Un faro es un edificio muy elevado, que generalmente tiene la forma de
una torre, con un gran fanal en la parte superior. Este fanal se
enciende todas las noches, y como su luz recibe considerable aumento con
la ayuda de lentes y de grandes reflectores, puede ser vista á una
distancia considerable, y guiar de esta manera á los navegantes durante
la noche.
Los faros se colocan generalmente en las rocas más elevadas, cerca de la
orilla del mar, ó en los puntos en que hay peligro para los buques....
Hay hombres encargados de cuidar los faros; que viven en ellos y
encienden todas las noches aquella luz.... Estos hombres se llaman
vigías, y tienen que ser empleados sumamente fieles....
En uno de los faros de la costa de Valencia vivían un vigía y su hija
única, niña de unos ocho años, que se llamaba Mariquita. El faro estaba
situado en un peñasco que sólo se unía á la tierra firme por medio de
una calzada estrecha, construida sobre una lengua baja de arena y rocas.
No se podía atravesar esta calzada sino durante un espacio de tres
horas, dos veces al día, pues durante todo el tiempo restante estaba
cubierta por las aguas que crecían con la marea.
Una tarde el vigía.... cruzó la calzada para comprar algunas
provisiones, dejando sola á su hijita en la torre del faro.
Mientras el padre apresuraba el paso hacia el pueblo vecino..., tres
hombres de mala traza, ocultos detrás de unas rocas, espiaban sus
movimientos. Eran raqueros, gente que vive del saqueo de los buques que
naufragan en las costas. Sabiendo ellos que los buques que habían de
pasar aquella noche, se estrellarían contra los arrecifes si el fanal no
les advertía el riesgo, y que entonces tendrían ellos una buena presa,
se propusieron apoderarse del vigía.
Llegado que hubo éste á la costa, salieron los raqueros de su escondrijo
y le derribaron al suelo; le ataron de pies y manos, y le dejaron bajo
la custodia de uno de ellos mientras los demás se dirigían á la playa.
Mariquita entretanto esperaba impaciente la vuelta de su padre. La noche
se acercaba, y había barruntos de tempestad, pues ya se veían las olas
estrellarse contra las rocas y se oía el viento bramar alrededor de la
torre.
Dieron las seis; y la niña no ignoraba que pronto la marea subiría.
Dieron las siete; miró á la costa, pero no vió á su padre. Á las siete y
media ya la marea llegaba al borde de la calzada; sólo las cimas de las
más altas rocas se descubrían sobre el nivel del mar, y muy pronto todo
desapareció debajo de las turbulentas aguas.
--¡Papá! ¡Papá mío!--exclamó la acongojada niña--¿dónde estás? ¿me has
olvidado?
En este momento se acordó de que era hora de encender las lámparas; pero
¿qué podía hacer la pobre niña estando las mechas demasiado altas para
su estatura?
Cogió unos cuantos fósforos é hizo luz; probó si con una escalera podía
alcanzar al lugar apetecido, pero aunque la puso sobre una mesa, vió
que todavía le faltaba un poco para llegar á las mechas.
Ya iba á sentarse descorazonada y afligida cuando se acordó de un gran
libro en que su padre acostumbraba leer; lo trajo, y colocándolo debajo
de la escalera, la elevó lo suficiente para poder encender las mechas.
Los rayos de luz del fanal se derramaron sobre la expansión de las
aguas, ya embravecidas por la tempestad, y los buques pudieron evitar
aquella noche el peligro que los amenazaba.
En cuanto vieron los raqueros que el fanal estaba encendido, pusieron en
libertad al vigía y huyeron de aquel sitio.
La mañana siguiente, como ya había bajado la marea, el vigía pudo llegar
al faro, donde su hijita se arrojó á sus brazos y le contó los trabajos
que había pasado aquella horrenda noche en la torre del fanal.