III

¡La catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantes palmeras de

granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y

magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado

el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.

Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y

confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las

ojivas; donde lucha y se pierde con la obscuridad del santuario el

fulgor de las lámparas.

Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra

religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y

todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del

entusiasmo y la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han

derramado á porfía el tesoro de sus creencias, de su inspiración y de

sus artes.

En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo, y

un santo horror que defiende sus umbrales contra los pensamientos

mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra....

Pero si grande, si imponente se presenta la catedral á nuestros ojos á

cualquiera hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca

produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega

todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren

de oro y pedrería, sus gradas de alfombra y sus pilares de tapices.

Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas

de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del

coro, y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen

el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas

que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la

tremenda majestad de Dios que vive en él, y lo anima con su soplo y lo

llena con el reflejo de su omnipotencia.

El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir, se

celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de

la Virgen.

La fiesta religiosa había traído á ella una multitud inmensa de fieles;

pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones; ya se habían

apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales

puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse

detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan

pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras

dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el

mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí la claridad de una lámpara

permitía distinguir sus facciones.

Era Pedro.

¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se arrastrara al fin á

poner por obra una idea que sólo el concebirla había erizado sus

cabellos de horror? Nunca pudo saberse.

Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar á cabo su criminal

propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el

sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su

pensamiento.

La catedral estaba sola, completamente sola, y sumergida en un silencio

profundo.

No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores

confusos: chasquidos de madera tal vez, ó murmullos del viento, ó ¿quién

sabe? acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su

exaltación lo que no existe, pero la verdad era que ya cerca, ya lejos,

ora á sus espaldas, ora á su lado mismo, sonaban como sollozos que se

comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que

van y vienen sin cesar.

Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino, llegó á la verja, y

subió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla

están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en

la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario á

cuya sombra descansan todos por una eternidad.

--¡Adelante! murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que

sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus

cabellos se erizaron de horror: el suelo de la capilla lo formaban

anchas y obscuras losas sepulcrales.

Por un momento creyó que una mano fría y descarnada le sujetaba en aquel

punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban

en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras,

oscilaron á su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las

imágenes del altar, y osciló el templo todo con sus arcadas de granito y

sus machones de sillería.

--¡Adelante! volvió á exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al

ara, y trepando por ella subió hasta el escabel de la imagen. Todo

alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era

tinieblas y luz dudosa, más imponente aún que la obscuridad. Sólo la

Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro,

parecía sonreir tranquila, bondadosa, y serena en medio de tanto horror.

Sin embargo, aquella sonrisa muda é inmóvil que le tranquilizara un

instante, concluyó por infundirle temor; un temor más extraño, más

profundo que el que hasta entonces había sentido.

Tornó empero á dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano

con un movimiento convulsivo y le arrancó la ajorca de oro, piadosa

ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía á

una fortuna.

Ya la presea estaba en su poder: sus dedos crispados la oprimían con una

fuerza sobrenatural, sólo restaba huir, huir con ella: pero para esto

era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la

imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las

cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los

rayos de luz que semejantes á blancos y gigantescos fantasmas, se movían

lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y

extraños.

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de

sus labios.

La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos

y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos, y ocupaban todo el

ámbito de la iglesia, y le miraban con sus ojos sin pupila.

Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y

villanos, se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. Á sus

pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas,

los arzobispos de mármol que él había visto otras veces, inmóviles sobre

sus lechos mortuorios, mientras que arrastrándose por las losas,

trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos de

las bóvedas, pululaban como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un

mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes,

horrorosos.

Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia

espantosa; una nube de sangre obscureció sus pupilas, arrojó un segundo

grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el

ara.

Cuando al otro día los dependientes de la iglesia le encontraron al pie

del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos

aproximarse exclamó con una estridente carcajada:

--¡Suya, suya!

El infeliz estaba loco.

Spanish Tales for Beginners · 第 73 / 187 题