pues todos viven contentos con su estado: filosofía que alcanzan pocos.
Pero ¿qué te ha movido, Preciosa, á hacer esta pregunta?
--Hame movido, respondió Preciosa, porque como yo tengo á todos, ó los
mas poetas por pobres, causóme maravilla aquel escudo de oro, que me
distes entre vuestros versos envuelto: mas agora que sé que no sois
poeta, sino aficionado de la poesía, podria ser que fuésedes rico,
aunque lo dudo, á causa de que por aquella parte que os toca de hacer
coplas, se ha de desaguar cuanta hacienda tuviéredes; que no hay poeta,
segun dicen, que sepa conservar la hacienda que tiene, ni granjear la
que no tiene.
--Pues yo no soy desos, replicó el paje; versos hago, y no soy rico,
ni pobre: y sin sentirlo ni descontarlo, como hacen los jinoveses sus
convites, bien puedo dar un escudo, y dos á quien yo quisiere: tomad,
Preciosa perla, este segundo papel, y este escudo segundo que va en
él, sin que os pongais á pensar si soy poeta, ó no: solo quiero que
penseis y creais que quien os da esto, quisiera tener para daros las
riquezas de Midas.
Y en esto le dió un papel, y tentándole Preciosa halló que dentro venia
el escudo, y dijo:
--Este papel ha de vivir muchos años, porque trae dos almas consigo;
una la del escudo, y otra la de los versos, que siempre vienen llenos
de almas y de corazones; pero sepa el señor paje que no quiero tantas
almas conmigo, y si no saca la una, no haya miedo que reciba la otra:
por poeta le quiero, y no por dadivoso, y desta manera tendremos
amistad que dure; pues mas aina puede faltar un escudo por fuerte que
sea, que la hechura de un romance.
--Pues así es, replicó el paje, que quieres, Preciosa, que yo sea pobre
por fuerza, no deseches el alma que en ese papel te envío, y vuélveme
el escudo, que como le toques con la mano, le tendré por reliquia
miéntras la vida me durare.
Sacó Preciosa el escudo del papel, y quedóse con el papel, y no le
quiso leer en la calle. El paje se despidió y se fué contentísimo,
creyendo que ya Preciosa quedaba rendida, pues con tanta afabilidad le
habia hablado.
Y como ella llevaba puesta la mira en buscar la casa del padre de
Andres, sin querer detenerse á bailar en ninguna parte, en poco espacio
se puso en la calle do estaba, que ella muy bien sabia: y habiendo
andado hasta la mitad, alzó los ojos á unos balcones de hierro dorados,
que le habian dado por señas, y vió en ella á un caballero de hasta
edad de cincuenta años, con un hábito de cruz colorada en los pechos,
de venerable gravedad y presencia; el cual apénas tambien hubo visto la
Jitanilla, cuando dijo:
--Subid, niñas, que aquí os darán limosna.
Á esta voz acudieron al balcon otros tres caballeros, y entre ellos
vino el enamorado Andres, que cuando vió á Preciosa perdió la color,
y estuvo á punto de perder los sentidos: tanto fué el sobresalto que
recibió con su vista. Subieron las jitanillas todas, sino la grande que
se quedó abajo para informarse de los criados de las verdades de Andres.
Al entrar las jitanillas en la sala, estaba diciendo el caballero
anciano á los demas:
--Esta debe de ser sin duda la Jitanilla hermosa, que dicen que anda
por Madrid.
--Ella es, replicó Andres, y sin duda es la mas hermosa criatura que se
ha visto.
--Así lo dicen, dijo Preciosa (que lo oyó todo en entrando); pero en
verdad que se deben de engañar en la mitad del justo precio: bonita,
bien creo que lo soy, pero tan hermosa como dicen, ni por pienso.
--Por vida de D. Juanico mi hijo, dijo el anciano, que aun sois mas
hermosa de lo que dicen, linda jitana.
--Y ¿quién es D. Juanico su hijo? preguntó Preciosa.
--Ese galan que está á vuestro lado, respondió el caballero.
--En verdad que pensé, dijo Preciosa, que juraba vuesa merced por
algun niño de dos años: mirad qué D. Juanico, y qué brinco. Á mi verdad
que pudiera ya estar casado, y que segun tiene unas rayas en la frente,
no pasarán tres años sin que lo esté, y muy á su gusto, si es que desde
aquí allá no se le pierde, ó se le trueca.
--Basta, dijo uno de los presentes: ¿qué sabe la Jitanilla de rayas?
En esto las jitanillas que iban con Preciosa, todas tres se arrimaron
á un rincon de la sala, y cosiéndose las bocas unas con otras, se
juntaron por no ser oidas.
Dijo la Cristina:
--Muchachas, este es el caballero que nos dió esta mañana los tres
reales de á ocho.
--Así es la verdad, respondieron ellas; pero no se lo mentemos, ni le
digamos nada si él no nos lo mienta: ¿qué sabemos si quiere encubrirse?
En tanto que esto entre las tres pasaba, respondió Preciosa á lo de las
rayas:
--Lo que veo con los ojos, con el dedo lo adevino: yo sé del señor D.
Juanico, sin rayas, que es algo enamoradizo, impetuoso y acelerado, y
gran prometedor de cosas que parecen imposibles; y plegue á Dios que no
sea mentirosito, que seria lo peor de todo: un viaje ha de hacer agora
muy léjos de aquí, y uno piensa el bayo, y otro el que le ensilla: el
hombre pone, y Dios dispone: quizá pensará que va á Oñez, y dará en
Gamboa.
Á esto respondió D. Juan:
--En verdad, jitanica, que has acertado en muchas cosas de mi
condicion; pero en lo de ser mentiroso vas muy fuera de la verdad,
porque me precio de decirla en todo acontecimiento: en lo del viaje
largo has acertado, pues sin duda siendo Dios servido, dentro de cuatro
ó cinco dias me partiré á Flándes, aunque tú me amenazas que he de
torcer el camino y no querria que en él me sucediese algun desman que
lo estorbase.
--Calle, señorito, respondió Preciosa, y encomiéndese á Dios, que
todo se hará bien; y sepa que yo no sé nada de lo que digo; y no es
maravilla, que como hablo mucho y á bulto, acierte en alguna cosa,
y yo querria acertar en persuadirte á que no te partieses, sino que
sosegases el pecho, y te estuvieses con tus padres para darles buena
vejez, porque no estoy bien con estas idas y venidas á Flándes,
principalmente los mozos de tan tierna edad como la tuya: déjate crecer
un poco para que puedas llevar los trabajos de la guerra, cuanto
mas que harta guerra tienes en tu casa, hartos combates amorosos te
sobresaltan el pecho: sosiega, sosiega, alborotadito, y mira lo que
haces primero que te cases, y dános una limosnita por Dios, y por quien
tú eres; que en verdad que creo que eres bien nacido; y si á esto se
junta el ser verdadero, yo cantaré la gala al vencimiento de haber
acertado en cuanto te he dicho.
--Otra vez te he dicho, niña, respondió el D. Juan, que habia de ser
Andres Caballero, que en todo aciertas, sino en el temor que tienes,
que no debo de ser muy verdadero, que en esto te engañas sin alguna
duda: la palabra que yo doy en el campo, la cumpliré en la ciudad, y
adonde quiera, sin serme pedida; pues no se puede preciar de caballero
quien toca en el vicio de mentiroso: mi padre te dará limosna por Dios
y por mí, que en verdad que esta mañana di cuanto tenia á unas damas,
que á ser tan lisonjeras como hermosas, especialmente una dellas, no me
arriendo la ganancia.
Oyendo esto Cristina, con el recato de la otra vez, dijo á las demas
jitanas:
--¡Ay, niñas! que me maten si no lo dice por los tres reales de á ocho
que nos dió esta mañana.
--No es así, respondió una de las dos, porque dijo que eran damas, y
nosotras no lo somos: y siendo él tan verdadero como dice, no habia de
mentir en esto.
--No es mentira de tanta consideracion, respondió Cristina, la que se
dice sin perjuicio de nadie y en provecho y crédito del que la dice;
pero con todo esto, veo no nos da nada, ni nos manda bailar.
Subió en esto la jitana vieja, y dijo:
--Nieta, acaba, que es tarde, y hay mucho que hacer y mas que decir.
--Y ¿qué hay, abuela, preguntó Preciosa, hay hijo ó hija?
--Hijo, y muy lindo, respondió la vieja: ven, Preciosa, y oirás
verdaderas maravillas.
--Plega á Dios que no muera de sobreparto, dijo Preciosa.
--Todo se mirará muy bien, replicó la vieja, cuanto mas que hasta aquí
todo ha sido parto derecho, y el infante es como un oro.
--¿Ha parido alguna señora? preguntó el padre de Andres Caballero:
--Sí, señor, respondió la jitana; pero ha sido el parto tan secreto,
que le sabe sino Preciosa, y yo, y otra persona; y así no podemos decir
quién es.
--Ni aquí queremos saber, dijo uno de los presentes; pero desdichada de
aquella que en vuestras lenguas deposita su secreto y en vuestra ayuda
pone su honra.
--No todas somos malas, respondió Preciosa: quizá hay alguna entre
nosotras que se precia de secreta, y de verdadera, tanto cuanto el
hombre mas estirado que hay en esta sala: y vámonos, abuela, que aquí
nos tienen en poco; pues en verdad que no somos ladronas, ni rogamos á
nadie.
--No os enojeis, Preciosa, dijo el padre, que á lo ménos de vos imagino
que no se puede presumir cosa mala; que vuestro buen rostro os acredita
y sale por fiador de vuestras buenas obras: por vida de Preciosita, que
baileis un poco con vuestras compañeras, que aquí tengo un doblon de
oro de á dos caras, que ninguna es como la vuestra, aunque son de dos
reyes.
Apénas hubo oido esto la vieja, cuando dijo:
--Ea, niñas, haldas en cinta, y dad contento á estos señores.
Tomó las sonajas Preciosa, y dieron sus vueltas, hicieron y deshicieron
todos sus lazos con tanto donaire y desenvoltura, que tras los piés se
llevaban los ojos de cuantos las miraban, especialmente los de Andres,
que así se iban entre los piés de Preciosa, como si allí tuvieran el
centro de su gloria; pero turbósela la suerte de manera que se la
volvió en infierno; y fué el caso que en la fuga del baile se le cayó á
Preciosa el papel que le habia dado el paje, y apénas hubo caido cuando
le alzó el que no tenia buen concepto de las jitanas, y abriéndole al
punto dijo:
--Bueno, sonetico tenemos, cese el baile, y escúchenle, que segun el
primer verso, en verdad que no es nada necio.
Pesóle á Preciosa, por no saber lo que en él venia, y rogó que no le
leyesen y que se le volviesen, y todo el ahinco que en esto ponia, eran
espuelas que apremiaban el deseo de Andres para oirle. Finalmente, el
caballero le leyó en alta voz, y era este:
Cuando Preciosa el panderete toca,
Y hiere el dulce son los aires vanos,
Perlas son que derrama con las manos,
Flores son que despide de la boca:
Suspensa el alma, y la cordura loca
Queda á los dulces actos sobrehumanos,
Que de limpios, de honestos y de sanos
Su fama al cielo levantado toca.
Colgadas del menor de sus cabellos
Mil almas lleva, y á sus plantas tiene
Amor rendidas una y otra flecha:
Ciega, y alumbra con sus soles bellos,
Su imperio amor por ellos le mantiene,
Y aun mas grandezas de su ser sospecha.
--Por Dios, dijo el que leyó el soneto, que tiene donaire el poeta que
le escribió.
--No es poeta, señor, sino un paje muy galan y muy hombre de bien, dijo
Preciosa.
Mirad lo que habeis dicho, Preciosa, y lo que vais á decir, que esas no
son alabanzas del paje, sino lanzas que traspasan el corazon de Andres
que las escucha: ¿quereislo ver, niña? pues volved los ojos y veréisle
desmayado encima de la silla con un trasudor de muerte; no penseis,
doncella, que os ama tan de burlas Andres, que no le hiera y sobresalte
el menor de vuestros descuidos: llegáos á él enhorabuena, y decilde
algunas palabras al oido que vayan derechas al corazon, y le vuelvan
de su desmayo: no, sino andáos á traer sonetos cada dia en vuestra
alabanza, y veréis cuál os le ponen.
Todo esto pasó así como se ha dicho, que Andres en oyendo el soneto,
mil celosas imaginaciones le sobresaltaron; no se desmayó, pero perdió
la color de manera que viéndole su padre, le dijo:
--¿Qué tienes, D. Juan, que parece que te vas á desmayar, segun se te
ha mudado el color?
--Espérense, dijo á esta sazon Preciosa, déjenmele decir unas ciertas
palabras al oido, y verán cómo no se desmaya.
Y llegándose á él le dijo casi sin mover los labios:
--¡Gentil ánimo para jitano! ¿cómo podréis, Andres, sufrir el tormento
de toca, pues no podeis llevar el de un papel?
Y haciéndole media docena de cruces sobre el corazon, se apartó dél; y
entónces Andres respiró un poco, y dió á entender que las palabras de
Preciosa le habian aprovechado.
Finalmente, el doblon de dos caras se le dieron á Preciosa; y ella dijo
á sus compañeras que le trocaria y repartiria con ellas hidalgamente.
El padre de Andres le dijo que le dejase por escrito las palabras que
habia dicho á D. Juan, que las queria saber en todo caso. Ella dijo que
las diria de muy buena gana, y que entendiesen que aunque parecian cosa
de burla, tenian gracia especial para preservar del mal el corazon y
los vaguidos de cabeza, y que las palabras eran:
Cabecita, cabecita,
Tente en tí, no te resbales,
Y apareja dos puntales
De la paciencia bendita.
Solicita
La bonita
Confiancita,
No te inclines
Á pensamientos ruïnes,
Verás cosas
Que toquen en milagrosas,
Dios delante
Y San Cristóbal gigante.
--Con la mitad destas palabras que le digan, y con seis cruces que le
hagan sobre el corazon á la persona que tuviere vaguidos de cabeza,
dijo Preciosa, quedará como una manzana.
Cuando la jitana vieja oyó el ensalmo y el embuste, quedó pasmada, y
mas lo quedó Andres que vió que todo era invencion de su agudo ingenio.
Quedáronse con el soneto, porque no quiso pedirle Preciosa, por no dar
otro tártago á Andres que ya sabia ella sin ser enseñada lo que era dar
sustos, martelos y sobresaltos celosos á los rendidos amantes.
Despidiéronse las jitanas, y al irse dijo Preciosa á D. Juan:
--Mire, señor, cualquiera dia de esta semana es próspero para partidas,
y ninguno es aciago; apresure el irse lo mas presto que pudiere, que
le aguarda una vida ancha, libre y muy gustosa, si quiere acomodarse á
ella.
--No es tan libre la del soldado, á mi parecer, respondió D. Juan, que
no tenga mas de sujecion que de libertad; pero con todo esto haré como
viere.
--Mas veréis de lo que pensais, respondió Preciosa, y Dios os lleve y
traiga con bien como vuestra buena presencia merece.
Con estas últimas palabras quedó contento Andres, y las jitanas se
fueron contentísimas: trocaron el doblon, repartiéronle entre todas
igualmente, aunque la vieja guardiana llevaba siempre parte y media de
lo que se juntaba, así por la mayoridad, como por ser ella el aguja por
quien se guiaban en el maremagno de sus bailes, donaires, y aun de sus
embustes.
Llegóse en fin el dia que Andres Caballero se apareció una mañana en
el primer lugar de su aparecimiento sobre una mula de alquiler, sin
criado alguno; halló en él á Preciosa y á su abuela, de las cuales
conocido, le recibieron con mucho gusto. Él les dijo que le guiasen al
rancho ántes que entrase el dia, y con él se descubriesen las señas que
llevaba, si acaso le buscasen: ellas, que como advertidas vinieron
solas, dieron la vuelta, y de allí á poco rato llegaron á sus barracas.
Entró Andres en una, que era la mayor del rancho, y luego acudieron á
verle diez ó doce jitanos, todos mozos y todos gallardos y bien hechos,
á quien ya la vieja habia dado cuenta del nuevo compañero que les habia
de venir, sin tener necesidad de encomendarles el secreto, que como ya
se ha dicho, ellos le guardan con sagacidad y puntualidad nunca vista:
echaron luego ojo á la mula, y dijo uno dellos:
--Esta se podrá vender el juéves en Toledo.
--Eso no, dijo Andres, porque no hay mula de alquiler que no sea
conocida de todos los mozos de mulas que trajinan por España.
--Par Dios, señor Andres, dijo uno de los jitanos, que aunque la mula
tuviera mas señales que las que han de preceder al dia tremendo, aquí
la transformarémos de manera que no la conociera la madre que la parió,
ni el dueño que la ha criado.
--Con todo eso, respondió Andres, por esta vez se ha de seguir y
tomar el parecer mio: á esta mula se le ha de dar muerte, y ha de ser
enterrada donde aun los huesos no parezcan.
--Pecado grande, dijo otro jitano: ¿á una inocente se ha de quitar
la vida? no diga tal el buen Andres, sino haga una cosa: mírela bien
agora, de manera que se le queden estampadas todas sus señales en
la memoria, y déjenmela llevar á mí, y si de aquí á dos horas la
conociera, que me lardeen como á negro fugitivo.
--En ninguna manera consentiré, dijo Andres, que la mula no muera,
aunque mas me aseguren su transformacion; yo temo ser descubierto,
si á ella no la cubre la tierra: y si se hace por el provecho que de
venderla puede seguirse, no vengo tan desnudo á esta cofradía que no
pueda pagar de entrada mas de lo que valen cuatro mulas.
--Pues así lo quiere el señor Andres Caballero, dijo otro jitano, muera
la sin culpa, y Dios sabe si me pesa así por su mocedad, pues aun no ha
cerrado, cosa no usada entre mulas de alquiler, como porque debe ser
andariega, pues no tiene costras en las ijadas, ni llagas de la espuela.
Dilatóse su muerte hasta la noche, y en lo que quedaba de aquel dia
se hicieron las ceremonias de la entrada de Andres á ser jitano, que
fueron: desembarazaron luego un rancho de los mejores del aduar, y
adornáronle de ramos y juncia, y sentándose Andres sobre un medio
alcornoque, pusiéronle en las manos un martillo y unas tenazas, y
al son de dos guitarras que dos jitanos tañian, le hicieron dar dos
cabriolas: luego le desnudaron un brazo, y con una cinta de seda nueva
y un garrote le dieron dos vueltas blandamente.
Á todo se halló presente Preciosa y otras muchas jitanas viejas y
mozas, que las unas con maravilla, otras con amor le miraban: tal era
la gallarda disposicion de Andres que hasta los jitanos le quedaron
aficionadísimos.
Hechas pues las referidas ceremonias, un jitano viejo tomó por la mano
á Preciosa, y puesto delante de Andres, dijo:
--Esta muchacha, que es la flor y la nata de toda la hermosura de
las jitanas que sabemos que viven en España, te la entregamos, ya por
esposa, ó ya por amiga, que en esto puedes hacer lo que fuere mas
de tu gusto, porque la libre y ancha vida nuestra no está sujeta á
melindres ni á muchas ceremonias: mírala bien, y mira si te agrada,
ó si ves en ella alguna cosa que te descontente, y si la ves, escoge
entre las doncellas que aquí están la que mas te contentare, que la
que escogieres te daremos; pero has de saber que una vez escogida, no
la has de dejar por otra, ni te has de empachar ni entremeter ni con
las casadas, ni con las doncellas: nosotros guardamos inviolablemente
la ley de la amistad: ninguno solicita la prenda del otro; libres y
ecsentos vivimos de la amarga pestilencia de los celos: entre nosotros,
aunque hay muchos incestos, no hay ningun adulterio; y cuando le hay
en la mujer propia, ó alguna bellaquería en la amiga, no vamos á la
justicia á pedir castigo; nosotros somos los jueces y los verdugos
de nuestras esposas ó amigas: con la misma facilidad las matamos y
las enterramos por las montañas y desiertos, como si fueran animales
nocivos: no hay pariente que las vengue, ni padres que nos pidan su
muerte: con este temor y miedo ellas procuran ser castas, y nosotros,
como ya he dicho, vivimos seguros: pocas cosas tenemos que no sean
comunes á todos, excepto la mujer ó la amiga, que queremos que cada
una sea del que le cupo en suerte: entre nosotros así hace divorcio la
vejez como la muerte: el que quisiere puede dejar la mujer vieja como
él sea mozo, y escoger otra que corresponda al gusto de sus años: con
estas y con otras leyes y estatutos nos conservamos y vivimos alegres:
somos señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los
montes, de las fuentes y de los rios: los montes nos ofrecen leña de
balde, los árboles frutas, las viñas uvas, las huertas hortaliza,
las fuentes agua, los rios peces, y los vedados caza, sombras las
peñas, aire fresco las quiebras, y casas las cuevas: para nosotros
las inclemencias del cielo son oreos, refrigerio las nieves, baños la
lluvia, músicas los truenos y hachas los relámpagos: para nosotros son
los duros terrenos colchones de blandas plumas: el cuero curtido de
nuestros cuerpos nos sirve de arnes impenetrable que nos defiende: á
nuestra lijereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni
la contrastan paredes: á nuestro ánimo no le tuercen cordeles, ni le
menoscaban garruchas, ni le ahogan tocas, ni le doman potros: del sí al
no, no hacemos diferencia cuando nos conviene; siempre nos preciamos
mas de mártires que de confesores: para nosotros se crian las bestias
de carga en los campos, y se cortan las faldriqueras en las ciudades:
no hay águila, ni ninguna otra ave de rapiña que mas presto se abalance
á la presa que se le ofrece, que nosotros nos abalanzamos á las
ocasiones que algun interes nos señalen: y finalmente, tenemos muchas
habilidades que felice fin nos prometen; porque en la cárcel cantamos,
en el potro callamos, de dia trabajamos, y de noche hurtamos, y por
mejor decir avisamos que nadie viva descuidado de mirar donde pone su
hacienda: no nos fatiga el temor de perder la honra, ni nos desvela
la ambicion del acrecentarla: ni sustentamos bandos, ni madrugamos á
dar memoriales, ni á acompañar magnates, ni á solicitar favores: por
dorados techos y suntuosos palacios estimamos estas barracas y movibles
ranchos: por cuadros y países de Flándes los que nos da la naturaleza
en esos levantados riscos y nevadas peñas, tendidos prados y espesos
bosques que á cada paso á los ojos se nos muestran: somos astrólogos
rústicos, porque como casi siempre dormimos al cielo descubierto, á
todas horas sabemos las que son del dia y las que son de la noche:
vemos cómo arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y
cómo ella sale con su compañera el alba, alegrando el aire, enfriando
el agua y humedeciendo la tierra, y luego tras ella el sol, _dorando
cumbres_ (como dijo el otro poeta) _y rizando montes_: ni tememos
quedar helados por su ausencia cuando nos hiere á soslayo con sus
rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos perpendicularmente nos
toca: un mismo rostro hacemos al sol que al hielo, á la esterilidad que
á la abundancia: en conclusion, somos gente que vivimos por nuestra
industria y pico, y sin entremeternos con el antiguo refran: iglesia,
ó mar, ó casa real, tenemos lo que queremos, pues nos contentamos
con lo que tenemos: todo esto os he dicho, generoso mancebo, porque
no ignoreis la vida á que habeis venido, y el trato que habeis de
profesar, el cual os he pintado aquí en borron; que otras muchas é
infinitas cosas iréis descubriendo en él con el tiempo, no ménos dignas
de consideracion, que la que habeis oido.
Calló en diciendo esto el elocuente viejo jitano, y el novicio dijo,
que se holgaba mucho de haber sabido tan loables estatutos, y que él
pensaba hacer profesion en aquella órden tan puesta en razon y en
políticos fundamentos, y que solo le pesaba no haber venido mas presto
en conocimiento de tan alegre vida, y que desde aquel punto renunciaba
la profesion de caballero y la vanagloria de su ilustre linaje, y lo
ponia todo debajo del yugo, ó por mejor decir, debajo de las leyes con
que ellos vivian, pues con tan alta recompensa le satisfacian el deseo
de servirlos, entregándole á la divina Preciosa, por quien él dejaria
coronas é imperios, y solo los desearia para servirla.
Á lo cual respondió Preciosa: