XXIII

Al día siguiente muy temprano, Mano de Mortero, que había salido a sus

quehaceres, entró diciendo:

—Gordas y frescas.

—¿Qué, qué hay?

—Que lo de Galicia es tremendo... El rey y la corte muy asustados...

Toda la noche han estado los ministros en Palacio... Quieren

contemporizar... les ha entrado el destemple... desconfían de la

guarnición...

—¡Desconfían de la guarnición! ¿Oyes, Salvador; oyes, hombre? —exclamé

con exaltado júbilo.

—Oigo —repuso mi amigo secamente.

—¡Y de la guardia de la Real persona! —añadió Mano.

—¡También desconfían de la guardia! ¿Oyes, Salvadorcillo de mi alma?

—Oigo.

—Señor de Mano, traiga usted cuatro velas: yo las pago.

—Con esa condición, aunque sean ocho —dijo Mortero abriendo el cajón de

una cómoda.

—No quepo dentro de mí —dije saltando del jergón—. Voy a salir a la

calle, aunque me exponga a ser cogido. Me pasearé, comeré en casa

de algún amigo... Señor de Mano, ¿tiene usted algunas ropas con que

disfrazarme?

—Tengo vestidos de cómicos. ¿Quiere usted ir de rey turco?

—Hombre, no.

—¿Y de senescal de Polonia?

—¡Qué majadero!

—¿Y de majo? Sombrero ancho, capa encarnada, marsellés...

—Venga, venga. Me embozaré hasta las cejas.

Mano sacó unos vestidos, que yo me puse, acomodándolos lo mejor posible

a mi cuerpo. Peineme a lo majo, tizneme el rostro, y quedé convertido

en chispero, tan al vivo, que era muy difícil conocerme. Con tal

pergeño, guiado por Mortero, que me llevó por oscuros laberintos, salí

a la calle, embozado hasta las cejas. Monsalud no quiso seguirme. Pasé

por Palacio, y vi que entraban y salían muchos coches; recorrí luego

la calle Mayor hasta la Puerta del Sol, y aunque encontré en este

sitio muchos conocidos, no me atreví a hablar a ninguno: tanta era mi

cobardía, aun bajo el disfraz de chispero. Estábamos en los primeros

días de marzo.

Ya conocí en la actitud y semblante de las personas, y en las palabras

que al vuelo cogía, que era ciertísima la alarma anunciada por

Mortero. Sin cesar herían mi oído las voces _Coruña, Ferrol, Junta

revolucionaria, don Pedro Agar_, volviéndome loco de alegría. Recorrí

la población sin descubrir mi cara, atendiendo disimuladamente a todos

los grupos, huroneando, atisbando, olfateando la revolución. ¡Ay!, la

revolución palpitaba; yo la sentía. Quien había puesto tantas veces la

mano sobre el pecho de la sensible villa no podía engañarse.

En estas exploraciones empleé toda la mañana y parte de la tarde. A

nadie me había descubierto. Llegó por fin una hora en que me picó

el hambre con alarmante viveza, porque el júbilo y esperanza no me

alimentaban; que esto corresponde a las magras y otros condimentos,

y de ningún modo a las sensaciones agradables del alma. ¿Qué hacer?

El señor Mano no podría ofrecerme sino un guisote grosero. ¿Entraría

en algún café o figón? No, porque mi pusilanimidad veía alguaciles en

todas partes, y se me figuraba que ni siquiera me dejarían llevar la

cuchara a la boca. ¿Iría a casa de algún amigo? Ugarte estaba fuera de

Madrid, y quizás perseguido también. De Villela y otros personajes no

me fiaba más que del demonio. Pensé ir en busca de don Gil Carrascosa,

hombre que me debía favores, o de don Bartolomé Canencia; pero luego

discurrí que las casas de donde más rápidamente debía huir eran las de

aquellos que tenían algo que agradecerme.

De pronto vi a cuatro personas que me inspiraron una idea felicísima.

Eran Carlos Navarro y don Miguel de Baraona, que iban por la calle

de la Montera hacia la Puerta del Sol, acompañados de los dos zafios

amigos que con el primero vinieron del norte. Antes me metiera yo mismo

en la cárcel que presentarme ante aquellos hombres fanáticos, capaces

de hacer conmigo una felonía; pero con la certeza de que estaban ambos

fuera de casa, bien podía pedir amparo a la señora doña Jenara, que de

fijo no me lo negaría ni me vendería.

—Si Jenarita está en su casa —me dije corriendo allá—, comeré y comeré

bien.

Poco después entraba yo en la calle de _Enhoramala vayas_, para pasar

a la de _Sal si puedes_. Esta tenía poco que andar. Componíanla dos

casas humildes, otra suntuosa, y una tapia de corrales o jardines. La

suntuosa, como muchas personas, tenía mejor alma que cuerpo, es decir,

que su aspecto vetusto y feo no correspondía a su comodidad interior.

De poca fachada, extendíase mucho en el fondo de la manzana, y lo mejor

de ella era la crujía de poniente, que daba a un patio donde estaban

las cocheras. Este patio tenía la salida a la calle de _Aunque os

pese_. Aquel pequeño barrio de nombres tan extraños, era entonces más

solitario aún que ahora.

Entré resueltamente. Por fortuna Jenara no había salido de casa, y

estaba sola. Tan solo su doncella tuvo noticia de mi visita.

Expuse a la generosa dama la aflictiva situación de mi estómago,

rogándole encarecidamente que si me daba de comer lo hiciera pronto,

para evitar el peligro de un encuentro con los feroces Navarro y

Baraona. Ella se rió mucho de mi extraña facha, y me dijo:

—Hace usted bien en temer a mi marido y a mi abuelo, que ni disculpan

ni perdonan. Están furiosos contra usted, y si le encontraran aquí

serían capaces de entregármele atado de pies y manos a don Buenaventura.

—¡Miserable sayón!

—Anoche estuvo aquí, y dijo de usted mil picardías. ¡Pero qué

atrocidades ha hecho usted, Pipaón!... Conspirar así, escribir cartas,

juntar dinero... qué sé yo... Es usted un Robespierre. Dice el marqués

que no se consolará en toda su vida de que se le escapara usted, y que

daría un ojo de la cara por atraparle.

—¡Bandido!... Pero si usted tuviera la bondad de darme de comer...

Ahora o nunca: me muero de hambre.

—Al momento. Pero van a decir que soy encubridora de revolucionarios, y

el marqués querrá prenderme también.

Inmediatamente dio órdenes a su doncella para que me trajese lo que tan

imperiosamente pedía mi pobre cuerpo. Ella misma tendió un mantelito

en el velador de aquella estancia, que era la suya, y me iba poniendo

delante los platos, amenizando el festín con discretas observaciones y

celestiales sonrisas. Yo caí sobre los manjares como el tigre sobre su

presa.

—Perdone usted si como groseramente —le dije—. Un condenado a muerte

tiene derecho a prescindir de ciertas reglas.

—¡Parece mentira! —exclamó—. ¡Usted revolucionario, usted liberal!...

—Señora, no haga usted caso de infames calumnias. Mis enemigos

discurren infernales embustes para perderme. Ya disiparé yo las nubes

que empañan el limpio sol de mi reputación. Deje usted que pase este

chubasco...

—Triunfen o no los revolucionarios —dijo ella sentándose frente a mí

y apoyando el codo en la misma mesa donde yo comía—, lo cierto es

que los conspiradores lo pasarán mal. Casi todos están presos, ¿no es

verdad?

—Creo que sí.

—Sin embargo, no se oye decir que ajusticien a ninguna persona conocida.

—Incomparable está esta gallina —repuse, más atento a la reparación de

mis fuerzas que a la suerte de los conspiradores.

Cuando empecé a reponerme y a sentirme dueño de mí mismo, fijáronse mis

ojos con singular deleite en la hermosísima figura que tenía delante de

mí. Nunca me había parecido Jenara tan bella. En la nueva mansión su

hermosura soberana se realzaba con el lujo que el generoso marido había

acumulado allí, labrando de este modo el único estuche digno de alhaja

tan preciosa. Fuera por una irradiación admirable de la privilegiada

naturaleza de Jenara, fuera porque la casa era en realidad muy linda,

todo lo que veían mis ojos tenía el más puro sello artístico. Cuadros,

tapices, muebles, cornucopias, ofrecían mil formas encantadoras

que extasiaban la vista. El oro y el blanco, las tintas brillantes

admirablemente armonizadas, llevaban los ojos de sorpresa en sorpresa.

Los excesos del lujo, que generalmente traen el mal gusto, eran allí,

o al menos a mí me lo parecía, un esfuerzo sublime de la imaginación,

comedida siempre en su delirio.

En su propia persona los encantos de Jenara eran, como siempre,

superiores; pero allí su grave y dulce sencillez brillaba más que

cuando vivía en mi casa. Siempre tuvo el raro instinto de ataviarse

elegantemente, y la no aprendida ciencia, por la cual una mujer

privilegiada sabe estar preciosa con el adorno más insignificante.

Aquella tarde en que me dio de comer, vestía con la negligencia

cuidadosa que parece han de emplear las que siempre quieren estar bien,

aun sabiendo que nadie ha de verlas. Sobre su cuerpo no había más

que dos colores, el blanco y el negro; este en una copiosa sarta de

cuentas que pendían de su cuello, adorno muy usado entonces. Su traje

blanco, conjunto delicado de graciosos caprichos de aguja, de pliegues

y rizos, era un plumaje maravilloso, que a causa de la estrechez de

los talles de entonces, cubría delicadamente sus incomparables formas

sin desfigurarlas, respetando cuanto el divino cincel modeló en aquel

hermoso barro humano, es decir, no aplastando ningún bulto, ni llenando

ningún hueco, ni alterando con importuno arte la más acabada estatua en

cuyo tibio mármol han vibrado nervios, y corrido, por las azules venas,

hilos de impetuosa sangre.

Cuando se movía de aquí para allá trayéndome lo que yo había de comer,

parecía una hechicera de magia, que cuidaba de mí, niño extraviado en

la caverna, entre maravillosas transformaciones: primero maltratado

por ogros horribles, después mimado y agasajado por las blancas manos

de las hadas. Caía la tarde, y la dulce luz crepuscular que entraba en

la estancia por las ventanas abiertas al patio y a la calle de _Aunque

os pese_, derramaba en torno mío, entre ella y yo, una dulce onda de

tristeza. Cuando yo concluía de comer, sentose, como he dicho, frente

a mí, apoyando el codo en la mesa y la mejilla en el puño. En primer

término yo veía un brazo que a ninguno otro puede compararse, blanco,

torneado, de una pureza y corrección admirables. Distinguíanse en la

suave penumbra de lo interior de la manga las morbideces del antebrazo

que se perdía al fin entre la batista, seguido hasta lo último por mi

ansiosa vista. Tenía los ojos medio cerrados. No sé por qué todo allí

era tristeza. Yo exhalé un suspiro tan hondo, que Jenara se conmovió

cual si oyese un grito.

—¿Qué tiene usted? —me dijo.

—Estaba pensando, señora mía, que el señor don Carlos, mi antiguo amigo

y esposo de usted, es el hombre más feliz de la tierra.

—¿Por qué?

—Porque es dueño de tanta hermosura.

Jenara hizo un gesto de desdén.

—Pero no sabe apreciar su felicidad, señora mía —añadí—, y con sus

ridiculeces y manías mortifica a este ángel de gracia y bondad.

—Galán está usted —me dijo sonriendo—. No extraño que usted hable así

de Carlos. Todo el mundo conoce lo mal que me trata. Ni siquiera tiene

el tacto de guardar para mí sola sus impertinencias, sino que delante

de los amigos suele ofenderme...

—Él mismo confiesa que es un bruto; pero su alma y su corazón son

excelentes. Procure usted domesticarle, y...

—No sirvo para domadora —me contestó, moviendo con insistencia su linda

cabeza—. Él se cansará o se corregirá. ¿Qué puedo hacer para convencer

a un hombre que se encariña con sus errores y con sus sospechas? Cuando

alguien intenta quitárselas, Carlos se enoja como si le quisieran robar

un tesoro.

—Sí, muy bien dicho. Es avaro de sus tenacidades y equivocaciones.

¡Cabeza de granito! Se estrellará, pero no dirá jamás: «me equivoqué.»

—Esto tiene que concluir de un modo o de otro. Es imposible vivir así.

Cada día una cuestión; cada hora una disputa. ¿Y por qué? Por nada,

por fantasmas. Sepa usted que el cerrar los ojos y el abrirlos es en

mí un indicio de infidelidad, según mi marido. Aprenda usted a tener

perspicacia.

—¡Detestable sistema es ese! Conozco algunos maridos que por buscar

tres pies al gato, han hallado los cuatro. Mucho cuidado, señor

Garrote, vais por mal camino... No crea usted: yo le reprendí; le

dije media docena de verdades... pero no hace caso. Tiene a gloria el

equivocarse. En disparatar consiste su orgullo.

—Ahora con estas cosas de la revolución que viene, está insoportable

—dijo la dama con ademán ponderativo—. No se le puede resistir... Paso

los días entre el temor y la tristeza, asustada cuando le espero y

creo que va a llegar, triste cuando estoy sola. Con él tiemblo; sola

me aburro. ¿Puede haber situación más horrible? Ha de saber usted

que Carlos con sus impertinencias ha llegado a lo que nunca creí, a

malquistarme con mi abuelo, que también sospecha, también. Figúrese

usted si será deliciosa mi existencia. Ellos dos, es decir, toda mi

familia, están contra mí. A mi lado no hay nadie más, ni hermanos, ni

hijos, ni siquiera amigos... Las amistades, cualesquiera que sean, me

están prohibidas... ¿No es verdad que soy digna de lástima? La cabeza

hecha un volcán y el corazón vacío, enteramente vacío.

—¡El corazón vacío!, es decir, holgazán... ¿Qué de cosas no discurrirá

el muy tunante para poder entretenerse... eh?

En el mismo instante sentimos ruido de voces y pasos en el interior de

la casa.

—¡Carlos! —exclamó Jenara con el mayor sobresalto.

—¡Jesús, María y José! —dije yo sintiendo que flaqueaban mis piernas—.

¿Dónde me escondo, dónde?

—Váyase usted. Está usted perdido si él le ve.

Jenara y yo, llenos de confusión, no sabíamos qué partido tomar.

—Escóndase usted aquí —me dijo la dama, mostrándome un armario, que

abrió precipitadamente—. Después saldrá usted.

Escurrime dentro. Yo no era hombre, yo era un papel. Creo que me

hubiera metido entre dos platos. De tal modo me hacía flexible el miedo.

Poco después de esconderme, entró Carlos. Yo no le veía; pero le

sentía. El resoplido de la fiera, llegando a mis oídos, me ponía

los cabellos de punta. Acompañábale uno de sus amigos, el llamado

Zugarramurdi, que era el más bruto. Estuvieron los tres en silencio

durante breve rato. Sin duda Carlos estudiaba el semblante de su mujer.

—Jenara —dijo al fin—, el portero me ha dicho que entró hace poco un

hombre y que no ha salido.

—¡Un hombre!... —repuso ella—. No sé...

Su voz temblaba.

—¡Singular cosa! —dijo Carlos con marcado acento de ironía—. Pero como

en estos tiempos hay tantos ladrones...

—Se registrará la casa —indicó con bronca voz el amigo.

Yo me quedé yerto; yo era un cadáver.

—Como no sea... —murmuró Jenara—. Sí... hace poco estuvo aquí un señor,

preguntando...

—¿Preguntando qué? —vociferó Garrote—. Sosiégate, mujer... te doy

tiempo para que medites lo que quieras decirme... No se ocurren siempre

buenas ideas para ocultar la verdad. Los más listos se turban...

¿Conque entró uno preguntando...?

Sentí el chasquido de los maderos de la silla en que la bestia se sentó.

—Un hombre, no sé quién... —continuó Jenara en tono más tranquilo y

algo altanero—. Si no lo quieres creer, no lo creas. Me parece que era

el que anoche fue contigo en busca de Pipaón.

Hubo una pausa. ¿Le convencería?

—¡Pipaón! —dijo el amigo—. Juraría que le encontramos hoy en la calle.

—¿Y por qué no me lo dijiste? —repuso Carlos con violencia—. ¿Crees que

me importa pescar en medio de la calle a un sapo, liarle una cuerda a

los brazos y llevarle a la Superintendencia de policía?

Yo daba diente con diente.

—Pues sí —dijo la dama con voz serena—, ese creo que era...

Y deseando variar de conversación, añadió:

—¿En dónde has dejado al abuelo?

—Fue solo al Príncipe, a comprarte billetes para esta noche.

—¿Qué función es?

—Una ópera nueva, una sandez, qué sé yo —dijo Zugarramurdi.

—Se llama _La inútil presunción_ o _El barbero de Sevilla_, por un tal

Rufini o Rossini —gruñó Carlos con detestable humor.

—Anoche se estrenó: es un sainete ridículo, según me han dicho —añadió

el amigo—. Un tutor estúpido, un barbero sin vergüenza, una pupila

descocada, un amante que se finge soldado borracho para meterse en la

casa, después se hace maestro de música, y luego entra por el balcón.

—Por el balcón —repetí yo, apropiándome con calenturiento afán aquella

idea.

De repente Carlos, que sin duda no estaba para pensar en óperas, dijo

levantándose:

—¿Cerré yo la puerta interior al marcharme?

—Creo que sí —dijo el amigo—. Lo mejor será registrar la casa. Hay

ahora tantos ladrones...

Carlos y su camarada salieron.

Al verse sola, Jenara abrió precipitadamente el armario, y me dijo:

—Esta farsa no puede seguir... ¡qué compromiso!... Es preciso que

yo diga la verdad a mi esposo... Ya no es fácil que usted pueda

marcharse...

—¡Señora!... ¡por compasión!

—La verdad, más vale decir la verdad... ¿A qué vienen estos enredos?...

Bastantes tengo con los que él inventa...

—¡Señora!... ¡por piedad! —exclamé de rodillas.

Y me dirigí al balcón que daba al patio.

—Por aquí —dije asomándome para medir la distancia.

—¡Que se estrella, hombre!

Felizmente el descenso era muy fácil. Había bajo el balcón una alta

ventana con reja de hierro, que casi era una escalera. No lo pensé más.

—Se puede, sí, se puede —dijo la dama—. ¡Pronto, abajo! Por fortuna no

hay nadie en el patio ni en las cuadras... La puerta que da a la calle

de _Aunque os pese_ está siempre abierta.

Lieme la capa en la cintura, y con presteza sin igual me deslicé, sin

más contratiempo que algunas rozaduras en las manos. Embozándome hasta

los ojos, salí sin obstáculo a la calle; pero no había dado dos pasos,

cuando vi al señor de Baraona que atentamente me observaba. No quise

detenerme, y apreté a correr, repitiendo lo de marras:

—Ahí me las den todas.

La segunda casaca · 第 26 / 33 题