—Salvadorcillo, albricias —dije a mi amigo entrando en la cueva del
señor Mano—, todo va bien; la revolución marcha. Madrid ofrece un
aspecto imponente... ¡Si vieras qué cosas me han pasado!... ¡qué
aventuras!... ¡qué peligros!... soy un héroe. Pero, en fin, he comido
como un príncipe. ¿A que no sabes dónde? Pues en casa de tus amigos los
Baraonas. Jenara, con sus propias manos divinas, me sirvió de comer.
—¿En dónde viven ahora? —me preguntó Salvador con indiferencia.
—En la calle de _Sal si puedes_... bonito nombre... aquí cerca.
—Te lo pregunto porque quizás me dé una vuelta por allá.
—Me alegraré de que busques camorra a esa canalla. Pero aguarda a que
triunfe el pronunciamiento. Entonces les meteremos en un puño. Cuando
la policía sea nuestra, es preciso tomar venganza. Enviaremos a Garrote
a presidio, y a Baraona a una casa de locos.
Monsalud se estaba arreglando y vistiendo. Habíale proporcionado
Mortero un vestido de majo, como el mío, pero mucho más elegante:
marsellés nuevo, calzas y pantalones negros, capa de grana y sombrero
redondo. Su figura no podía ser más hermosa.
—¿Vas a salir esta noche? Te acompañaré. Me aburre este agujero. En
Madrid se respira, amigo mío, el aliento sulfúreo de la revolución. La
conmoción viene, el trueno retumba ya muy cerca.
Salimos juntos. Habíase disipado en gran parte mi miedo, y la compañía
de Monsalud me confortaba más. Desde los primeros encuentros con
varias personas conocidas, comprendimos que no corría ya gran peligro
nuestra libertad. Tremendas eran las noticias para el absolutismo, y
según dijeron, se preparaba para el día siguiente un decreto haciendo
concesiones y prometiendo reunir Cortes. Tanta cobardía inflamaba más a
los revolucionarios.
Visitamos aquella noche con el mayor descaro algunas tertulias,
que no eran otra cosa que las mismas reuniones perseguidas por Don
Buenaventura. Con la súbita esperanza de triunfo, la revolución había
arrojado la máscara y se burlaba del gobierno. En este no había un solo
ministro apto para hacer frente a suceso tan grave. Hombres todos de
miserable espíritu, no servían más que para la adulación. Todo Madrid
se reía de ellos. Los conspiradores que no estaban presos, afectaban en
las calles y en sitios públicos un desprecio a la autoridad que rayaba
en desvergüenza.
Al día siguiente, tranquilos ya con el aspecto que tomaban las cosas,
abandonamos Salvador y yo el escondrijo del señor Mano de Mortero, y
tuvimos hospitalidad en casa de un amigo. Era el 6 de marzo, cuando
llegó la noticia de la sublevación de las tropas que estaban en Ocaña.
El júbilo y osadía de los revolucionarios eran tan grandes, que por
momentos se temía en Madrid un alzamiento popular. La atención de todos
se fijaba en la guarnición de Madrid, formada de algunos regimientos
de la guardia y de otros de línea. En Palacio, según me dijo el señor
Villela, a quien encontré en un estado de indecisión extraordinaria,
todo era tumulto y azoramiento. La reina Amalia lloraba; el rey bufaba
de ira, y los palaciegos iban y venían consternados, sin saber si
pondrían la vela al santo o al demonio, o a entrambos a la vez, que era
lo más seguro. Escondíanse el duque de Alagón y los demás favoritos,
y diversos personajes, oscurecidos u olvidados por la corte, se
presentaban llamados por el rey, o espoleados por su propia ambición.
Desde que amaneció el día 7, Madrid ofrecía el aspecto propio de los
días en que va a pasar algo extraordinario. Inútil es decir que desde
muy temprano recorrí yo las principales calles, en unión de algunos
individuos que iban sembrando la semilla del tumulto de barrio en
barrio. Recordaba yo las escenas famosas del 1.º de mayo de 1814, y me
parecía que nada había cambiado. Las caras eran las mismas; los gritos,
parecidos. Ciertamente, la idea era distinta; pero como la idea no se
ve, de aquí la ilusión.
No hay cosa más parecida a un motín absolutista que un motín
revolucionario. Se asemejan como una calabaza a otra. No trabajar,
cerrar las tiendas, salir chillando, derribar lápidas y letreros,
injuriar a los caídos, proclamar nombres nuevos, levantar ídolos,
mezclar tal o cual arranque generoso a salvajes actos, esto fue lo que
vi en 1814, y lo que se repitió ante mis ojos en 1820. En una y otra
época, por rara coincidencia, fui agente eficaz en el movimiento, y las
dos veces mi astuto aguijón pinchó a la bestia feroz para que gruñese.
Antes había gruñido en las Cortes; ahora debía gruñir en Palacio.
Comprendiendo la gravedad del asunto y la conveniencia de que el
trabajo de seis años no se malograse, desplegué aquella mañana
facultades verdaderamente maravillosas que llenaron de asombro a
los revolucionarios viejos. Ya se comprenderá que los nuevos éramos
atroces. No perdonábamos.
Debo advertir que en marzo de 1820 yo notaba en la población un
movimiento mucho más espontáneo y general que en mayo de 1814. Todos
los tenderos, todo el comercio alto y bajo de los barrios del sur y
del centro se asociaba al impulso con una franca y natural alegría que
me llenó de admiración. En los empleados, en todo el personal de la
clase media, había un sentimiento de simpatía que más tarde llegó a
manifestarse en hechos. Marcáronse, pues, en aquel día dos corrientes:
la corriente natural de las personas de buena fe que se alegraban del
cambio previsto, y la corriente del tumulto, que tenía encargo de
vociferar y hacer demostraciones locas. Ambas se mezclaban y juntas
invadían las calles, llenando los aires con sordo mugido, sin que se
pudiese determinar dónde acababa el oro y empezaba el plomo. En la
generalidad de la población resplandecía la más franca hombría de bien,
una especie de candor revolucionario, si así puede decirse; un júbilo
patriarcal que era del mejor augurio.
Por la tarde, la muchedumbre formaba una apretada masa en los
alrededores de Palacio. Escenas bulliciosas de animación, de risas, de
plácemes, de gritos, de palabrillas un poco jacobinas, alegraban las
calles del Arenal y Mayor.
«Que el rey juraba.
»Que el rey no deseaba otra cosa que jurar.
»Que los ministros y palaciegos eran unos tunantes, y Fernando el
hombre mejor del mundo.
»Que, a Dios gracias, nos íbamos a ver libres de pillos.
»Que en aquellos momentos se estaba formando un nuevo gobierno.
»Que por la noche la guarnición de Madrid, inclusa la Guardia Real,
debía apoderarse del Retiro, para desde allí enviar una diputación al
rey pidiéndole el juramento consabido.
»Que la reina decía entre lágrimas y suspiros que la habían engañado, y
que se quería volver a Sajonia.
»Que Ballesteros, recién llegado por mandato del rey, había dicho que
nada se podía hacer ya.
»Que los señorones de la corte opinaban que no era cosa de trastornar
al reino y de pasar sustos por un juramento de más o de menos.»
Esto y otras cosas que omitimos decía la gente. Yo no quise hacer
demostraciones en público; pero me daba a conocer a todos mis amigos,
no recatándome de nadie, porque ya no había para qué. Con los liberales
me hacía el exaltado, y con los templados el indiferente.
Cerca de Palacio, la multitud prorrumpía en desaforados gritos: allí
estaba nuestra gente pidiendo a voces con tanto ardor la Constitución
y el juramento, que parecía no poderse pasar ni una hora más sin ello.
Pero los balcones de Palacio permanecían cerrados; no se veía ni aun la
nariz del infante don Carlos, generalísimo de los ejércitos.
Iba cayendo la tarde, y no había novedad. Algunos jinetes de la guardia
decían al pueblo que se retirase. Su actitud no era hostil, sino tan
conciliadora que despertaba general simpatía. La guardia, que tanto dio
que hacer después, estaba aquel día como un guante. Verdad es que aquel
día era extraordinario por la generalización súbita de los sentimientos
liberales. Había contagio sin duda. Los exaltados contaminaban a los
tibios; los tibios a los indiferentes; los hombres a las mujeres; estas
a los niños, y los niños a los pájaros, que de rama en rama piaban
_Constitución_.
La noche enfrió el entusiasmo de muchos; pero exacerbó más el furor
de otros. Aquellos que a toda costa deseaban una escena y la pedían
y la estaban buscando, no querían irse a sus casas sin saber la
determinación de Su Majestad. Diversas comisiones entraron en Palacio;
pero el pueblo ignoraba todo. Por eso cuando corrieron voces de que
era inútil esperar nada positivo hasta la mañana siguiente, un bramido
de despecho circuló de un cabo a otro. Gracias a que nuestro pueblo
es dócil, poco exigente, humilde, y conserva sentimientos de profundo
respeto al trono en medio de sus más soeces expansiones, que si no
fuera así, algo grave habría ocurrido aquella noche.
Mientras los vecinos se iban a sus casas, a las tertulias o a los
cafés, los que mangoneábamos en la maquinaria oculta del alboroto
popular, azuzábamos a los beneméritos patriotas para que manifestasen
sus altas dotes, ora rompiendo algunos vidrios absolutistas, ora
entonando canciones que a toda prisa improvisaron ramplonas musas. Todo
lo hicieron a pedir de boca; pero aquello donde más lució su destreza
fue la algazara que armaron en la plaza Mayor al poner una lapidilla
provisional, que más tarde fue sustituida por otra de mármol. Diversas
turbas, roncas a fuerza de gritos y aguardiente, daban vivas a la
Constitución, y había grupos carnavalescos, semejantes a los que forman
los gallegos la víspera de los santos Reyes.
Aquella vez, entre lucientes antorchas, no llevaban escaleras, sino
el libro de la Constitución, abierto o izado en un palo. La gracia
de esta apoteosis consistía en hacer que todo transeúnte besase el
libro, previa inclinación del palo hacia el suelo. Se obligaba a los
transeúntes a ponerse de rodillas, siendo de notar que la mayor parte
lo hacían de muy buen grado. Fuera de este inocente desahoguillo,
no hubo ningún exceso aquella noche, ni se vertió sangre, ni nadie
fue arrastrado, ni se realizó ninguno de aquellos siniestros augurios
que en tiempo de la conspiración se hacían. Todo era como un juego de
chiquillos.
Así pasó la noche. Ya no tuve recelo de entrar en mi casa, en la cual
encontré a dos o tres polizontes, que me recibieron sombrero en mano,
con exagerados cumplidos y servilismo. Yo les miré con altanería, y
entonces cada uno de ellos me rogó que le proporcionase un ascenso,
puesto que ya de vencido me trocaba en vencedor y estaría pronto en
candelero. Prometiles a tan guapos chicos mi favor, y se despidieron
asegurando que si el nuevo gobierno les mandaba prender a don
Buenaventura, lo harían de mil amores. Por último, les recomendé que al
día siguiente muy de mañana saliesen por las calles dando vivas a la
Constitución y a la Libertad; que vigilasen la casa de Baraona, por ver
si entraban en ella gentes sospechosas, y que se pusiesen en todos los
sucesos del día al lado de los buenos y ardientes patriotas.
El 8 fue día de júbilo, de triunfo, de algazara, de expansión
incomparable. El pueblo, más niño en las buenas que en las malas,
parecía haber recibido un juguete por mucho tiempo deseado. Viendo
entusiasmo tan sincero, ¡quién creería que bien pronto el muñeco había
de ser hecho pedazos por las mismas manos que entonces le recibían!
Todo estaba consumado: triunfante la revolución; lo de arriba había
pasado abajo, y lo de abajo arriba; la cabeza era pie, y el pie cabeza;
la soberanía del pueblo, representada en un papel escrito, había subido
al majestuoso cénit del estado, echando de allí a la soberanía real
para ponerla debajo. La gran jugarreta que hacen los siglos a los
siglos estaba consumada, y el hoy había triunfado sobre el ayer. El
monarca de derecho divino, el escogido de Dios, se había prosternado
moralmente ante los gallegos, que, cual comparsa de noche de Reyes,
recorrían las calles con escobas encendidas, y había besado de rodillas
el libro puesto en un palo. Ya era público el famoso decreto del 7
de marzo, y desde muy temprano no había ciudadano de la improvisada
nación constitucional que no repitiese el _me he decidido a jurar la
Constitución promulgada por las Cortes generales y extraordinarias de
1812. Tendreislo entendido... etc..._