Al día siguiente muy temprano, Mano de Mortero, que había salido a sus
quehaceres, entró diciendo:
—Gordas y frescas.
—¿Qué, qué hay?
—Que lo de Galicia es tremendo... El rey y la corte muy asustados...
Toda la noche han estado los ministros en Palacio... Quieren
contemporizar... les ha entrado el destemple... desconfían de la
guarnición...
—¡Desconfían de la guarnición! ¿Oyes, Salvador; oyes, hombre? —exclamé
con exaltado júbilo.
—Oigo —repuso mi amigo secamente.
—¡Y de la guardia de la Real persona! —añadió Mano.
—¡También desconfían de la guardia! ¿Oyes, Salvadorcillo de mi alma?
—Oigo.
—Señor de Mano, traiga usted cuatro velas: yo las pago.
—Con esa condición, aunque sean ocho —dijo Mortero abriendo el cajón de
una cómoda.
—No quepo dentro de mí —dije saltando del jergón—. Voy a salir a la
calle, aunque me exponga a ser cogido. Me pasearé, comeré en casa
de algún amigo... Señor de Mano, ¿tiene usted algunas ropas con que
disfrazarme?
—Tengo vestidos de cómicos. ¿Quiere usted ir de rey turco?
—Hombre, no.
—¿Y de senescal de Polonia?
—¡Qué majadero!
—¿Y de majo? Sombrero ancho, capa encarnada, marsellés...
—Venga, venga. Me embozaré hasta las cejas.
Mano sacó unos vestidos, que yo me puse, acomodándolos lo mejor posible
a mi cuerpo. Peineme a lo majo, tizneme el rostro, y quedé convertido
en chispero, tan al vivo, que era muy difícil conocerme. Con tal
pergeño, guiado por Mortero, que me llevó por oscuros laberintos, salí
a la calle, embozado hasta las cejas. Monsalud no quiso seguirme. Pasé
por Palacio, y vi que entraban y salían muchos coches; recorrí luego
la calle Mayor hasta la Puerta del Sol, y aunque encontré en este
sitio muchos conocidos, no me atreví a hablar a ninguno: tanta era mi
cobardía, aun bajo el disfraz de chispero. Estábamos en los primeros
días de marzo.
Ya conocí en la actitud y semblante de las personas, y en las palabras
que al vuelo cogía, que era ciertísima la alarma anunciada por
Mortero. Sin cesar herían mi oído las voces _Coruña, Ferrol, Junta
revolucionaria, don Pedro Agar_, volviéndome loco de alegría. Recorrí
la población sin descubrir mi cara, atendiendo disimuladamente a todos
los grupos, huroneando, atisbando, olfateando la revolución. ¡Ay!, la
revolución palpitaba; yo la sentía. Quien había puesto tantas veces la
mano sobre el pecho de la sensible villa no podía engañarse.
En estas exploraciones empleé toda la mañana y parte de la tarde. A
nadie me había descubierto. Llegó por fin una hora en que me picó
el hambre con alarmante viveza, porque el júbilo y esperanza no me
alimentaban; que esto corresponde a las magras y otros condimentos,
y de ningún modo a las sensaciones agradables del alma. ¿Qué hacer?
El señor Mano no podría ofrecerme sino un guisote grosero. ¿Entraría
en algún café o figón? No, porque mi pusilanimidad veía alguaciles en
todas partes, y se me figuraba que ni siquiera me dejarían llevar la
cuchara a la boca. ¿Iría a casa de algún amigo? Ugarte estaba fuera de
Madrid, y quizás perseguido también. De Villela y otros personajes no
me fiaba más que del demonio. Pensé ir en busca de don Gil Carrascosa,
hombre que me debía favores, o de don Bartolomé Canencia; pero luego
discurrí que las casas de donde más rápidamente debía huir eran las de
aquellos que tenían algo que agradecerme.
De pronto vi a cuatro personas que me inspiraron una idea felicísima.
Eran Carlos Navarro y don Miguel de Baraona, que iban por la calle
de la Montera hacia la Puerta del Sol, acompañados de los dos zafios
amigos que con el primero vinieron del norte. Antes me metiera yo mismo
en la cárcel que presentarme ante aquellos hombres fanáticos, capaces
de hacer conmigo una felonía; pero con la certeza de que estaban ambos
fuera de casa, bien podía pedir amparo a la señora doña Jenara, que de
fijo no me lo negaría ni me vendería.
—Si Jenarita está en su casa —me dije corriendo allá—, comeré y comeré
bien.
Poco después entraba yo en la calle de _Enhoramala vayas_, para pasar
a la de _Sal si puedes_. Esta tenía poco que andar. Componíanla dos
casas humildes, otra suntuosa, y una tapia de corrales o jardines. La
suntuosa, como muchas personas, tenía mejor alma que cuerpo, es decir,
que su aspecto vetusto y feo no correspondía a su comodidad interior.
De poca fachada, extendíase mucho en el fondo de la manzana, y lo mejor
de ella era la crujía de poniente, que daba a un patio donde estaban
las cocheras. Este patio tenía la salida a la calle de _Aunque os
pese_. Aquel pequeño barrio de nombres tan extraños, era entonces más
solitario aún que ahora.
Entré resueltamente. Por fortuna Jenara no había salido de casa, y
estaba sola. Tan solo su doncella tuvo noticia de mi visita.
Expuse a la generosa dama la aflictiva situación de mi estómago,
rogándole encarecidamente que si me daba de comer lo hiciera pronto,
para evitar el peligro de un encuentro con los feroces Navarro y
Baraona. Ella se rió mucho de mi extraña facha, y me dijo:
—Hace usted bien en temer a mi marido y a mi abuelo, que ni disculpan
ni perdonan. Están furiosos contra usted, y si le encontraran aquí
serían capaces de entregármele atado de pies y manos a don Buenaventura.
—¡Miserable sayón!
—Anoche estuvo aquí, y dijo de usted mil picardías. ¡Pero qué
atrocidades ha hecho usted, Pipaón!... Conspirar así, escribir cartas,
juntar dinero... qué sé yo... Es usted un Robespierre. Dice el marqués
que no se consolará en toda su vida de que se le escapara usted, y que
daría un ojo de la cara por atraparle.
—¡Bandido!... Pero si usted tuviera la bondad de darme de comer...
Ahora o nunca: me muero de hambre.
—Al momento. Pero van a decir que soy encubridora de revolucionarios, y
el marqués querrá prenderme también.
Inmediatamente dio órdenes a su doncella para que me trajese lo que tan
imperiosamente pedía mi pobre cuerpo. Ella misma tendió un mantelito
en el velador de aquella estancia, que era la suya, y me iba poniendo
delante los platos, amenizando el festín con discretas observaciones y
celestiales sonrisas. Yo caí sobre los manjares como el tigre sobre su
presa.
—Perdone usted si como groseramente —le dije—. Un condenado a muerte
tiene derecho a prescindir de ciertas reglas.
—¡Parece mentira! —exclamó—. ¡Usted revolucionario, usted liberal!...
—Señora, no haga usted caso de infames calumnias. Mis enemigos
discurren infernales embustes para perderme. Ya disiparé yo las nubes
que empañan el limpio sol de mi reputación. Deje usted que pase este
chubasco...
—Triunfen o no los revolucionarios —dijo ella sentándose frente a mí
y apoyando el codo en la misma mesa donde yo comía—, lo cierto es
que los conspiradores lo pasarán mal. Casi todos están presos, ¿no es
verdad?
—Creo que sí.
—Sin embargo, no se oye decir que ajusticien a ninguna persona conocida.
—Incomparable está esta gallina —repuse, más atento a la reparación de
mis fuerzas que a la suerte de los conspiradores.
Cuando empecé a reponerme y a sentirme dueño de mí mismo, fijáronse mis
ojos con singular deleite en la hermosísima figura que tenía delante de
mí. Nunca me había parecido Jenara tan bella. En la nueva mansión su
hermosura soberana se realzaba con el lujo que el generoso marido había
acumulado allí, labrando de este modo el único estuche digno de alhaja
tan preciosa. Fuera por una irradiación admirable de la privilegiada
naturaleza de Jenara, fuera porque la casa era en realidad muy linda,
todo lo que veían mis ojos tenía el más puro sello artístico. Cuadros,
tapices, muebles, cornucopias, ofrecían mil formas encantadoras
que extasiaban la vista. El oro y el blanco, las tintas brillantes
admirablemente armonizadas, llevaban los ojos de sorpresa en sorpresa.
Los excesos del lujo, que generalmente traen el mal gusto, eran allí,
o al menos a mí me lo parecía, un esfuerzo sublime de la imaginación,
comedida siempre en su delirio.
En su propia persona los encantos de Jenara eran, como siempre,
superiores; pero allí su grave y dulce sencillez brillaba más que
cuando vivía en mi casa. Siempre tuvo el raro instinto de ataviarse
elegantemente, y la no aprendida ciencia, por la cual una mujer
privilegiada sabe estar preciosa con el adorno más insignificante.
Aquella tarde en que me dio de comer, vestía con la negligencia
cuidadosa que parece han de emplear las que siempre quieren estar bien,
aun sabiendo que nadie ha de verlas. Sobre su cuerpo no había más
que dos colores, el blanco y el negro; este en una copiosa sarta de
cuentas que pendían de su cuello, adorno muy usado entonces. Su traje
blanco, conjunto delicado de graciosos caprichos de aguja, de pliegues
y rizos, era un plumaje maravilloso, que a causa de la estrechez de
los talles de entonces, cubría delicadamente sus incomparables formas
sin desfigurarlas, respetando cuanto el divino cincel modeló en aquel
hermoso barro humano, es decir, no aplastando ningún bulto, ni llenando
ningún hueco, ni alterando con importuno arte la más acabada estatua en
cuyo tibio mármol han vibrado nervios, y corrido, por las azules venas,
hilos de impetuosa sangre.
Cuando se movía de aquí para allá trayéndome lo que yo había de comer,
parecía una hechicera de magia, que cuidaba de mí, niño extraviado en
la caverna, entre maravillosas transformaciones: primero maltratado
por ogros horribles, después mimado y agasajado por las blancas manos
de las hadas. Caía la tarde, y la dulce luz crepuscular que entraba en
la estancia por las ventanas abiertas al patio y a la calle de _Aunque
os pese_, derramaba en torno mío, entre ella y yo, una dulce onda de
tristeza. Cuando yo concluía de comer, sentose, como he dicho, frente
a mí, apoyando el codo en la mesa y la mejilla en el puño. En primer
término yo veía un brazo que a ninguno otro puede compararse, blanco,
torneado, de una pureza y corrección admirables. Distinguíanse en la
suave penumbra de lo interior de la manga las morbideces del antebrazo
que se perdía al fin entre la batista, seguido hasta lo último por mi
ansiosa vista. Tenía los ojos medio cerrados. No sé por qué todo allí
era tristeza. Yo exhalé un suspiro tan hondo, que Jenara se conmovió
cual si oyese un grito.
—¿Qué tiene usted? —me dijo.
—Estaba pensando, señora mía, que el señor don Carlos, mi antiguo amigo
y esposo de usted, es el hombre más feliz de la tierra.
—¿Por qué?
—Porque es dueño de tanta hermosura.
Jenara hizo un gesto de desdén.
—Pero no sabe apreciar su felicidad, señora mía —añadí—, y con sus
ridiculeces y manías mortifica a este ángel de gracia y bondad.
—Galán está usted —me dijo sonriendo—. No extraño que usted hable así
de Carlos. Todo el mundo conoce lo mal que me trata. Ni siquiera tiene
el tacto de guardar para mí sola sus impertinencias, sino que delante
de los amigos suele ofenderme...
—Él mismo confiesa que es un bruto; pero su alma y su corazón son
excelentes. Procure usted domesticarle, y...
—No sirvo para domadora —me contestó, moviendo con insistencia su linda
cabeza—. Él se cansará o se corregirá. ¿Qué puedo hacer para convencer
a un hombre que se encariña con sus errores y con sus sospechas? Cuando
alguien intenta quitárselas, Carlos se enoja como si le quisieran robar
un tesoro.
—Sí, muy bien dicho. Es avaro de sus tenacidades y equivocaciones.
¡Cabeza de granito! Se estrellará, pero no dirá jamás: «me equivoqué.»
—Esto tiene que concluir de un modo o de otro. Es imposible vivir así.
Cada día una cuestión; cada hora una disputa. ¿Y por qué? Por nada,
por fantasmas. Sepa usted que el cerrar los ojos y el abrirlos es en
mí un indicio de infidelidad, según mi marido. Aprenda usted a tener
perspicacia.
—¡Detestable sistema es ese! Conozco algunos maridos que por buscar
tres pies al gato, han hallado los cuatro. Mucho cuidado, señor
Garrote, vais por mal camino... No crea usted: yo le reprendí; le
dije media docena de verdades... pero no hace caso. Tiene a gloria el
equivocarse. En disparatar consiste su orgullo.
—Ahora con estas cosas de la revolución que viene, está insoportable
—dijo la dama con ademán ponderativo—. No se le puede resistir... Paso
los días entre el temor y la tristeza, asustada cuando le espero y
creo que va a llegar, triste cuando estoy sola. Con él tiemblo; sola
me aburro. ¿Puede haber situación más horrible? Ha de saber usted
que Carlos con sus impertinencias ha llegado a lo que nunca creí, a
malquistarme con mi abuelo, que también sospecha, también. Figúrese
usted si será deliciosa mi existencia. Ellos dos, es decir, toda mi
familia, están contra mí. A mi lado no hay nadie más, ni hermanos, ni
hijos, ni siquiera amigos... Las amistades, cualesquiera que sean, me
están prohibidas... ¿No es verdad que soy digna de lástima? La cabeza
hecha un volcán y el corazón vacío, enteramente vacío.
—¡El corazón vacío!, es decir, holgazán... ¿Qué de cosas no discurrirá
el muy tunante para poder entretenerse... eh?
En el mismo instante sentimos ruido de voces y pasos en el interior de
la casa.
—¡Carlos! —exclamó Jenara con el mayor sobresalto.
—¡Jesús, María y José! —dije yo sintiendo que flaqueaban mis piernas—.
¿Dónde me escondo, dónde?
—Váyase usted. Está usted perdido si él le ve.
Jenara y yo, llenos de confusión, no sabíamos qué partido tomar.
—Escóndase usted aquí —me dijo la dama, mostrándome un armario, que
abrió precipitadamente—. Después saldrá usted.
Escurrime dentro. Yo no era hombre, yo era un papel. Creo que me
hubiera metido entre dos platos. De tal modo me hacía flexible el miedo.
Poco después de esconderme, entró Carlos. Yo no le veía; pero le
sentía. El resoplido de la fiera, llegando a mis oídos, me ponía
los cabellos de punta. Acompañábale uno de sus amigos, el llamado
Zugarramurdi, que era el más bruto. Estuvieron los tres en silencio
durante breve rato. Sin duda Carlos estudiaba el semblante de su mujer.
—Jenara —dijo al fin—, el portero me ha dicho que entró hace poco un
hombre y que no ha salido.
—¡Un hombre!... —repuso ella—. No sé...
Su voz temblaba.
—¡Singular cosa! —dijo Carlos con marcado acento de ironía—. Pero como
en estos tiempos hay tantos ladrones...
—Se registrará la casa —indicó con bronca voz el amigo.
Yo me quedé yerto; yo era un cadáver.
—Como no sea... —murmuró Jenara—. Sí... hace poco estuvo aquí un señor,
preguntando...
—¿Preguntando qué? —vociferó Garrote—. Sosiégate, mujer... te doy
tiempo para que medites lo que quieras decirme... No se ocurren siempre
buenas ideas para ocultar la verdad. Los más listos se turban...
¿Conque entró uno preguntando...?
Sentí el chasquido de los maderos de la silla en que la bestia se sentó.
—Un hombre, no sé quién... —continuó Jenara en tono más tranquilo y
algo altanero—. Si no lo quieres creer, no lo creas. Me parece que era
el que anoche fue contigo en busca de Pipaón.
Hubo una pausa. ¿Le convencería?
—¡Pipaón! —dijo el amigo—. Juraría que le encontramos hoy en la calle.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —repuso Carlos con violencia—. ¿Crees que
me importa pescar en medio de la calle a un sapo, liarle una cuerda a
los brazos y llevarle a la Superintendencia de policía?
Yo daba diente con diente.
—Pues sí —dijo la dama con voz serena—, ese creo que era...
Y deseando variar de conversación, añadió:
—¿En dónde has dejado al abuelo?
—Fue solo al Príncipe, a comprarte billetes para esta noche.
—¿Qué función es?
—Una ópera nueva, una sandez, qué sé yo —dijo Zugarramurdi.
—Se llama _La inútil presunción_ o _El barbero de Sevilla_, por un tal
Rufini o Rossini —gruñó Carlos con detestable humor.
—Anoche se estrenó: es un sainete ridículo, según me han dicho —añadió
el amigo—. Un tutor estúpido, un barbero sin vergüenza, una pupila
descocada, un amante que se finge soldado borracho para meterse en la
casa, después se hace maestro de música, y luego entra por el balcón.
—Por el balcón —repetí yo, apropiándome con calenturiento afán aquella
idea.
De repente Carlos, que sin duda no estaba para pensar en óperas, dijo
levantándose:
—¿Cerré yo la puerta interior al marcharme?
—Creo que sí —dijo el amigo—. Lo mejor será registrar la casa. Hay
ahora tantos ladrones...
Carlos y su camarada salieron.
Al verse sola, Jenara abrió precipitadamente el armario, y me dijo:
—Esta farsa no puede seguir... ¡qué compromiso!... Es preciso que
yo diga la verdad a mi esposo... Ya no es fácil que usted pueda
marcharse...
—¡Señora!... ¡por compasión!
—La verdad, más vale decir la verdad... ¿A qué vienen estos enredos?...
Bastantes tengo con los que él inventa...
—¡Señora!... ¡por piedad! —exclamé de rodillas.
Y me dirigí al balcón que daba al patio.
—Por aquí —dije asomándome para medir la distancia.
—¡Que se estrella, hombre!
Felizmente el descenso era muy fácil. Había bajo el balcón una alta
ventana con reja de hierro, que casi era una escalera. No lo pensé más.
—Se puede, sí, se puede —dijo la dama—. ¡Pronto, abajo! Por fortuna no
hay nadie en el patio ni en las cuadras... La puerta que da a la calle
de _Aunque os pese_ está siempre abierta.
Lieme la capa en la cintura, y con presteza sin igual me deslicé, sin
más contratiempo que algunas rozaduras en las manos. Embozándome hasta
los ojos, salí sin obstáculo a la calle; pero no había dado dos pasos,
cuando vi al señor de Baraona que atentamente me observaba. No quise
detenerme, y apreté a correr, repitiendo lo de marras:
—Ahí me las den todas.