Lope de Vega en el acto

primero, escena segunda de la _Dorotea_). Porque la hermosura se

acaba, y nadie que la mira sin ella cree que la tuvo; y los versos de

su alabanza son eternos testigos que viven con su nombre. _La Diana de

Montemayor fue una dama natural de Valencia de Don Juan, junto a Leon,

y Ezla, su rio, y ella seran eternos por su pluma_».

Es muy curiosa la anécdota que refieren, casi con los mismos términos,

Manuel de Faria y Sousa en su comentario á los _Lusiadas_[680] y el P.

Sepúlveda, monje jerónimo del Escorial, en una _historia_ manuscrita

_de varios sucesos_[681]. Oigamos al comentador portugués:

«Viniendo de León, el año 1603, los santos reyes Felipe III y

Margarita, y haciendo noche en la villa de Valderas (debe decir en

Valencia de León, y así está en el P. Sepúlveda que es escritor

coetáneo), les dijo el marqués de las Navas, su mayordomo, como

por nueva alegre y no esperada, que le había cabido en suerte ser

hospedado con Diana de Jorge de Montemayor. Y preguntando ellos de qué

manera, dijo que en aquel lugar vivía la llamada Diana y que le habían

aposentado en su casa. Gustaron los Reyes de la nueva, por lo mucho que

se habían celebrado los escritos de aquel nombre; y haciendo traer á

palacio á aquella decantada belleza, cuyo nombre propio era Ana, siendo

ya entonces, al parecer, de algunos sesenta años, en que todavía se

miraban rastros de lo que había sido, la estuvieron inquiriendo de la

causa de aquellos amores; y después de ella haber satisfecho á todo con

buena gracia y términos políticos, la envió la Reina cargada de dádivas

reales. Por ventura si el ingenio de Montemayor no hubiera celebrado

aquella Ana con el nombre de Diana y aquellos amorosos pensamientos,

¿hiciera el marqués de las Navas caso de haber ido á parar á su casa

para decirlo á los reyes ni ellos della para oirla y honrarla? Claro

está que no. Veis ahí la perpetuidad, la fama y la gloria que pueden

dar tales autores como aquéllos y como éste con sus escritos».

El P. Sepúlveda afirma que Diana era mujer muy bien entendida, bien

hablada, muy cortesana, y la _más hacendada y rica de su pueblo_. Y

como Valencia de Don Juan nunca ha tenido numeroso vecindario, y deben

de ser conocidos sus linajes antiguos, no será difícil á cualquier

erudito leonés dar con el apellido de la heroína de Montemayor.

La más antigua obra que tenemos de éste es su _Exposición sobre el

Salmo ochenta y seis_, impresa en Alcalá de Henares, 1548[682]. Parece

que á esta época hemos de referir el principio de sus relaciones con

varios poetas castellanos, mencionados en su _Cancionero_. Además de

un Juan Vázquez de Ayora y un D. Rodrigo Dávalos, cuyos versos glosa,

figuran entre ellos Feliciano de Silva y Gutierre de Cetina. Á la

muerte del primero, acaecida no sabemos cuándo, pero probablemente no

mucho después de la publicación de la cuarta parte de su _Don Florisel

de Niquea_ (1551), escribió el vate portugués una larga elegía en

tercetos y un epitafio[683]. Una y otra composición respiran el más

entusiasta afecto. En la primera evoca á la Poesía, y la hace exclamar:

¡Oh cielos, tierra y mar! ¿no habeis sentido

Que muerte me tocó con cruda mano.

Pues mi mayor amigo es ya perdido?

Perdí mi bien, perdí mi Feliciano;

Muerta es la gracia, el sér, la sutileza,

La audacia, ingenio, estilo sobrehumano...

¡Oh Feliciano, oh vena aguda y rica...

...............................................

Sabrás que allá en los coros soberanos

Está su ánima dota celebrada,

Ya fuera de juicios torpes, vanos.

Bien ves su senectud, que fue fundada

En juventud tan buena, que su vida

Poder tuvo de dalle muerte honrrada.

...............................................

¿Sabes que fue su vida bien gastada?

Una comedia, adonde su decoro

Guardó el discreto autor sin faltar nada.

...............................................

En muerte, en vida, en todo tuvo extremos,

Y no viciosos, no, mas excelentes,

Do exemplo de virtud mostrar podemos.

...............................................

Yo con mi clara luz mirar no oso

_Mirobriga_ la fuerte adonde via

El mi poeta insigne y más famoso.

...............................................

Conversación tan llana y tan discreta,

Años tan bien gastados no se han visto

...............................................

¿Quién las hazañas cuenta belicosas?

¿Quién los amores castos y aventuras?

¿Quién las batallas fieras y dudosas?

¿Quién puede ver sus metros y scripturas

Que no olvide presentes, y aun passados,

Pues de hallar ygual estan seguros?

Sus altos dichos, graves y acertados,

La authoridad de rostro, años y canas,

Dignos de ser por siempre celebrados...

El epitafio es la siguiente octava real, que no transcribimos por

buena, sino por curiosa:

¿Quién yace aquí? Un docto caballero.

¿De qué linaje? Silva es su apellido.

¿Qué posseyó? Más honrra que dinero.

¿Cómo murió? Assi como ha vivido.

¿Qué obras hizo? El vulgo es pregonero.

¿Murió muy viejo? Nunca moço ha sido;

Pero segun su ingenio sobrehumano,

Por tarde que muriesse fue temprano.

Son tan escasas las noticias biográficas que tenemos de Feliciano

de Silva[684], y es él personaje de tanta cuenta, á lo menos por su

fecundidad, en la historia de la novela española, que no parecerá mal

que exhumemos estos versos, tomados de un libro rarísimo.

Otro de los amigos literarios dé Jorge de Montemayor fué Gutierre de

Cetina, de quien tenemos un soneto «siendo enamorado en la corte, para

donde Montemayor se partía», con la respuesta de Montemayor «siendo

enamorado en Sevilla, donde Gutierre de Cetina se quedaba». El poeta

sevillano usa en esta correspondencia el nombre de _Vandalio_ y

Montemayor el de _Lusitano_[685].

Montemayor volvió á Portugal en 1552 acompañando á la princesa D.ª

Juana, que iba á reunirse con su marido. Llevaba entonces nuestro

poeta, no el oficio de músico de capilla, sino el cargo importante de

aposentador de la Infanta, según resulta de un documento publicado

por el genealogista Antonio Caetano de Sousa[687]. Á este tiempo

pertenece la epístola, que ya hemos citado, al gran dictador literario

de entonces, al Dr. Sá de Miranda, que había cumplido en la lírica

portuguesa la misma evolución italo-clásica que antes habían realizado

en Castilla Boscán y Garci Laso. Montemayor confiesa humildemente la

pobreza de sus estudios, y pide guía y consejo al sabio maestro, tan

respetado por su carácter como por su talento:

Si con tu musa quieres acudir me,

Gran Francisco de Sá, darás me vida,

Que de la mia estoy para partir me.

De tu ciencia en el mundo florecida,

Me comunica el fruto deseado,

Y mi musa será favorecida.

Pues entre el Duero y Miño está encerrado

De Minerva el tesoro, ¿a quién iremos

Si no es a ti do está bien empleado?

En tus escritos dulces los estremos

De amor podemos ver mui claramente

Los que alcanzar lo cierto pretendemos.

Dejar deve el arroio el que la fuente

De agua limpia y pura ve manando,

Delgada, dulce, clara y excelente.

Mui confiado estoi, de ti esperando

Respondas a mi letra por honrar me,

Pues d'escreuir te io me estoi honrando.

Á esta epístola respondió Sá de Miranda con otra, que en conjunto es

inferior, versificada con harta dureza y escabrosidad, como la mayor

parte de sus endecasílabos castellanos, muy semejantes á los de D.

Diego de Mendoza, hasta en la profusión de consonantes agudos, que

Montemayor evitaba ya con el ejemplo de Garci Laso y el trato de los

ingenios de la corte de Castilla, si es que su propio oído no le bastó

para huir de ellos[688].

Muerto el príncipe D. Juan en 1554, Montemayor hizo segundo viaje á

Castilla con la princesa.

La ausencia del suelo natal no parece haber sido muy dolorosa para

nuestro poeta. Nunca olvidó las bellísimas riberas del Mondego, y

en una epístola á su amigo D. Jorge de Meneses, en que antepone la

vida de la aldea á la cortesana, hay una sentida conmemoración de

aquellos campos, hecha con un realismo y un sabor rústico que no se

esperaría del autor de la _Diana_[689]. Pero es lo cierto que no volvió

á pisarlos ni escribió en su lengua más que dos breves canciones y un

cortísimo trozo de prosa en el libro sexto de su novela. El amor le

arrastraba á Castilla, y la vida de palacio le atraía con invencible

encanto á pesar de todas sus protestas.

Pronto llegó al apogeo de su fama literaria. Aquel mismo año de 1554

aparecieron en Amberes sus _Obras_ repartidas en dos libros, el primero

de poesías profanas, el segundo de versos de devoción, figurando entre

ellos tres _Autos que fueron representados al serenisimo principe de

Castilla en los maitines de la noche de Navidad a cada nocturno un

auto_[690]. En 1558 se hizo también nueva edición de estas poesías

con título de _Segundo Cancionero_, dividiéndolas en dos volúmenes y

añadiendo y quitando muchas cosas; pero el tomo de los versos devotos

fué prohibido por la Inquisición en el índice de 1559, y no volvió á

imprimirse[691]. En cambio, el _Cancionero_ de los versos profanos fué

tan bien recibido, que tuvo hasta siete ediciones en aquel siglo, á

pesar de lo cual es hoy un libro de la más extraordinaria rareza[692].

En otra parte hemos de hacer el estudio de Jorge de Montemayor como

poeta lírico, y entonces será ocasión de apreciar todos los indicios

que su _Cancionero_ suministra sobre la vida y carácter de su autor.

Aunque cultivó mucho el metro italiano y compuso cuatro larguísimas

églogas imitando manifiestamente á Sannazaro y Garci Laso, la mejor

parte de sus poesías pertenece á la escuela de Castillejo y Gregorio

Silvestre; son coplas castellanas á estilo de los poetas del siglo XV,

que parece haber tomado por modelos, especialmente á Jorge Manrique,

cuya elegía glosó dos ó tres veces[693].

Tradujo del catalán los _Cantos de Amor_ de Ausias March con más

gallardía poética que sujeción á la letra, á la verdad harto oscura

en muchos pasajes. No sabemos á punto fijo cuándo hizo este trabajo,

porque carece de fecha el único ejemplar que se conoce de la primera

y rarísima edición hecha en Valencia, al parecer por Juan Mey[694],

pero es seguro que ya en 1555 conocía y admiraba las obras del Petrarca

español, puesto que en los preliminares de la edición que en Valladolid

se estampó aquel año de las obras del poeta valenciano en su lengua

original, acompañadas del vocabulario de Juan de Resa, campea este

valiente soneto de Jorge de Montemayor:

Divino Ausias, que con alto vuelo

Tus versos á las nubes levantaste,

Y á tu Valencia tanto sublimaste,

Que Esmirna y Mantua quedan por el suelo.

Con alta erudicion, divino zelo,

En tal grado tu Musa aventajaste,

Que claro acá en la tierra nos mostraste

La parte que ternás alla en el cielo.

No fue Minerva, no, la que ayudaba

A levantar tu estilo sobrehumano:

Ni hubiste menester al roxo Apollo.

Spiritu divino te inspiraba,

El qual asi movió tu pluma y mano,

Que fuiste entre los hombres uno y solo.

Montemayor hubo de trabajar esta versión en Valencia, cotejando hasta

cinco manuscritos de las obras de Ausias, prefiriendo el que había

hecho copiar D. Luis Carroz, _baile_ general de aquella ciudad. Su

trabajo no pasó de los _Cantos de Amor_; pero en la edición de Madrid,

1579, se añadieron las otras tres _cánticas_, «_moral_», _espiritual_ y

«_de la muerte_», tomándolas de la infeliz traducción de D. Baltasar de

Romaní, cuyas líneas no tienen de versos más que la apariencia.

De Valencia es también la primera edición conocida de la _Diana_,

también sin fecha, pero no tan antigua como creyó Ticknor, engañado

por una falsa nota de su ejemplar. El docto hispanista inglés James

Fitz-maurice Kelly ha probado, á mi ver de un modo convincente[695],

que las supuestas ediciones de 1530, 1542 y 1545 no existen ni han

podido existir, y que el libro apareció, según toda probabilidad,

entre 1558 y 1559. Efectivamente, en el _Canto de Orpheo_, se lee la

siguiente octava, inserta ya en la edición que Ticknor supone de 1542:

La otra junta a ella es doña Ioana,

De Portugal princesa y de Castilla

Infanta, a quien quitó fortuna insana

El cetro, la corona y alta silla;

Y a quien la muerte fue tan inhumana,

Que aun ella a sí se espanta y maravilla

De ver quán presto ensangrentó sus manos

En quien fue espejo y luz de Lusitanos.

Claro es que aquí se alude á la viudez de la Princesa, y por

consiguiente estos versos no han podido ser escritos antes de 1554.

Por otra parte, el autor de la _Clara Diana_, Fr. Bartolomé Ponce, en

el importante pasaje que recordaremos luego, habla de la _Diana_ de

Montemayor como libro de moda en 1559 y que él vió y leyó entonces por

primera vez, entrando en deseo de conocer al autor. Á estos argumentos

añade el señor Fitz-maurice Kelly otro muy ingenioso. Si la verdadera

Diana de Valencia de Don Juan contaba en 1603 sesenta años, es claro

que Montemayor no había podido amarla ni celebrarla en 1542, cuando

ella tenía dos años, ni mucho menos en 1530, diez años antes de haber

nacido. Por el contrario, la fecha de 1559 conviene perfectamente:

entonces Diana tendría unos veinte años.

He omitido en este conato de biografía de Montemayor algunos hechos

que á mi juicio se afirman sin suficiente prueba. Dícese que acompañó

á Felipe II en su viaje á Inglaterra (1555), recorriendo luego los

Países Bajos é Italia, pero en sus obras no se encuentra ninguna

alusión á esto. Consta por tres diversos testimonios su trágica muerte

en el Piamonte, en 1561. Diego Ramírez Pagán, poeta murciano, á quien

Montemayor había dedicado una epístola, compuso dos sonetos bastante

malos á la muerte de su amigo. El segundo termina con estos versos:

¿Quién tan presto le dio _tan cruda muerte?

Invidia, y Marte, y Venus lo ha movido._

¿Sus huessos dónde están? _En Piamonte._

¿Por qué? Por no los dar á patria ingrata.

¿Qué le debe su patria? Inmortal nombre.

¿De qué? De larga vena, dulce y grata.

¿Y en pago qué le dan? Talar el monte.

¿Y habrá quien le cultive? No hay tal hombre[696].

En muchas ediciones de la _Diana_ y del _Cancionero_ de Montemayor se

halla una larga elegía á su muerte, compuesta por Francisco Marcos

Dorantes. En ella se alude, aunque muy embozadamente, al desastroso fin

del poeta:

Comienza, Musa mia, dolorosa,

El funesto suceso y desventura,

La muerte arrebatada y presurosa

De nuestro Lusitano...

Mi ronca voz resuene, y lleve el viento

Mis concentos tambien enronquecidos,

Bastantes a mover el firmamento.

De en uno y otro vayan esparcidos,

Dando indicio del _crudo y fiero asalto_

De gente en gente a todos los nacidos.

.............................................

La inexorable Parca y rigurosa

Cortó con gran desden su dulce hilo

Con inmatura muerte y lastimosa...

Nada más se saca en sustancia de esta elegía, que es una imitación

muy floja de la bellísima de Ovidio á la muerte de Tibulo. Pero quien

aclara por completo el enigma es Fr. Bartolomé Ponce, en la carta

dedicatoria que precede á su _Clara Diana a lo Divino_:

«El año mil quinientos cincuenta y nueve, estando yo en la corte del

Rey don Phelipe segundo deste nombre, señor nuestro, por negocios

desta mi casa y monesterio de Santa Fe, tractando entre cavalleros

cortesanos, vi y lei la _Diana_ de Jorje de Montemayor, la qual

era tan acepta quanto yo jamas otro libro en Romance haya visto;

entonces tuve entrañable deseo de conocer a su autor, lo qual se me

complio tan a mi gusto, que dentro de diez dias se ofrecio tener nos

convidados a los dos un caballero muy illustre, aficionado en todo

extremo al verso y poesia. Luego se començó a tratar sobre mesa del

negocio. Y yo con alegre buen zelo, le comencé a decir quán desseada

avia tenido su vista y amistad, si quiera para con ella tomar brio

de dezille quán mal gastaba su delicado entendimiento con las demas

potencias del alma, ocupando el tiempo en meditar conceptos, medir

rimas, fabricar historias y componer libros de amor mundano y estilo

prophano. Con medida risa me respondio diciendo: Padre Ponce, hagan

los frayles penitencia por todos, que los hijosdalgo armas y amores

son su profession. Yo os prometo, señor Montemayor (dixe yo) de con mi

rusticidad y gruessa vena componer otra _Diana_, la qual con toscos

garrotazos corra tras la vuestra. Con esto y mucha risa se acabó el

convite y nos despedimos; perdone Dios su alma, que nunca mas le vi,

antes de alli a pocos meses me dixeron cómo _un muy amigo suyo le

avia muerto por ciertos celos o amores_: justissimos juicios son de

Dios, que aquello que mas tracta y ama qualquiera viviendo, por la

mayor parte le castiga, muriendo siendo en ofensa de su criador; sino

veldo, pues con amores vivió, | y aun con ellos se crió, | en amores se

metió, | siempre en ellos contempló, los amores ensalzó, | y de amores

escribió, | y por amores murió»[697].

Consta, pues, que Montemayor sucumbió á mano airada en el Piamonte, no

sabemos si herido alevosamente ó en desafío. Y sea ó no exacta la fecha

de 26 de febrero de 1561, consignada en el prefacio de una edición de

la _Diana_ de 1622, no cabe duda que había muerto antes de 1562, en que

imprimió Ramírez Pagán su _Floresta de varia poesía_.

El desastroso fin del poeta contribuyó á aumentar el interés romántico

que inspiraban sus versos y su prosa. La _Diana_ fué reimpresa hasta

diez y siete veces durante el siglo XVI y ocho en el siguiente[698],

continuada tres veces en castellano, parodiada á lo divino, traducida

en diversas lenguas, imitada más ó menos por todos los autores de

pastorales castellanas y portuguesas, y por algunos de los más

ilustres extranjeros, tales como Sidney y d'Urfé. Fué el mayor éxito

que se hubiese visto en libros de entretenimiento, después del _Amadís_

y la _Celestina_. Hoy mismo sobrevive en algún modo á la ruina del

género bucólico, y si no se la lee tanto como merece es á lo menos

muy citada como obra representativa de un tipo de novela que encantó

á Europa siglos enteros. Reimpresa va en esta colección, lo cual nos

excusa de hacer aquí un detallado análisis de su argumento, que tampoco

ofrecería novedad alguna, puesto que ya fué expuesto con exactitud

por Dunlop en su _History of fiction_[699], y lo ha sido más profunda

y detenidamente en una excelente tesis alemana del Dr. Schönherr, de

Leipzig[700], y en la monografía inglesa del Dr. Hugo A. Rennert, de la

Universidad de Pensylvania, sobre la novela pastoril, trabajo de tanto

mérito y conciencia como todos los de este consumado hispanista[701].

Mi propósito se reduce á caracterizar la obra en muy breves rasgos.

Que Montemayor conocía la obra de Bernaldim Ribeiro antes de emprender

la suya es cosa que para mí no admite duda. Pudo leerla impresa en la

edición de Ferrara de 1554, anterior, según todo buen discurso, á la

primera de la _Diana_. Pudo conocerla antes en las varias copias que de

ella circulaban en Portugal. Pero seguramente se inspiró en el cantar

del ama de Aonia para escribir el romance que puso en boca de Diana en

el libro V, siendo muy significativo que sólo en esta ocasión emplease

tal metro:

Cuando yo triste naci,

Luego naci desdichada,

Luego los hados mostraron

Mi suerte desventurada.

El sol escondio sus rayos,

La luna quedó eclipsada,

Murio mi madre en pariendo,

Moza hermosa y mal lograda.

El ama que me dio leche,

Jamas tuvo dicha en nada,

Ni menos la tuve yo

Soltera ni desposada.

Quise bien y fui querida,

Olvidé y fui olvidada;

Esto causó un casamiento

Que a mí me tiene cansada.

Casara yo con la tierra,

No me viera sepultada

Entre tanta desventura,

Que no puede ser contada.

Moza me caso mi padre:

De su obediencia forzada,

Puse a Sireno en olvido,

Que la fe me tenia dada...

Pero salvo esta imitación directa, y el rasgo común de ser entrambas

heroínas Diana y Aonia casadas contra su voluntad y amadas por un

pastor forastero, no hay otro punto de contacto entre ambas obras. Aun

la semejanza en su argumento es más aparente que real, puesto que la

acción de _Menina e Moça_ se desenvuelve antes del casamiento y la de

la _Diana_ después. La _Diana_ carece del poder afectivo que _Menina e

Moça_ tiene. El amor no pasa allí de un puro devaneo sin consistencia:

Sireno y Silvano se curan pronto con el agua del olvido que les propina

la sabia Felicia, y la pastora Diana, que apenas interviene en la

fábula, aunque le da nombre, no es infeliz por los recuerdos de su

pasión antigua, sino por los insufribles celos de su marido:

Celos me hacen la guerra

Sin ser en ellos culpada.

Con celos voy al ganado,

Con celos a la majada,

Y con celos me levanto

Contino a la madrugada.

Con celos como a su mesa,

Y en su cama estó acostada:

Si le pido de qué ha celos,

No sabe responder nada.

Jamás tiene el rostro alegre,

Siempre la cara inclinada.

Los ojos por los rincones,

La habla triste y turbada.

¡Cómo vivirá la triste

Que se ve tan mal casada!

Las inefables bellezas de sentimiento que con candor primitivo é

infantil brotaban de la pluma de Bernaldim Ribeiro se buscarían

inútilmente en la _Diana_. «No es éste pastor, sino muy discreto

cortesano», pudiéramos decir remedando á Cervantes. _Menina e Moça_

fue escrita con sangre del corazón de su autor, y todavía á través

de los siglos nos conmueve con voces de pasión eterna. En la _Diana_

hasta puede dudarse, y por nuestra parte dudamos, que sea el autor el

protagonista ó que fuesen cosa formal los amores que decanta. Todo es

ingenioso, sutil, discreto en aquellas páginas, que ostentan á veces

un artificio muy refinado, pero no hay sombra de melancolía ni asomo

de ternura. Si Montemayor murió por amores, antes debió de arrastrarle

á la muerte la vanidad ó el punto de honra que el tirano Eros, más

poderoso que la muerte.

En la falta de sentimiento Montemayor está á la altura de Sannazaro,

aunque la disimula mejor con el arte de galantería en que era consumado

maestro. Y esto explica en parte su éxito: reflejaba el mejor tono

de la sociedad de su tiempo, era la novela elegante por excelencia,

el manual de la conversación culta y atildada entre damas y galanes

del fin del siglo XVI, que encontraban ya anticuados y brutales

los libros de caballerías, y se perecían por la metafísica amorosa

y por los ingeniosos conceptos de los petrarquistas. Montemayor

los transportó de la poesía lírica á la novela, y realizó con arte

y fortuna lo que prematuramente habían intentado los autores de

narraciones sentimentales; es decir, la creación de un tipo de novela

cuya única inspiración fuese el amor ó lo que por tal se tenía entre

los cortesanos. Como trasunto de estas ideas y costumbres el libro

tiene grande interés histórico: el disfraz pastoril, que es siempre muy

ligero, desaparece alguna vez del todo, como en el episodio de D. Félix

y Felismena, que es la joya del libro. Aquel cuento de amores, italiano

de origen, como veremos después, está españolizado con la mayor

bizarría; son escenas de palacio las que se nos muestran, y Montemayor,

contra su costumbre, insiste en el detalle pintoresco, describe hasta

la indumentaria de sus personajes:

«Y estando imaginando la gran alegria que con su vista se me aparejaba

(dice Felismena), le vi venir muy acompañado de criados, todos muy

ricamente vestidos con una librea de paño de color de cielo, y fajas

de terciopelo amarillo, bordadas por encima de cordoncillo de plata,

las plumas azules y blancas y amarillas. El mi don Felix traia calzas

de terciopelo blanco recamadas, aforradas en tela de oro azul; el

jubon era de raso blanco, recamado de oro de cañutillo, y una cuera

de terciopelo de las mismas colores y recamo; una ropilla suelta de

terciopelo negro, bordada de oro y aforrada de raso azul raspado;

espada, daga y talabarte de oro; una gorra muy bien aderezada de

unas estrellas de oro, y en medio de cada una engastado un grano de

aljofar grueso; las plumas eran azules, amarillas y blancas; en todo el

vestido traia sembrados muchos botones de perlas. Venia en un hermoso

caballo rucio rodado, con unas guarniciones azules y de oro, y de mucho

aljofar. Pues cuando yo asi le vi, quedé tan suspensa en velle, y tan

fuera de mí con la súbita alegría, que no sé cómo lo sepa decir».

No era menos pomposo el arreo con que la hermosa Felismena salió de

la recámara de la sabia Felicia: «Vistieron (las ninfas) a Felismena

una ropa y basquiña de fina grana, recamada de oro de cañutillo y

aljofar, y una cuera de tela de plata aprensada. En la basquina y ropa

habia sembrados a trechos unos plumajes de oro, en las puntas de los

cuales habia muy gruesas perlas. Y tomándole los cabellos con una cinta

encarnada, se los revolvieron a la cabeza, poniendole un enofion de

redecilla de oro muy sutil, y en cada lazo de la red, asentado con

gran artificio, un finisimo rubi. En dos guedejas de cabellos que los

lados de la cristalina frente adornaban, le fueron puestos dos joyeles,

engastados en ellos muy hermosas esmeraldas y zafiros de grandisimo

precio, y de cada uno colgaban tres perlas orientales hechas a manera

de bellotas. Las arracadas eran dos navecillas de esmeraldas con todas

las jarcias de cristal. Al cuello le pusieron un collar de oro fino,

hecho a manera de culebra enroscada, que de la boca tenia colgada un

aguila que entre las uñas tenía un rubi grande de infinito precio».

Trajes y atavíos es lo único que describe Montemayor, ó á lo sumo las

extravagantes magnificencias del palacio de la hechicera Felicia,

remedo de tantas otras casas encantadas del mismo género con que á

cada paso nos brindan los libros de caballerías. Para la naturaleza no

tiene ojos: su novela es mucho menos campestre que la de Sannazaro,

que en medio de toda su retórica da á veces la impresión del paisaje

napolitano. Las orillas del Ezla, en que pasa la acción de la _Diana_,

pueden ser las de cualquier otro río: la _fuente de los alisos_ se

repite hasta la saciedad, y el cuadro de la vida pastoril se reduce

á la mención continua del cayado, del zurrón, del rabel y de la

zampoña, rústicos instrumentos que están en abierto contraste con los

afectos, regalos y ternezas exquisitas de los interlocutores. Todas

estas figuras se mueven no sólo en un paisaje ideal, sino en una

época indecisa y fantástica; son á un tiempo cristianos é idólatras,

frecuentan los templos de Diana y de Minerva, viven en intimidad con

las ninfas, y las defienden de las persecuciones de lascivos sátiros y

descomedidas salvajes, y al mismo tiempo hablan de la Universidad de

Salamanca, de la corte de la princesa Augusta Cesarina (D.ª Juana), del

linaje de los Cachopines de Laredo y de un convento de monjas donde

era abadesa una tía de Felismena. En las octavas del _Canto de Orfeo_

se celebra nominalmente á las más hermosas damas de aquel tiempo, así

en la Corte como en Valencia. El mismo homenaje había tributado á las

de Nápoles, á principios de aquel siglo, un poeta del _Cancionero

General_ llamado Vázquez, y probablemente de su _Dechado de Amor_,

escrito á petición del Cardenal de Valencia D. Luis de Borja[702], tomó

Montemayor la idea de este rasgo de galantería, que repitieron luego

otros poetas, entre ellos D. Carlos Boyl y Vives de Canesma, en la loa

que precede á su comedia _El Marido Asegurado_[703].

Esta mezcla de mitología y vida actual, de galantería palaciega y

falso bucolismo, es uno de los caracteres más salientes de la novela

pastoril, y á la vez que pone de manifiesto su endeblez orgánica y el

vicio radical de su construcción, nos hace entrever el mundo elegante

del Renacimiento y nos transporta en imaginación á sus fiestas y

saraos, á sus competencias de amor y celos. Estudiadas de este modo

la _Diana_ de Jorge de Montemayor y todas las obras que á su imagen y

semejanza se compusieron, cobran inesperado interés y llega á hacerse

no sólo tolerable, sino atractiva y curiosa su lectura.

La _Diana_, sin ser una novela de mucho artificio y complicación

de lances, es más novela que la _Arcadia_. Y es también mucho más

original, habiéndole servido en esto á Montemayor su propia ignorancia,

la cual llegaba hasta el extremo de no saber latín, según indica su

amigo y continuador el médico salmantino Alonso Pérez: «Que cierto si

a su admirable juicio acompañaran letras latinas, para dellas y con

ellas saber hurtar y mirar y guardar el decoro de las personas, lugar

y estado, ó á lo menos no se desdeñara de tratar con quien destas y de

Poesia algun tanto alcançava, para en cosas _facilimas_ ser corrigido,

muy atras dél quedaran cuantos en nuestra vulgar lengua en prosa y

verso han compuesto»[704].

Creo que Pérez exagera algo. La fábula de Píramo y Tisbe, que suele

imprimirse al fin de la _Diana_, y la de Céfalo y Procris, intercalada

en una de las églogas del _Cancionero_, parecen tomadas directamente

de Ovidio. Pero pudo leerle en la traducción castellana de Jorge de

Bustamante, impresa antes de 1550 ó en alguna de las italianas. De

todos modos fué poco versado en humanidades, y él mismo, en la carta

á Sá de Miranda, reconoce la flaqueza de sus estudios. Falta, pues,

en la _Diana_ el perfume de antigüedad clásica que se desprende de la

_Arcadia_, el talento de adaptación ó aclimatación feliz, la docta y

paciente industria que Sannazaro tuvo en tanto grado y que hace de su

libro un compendio de la bucólica antigua. Bueno ó malo, Montemayor lo

debe casi todo á su propio fondo, y aun de los italianos imita poco,

sin excluir al mismo Sannazaro. Pudo éste darle la primera idea del

género, la forma mixta de prosa y verso; algunos tipos métricos como

los tercetos esdrújulos, que por fortuna emplea una vez sola; algunos

nombres pastoriles, como el de Selvagio, acaso el germen de algún

episodio. Hay cierta semejanza entre la situación de Sireno y los

demás pastorea que van á consultar á la sabia Felicia para curarse de

sus males de amor y la de Clónico, que acude con el mismo propósito

al sabio encantador Enareto. Pero el desarrollo de ambas consultas es

enteramente diverso. Á Sannazaro le sirve sólo para hacer alarde de

todo lo que había leído de magia en los antiguos. En Montemayor, que

estaba muy libre de tal ostentación erudita, conduce á la ingeniosa

ficción del agua encantada, que trocaba los corazones, haciéndoles

olvidar del amor antiguo mal correspondido y arder en nueva y feliz

llama. En Montemayor predomina siempre la parte sentimental; en

Sannazaro, la descriptiva.

No se libró Montemayor ni podía librarse de la imitación del Petrarca,

ídolo de todos los poetas y versificadores del siglo XVI, desde los más

altos hasta los más ínfimos. Pero le imitó menos servilmente que otros.

Sirva de ejemplo alguna estrofa de la bella canción puesta en boca

de Diana en el libro I, que repite el tema poético de la famosa que

comienza _Chiare fresche e dolci acque_, combinado con reminiscencias

de algunos sonetos:

Aquella es la ribera, este es el prado,

De alli parece el soto y valle umbroso

Que yo con mi ganado repastaba.

Veis el arroyo dulce y sonoroso,

Do pacía la siesta mi ganado,

Cuando mi dulce amigo aqui moraba;

Debajo aquella haya verde estaba,

Y veis alli el otero

A do le vi primero

Y á do me vio. Dichoso fue aquel dia,

Si la desdicha mia

Un tiempo tan dichoso no acabara.

¡Oh, haya! ¡oh, fuente clara!

Todo está aqui, mas no por quien yo peno...

Ribera umbrosa, ¿qué es de mi Sireno?...

Lo más importante que Montemayor trasladó de Italia fué el argumento de

la linda historia de D. Félix y Felismena. Aquella dama que, disfrazada

de hombre, sigue á su infiel amante, y le sirve de paje, y lleva sus

mensajes de amor á otra dama, que se apasiona del falso mensajero, y

viéndose desdeñada por él acaba por darse desesperada muerte, tiene su

modelo en la novela 36 (parte 2.ª) de las de Mateo Bandello: _Nicuola,

innamorata di Lattanzio, va a servirlo vestita de paggio, e dopo molti

casi seco si marita_[705]. Pero quien compare ambas fábulas reconocerá

que Montemayor no aprovechó más que la idea fundamental del cuento

italiano; le descargó de muchos incidentes, fundados en la semejanza

de dos personas de distinto sexo; le adaptó con rara habilidad á las

costumbres españolas; suprimió toda la parte escandalosa y lasciva que

tanto afea las felices invenciones del ingenioso dominico lombardo;

concentró el interés en la pasión mal correspondida de la heroína,

y dió á todo el relato un tono de cortesía y gentileza que aseguró

el éxito de este argumento en el teatro. Antes de Montemayor, Lope

de Rueda había presentado en las tablas un asunto análogo, pero su

comedia, de _Los Engaños_ no tiene por fuente inmediata la novela de

Bandello, sino la comedia _Gli Ingannati_, representada en 1531 por

los _Intronati_ de Siena. Con Montemayor penetró en la novela española

el recurso dramático de disfrazar á una mujer ofendida ó celosa en

hábito de varón; tema que repitió Cervantes en la historia de Dorotea

y en _Las Dos Doncellas_, y que también entró, como entraron todas las

invenciones dramáticas posibles, en el inmenso río del teatro de Lope

de Vega y sus discípulos. Esta situación es frecuentísima, sobre todo

en las obras de Tirso, y sugiere á su malicia más situaciones y efectos

cómicos que á ningún otro poeta. Shakespeare empleó el mismo dato en

dos comedias, una de las cuales, como pronto veremos, parece derivada

de Montemayor y no de Bandello.

Las demás historias intercaladas en la _Diana_ valen mucho menos.

Prescindimos, por supuesto, de la de Abindarraez y Jarifa, que no es de

Montemayor, y sólo después de su muerte fué interpolada en la _Diana_,

rompiendo la armonía del conjunto con una narración caballeresca. La de

Arsenio y Arsileo está fundada en una competencia de amor entre padre é

hijo, y en las malas artes del nigromántico Alfeo, que les da aparente

muerte á los ojos de la pastora Belisa. La de Ismenia empieza con una

extravagante y monstruosa escena de amor entre dos mujeres que velan

juntas en el templo de Minerva, y aunque todo ello se resuelve en una

mera burla, el efecto es desagradable y recuerda los peores extravíos

del arte pagano y del moderno decadente. El nombre de Ismenia y alguna

otra coincidencia, sin duda casual, han hecho creer á Dunlop y á otros

que Montemayor conoció el libro de Eustacio ó Eumato _Amores de Ismene

é Ismemas_. Aunque esta novela había sido ya traducida al italiano

por Lelio Carani en 1550[706], no me parece probado que Montemayor la

hubiese leído.

Cervantes, juez por lo común tan benévolo de la literatura de su

tiempo, estuvo rígido en demasía, casi diríamos injusto, con la

_Diana_ de Montemayor: «Soy de parecer que no se queme (dice el

cura), sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia

Felicia y de la agua encantada y casi todos los versos mayores,

y quédesele enhorabuena la prosa y la honra de ser primero en

semejantes libros». Los encantamientos de la sabia Felicia y el agua

maravillosa que infundiendo dulce sueño en los amantes trocaba sus

respectivas inclinaciones son una máquina poética no más fantástica

ó inverosímil que la mayor parte de las aventuras de los primeros

libros del _Persiles_, aunque el episodio de Montemayor no está

escrito ciertamente con aquel estilo soberano que en la obra de

la vejez de Cervantes hace tolerable hasta lo absurdo. También es

excesiva la condenación en globo de todos los versos de arte mayor. Los

endecasílabos de la _Diana_ no valen menos que los de la _Galatea_,

sobre todo si se tiene en cuenta el gran progreso que la técnica de la

versificación tuvo en los cincuenta años últimos del siglo XVI, por

obra principalmente de las escuelas andaluzas. Montemayor conserva

rastros de la rudeza antigua, especialmente en la acentuación; pero las

estancias de la canción de Diana son uno de los mejores trozos poéticos

de la obra.

Con todo esto no puede negarse que Montemayor es mucho más feliz en

los versos cortos. Los hay lindísimos en su _Cancionero_, y todavía

más en su novela. Parece que se le caían sin esfuerzo de la pluma, y

que su talento musical le ayudaba para este género de composiciones

ligeras y fugitivas, que probablemente asonaba él mismo. La canción de

Sireno á los cabellos de Diana, el canto de la ninfa Dórida en el libro

primero, recuerdan con ventaja las églogas portuguesas de Bernaldim

Ribeiro y Cristóbal Falcam, con mayor gracia y pulidez en el ritmo

y en la expresión. Las quintillas dobles corren en Montemayor como

arroyo limpio y sonoro, que halaga los ojos y los oídos con su blando

movimiento:

¿Por qué te vas, mi pastor?

¿Por qué me quieres dejar

Donde el tiempo y el lugar

Y el gozo de nuestro amor

No se me podrá olvidar?

¿Qué sentiré yo, cuitada,

Llegando á este valle ameno,

Cuando diga: ¡Ah, tiempo bueno!

Aquí estuve yo sentada

Hablando con mi Sireno?

¡Mira si será tristeza

No verte, y ver este prado

De árboles tan adornado,

Y mi nombre en su corteza

Por tus manos señalado!

¡O si habrá igual dolor

Que el lugar donde me viste,

Vello tan solo y tan triste,

Donde con tan gran temor

Tu pena me descubriste!

...............................

No te duelan mis enojos,

Vete, pastor, a embarcar,

Pasa de presto la mar,

Pues que por la de mis ojos

Tan presto puedes pasar.

Guárdete Dios de tormenta,

Sireno, mi dulce amigo,

Y tenga siempre contigo

La fortuna mejor cuenta

Que tú la tienes conmigo.

Muero en ver que se despiden

Mis ojos de su alegría,

Y es tan grande el agonía,

Que estas lágrimas me impiden.

Y contesta el pastor:

Mas si acaso yo olvidare

Los ojos en que me vi,

Olvídese Dios de mí,

O si en cosa imaginare.

Mi señora, sino en ti.

Y si ajena hermosura

Causare en mi movimiento,

Por un hora de contento

Me traya mi desventura

Cien mil años de tormento.

Y si mudare mi fe

Por otro nuevo cuidado,

Caiga del mayor estado

Que la fortuna me dé

En el más desesperado...

....................................

Respondióle: Mi Sireno,

Si algún tiempo te olvidare,

Las yerbas que yo pisare

Por aqueste valle ameno

Se sequen cuando pasare.

Decirte lo que querría.

Estos mis ojos, zagal,

Antes que cerrados sean,

Ruego yo á Dios que te vean;

Que aunque tú causas su mal,

Ellos no te lo desean.

....................................

Y si el pensamiento mío

En otra parte pusiere,

Suplico á Dios, que si fuere

Con mis ovejas al río,

Se seque cuando me viere.

Toma, pastor, un cordón

Que hice de mis cabellos,

Porque se te acuerde en vellos

Que tomaste posesión

De mi corazón y dellos.

Y este anillo has de llevar,

Do están dos manos asidas,

Que aunque se acaben las vidas

No se pueden apartar

Dos almas que están unidas.

.................................

Ambos á dos se abrazaron,

Y ésta fué la vez primera,

Y pienso fué la postrera,

Porque los tiempos mudaron

El amor de otra manera...

Á veces glosa antiguos cantares y villancicos, y su poesía parece

entonces eco de la de Juan del Encina, con el mismo cándido y ameno

discreteo, con el mismo ritmo ágil y gracioso:

Pasados contentamientos,

¿Que queréis?

Dejadme, no me canséis...

Campo verde, valle umbroso,

Donde algún tiempo gocé,

Ved lo que después pasé

Y dejadme en mi reposo.

Si estoy con razón medroso,

Ya lo veis,

Dejadme, no me canséis...

Corderos y ovejas mías,

Pues algún tiempo lo fuistes,

Las horas ledas ó tristes

Pasáronse con los días;

No hagáis las alegrías

Que soléis,

Pues ya no me engañaréis.

Si venís por me turbar

No hay pasión, ni habrá turbarme;

Si venís por consolarme

Ya no hay mal que consolar;

Si venís por me matar,

Bien podéis,

Matadme y acabaréis.

Esto fué Montemayor como lírico: heredero de Gil Vicente y de los

bucólicos portugueses, por su origen; heredero de los salmantinos Juan

del Encina y Cristóbal de Castillejo, por su larga residencia en el

reino de León y en la corte de Castilla, donde todavía tenían muchos

partidarios los versos de la manera vieja, las antiguas coplas. Á ellas

se inclinó decididamente Montemayor, aunque con menos exclusivismo que

el donosísimo secretario del infante Don Fernando; puesto que hizo

muchas concesiones á la escuela italiana, y en esto se mostró poeta

ecléctico como su paisano el organista de Granada Gregorio Silvestre,

que tantos puntos de semejanza tiene con él como poeta y como músico.

En uno y otro lo castizo vale más que lo importado.

Excelentes son en general los versos cortos de la _Diana_, pero su

mayor mérito estriba en la prosa, que con mucha razón elogió Cervantes,

el cual la tenía bien estudiada, como lo prueba el episodio de Dorotea,

muy análogo al de Felismena. Hombre de poca doctrina, pero de cultura

mundana, artista por temperamento, cortesano por educación y hábitos,

escribe como quien profesa armas y amores, con cierto elegante

desenfado, pero sin ningún género de negligencia. En el fondo es un

artista reflexivo. Su _Diana_ es la mejor escrita de todas las novelas

pastoriles, sin exceptuar la de Gil Polo, cuyo decir sabroso y apacible

compite con el de Montemayor, á quien imita, pero no puede decirse que

le aventaje; la verdadera superioridad de Gil Polo está en los versos.

La prosa de Montemayor es algo lenta, algo muelle, tiene más agrado

que nervio, pero es tersa, suave, melódica, expresiva, más musical que

pintoresca, sencilla y noble á un tiempo, culta sin afectación, no

muy rica de matices y colores, pero libre de vanos oropeles, cortada

con bastante habilidad para el diálogo; prosa mucho más novelesca

que la prosa poética y archilatinizada de Sannazaro, y muy digna de

haber sido empleada en materia menos insulsa que las cuitas de soñados

pastores, que así podían ser de las riberas del Ezla como de los

montes de la Luna. La dicción de Montemayor es purísima, sin rastros

de provincialismo, sin que en parte alguna se trasluzca que el autor

no hubiese tenido por lengua familiar la castellana desde la cuna. Y

esta prosa no está crudamente forjada sobre un tipo latino ó italiano,

sino dictada con profundo sentimiento de la armonía peculiar de nuestra

lengua. No es excesivamente periódica ni acentuadamente rítmica, pero

se desenvuelve con dignidad y número. No es redundante y viciosa á

fuerza de lozanía como la de _El Siglo de Oro_, ni atormentada por

inversiones como la de la _Galatea_, ni pedantesca y amanerada como la

de la _Arcadia_ de Lope. La prosa de Montemayor es un tipo artificial

sin duda, pero en que el artificio se disimula con bastante destreza y

no sin mucho loor del que supo vencer las dificultades de un género tan

falso.

Hay además en la _Diana_ otros méritos que no son de estilo. Su

psicología galante es elemental, pero ingeniosa. St. Marc Girardin,

sutil analizador de las pasiones dramáticas, elogia mucho las escenas

de despecho amoroso y fingida indiferencia entre Diana y Sireno, y dice

que nuestro poeta se muestra en ellas hábil observador del corazón

humano, y encuentra «de una belleza casi digna del idilio antiguo» el

final del libro sexto, en que Diana se aleja tristemente, después de

oir el canto _amebeo_ de los pastores Sireno y Silvano:

La siesta, mi Sireno, es ya pasada,

Los pastores se van á su manada

Y la cigarra calla de cansada;

No tardará la noche, que escondida

Está, mientras que Febo en nuestro cielo

Su lumbre acá y allá trae esparcida...

«En cuanto los pastores esto cantaban, estaba la pastora Diana con el

hermoso rostro sobre la mano, cuya delgada manga, cayéndose un poco,

descubría la blancura de un brazo que á la de la nieve escurecía; tenía

los ojos inclinados al suelo, derramando por ellos unas espaciosas

lágrimas, las cuales daban á entender su pena más de lo que ella

quisiera decir; y en acabando los pastores de cantar, con un suspiro,

en compañía del cual parecía habérsele salido el alma, se levantó,

y sin despedirse de ellos se fué por el valle abajo, trenzando sus

dorados cabellos, cuyo tocado se le quedó preso de una rama, y si

con la poca mancilla que Diana de los pastores había tenido ellos no

templaran la mucha que della tuvieron, no bastara el corazón de los

dos á podella sufrir. Y ansi unos como otros se fueron á recoger sus

ovejas, que desmandadas andaban saltando por el verde prado».

El efecto de esta situación, que está preparada con arte consumado,

se acrecienta por ser la última vez que Diana aparece en escena.

Los pastores están ya curados por el agua de la sabia Felicia, pero

todavía, á pesar de la magia, persisten en sus corazones vestigios

de la llama antigua, trocada en más apacible afecto, y Diana al

escucharlos siente indefinible melancolía, en que entran mezclados

un vago amor y una vanidad ofendida. «Montemayor (dice el crítico

francés antes citado) sobresale en estas pinturas del amor triste y

despechado, sin que la tristeza caiga nunca en monotonía, sin que

el despecho llegue nunca á la violencia». No diré yo otro tanto,

porque, á mi juicio, el defecto capital de la _Diana_ es el abuso del

sentimentalismo y de las lágrimas, la falta de virilidad poética, el

tono afeminado y enervante de la narración.

La _Diana_ ha influido en la literatura moderna más que ninguna otra

novela pastoril, más que la misma _Arcadia_ de Sannazaro, más que

_Dafnis y Cloe_, que no tuvo verdadero imitador hasta Bernardino de

Saint Pierre. Esta influencia no se ejerció en Italia, donde triunfaba

la pastoral dramática, representada por las bellas obras del Tasso y

de Guarini[707], pero fué muy grande en Francia y en Inglaterra. Ya en

1578 había sido traducida al francés la obra de Montemayor por Nicolás

Collin; en 1587, Gabriel Chappuis tradujo las dos continuaciones de

Alonso Pérez y Gil Polo[708]. Hubo otras tres versiones francesas: la

de Pavillon, en 1603, acompañada del texto original[709], revisada y

corregida en 1611 por I. D. Bertranet; la de Antonio Vitray en 1623

ó 1631, también con las dos continuaciones, y todavía en 1733 se

publicó otra anónima con el título de _Roman Espagnol_. Sus principales

episodios fueron representados varias veces en el teatro del siglo

XVII. En 1613 aparecieron simultáneamente la _Grande Pastorale_, de

Chrétien de Croix, y la _Felismena_, de Alejandro Hardy, cuyo teatro,

salvo la falta de genio, recuerda mucho los procedimientos de Lope de

Vega y se inspira con frecuencia en modelos españoles[710]. Jacobo

Pousset, señor de Montauban, hizo otro drama de _Los encantos de

Felicia_, impreso en 1653.

Por el más ilustre discípulo de Montemayor tenemos á Honorato d'Urfé,

personaje de mucha cuenta en la historia de la literatura y de la

sociedad francesa, puesto que su novela _Astrea_, publicada en cinco

partes desde 1610 á 1627, fué el prototipo nunca igualado de todas las

novelas sentimentales del siglo XVII y el oráculo del gusto cortesano

desde el tiempo de Enrique IV hasta el de Luis XIV. Esta obra, con ser

de amores y no respirar más que el amor, conquistó el sufragio hasta

de varones piadosos, como el obispo de Belley, Pedro Camus, que le

tenía por «el más honesto y casto de los libros de entretenimiento»,

y embelesó á tan grave erudito como Huet, hasta el punto de no poder

resistir á la tentación de releerla siempre que caía en sus manos.

Fué leída con estimación y á veces con delicia, por Mme. de Sévigné,

por La Fontaine, por Fénelon, por los escritores de gusto más clásico

y severo. El mismo Boileau, que escribió á la manera de Luciano su

diálogo satírico _Les Héros de Roman_, para burlarse de las ficciones

de Gomberville, La Calprenède, Desmarets, Mlle, de Scudéry y otros

imitadores de D'Urfé, hace muchos elogios de la _Astrea_, ponderando la

narración viva y florida, lo ingenioso de los lances, los caracteres

tan finamente imaginados como agradablemente variados y bien seguidos.

«Bossuet (dice un autor moderno) tomó de la _Astrea_ frases de su

panegírico de San Bernardo, como Corneille había tomado versos del

_Cid_»[711]. Los personajes de la novela de D'Urfé eran familiares

á todo el mundo, y _Céladon_, uno de los principales, se convirtió

en tipo del amor puro, desinteresado y constante. La _Astrea_ era el

breviario de los cortesanos y el arsenal de los poetas dramáticos. El

pincel de Poussin idealizó los más bellos paisajes de las orillas del

Lignon, donde pasa la escena. En Alemania, veintinueve príncipes y

princesas, y otros caballeros y gentiles damas fundaron una _Academia

de los verdaderos amantes_, para remedar todas las escenas del famoso

libro, tomando cada uno de los socios el nombre de un personaje de

la _Astrea_ y reservando el de _Céladon_ para el mismo D'Urfé, á

quien dirigieron en 10 de marzo de 1624 una extraña carta desde «la

encrucijada de Mercurio». Los bosques del Forez, patria del autor y

teatro de sus idilios, fueron un sitio de peregrinación sentimental,

que todavía Juan Jacobo Rousseau pensó hacer, aunque desistió al saber

que aquel país estaba lleno, no de cabañas pastoriles, sino de fraguas

y herrerías, según cuenta en sus _Confesiones_ (Parte I, lib. IV).

Por mucho que contribuyese al primitivo éxito de la _Astrea_ el ir

en ella envueltos en cifra los amores del mismo D'Urfé con Diana de

Châteaumorand, y otras galanterías de la corte de Enrique IV, una

celebridad tan persistente no puede menos de estar fundada en algún

mérito positivo. Y en efecto, según Sainte-Beuve[712], Honorato

D'Urfé fué un innovador en el campo de la novela y marca una época

en el desarrollo de la prosa francesa. Según Saint-Marc Girardin, la

literatura clásica francesa á ninguno de sus precursores debe tanto

como á D'Urfé; ninguno la ayudó tanto como él á nacer y crecer, ya

se considere el estilo de la _Astrea_, ya su manera de expresar el

amor, ya, finalmente, los caracteres, las costumbres y el tono de sus

personajes. Fué el primero que supo hablar una lengua noble y rica;

muchas veces su estilo tiene una abundancia y una dulzura que hacen

pensar en Fénelon. El _Hotel de Rambouillet_, que pasa por haber

introducido en Francia el gusto y el tono de la buena sociedad, no hizo

más que seguir las lecciones y los ejemplos de la _Astrea_[713]. Según

Emilio Montégut, «la Astrea es un hermoso libro, un libro de mucha

elevación, casi un gran libro»[714]. Brunetière, forzando la nota de

la alabanza, compara su influencia con la del _Quijote_, por el golpe

mortal que dió á los libros de caballerías, y añade que D'Urfé es en la

historia de la novela moderna «el primero que comprendió la importancia

de las pasiones del amor, é hizo de ellas el alma de este género

literario ó á lo menos una de las condiciones de su existencia. Sólo

Racine, en el siglo XVI, supo pintar y representar los afectos amorosos

como D'Urfé»[715].

He recordado rápidamente estos juicios y homenajes, porque recaen,

á lo menos en parte, sobre Jorge de Montemayor, principal modelo de

D'Urfé en la _Astrea_, y aun antes de la _Astrea_, como lo prueba su

poema juvenil de _Sireno_, donde el argumento, y hasta el nombre del

protagonista, están tomados de la pastoral española, salvo el haber

cambiado las orillas del Ezla por las del Po ó Eridano. En cuanto á

su novela, el mismo Brunetière, tan docto en la literatura francesa

del tiempo clásico y tan poco inclinado á disminuir su originalidad,

declara paladinamente[716] que la _Astrea_ de D'Urfé no es otra

cosa que la _Diana_ de Montemayor adaptada al gusto francés, pero

conservando el cuadro de la fábula, la inspiración general y los

principales episodios; hasta la declaración del título de la obra está

tomada del original español: «_où par plusieurs plaisantes histoires

déguisées sous noms et style de bergers et bergeres sont décrits les

variables et étranges effets de l'honnête amour_». Así D'Urfé, y

Montemayor de este modo: hallarán muy diversas historias de cosas que

verdaderamente han sucedido, aunque van disfrazadas bajo el hábito

pastoril».

Acaso la concesión del crítico francés es excesiva. Por mi parte

confieso que no he tenido tiempo ni valor para leer la _Astrea_, cuyas

proporciones son verdaderamente formidables. En materia de novelas

pastoriles tiene uno suficiente ración con las de casa, que á lo menos

poseen el mérito de la brevedad relativa, Los franceses, á pesar de la

clásica sobriedad de que tanto se precian, han sido en la novela mucho

más pródigos y despilfarrados que nosotros. Duplicaron la serie de los

_Amadises_ y escribieron interminables continuaciones del _Quijote_.

La _Astrea_ adolece también de este vicio de amplificación excesiva.

Juntas las cinco partes (de las cuales la última no fué redactada por

el mismo D'Urfé, sino por su secretario Baro), forman una masa de cinco

mil y quinientas páginas; las historias intercaladas no son tres ó

cuatro, como en Montemayor y Gil Polo, sino cerca de ochenta.

Pero juzgando por los análisis, á veces prolijos, que han hecho de

la _Astrea_ Saint Marc Girardin, Montégut, Körting[717], Le Breton y

otros, me parece que la parte personal de D'Urfé no es tan escasa en su

obra. Por supuesto, no fué el primero que trajo á la novela moderna el

interés exclusivo de la pasión amorosa, porque lo había hecho antes que

ninguno el autor de la _Fiammeta_, y después de él Diego de San Pedro

y otros españoles de los siglos XV y XVI, entre los cuales ocupa Jorge

de Montemayor un puesto muy señalado, ya que no el preferente, que

corresponde sin duda á Bernaldim Ribeiro, alma más poética y sincera

que todos los autores de pastorales juntos.

Sin la _Diana_ no existiría probablemente la _Astrea_, que dispensó á

los franceses de una gran parte del trabajo de la invención; pero como

D'Urfé vino después y dió mayores proporciones á su obra, su psicología

erótica es más complicada y sobresale, según Montégut, en describir

todas las variedades del amor: «sutil con Silvandro, noblemente

platónico con Tirsis, tempestuoso y violento con Damón y Madonta,

vehemente y enérgico con Criseida y Arimanto, brutalmente sexual con

Valentiniano y Eudoxia, gracioso y cínico con los amores veleidosos é

inconstantes de Hilas». No soy de los que dan grande importancia á esta

psicología recreativa de las novelas, que suele ser una ingeniosa broma

del crítico que las interpreta; pero valga lo que valiere, en ella

parece que consiste el principal mérito de la _Astrea_. Las condiciones

nativas del ingenio francés son muy adecuadas para esta fina y algo

sofística labor de cortar un cabello en tres, y sin duda por ella es

tan estimado D'Urfé, no obstante la pesadez de su obra y lo grotesco de

su mascarada galo-clásica, en que los obispos se convierten en _grandes

druidas_ y las monjas en vestales ó _druidesas_. Montemayor es menos

refinado, menos curtido en el análisis sentimental, menos escrutador

de quintas esencias; sus pastores, aun siendo cortesanos disfrazados,

conservan cierta sencillez en sus afectos; son menos pomposos y

teatrales que los de D'Urfé, pero más poéticos. Las dos novelas se

parecen en muchos detalles. El encuentro de Astrea con la falsa Alexis

en el templo de la Buena Diosa recuerda el de Ismenia y Selvagia en el

templo de Minerva, aunque el engaño no es el mismo[718].

La Fuente de la Verdad, situada en el parque del palacio de Isaura,

tiene virtudes mágicas muy análogas á las del agua encantada de la

sabia Felicia, cuyo papel desempeña en la _Astrea_ el gran druida

Adamas ó Adamanto, consultado por todos los pastores para el remedio de

sus males. Seguramente encontrará muchas más imitaciones quien tenga

valor para leer entera la obra francesa.

La influencia de Montemayor en la literatura francesa no terminó con

las pastorales del siglo XVII. Este género sobrevivió á la parodia que

hizo Carlos Sorel en _Le Berger Extravagant_ (1639), una de tantas

débiles imitaciones del _Quijote_; se prolongó en los idilios de

Segrais, Mme. des Houlières y Fontenelle, y tuvo á fines del siglo

XVIII un efímero renacimiento en la _Galatea_ y la _Estela_ del

caballero Florián, novelas muy leídas y admiradas entonces en Francia y

en la Suiza alemana, aunque no faltó quien se burlase ingeniosamente de

ellas, echando de menos un lobo entre tantas ovejas y tantos corderos.

La _Galatea_ es un pobre compendio de la de Cervantes; la _Estela_,

todavía más amanerada, está muy influida por la _Diana_, según el

mismo Florián declara: «He meditado mucho á Montemayor, y confieso

con agradecimiento que _Estela_ le debe mucho. La _Diana_ peca por la

inverosimilitud de la fábula y la complicación de los episodios; tiene

además el defecto capital de comenzar por la infidelidad no motivada

de la heroína, y de emplear la magia para curar al héroe de su pasión.

Pero el encanto del estilo compensa todo esto. Cada detalle, cada trozo

de poesía tiene un carácter de terneza, de dulzura, de sensibilidad

que atrae al lector y _le hace derramar lágrimas_, leyendo historias

mal concebidas, imposibles y que no están enlazadas con el fondo de la

novela. La _Diana_ ofende muchas veces al buen gusto, pero el corazón

goza casi siempre con su lectura. Se la debe leer, pero no traducir,

porque la gracia no se traduce»[719]. ¡Qué fáciles tenían las lágrimas

los filántropos del siglo XVIII, aunque de las de Florián hay que

desconfiar algo, puesto que sabemos por las memorias de su tiempo que

se entretenía en dar de palos á sus queridas! El falso sentimentalismo

oculta á veces mucha dureza y sequedad de corazón. Ambas pastorales

de Florián fueron traducidas al castellano, gustaron bastante y

tuvieron algunos imitadores de poco nombre, entre ellos D. Cándido

María Trigueros. Pero el tipo del _hombre sensible_ era demasiado

exótico para que aquí prevaleciese, y no creo que fuesen muchos los que

acompañasen á Florián en el copioso llanto que le hacían derramar los

infortunios de los pastores de égloga.

No es menos curiosa la acción de Montemayor sobre la literatura

inglesa que sobre la francesa, con la circunstancia de haber sido

más antigua. Con poca razón cuentan algunos entre las imitaciones

de la _Diana_ la _Arcadia_ de Sir Felipe Sidney (1590), que por su

título recuerda á Sannazaro y por su desarrollo es más bien un libro

de caballerías que una verdadera pastoral. «Los héroes son todos

príncipes ó hijos de reyes (dice un crítico reciente), y aunque sus

aventuras tengan por teatro la fabulosa Arcadia, los pastores no son

más que figuras decorativas, que sirven sólo para divertir á los

príncipes con sus canciones y sacarlos del agua cuando se ahogan»[720].

Pero aquel simpático y gallardísimo representante del Renacimiento

inglés, aquel poeta caballero, cuya vida y muerte nos hacen recordar

involuntariamente á nuestro Garci Laso, leía con delicia la _Diana_

de Montemayor y tradujo algunos de sus versos. Ya en 1563 habían

aparecido entre las obras poéticas de Bernabé Googe dos églogas (la 5.ª

y la 7.ª), que son adaptaciones en verso de dos largos trozos de la

_Diana_: la historia de Felismena en el libro II y la escena entre los

pastores Silvano, Sireno y Selvagia en el primero[721]. Sidney, por su

parte, vertió las octavas de Silvano y la canción de Diana, que están

al principio de la obra de Montemayor[722]. Bartolomé Yong terminó en

1583 la traducción completa de las tres _Dianas_ de Montemayor, Alonso

Pérez y Gil Polo, pero no la publicó hasta 1598[723]. El grande éxito

que tuvo esta versión fidelísima hizo que se quedase inédita otra del

teólogo de Oxford Tomás Wilcox, dedicada en aquel mismo año al conde de

Southampton. Wilcox se había limitado á la _Diana_ primitiva[724].

Pero el mayor triunfo de Montemayor en Inglaterra consiste en

haber sugerido á Shakespeare el argumento de una de sus obras

dramáticas[725]. Dos veces aparece en su teatro la historia de la

dama que sirve á su amante disfrazada de paje. En la primera de estas

comedias, la _Duodécima Noche_ (_The Twelfth Night_), Shakespeare sigue

á Bandello en el cuento de Nicuola y Paulo. Pero en la segunda, _Los

dos hidalgos de Verona_, no imita á Bandello, sino á Montemayor, en

todo aquello en que se separa de Bandello. Los personajes pertenecen á

la misma categoría social: Proteo es enviado por su padre á la corte

como D. Félix para adquirir conocimiento del mundo. Felismena y Julia

se ven abandonadas de la misma suerte, y se disfrazan en análogas

condiciones. Una y otra descubren á su infiel amante cuando estaba

dando una serenata debajo de las ventanas de su nuevo amor; en uno

y otro caso es un mesonero quien las hace reparar en la música. La

coincidencia en tan pequeños detalles no puede ser fortuita, y por eso

varios comentadores ingleses, tales como Mr. Lenox y el Dr. Farmer,

opinan que la historia de Proteo y Julia está tomada de la de D. Félix

y Felismena[726]. No es argumento en contra el que Shakespeare no

supiese castellano, ni el que su comedia sea anterior á la _Diana_ de

Bartolomé Yong, porque precisamente ese episodio había sido puesto

en verso inglés muchos años antes por Googe, y había servido de

argumento á una pieza dramática, hoy perdida, _History of Felix and

Philomena_, que se representó en Greenwich en 3 de enero de 1585, y fué

probablemente la que Shakespeare imitó ó refundió[727].

En Alemania no encontramos traducciones de la _Diana_ hasta el siglo

XVII: una por Hans Ludwig Kuffstein, impresa en Nuremberg en 1610; otra

por Harsdörfer en 1646; en esta última se añade la continuación de Gil

Polo. Una y otra fueron reimpresas varias veces[728]; pero no parece

que suscitasen ningún imitador de cuenta, aunque el célebre poeta de

Silesia Martín Opitz se inspiró alguna vez en los versos de Gil Polo.

La pastoral no tiene importancia en la literatura alemana antes del

suizo Gessner, que á fines del siglo XVIII renovó el género con cierta

originalidad y más sentimiento de la naturaleza que sus predecesores.

Libro tan célebre entre los extraños como la _Diana_ de Montemayor

no podía menos de suscitar imitaciones entre los propios. Las tuvo,

en efecto, y numerosas, empezando por las continuaciones que de la

misma _Diana_ hicieron con muy desigual fortuna tres diversos autores,

sin contar con otro cuya obra se ha perdido ni con el fraile que la

parodió á lo divino. En 1564 aparecieron simultáneamente, y como en

competencia, la _Segunda Parte de la Diana_ de Alonso Pérez, médico

salmantino, y la _Diana Enamorada_, de Gaspar Gil Polo.

Pocas palabras bastarán respecto de la primera. El médico Pérez había

sido amigo de Montemayor, y aun recibido sus confidencias literarias, y

por esto y por lo mucho que le admiraba se creía en mejor disposición

que nadie para continuar sus obras: «Empero como tan célebre varón

nos falte, parecióme que ninguno mejor que yo podria en sus obras

succeder. Y esto no por mi suficiencia (vaya fuera toda arrogancia),

mas por la mucha afficion que a su escriptura con justa causa siempre

he tenido... Desengañese quien pensare ygualarsele en facilidad de

composicion, dulçura en el verso y equivocacion en los vocablos...

Antes que d'España se fuesse Montemayor, no se desdeñó comunicar

comigo el intento que para hazer segunda parte a su Diana tenia: y

entre otras cosas que me dixo fue que avia de casar a Sireno con Diana

enviudando de Delio. Como yo le dixesse que casandola con Sireno con

quien ella tanto desseava, si avia de guardar su honestidad, como avia

començado, era en algun modo cerrar las puertas para no poder mas de

ella escrevir, y que mi parecer era que la hiziesse viuda y reqüestada

de algunos pastores juntamente con Sireno, le agradó y propuso hazerlo.

De manera que el conseio que a él di, he yo tomado para mi. Assi que

a quien esta leyere, no le deve pessar porque Diana enviude, y por

agora no se case, siendo de algunos benemeritos pastores en competencia

requerida, pues queda agradable materia levantada para terzera parte

que saldra presto a luz, si Dios fuere servido».

Dios no fué servido de que la tercera parte saliera á luz, y nada

perdieron las letras castellanas con ello. Si Jorge de Montemayor era

un ingenio ameno y delicado, aunque desprovisto de cultura clásica,

única que entonces se estimaba, su continuador era un pedante que quiso

verter en su novela toda la indigesta erudición que en sus lecturas

había granjeado. De ello hace alarde en el prólogo: «De una cosa

quiero que vayas advertido, que casi en toda esta obra no hay narracion

ni platica, no sólo en verso, mas aun en prosa, que a pedaços de la

flor de Latinos y Italianos hurtado y imitado no sea, y pienso por

ello no ser digno de reprehension, pues ellos lo mesmo de los Griegos

hicieron».

Basta, con efecto, la más somera inspección del libro, porque leerle

entero es casi imposible, para ver que Sannazaro en la _Arcadia_ y

Ovidio en las _Metamorfoses_ y aun en los _Fastos_ han sido los autores

principalmente saqueados. Del segundo proceden la fábula en verso de

Apolo y Dafne (libro segundo), las noticias sobre el culto de Pan y la

figura del gigante Gorforostro, enamorado de Stela, que es un trasunto

del cíclope Polifemo, enamorado de Galatea. Su canto en octavas reales

(libro quinto), imitado de Ovidio y no de Teócrito, es lo más tolerable

que se encuentra en la parte poética de esta segunda _Diana_. En toda

ella se nota la misma intemperancia seudoerudita. La descripción del

cayado del pastor Delicio es un curso entero de mitología. El interés

de la fábula se pierde enteramente en estos ocho farraginosos libros,

donde apenas intervienen Diana ni Sireno ni la mayor parte de los

personajes que hemos conocido en la primera parte y que han llegado á

interesarnos con sus aventuras. Otros de ningún interés y de revesados

nombres ocupan la escena con sus prolijas y disparatadas aventuras.

Parisiles (que acaso sugirió á Cervantes el nombre de Persiles),

Gorforostro, Sagastes y su hermana Dardanea, Martandro, Placindo,

Disteo, descendiente del dios Eolo, Partenio y Delicio, que andan por

el mundo buscando á sus padres, nos abruman con sus interminables

narraciones, escritas en una prosa mazorral y pedestre, y con sus

versos casi siempre duros, cuando no inarmónicos y bárbaros, tela

vil en que están groseramente zurcidos los retazos de púrpura que el

autor roba á sus modelos latinos é italianos. Por supuesto no faltan

los encantos de la sabia Felicia, mejorados en tercio y quinto; pero

á pesar de ellos nada se desenlaza, casi todas las historias quedan

interrumpidas y sueltos todos los cabos para la tercera parte. Razón

de sobra tuvo el cura del _Quijote_ cuando ordenó que la _Diana_ del

Salmantino fuese á acompañar y acrecentar el número de los libros

condenados al corral. La novela de Alonso Pérez fué un caso de

industria literaria, que prueba el prestigio de un título célebre. Á la

sombra de la _Diana_ de Montemayor fué impresa una porción de veces, y

traducida al francés, al inglés y al alemán: tal era el empeño con que

entonces se recogían hasta las migajas de nuestra literatura[729].

Ya en su prólogo indicaba Alonso Pérez que había acelerado la

terminación de su libro por temor de que saliera otra segunda parte

primero que la suya. Esta segunda parte no era otra que la pura, la

exquisita obra de arte que lleva el título de _Diana Enamorada_ y cuyo

autor fué el poeta valenciano Gaspar Gil Polo.

Muy escasas son las noticias que tenemos de este preclaro ingenio. Los

primeros bibliógrafos valencianos Rodríguez y Ximeno, y aun el mismo

Cerdá y Rico en el prólogo de su edición, aunque luego lo enmendó en

un apéndice, le confundieron con un jurisconsulto del mismo nombre y

apellido, autor de varios libros de su profesión, como los titulados

_Schola juris_ (1592), _Recitaciones Scholasticæ_, _De Studio Juris_

(1610), _De origine et progressu Juris Romani_ (1615). Pero el erudito

D. Francisco Xavier Burrull[730], y después de él Fuster[731], probaron

de un modo convincente que este Micer Gaspar Gil Polo, doctor en

ambos derechos, sustituto de una cátedra de Leyes en la Universidad

de Valencia, familiar del Santo Oficio de aquella ciudad en 4 de mayo

de 1601, abogado del Brazo Real en las cortes de Monzón en 1626, era

hijo del autor de la _Diana_, de quien sabemos que ejerció la profesión

de notario desde 1571 á 1573, llegando más adelante á ocupar los

importantes puestos de asesor de la Baylía General y lugarteniente del

Maestre Racional de la ciudad de Valencia y su reino, en el cual le

sucedió un hijo suyo llamado Julián.

Distinguidos ambos homónimos, padre é hijo, resta todavía por averiguar

si el primero es el mismo Gil Polo que figura como catedrático de

Griego en la Universidad de Valencia desde 1566 hasta 28 de mayo de

1573. Muy verosímil parece á primera vista que lo fuese, porque las

fechas coinciden, y el poeta era sin duda excelente humanista, pero la

ausencia del primer nombre _Gaspar_ hace algo incierta la conjetura, y

por otra parte sabemos que precisamente en esos años estaba empleado en

arduas tareas bien ajenas de la enseñanza, como que anduvo asistiendo

á los comisarios de Felipe II en la visita general del reino. Tanta

pericia y actividad mostró en este servicio, que el rey hizo muy

honrosa conmemoración de sus méritos al conferirle, en 28 de agosto de

1572, el ya citado empleo de primer coadjutor del Maestre Racional ó

contador mayor de la Regia Curia[732]. En 11 de diciembre de 1579 le

concedió la especial gracia de que pudiera renunciar dicho empleo en

uno de sus hijos, con la condición de seguir desempeñándole mientras

viviera. En 1580 le mandó pasar á Barcelona para el arreglo del

Patrimonio Real, y en aquella ciudad le sorprendió la muerte en 1591.

En vida entregada á tan útiles pero prosaicas ocupaciones no hubieron

de ser muchos los ocios literarios del poeta. Así es que, fuera de

la _Diana_, fruto juvenil de su ingenio, no se citan de él más que

dos sonetos en principios de libros: uno elogiando la _Carolea_ de

Jerónimo Sempere (1560); otro _La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo_,

trovada por D. Alonso Girón de Rebolledo (1563), y una canción con

glosa, que publica Fuster, tomada de un manuscrito de la Biblioteca

Mayansiana[733]. Otros versos hay, latinos y castellanos, de un Gil

Polo, en las _Fiestas de Valencia á la beatificación de San Luis

Beltrán_ (1608) y _en la canonización de San Raymundo de Peñafort_

(1602), pero es claro que tales poesías de circunstancias y de certamen

no pueden pertenecer á nuestro autor, que ya había muerto, y serán

acaso del catedrático de Griego. Hasta son raras las alusiones á Gil

Polo como poeta en las obras de sus contemporáneos. Timoneda es casi

el único que le cita, sin ningún calificativo, en un romance del

_Sarao de Amor_ (1561), donde hace una especie de reseña de los poetas

valencianos.

Cervantes, jugando con el apellido del autor, dijo que su _Diana_ se

guardase «como si fuera del mismo Apolo». La posteridad ha confirmado

el fallo, y no sólo conserva la _Diana Enamorada_ su prestigio

tradicional, sino que es todavía una de las pocas novelas pastoriles

que pueden leerse íntegras, no sólo sin fatiga, sino con verdadero

deleite. No consiste su atractivo en los lances de la fábula: en este

punto ni siquiera iguala á Montemayor, que no sólo tiene el mérito

de inventor primero, sino el de haber conservado cierta unidad de

acción en medio de los múltiples episodios, conduciéndolos á un común

desenlace fácil é ingenioso. En Gil Polo se presentan muy desligados,

y además son poco interesantes en sí mismos; ninguno de ellos vale lo

que el de D. Félix y Felixmena. El de Marcelio, Alcida y Clenarda, que

es el más extenso, recuerda las historias de naufragios y piratas,

separaciones y reconocimientos, tan gratas á los novelistas bizantinos.

La astucia del falso piloto Bartofano para robar á la hermosa Clenarda

es puntualmente la misma que la del corsario Cherea en _Leucipe y

Clitofonte_[734]. En cuanto al embrollo trágico de Ismenia, Fileno,

Montano y Felisarda, ya advirtió el traductor latino Gaspar Barth que

estaba tomado de Heliodoro. Es, en efecto, un episodio del libro I de

la _Historia Etiópica_: Cnemon, hijo de Aristipo, se ve expuesto á

cometer un parricidio involuntario, á causa de haber sido engañado por

las malas artes de su vengativa y perversa madrastra Demeneta, cuyo

incestuoso amor había rechazado. En toda esta narración Gil Polo no ha

hecho más que cambiar los nombres.

Aparte de estos nuevos episodios, Gil Polo continúa la materia

novelesca de Montemayor, valiéndose de un artificio ingenioso, pero

que altera la concepción primitiva y el carácter de la protagonista.

Gil Polo nos pinta á Diana _enamorada_ de Sireno, como ya lo indica

el título de su obra, y para que tal pasión no parezca ilícita,

queda á poco tiempo libre de la celosa tiranía y áspera condición

de su marido Delio, que muere súbitamente persiguiendo á la pastora

Alcida. El agua de la sabia Felicia completa el remedio, no sólo de

Diana y Sireno, sino de todos los demás personajes de Montemayor y

de los que nuevamente se introducen en la fábula. Aquella portentosa

panacea trueca las voluntades, disipa los errores y sospechas, aclara

el misterio de todas las aventuras, proporciona los más felices

reconocimientos, y la novela termina con el regocijo de las bodas de

Sireno y Delia, de Silvano y Selvagia, de Montano ó Ismenia, de Arsileo

y Belisa, si bien el autor promete todavía una tercera parte, donde,

entre otras cosas, había de ponerse la historia de los portugueses

Danteo y Duardo, «que aquí por algunos respetos no se escribe».

Tal es el pobrísimo cuadro novelesco de la _Diana enamorada_, que

para Gil Polo no fué de seguro más que un pretexto que le permitió

intercalar, entre elegantes y clásicas prosas, la colección de los

versos líricos más selectos que hasta entonces hubiese compuesto. La

excelencia de algunos de estos versos es tal, que han sobrevivido á la

ruina completa del género bucólico; son páginas imperecederas en la

historia de la lírica española, y no solamente los doctos, sino aun las

personas de mediana cultura, los niños mismos, que sólo han manejado

las colecciones de _Trozos escogidos_, saben de memoria aquella

gentilísima _Canción de Nerea_, que es acaso la más linda de todas las

églogas _piscatorias_[735] que se han compuesto en el mundo desde que

Teócrito inventó el género. Era Gil Polo poeta de exquisita cultura

clásica; su libro abunda en felices imitaciones de los poetas antiguos,

especialmente de Virgilio[736]; aun en la misma _Canción de Nerea_

parece que hay reminiscencias de la égloga IX:

«Huc ades, o Galatea; quis est nam ludus in undis?

Hic ver purpureum; varios hic flumina circum

Fundit humus flores...

Huc ades: insani feriant sine litora fluctus...»

Ninfa hermosa, no te vea

Jugar con el mar horrendo...

Huye del mar, Galatea,

Como estás de Licio huyendo.

Ven conmigo al bosque ameno

Y al apacible sombrío

De olorosas flores lleno,

Do en el día más sereno

No es enojoso el estío...

Huye los soberbios mares,

Ven, verás cómo cantamos

Tan deleitosos cantares,

Que los más duros pesares

Suspendemos y engañamos...

Y, sin embargo, ésta no es poesía artificial ni de escuela. El

sentimiento de la antigüedad la penetra hondamente, la diáfana

serenidad del paisaje es clásica de todo punto; pero ese paisaje es

el de la costa de Valencia, que el poeta comprende y siente con filial

cariño; y el mar, la atmósfera, el suelo de aquella deleitosa ribera

parece que le arrullan de consuno, dando á su estilo una transparencia

dorada y luminosa, una gracia muelle y ondulante, un ritmo tan ágil y

al mismo tiempo tan espontáneo y dulce, una tan suave visión de los

aspectos más risueños de la naturaleza levantina, que verdaderamente se

sumerge el ánimo en una especie de éxtasis al manso y regalado son de

aquellas quintillas, entre las cuales algunas llegan á la perfección de

lo sencillo:

¡Qué pasatiempo mayor

Orilla el mar puede hallarse

Que escuchar el ruiseñor,

Coger la olorosa flor

Y en pura fuente bañarse!

Una combinación métrica de las más nacionales, pero que por su misma

facilidad y soltura se presta al desaliño y á la insulsa verbosidad,

quedó ennoblecida en estas quintillas de Gil Polo, que trabajó aquella

materia blanda y esponjosa como trabajaban el barro los maestros de la

cerámica antigua.

Tanto por las cualidades nativas de su ingenio tan fácil, ameno y

gracioso, como por el amor á la tierra natal, Gil Polo es uno de los

poetas más valencianos que han existido. No se harta de encarecer

«la fertilidad del abundoso suelo, la amenidad de la siempre florida

campaña, la belleza de los más encumbrados montes, los sombríos de las

verdes sylvas, la suavidad de las claras fuentes, la melodía de las

cantadoras aves, la frescura de los suaves vientos, la riqueza de los

provechosos ganados, la hermosura de los poblados lugares, la blandura

de las amigables gentes, la extrañeza de los sumptuosos templos y

otras muchas cosas con que es aquella tierra celebrada». En este

amor regional, que es el alma escondida del libro de Gil Polo, está

inspirado el siguiente soneto, menos conocido de lo que merece:

Recoge á los que aflige el mar airado,

¡Oh, Valentino! ¡oh, venturoso suelo!

Donde jamás se cuaja el duro hielo

Ni da Febo el trabajo acostumbrado.

Dichoso el que seguro y sin recelo

De ser en fieras ondas anegado,

Goza de la belleza de tu prado

Y del favor de tu benigno cielo.

Con más fatiga el mar sulca la nave

Que el labrador cansado tus barbechos:

¡Oh, tierra! antes que el mar se ensoberbezca,

Recoge á los perdidos y deshechos,

Para que cuando en Turia yo me lave,

Estas malditas aguas aborrezca.

En este carácter local, en este valencianismo de Gil Polo, encuentro

la mayor originalidad de su obra, que tiene algo de poema panegírico

en que van entalladas las glorias de la que él llama «la más deleitosa

tierra y la más abundante de todas maneras de placer de cuantas el

sol con sus rayos escalienta». El río mismo, personificado al modo

mitológico, el viejo Turia, que celebró Claudiano en el epitalamio

de Serena: («Floribus et roseis formosus Turia ripis»), toma parte

en esta apoteosis, tan propia del gusto del Renacimiento: «No mucho

después vimos al viejo Turia salir de una profundísima cueva, en su

mano una urna ó vaso muy grande y bien labrado, su cabeza coronada con

hojas de roble y de laurel, los brazos vellosos, la barba limosa y

encanescida[737], y sentándose en el suelo, reclinado sobre la urna, y

derramando della abundancia de clarísimas aguas, levantando la ronca y

congojada voz, cantó desta manera:

Regad el venturoso y fértil suelo,

Corrientes aguas, puras y abundosas,

Dad á las hierbas y árboles consuelo

Y frescas sostened flores y rosas;

Y ansí, con el favor del alto cielo,

Tendré yo mis riberas tan hermosas,

Que grande envidia habrán de mi corona

El Pado, el Mincio, el Ródano y Garona...»

El _Canto de Turia_ (no _del Turia_), compuesto en octavas reales, no

todas buenas, es un vaticinio de «los varones célebres y extraños»,

que en tiempos venideros habían de ilustrar sus márgenes: pontífices

como Calixto y Alejandro, hombres de guerra como los Borjas y Moncadas,

filósofos y humanistas como Vives, Honorato Juan y Núñez; poetas en

gran número, comenzando por Ausias March, el más grande de todos. Hasta

54 son, salvo error, los nombres que conmemora Gil Polo, ilustres

algunos, oscurísimos otros, siendo para todos uniforme y monótona la

alabanza, principal escollo de este género de catálogos rimados. Ya D.

Luis Zapata en su _Carlo Famoso_ (canto XXXVIII) y Nicolás de Espinosa

en su _Segunda Parte de Orlando_ (canto XV) habían introducido los

loores de algunos ingenios contemporáneos suyos, siguiendo en esto,

como en lo demás, las huellas del Ariosto; pero pienso que la _Canción

de Orfeo_ de Montemayor fué la que verdaderamente sugirió á Gil Polo

la idea del _Canto de Turia_, aunque el poeta portugués celebre á las

damas y el valenciano á los escritores y poetas principalmente. Su

poema sirvió desde luego de modelo al _Canto de Caliope_ de Cervantes,

que tanto admiraba á Gil Polo, y andando los tiempos tuvo la suerte de

ser ilustrado con selecta y recóndita erudición por uno de los varones

más doctos y beneméritos del siglo XVIII, D. Francisco Cerdá y Rico, de

quien son las notas insertas en la edición de Sancha de 1778, aunque á

ellas contribuyeron en gran manera los hermanos Mayans, D. Gregorio

y D. Juan Antonio, especialmente el segundo. Estas notas fueron un

complemento utilísimo á las dos _Bibliotecas Valencianas_ de Rodríguez

y Ximeno, preparando el terreno para la de Fuster, y en un concepto

todavía más general puede decirse que fueron el primer ensayo histórico

sobre una parte de la poesía catalana, llamada entonces impropiamente

lemosina. Todavía los catalanistas y valencianistas de nuestro tiempo

han encontrado mucho que espigar en estas notas, y nunca se recurre á

ellas sin provecho. Para la historia del humanismo español del siglo

XVI encierran también curiosos documentos.

Pero no conviene dejar enterrada la _Diana_ bajo el imponente aparato

de su comentador, que casi triplicó su volumen. Por sí sola merece

tener lectores, y los ha logrado siempre, no sólo en la tierra donde

nació, sino entre todos los finos estimadores de la poesía castellana.

Sólo en las pastorales de Lope de Vega y del obispo Valbuena se

encontrarán versos que igualen ó superen á los de la _Diana Enamorada_;

pero el gusto de Gil Polo es más seguro, menos empañado por las sombras

de la afectación ó del desaliño. De todos nuestros poetas bucólicos

es el más parecido á Garcilaso, en cuya lectura estaba tan empapado

que le acontece copiar de él versos enteros, maquinalmente sin duda.

La elegancia y cultura inafectada de Garcilaso, su delicadeza en la

expresión de afectos, la limpieza y tersura de su dicción, la melodía

pura y fácil de sus versos, han pasado felizmente al imitador, que á

veces se confunde con él. Los ecos de la zampona de Sireno y de Arsileo

no sonarían mal mezclados con los de Salicio y Nemoroso, con los de

Tirreno y Alcino. Véanse algunas muestras:

Las mansas ovejuelas van huyendo

Los carniceros lobos, que pretenden

Sus carnes engordar con pasto ajeno.

Las benignas palomas se defienden

Y se recogen todas en oyendo

El bravo son del espantoso trueno...

......................................

¿Viste jamás un rayo poderoso,

Cuyo furor el roble antiguo hiende?

Tan fuerte, tan terrible y riguroso

Es el ardor que l'alma triste enciende.

¿Viste el poder de un río poderoso

Que de un peñasco altísimo desciende?

Tan brava, tan soberbia y alterada

Diana me parece estando airada.

............................................

¿Viste la nieve en haldas de una sierra

Con los solares rayos derretida?

Ansi deshecha y puesta por la tierra

Al rayo de mi estrella está mi vida.

¿Viste en alguna fiera y cruda guerra

Algún simple pastor puesto en huída?

Con no menos temor vivo cuitado

De mis ovejas propias olvidado...

.............................................

Orígenes de la novela, Tomo I · 第 38 / 55 题