Jitanica, que de hermosa

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se

han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía del original, que difiere de la

actual.

* Se han completado los emparejamientos de comillas, paréntesis,

admiraciones e interrogaciones y se han añadido tildes a las

mayúsculas iniciales que las necesitan.

* Para facilitar la lectura se han troceado los párrafos muy

largos, introduciendo puntos y aparte y rayas de diálogo en los

lugares en que los introduce la edición crítica de García López,

2005.

* También se han expandido las abreviaturas de los perros «Cipion»

y «Berganza» en el Coloquio correspondiente.

* Las notas a pie de página se han renumerado y colocado al final

del libro.

COLECCION DE AUTORES ESPAÑOLES.

TOMO XXV.

NOVELAS EJEMPLARES

DE

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA.

[Ilustración]

LEIPZIG:

F. A. BROCKHAUS.

—

1883.

DEDICATORIA

Á D. PEDRO FERNÁNDEZ DE CASTRO,

CONDE DE LEMOS, DE ANDRADE Y DE VILLALBA, etc.

En dos errores casi de ordinario caen los que dedican sus obras á

algun príncipe. El primero es que en la carta que llaman dedicatoria,

que ha de ser breve y sucinta, muy de propósito y espacio, ya

llevados de la verdad ó de la lisonja, se dilatan en ella en traerle

á la memoria, no solo las hazañas de sus padres y abuelos, sino

las de todos sus parientes, amigos y bienhechores. Es el segundo

decirles que las ponen debajo de su proteccion y amparo, porque

las lenguas maldicientes y murmuradoras no se atrevan á morderlas

y lacerarlas. Yo, pues, huyendo destos dos inconvenientes, paso en

silencio aquí las grandezas y títulos de la antigua y real casa de

vuestra Escelencia, con sus infinitas virtudes, así naturales como

adquiridas, dejándolas á que los nuevos Fidias y Lisipos busquen

mármoles y bronces adonde grabarlas y esculpirlas, para que sean

émulas á la duracion de los tiempos. Tampoco suplico á vuestra

Escelencia reciba en su tutela este libro, porque sé que si él no es

bueno, aunque le ponga debajo de las alas del hipógrifo de Astolfo,

y á la sombra de la clava de Hércules, no dejarán los Zoilos, los

Cínicos, los Aretinos y los Bernias de darse un filo en su vituperio,

sin guardar respeto á nadie. Solo suplico que advierta vuestra

Escelencia que le envío, como quien no dice nada, doce cuentos, que

á no haberse labrado en la oficina de mi entendimiento, presumieran

ponerse al lado de los mas pintados. Tales cuales son, allá van, y yo

quedo aquí contentísimo por parecerme que voy mostrando en algo el

deseo que tengo de servir á vuestra Escelencia, como á mi verdadero

señor y bienhechor mio. Guarde nuestro Señor, etc.

De Madrid á 13 de julio de 1613.

Criado de vuestra Escelencia.

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA.

PRÓLOGO.

Quisiera yo, si fuera posible (lector amantísimo) escusarme de escribir

este prólogo, porque no me fué tan bien con el que puse en mi _Don

Quijote_, que quedase con gana de segundar con este. De esto tiene

la culpa algun amigo de los muchos que en el discurso de mi vida he

granjeado ántes con mi condicion que con mi ingenio: el cual amigo

bien pudiera, como es uso y costumbre, grabarme y esculpirme en la

primera hoja de este libro, pues le diera mi retrato el famoso D. Juan

de Jauregui, y con esto quedara mi ambicion satisfecha, y el deseo de

algunos que querrian saber qué rostro y talle tiene quien se atreve

á salir con tantas invenciones en la plaza del mundo á los ojos de

las gentes, poniendo debajo del retrato: Este que veis aquí de rostro

aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres

ojos, y de nariz corva aunque bien proporcionada, las barbas de plata,

que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca

pequeña, los dientes no crecidos, porque no tiene sino seis y esos

mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia

los unos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande ni

pequeño, la color viva, ántes blanca que morena, algo cargado de

espaldas, y no muy lijero de piés: este digo, que es el rostro del

autor de _La Galatea_ y de _Don Quijote de la Mancha_, y del que hizo

el _Viaje del Parnaso_ á imitacion del de César Caporal Perusino, y

otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de

su dueño; llámase comunmente MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA: fué soldado

muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió á tener paciencia

en las adversidades: perdió en la batalla naval de Lepanto la mano

izquierda de un arcabuzazo; herida, que aunque parece fea, él la tiene

por hermosa, por haberla cobrado en la mas memorable y alta ocasion

que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando

debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra,

Cárlos V, de felice memoria; y cuando á la de este amigo, de quien me

quejo, no ocurrieran otras cosas de las dichas que decir de mí, yo

me levantara á mí mismo dos docenas de testimonios, y se los dijera

en secreto; con que estendiera mi nombre y acreditara mi ingenio;

porque pensar que dicen puntualmente la verdad los tales elogios, es

disparate, por no tener punto preciso ni determinado las alabanzas ni

los vituperios.

En fin, pues ya esta ocasion se pasó, y yo he quedado en blanco y sin

figura, será forzoso valerme por mi pico, que aunque tartamudo, no lo

será para decir verdades, que dichas por señas suelen ser entendidas. Y

así te digo (otra vez lector amable) que destas novelas que te ofrezco,

en ningun modo podrás hacer pepitoria, porque no tienen piés ni cabeza,

ni entrañas, ni cosa que les parezca: quiero decir, que los requiebros

amorosos que en algunas hallarás, son tan honestos y tan medidos con la

razon y discurso cristiano, que no podrán mover á mal pensamiento al

descuidado ó cuidadoso que las leyere.

Héles dado el nombre de _Ejemplares_, y si bien lo miras, no hay

ninguna de quien no se pueda sacar un ejemplo provechoso; y si

no fuera por no alargar este sujeto, quizá te mostrara el sabroso

y honesto fruto que se podria sacar, así de todas juntas, como

de cada una de por sí. Mi intento ha sido poner en la plaza de

nuestra república una mesa de trucos, donde cada uno pueda llegar á

entretenerse sin daño de barras: digo, sin daño del alma ni del cuerpo,

porque los ejercicios honestos y agradables ántes aprovechan que dañan.

Sí; que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los

oratorios, no siempre se asiste á los negocios por calificados que

sean: horas hay de recreacion, donde el afligido espíritu descanse:

para este efeto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se

allanan las cuestas, y se cultivan con curiosidad los jardines. Una

cosa me atreveré á decirte: que si por algun modo alcanzara que la

leccion de estas novelas pudiera inducir á quien las leyera á algun mal

deseo ó pensamiento, ántes me cortara la mano con que las escribí, que

sacarlas en público: mi edad no está ya para burlarse con la otra vida,

que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve mas, y por la mano.

Á esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinacion, y

mas que me doy á entender (y es así) que yo soy el primero que he

novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan

impresas, todas son traducidas de lenguas estranjeras, y estas son mias

propias, no imitadas ni hurtadas: mi ingenio las engendró y las parió

mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa. Tras ellas, si

la vida no me deja, te ofrezco los _Trabajos de Pérsiles_, libro que

se atreve á competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con

las manos en la cabeza: y primero verás, y con brevedad, dilatadas

las hazañas de _Don Quijote_ y donaires de Sancho Panza; y luego las

_Semanas del Jardin_.

Mucho prometo con fuerzas tan pocas como las mias; pero ¿quién pondrá

rienda á los deseos? Solo esto quiero que consideres: que pues yo he

tenido osadía de dirigir estas novelas al gran conde de Lemos, algun

misterio tienen escondido, que las levanta.

No mas, sino que Dios te guarde, y á mí me dé paciencia para llevar

bien el mal que han de decir de mí mas de cuatro sotiles y almidonados.

Vale.

ÍNDICE.

Pág.

DEDICATORIA V

PRÓLOGO VII

LA JITANILLA 1

EL AMANTE LIBERAL 49

RINCONETE Y CORTADILLO 87

LA ESPAÑOLA INGLESA 116

EL LICENCIADO VIDRIERA 149

LA FUERZA DE LA SANGRE 169

EL CELOSO ESTREMEÑO 185

LA ILUSTRE FREGONA 213

LAS DOS DONCELLAS 254

LA SEÑORA CORNELIA 285

EL CASAMIENTO ENGAÑOSO 314

COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE CIPION Y BERGANZA 324

LA TIA FINGIDA 373

LA JITANILLA.

Parece que los jitanos y jitanas solamente nacieron en el mundo para

ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian

para ladrones, y finalmente salen con ser ladrones corrientes y

molientes á todo ruedo; y la gana de hurtar y el hurtar son en ellos

como accidentes inseparables que no se quitan sino con la muerte.

Una pues de esta nacion, jitana vieja, que podia ser jubilada en la

ciencia de Caco, crió una muchacha en nombre de nieta suya, á quien

puso por nombre Preciosa, y á quien enseñó todas sus jitanerías y

modos de embelecos y trazas de hurtar. Salió la tal Preciosa la mas

única bailadora que se hallaba en todo el jitanismo, y la mas hermosa

y discreta que pudiera hallarse, no entre los jitanos, sino entre

cuantas hermosas y discretas pudiera pregonar la fama. Ni los soles,

ni los aires, ni todas las inclemencias del cielo, á quien mas que

otras gentes están sujetos los jitanos, pudieron deslustrar su rostro

ni curtir sus manos; y lo que es mas, que la crianza tosca en que se

criaba, no descubria en ella sino ser nacida de mayores prendas que de

jitana, porque era en estremo cortés y bien razonada: y con todo esto

era algo desenvuelta, pero no de modo que descubriese algun género de

deshonestidad; ántes con ser aguda era tan honesta, que en su presencia

no osaba alguna jitana vieja ni moza cantar cantares lascivos, ni decir

palabras no buenas: y finalmente, la abuela conoció el tesoro que

en la nieta tenia, y así determinó el águila vieja sacar á volar su

aguilucho, y enseñarle á vivir por sus uñas.

Salió Preciosa rica de villancicos, de coplas, seguidillas y zarabandas

y de otros versos, especialmente de romances, que los cantaba con

especial donaire; porque su taimada abuela echó de ver que tales

juguetes y gracias en los pocos años y en la mucha hermosura de su

nieta habian de ser felicísimos atractivos é incentivos para acrecentar

su caudal; y ansí se los procuró y buscó por todas las vias que pudo; y

no faltó poeta que se los diese; que tambien hay poetas que se acomodan

con jitanos, y les venden sus obras, como los hay para ciegos, que les

fingen milagros, y van á la parte de la ganancia: de todo hay en el

mundo, y esto de la hambre tal vez hace arrojar los ingenios á cosas

que no están en el mapa.

Crióse Preciosa en diversas partes de Castilla, y á los quince años de

su edad su abuela putativa la volvió á la corte y á su antiguo rancho,

que es donde ordinariamente le tienen los jitanos, en los campos de

Santa Bárbara, pensando en la corte vender su mercadería, donde todo

se compra y todo se vende. Y la primera entrada que hizo Preciosa en

Madrid, fué un dia de Santa Ana, patrona y abogada de la villa, con una

danza en que iban ocho jitanas, cuatro ancianas y cuatro muchachas, y

un jitano, gran bailarin, que las guiaba; y aunque todas iban limpias

y bien aderezadas, el aseo de Preciosa era tal que poco á poco fué

enamorando los ojos de cuantos la miraban. De entre el son del tamboril

y castañetas y fuga del baile salió un rumor que encarecia la belleza y

donaire de la Jitanilla, y corrian los muchachos á verla, y los hombres

á mirarla; pero cuando la oyeron cantar, por ser la danza cantada, allí

fué ello, allí sí que cobró aliento la fama de la Jitanilla, y de comun

consentimiento de los diputados de la fiesta desde luego le señalaron

el premio y joya de la mejor danza; y cuando llegaron á hacerla en la

iglesia de Santa María delante de la imágen de la gloriosa Sta. Ana,

despues de haber bailado todas, tomó Preciosa unas sonajas, al son de

las cuales, dando en redondo largas y lijerísimas vueltas, cantó el

romance siguiente:

Árbol preciosísimo,

Que tardó en dar fruto

Años que pudieron

Cubrirle de luto,

Y hacer los deseos

Del consorte puros,

Contra su esperanza

No muy bien seguros:

De cuyo tardarse

Nació aquel disgusto,

Que lanzó del templo

Al varon mas justo:

Santa tierra estéril,

Que al cabo produjo

Toda la abundancia

Que sustenta el mundo:

Casa de moneda

Do se forjó el cuño

Que dió á Dios la forma,

Que como hombre tuvo:

Madre de una hija,

En quien quiso y pudo

Mostrar Dios grandezas

Sobre humano curso:

Por vos y por ella

Sois, Ana, el refugio,

Do van por remedio

Nuestros infortunios.

En cierta manera

Teneis, no lo dudo,

Sobre el nieto imperio

Piadoso y justo.

Á ser comunera

Del alcázar sumo,

Fueran mil parientes

Con vos de consuno.

¡Qué hija! ¡qué nieto!

Y ¡qué yerno! Al punto,

Á ser causa justa,

Cantárades triunfos.

Pero vos humilde

Fuisteis el estudio,

Donde vuestra Hija

Hizo humildes cursos.

Y ahora á su lado

Á Dios el mas junto

Gozais del alteza

Que apénas barrunto.

El cantar de Preciosa fué para admirar á cuantos la escuchaban. Unos

decian: Dios te bendiga, la muchacha. Otros: Lástima es que esta

mozuela sea jitana; en verdad, en verdad que merecia ser hija de un

gran señor. Otros habia mas groseros que decian: Dejen crecer á la

rapaza, que ella hará de las suyas; á fe que se va añudando en ella

gentil barredera para pescar corazones. Otro mas humano, mas basto y

mas modorro, viéndola andar tan lijera en el baile, le dijo: Á ello,

hija, á ello, andad, amores, y pisad el polvito á tan menudito. Y ella

respondió sin dejar el baile: Y pisarélo yo á tan menudó.

Acabáronse las vísperas y la fiesta de Sta. Ana, y quedó Preciosa

algo cansada, pero tan celebrada de hermosa, de aguda y de discreta

y bailadora, que á corrillos se hablaba della en toda la corte. De

allí á quince dias volvió á Madrid, como tenia de costumbre, con otras

tres muchachas con sonajas y con un baile nuevo, todas apercebidas

de romances y de cantarcillos alegres, pero todos honestos; que no

consentia Preciosa que las que fuesen en su compañía cantasen cantares

descompuestos, ni ella los cantó jamas, y muchos miraron en ello, y la

tuvieron en mucho. Nunca se apartaba della la jitana vieja, hecha su

Argos, temerosa no se la despabilasen y traspusiesen; llamábala nieta,

y ella la tenia por abuela. Pusiéronse á bailar á la sombra en la calle

de Toledo por complacer á los que las miraban, y de los que las venian

siguiendo se hizo luego un gran corro; y en tanto que bailaban, la

vieja pedia limosna á los circunstantes, y llovian en ella ochavos y

cuartos como piedras á tablado; que tambien la hermosura tiene fuerza

de despertar la caridad dormida.

Acabado el baile, dijo Preciosa:

--Si me dan cuatro cuartos, les cantaré un romance yo sola, lindísimo

en estremo, que trata de cuando la reina nuestra señora Doña Margarita

salió á misa de parida en Valladolid, y fué á San Llorente: dígoles que

es famoso, y compuesto por un poeta de los del número, como capitan del

batallon.

Apénas hubo dicho esto cuando casi todos los que en la rueda estaban

dijeron á voces:

--¡Cántale, Preciosa, y ves aquí mis cuatro cuartos!

Y así granizaron sobre ella cuartos, que la vieja no se daba manos

á cogerlos. Hecho pues su agosto y su vendimia, repicó Preciosa sus

sonajas, y al tono correntío y loquesco cantó el siguiente romance:

Salió á misa de parida

La mayor reina de Europa,

En el valor y en el nombre

Rica y admirable joya.

Como los ojos se lleva,

Se lleva las almas todas

De cuantos miran y admiran

Su devocion y su pompa.

Y para mostrar que es parte

Del cielo en la tierra toda,

Á un lado lleva el sol de Austria,

Al otro la tierna aurora.

Á sus espaldas la sigue

Un lucero que á deshora

Salió la noche del dia

Que el cielo y la tierra lloran.

Y si en el cielo hay estrellas

Que lucientes carros forman,

En otros carros su cielo

Vivas estrellas adornan.

Aquí el anciano Saturno

La barba pule y remoza,

Y aunque tardo, va lijero;

Que el placer cura la gota.

El dios parlero va en lenguas

Lisonjeras y amorosas,

Y Cupido en cifras varias,

Que rubíes y perlas bordan.

Allí va el furioso Marte

En la persona curiosa

De mas de un gallardo jóven

Que de su sombra se asombra.

Junto á la casa del sol

Va Júpiter; que no hay cosa

Difícil á la privanza

Fundada en prudentes obras.

Va la luna en las mejillas

De una y otra humana diosa,

Vénus casta en la belleza

De las que este cielo forman.

Pequeñuelos Ganimédes

Cruzan, van, vuelven y tornan

Por el cinto tachonado

Desta esfera milagrosa.

Y para que todo admire

Y todo asombre, no hay cosa

Que de liberal no pase

Hasta el estremo de pródiga.

Milan con sus ricas telas

Allí va en vista curiosa,

Las Indias con sus diamantes,

Y Arabia con sus aromas.

Con los mal intencionados

Va la envidia mordedora,

Y la bondad en los pechos

De la lealtad española.

La alegría universal

Huyendo de la congoja,

Calles y plazas discurre,

Descompuesta y casi loca.

Á mil mudas bendiciones

Abre el silencio la boca,

Y repiten los muchachos

Lo que los hombres entonan.

Cuál dice:--Fecunda vid,

Crece, sube, abraza y toca

El olmo felice tuyo,

Que mil siglos te haga sombra.

Para gloria de tí misma,

Para bien de España y honra,

Para arrimo de la Iglesia,

Para asombro de Mahoma.--

Otra lengua clama y dice:

--Vivas, ó blanca paloma

Que nos has dado por crias

Águilas de dos coronas,

Para ahuyentar de los aires

Las de rapiña furiosas,

Para cubrir con sus alas

Á las virtudes medrosas.--

Otra mas discreta y grave,

Mas aguda y mas curiosa

Dice, vertiendo alegría

Por los ojos y la boca:

--Esta perla que nos diste,

Nácar de Austria, única y sola,

¡Qué de máquinas que rompe!

¡Qué de designios que corta!

¡Qué de esperanzas que infunde!

¡Qué de deseos malogra!

¡Qué de temores aumenta!

¡Qué de preñados aborta!--

En esto se llegó al templo

Del fénix santo que en Roma

Fué abrasado, y quedó vivo

En la fama y en la gloria.

Á la imágen de la vida,

Á la del cielo Señora,

Á la que por ser humilde,

Las estrellas pisa ahora:

Á la Madre y Vírgen junto,

Á la Hija y á la Esposa

De Dios, hincada de hinojos

Margarita así razona:

--Lo que me has dado te doy,

Mano siempre dadivosa;

Que á do falta el favor tuyo

Siempre la miseria sobra.

Las primicias de mis frutos

Te ofrezco, Vírgen hermosa:

Tales cuales son las mira,

Recibe, ampara y mejora.

Á su padre te encomiendo;

Que humano Atlante se encorva

Al peso de tantos reinos

Y de climas tan remotas.

Sé que el corazon del Rey

En las manos de Dios mora,

Y sé que puedes con Dios

Cuánto pidieres piadosa.--

Acabada esta oracion,

Otra semejante entonan

Himnos y voces que muestran

Que está en el suelo su gloria.

Acabados los oficios,

Con reales ceremonias

Volvió á su punto este cielo

Y esfera maravillosa.

Apénas acabó Preciosa su romance, cuando del ilustre auditorio y grave

senado que la oia, de muchas se formó una voz sola que dijo:

--Torna á cantar, Preciosa, que no faltarán cuartos como tierra.

Mas de doscientas personas estaban mirando el baile, y escuchando el

canto de las jitanas, y en la mayor fuga dél acertó á pasar por allí

uno de los tinientes de la villa, y viendo tanta gente junta, preguntó

qué era: y fuéle respondido que estaban escuchando á la Jitanilla

hermosa que cantaba. Llegóse el tiniente, que era curioso, y escuchó un

rato, y por no ir contra su gravedad, no escuchó el romance hasta la

fin: y habiéndole parecido por estremo bien la Jitanilla, mandó á un

paje suyo dijese á la jitana vieja que al anochecer fuese á su casa con

las jitanillas, que queria que las oyese Doña Clara su mujer. Hízolo

así el paje, y la vieja dijo que sí iria.

Acabaron el baile y el canto, y mudaron lugar; y en esto llegó un paje

muy bien aderezado á Preciosa, y dándole un papel doblado, le dijo:

--Preciosica, canta el romance que aquí va, porque es muy bueno, y yo

te daré otros de cuando en cuando, con que cobres fama de la mejor

romancera del mundo.

--Eso aprenderé yo de muy buena gana, respondió Preciosa; y mire,

señor, que no me deje de dar los romances que dice, con tal condicion

que sean honestos; y si quiere que se los pague, concertémonos por

docenas, y docena cantada docena pagada; porque pensar que le tengo de

pagar adelantado, es pensar lo imposible.

--Para papel siquiera que me dé la señora Preciosica, dijo el paje,

estaré contento: y mas, que el romance que no saliere bueno y honesto,

no ha de entrar en cuenta.

--Á la mia queda el escogerlos, respondió Preciosa.

Y con esto se fueron la calle adelante, y desde una reja llamaron unos

caballeros á las jitanas. Asomó Preciosa á la reja, que era baja, y vió

en una sala muy bien aderezada y muy fresca muchos caballeros que, unos

paseándose, y otros jugando á diversos juegos, se entretenian.

--¿Quiérenme dar barato, zeñores? dijo Preciosa, que como jitana

hablaba ceceoso, y esto es artificio en ellas que no naturaleza.

Á la voz de Preciosa y á su rostro dejaron los que jugaban el juego, y

el paseo los paseantes: y los unos y los otros acudieron á la reja por

verla, que ya tenian noticia della, y dijeron:

--Entren, entren las jitanillas, que aquí les daremos barato.

--Caro seria ello, respondió Preciosa, si nos pellizcasen.

--No, á fe de caballeros, respondió uno; bien puedes entrar, niña,

segura que nadie te tocará á la vira de tu zapato; no, por el hábito

que traigo en el pecho.

Y púsose la mano sobre uno de Calatrava.

--Si tú quieres entrar, Preciosa, dijo una de las tres jitanillas que

iban con ella, entra enhorabuena, que yo no pienso entrar adonde hay

tantos hombres.

--Mira, Cristina, respondió Preciosa: de lo que te has de guardar es de

un hombre solo y á solas, y no de tantos juntos; porque ántes el ser

muchos quita el miedo y recelo de ser ofendidas. Advierte, Cristinica,

y está cierta de una cosa: que la mujer que se determina á ser honrada,

entre un ejército de soldados lo puede ser. Verdad es que es bueno huir

de las ocasiones; pero han de ser de las secretas y no de las públicas.

--Entremos, Preciosa, dijo Cristina, que tú sabes mas que un sabio.

Animólas la jitana vieja, y entraron: y apénas hubo entrado Preciosa,

cuando el caballero del hábito vió el papel que traia en el seno, y

llegándose á ella, se le tomó, y dijo Preciosa:

--Y no me le tome, señor, que es un romance que me acaban de dar ahora,

que aun no le he leido.

--Y ¿sabes tú leer, hija? dijo uno.

--Y escribir, respondió la vieja, que á mi nieta la he criado yo como

si fuera hija de un letrado.

Abrió el caballero el papel, y vió que venia dentro dél un escudo de

oro, y dijo:

--En verdad, Preciosa, que trae esta carta el porte dentro: toma este

escudo que en el romance viene.

--Basta, dijo Preciosa, que me ha tratado de pobre el poeta; pues

cierto que es mas milagro darme á mí un poeta un escudo, que yo

recebirle: si con esta añadidura han de venir sus romances, traslade

todo el Romancero general, y enviémelos uno á uno, que yo les tentaré

el pulso, y si vinieren duros, seré yo blanda en recebillos.

Admirados quedaron los que oian á la jitanica, así de su discrecion

como del donaire con que hablaba.

--Lea, señor, dijo ella, y lea alto, veremos si es tan discreto ese

poeta, como es liberal.

Y el caballero leyó así:

Jitanica, que de hermosa

Te pueden dar parabienes,

Por lo que de piedra tienes

Te llama el mundo Preciosa.

De esta verdad me asegura

Esto, como en tí verás:

Que no se apartan jamas

La esquivez y la hermosura.

Si como en valor subido,

Vas creciendo en arrogancia,

No le arriendo la ganancia

Á la edad en que has nacido.

Que un basilisco se cria

En tí que mata mirando,

Y un imperio, que aunque blando,

Nos parezca tiranía.

Entre pobres y aduares

¿Cómo nació tal belleza?

¿Ó cómo crió tal pieza

El humilde Manzanares?

Por esto será famoso

Á par del Tajo dorado,

Y por Preciosa preciado

Mas que el Gánges caudaloso.

Dices la buenaventura,

Y dasla mala contino;

Que no van por un camino

Tu intencion y tu hermosura.

Porque en el peligro fuerte

De mirarte ó contemplarte,

Tu intencion va á desculparte,

Y tu hermosura á dar muerte.

Dicen que son hechiceras

Todas las de tu nacion;

Pero tus hechizos son

De mas fuerzas y mas veras;

Pues por llevar los despojos

De todos cuantos te ven,

Haces, ó niña, que estén

Los hechizos en tus ojos.

En sus fuerzas te adelantas,

Pues bailando nos admiras,

Y nos matas, si nos miras,

Y nos encantas, si cantas.

De cien mil modos hechizas,

Hables, calles, cantes, mires,

Ó te acerques ó retires,

El fuego de amor atizas.

Sobre el mas exento pecho

Tienes mando y señorío;

De lo que es testigo el mio,

De tu imperio satisfecho.

Preciosa joya de amor,

Esto humildemente escribe

El que por tí muere y vive

Pobre, aunque humilde amador.

--En pobre acaba el último verso, dijo á esta sazon Preciosa, mala

señal; nunca los enamorados han de decir que son pobres, porque á los

principios á mi parecer la pobreza es muy enemiga del amor.

--¿Quién te enseña eso, rapaza? dijo uno.

--¿Quién me lo ha de enseñar? respondió Preciosa; ¿no tengo yo mi alma

en mi cuerpo? ¿no tengo ya quince años? No soy manca, ni ronca, ni

estropeada del entendimiento: los ingenios de las jitanas van por otro

norte que los de las demas gentes; siempre se adelantan á sus años,

no hay jitano necio, ni jitana lerda; que como el sustentar su vida

consiste en ser agudos, astutos y embusteros, despabilan el ingenio

á cada paso, y no dejan que crie moho en ninguna manera. ¿Ven estas

muchachas mis compañeras, que están callando, y parecen bobas? pues

éntrenles el dedo en la boca, y tiéntenlas las cordales, y verán lo

que verán: no hay muchacha de doce que no sepa lo que de veinticinco,

porque tienen por maestros y preceptores al diablo y al uso, que les

enseña en una hora lo que habian de aprender en un año.

Con esto que la Jitanilla decia, tenia suspensos á los oyentes, y los

que jugaban le dieron barato, y aun los que no jugaban. Cogió la hucha

de la vieja treinta reales, y mas rica y mas alegre que una pascua de

flores, antecogió sus corderas, y fuese en casa del señor tiniente,

quedando que otro dia volveria con su manada á dar contento á aquellos

tan liberales señores.

Ya tenia aviso la señora Doña Clara, mujer del señor tiniente, como

habian de ir á su casa las jitanillas, y estábalas esperando como agua

de mayo ella y sus doncellas y dueñas, con las de otra señora vecina

suya, que todas se juntaron para ver á Preciosa; y apénas hubieron

entrado las jitanas, cuando entre las demas resplandeció Preciosa,

como la luz de una antorcha entre otras luces menores; y así corrieron

todas á ella: unas la abrazaban, otras la miraban, estas la bendecian,

aquellas la alababan. Doña Clara decia:

--Este sí que se puede decir cabello de oro, estos sí que son ojos de

esmeraldas.

La señora su vecina la desmenuzaba toda, y hacia pepitoria de todos sus

miembros y coyunturas; y llegando á alabar un pequeño hoyo que Preciosa

tenia en la barba, dijo:

--¡Ay qué hoyo! en este hoyo han de tropezar cuantos ojos le miraren.

Oyó esto un escudero de brazo de la señora Doña Clara, que allí estaba,

de luenga barba y largos años, y dijo:

--¿Ese llama vuesa merced hoyo, señora mia? pues yo sé poco de hoyos,

ó ese no es hoyo, sino sepultura de deseos vivos: por Dios tan linda

es la Jitanilla, que hecha de plata ó de alcorza no podria ser mejor.

¿Sabes decir la buenaventura, niña?

--De tres ó cuatro maneras, respondió Preciosa.

--Y ¿eso mas? dijo Doña Clara, por vida del tiniente mi señor, que me

la has de decir, niña de oro, y niña de plata, y niña de perlas, y niña

de carbunclos, y niña del cielo, que es lo mas que puedo decir.

--Denle, denle la palma de la mano á la niña, y con qué haga la cruz,

dijo la vieja, y verán qué de cosas les dice; que sabe mas que un dotor

de melecina.

Echó mano á la faldriquera la señora tinienta, y halló que no tenia

blanca: pidió un cuarto á sus criadas, y ninguna le tuvo, ni la señora

vecina tampoco. Lo cual, visto por Preciosa, dijo:

--Todas las cruces en cuanto cruces son buenas; pero las de plata ó de

oro son mejores, y el señalar la cruz en la palma de la mano con moneda

de cobre, sepan vuesas mercedes que menoscaba la buenaventura, por lo

ménos la mia: y así tengo aficion á hacer la cruz primera con algun

escudo de oro, ó con algun real de á ocho, ó á lo ménos de á cuatro;

que soy como los sacristanes que cuando hay buena ofrenda se regocijan.

--Donaire tienes, niña, por tu vida, dijo la señora vecina.

Y volviéndose al escudero le dijo:

--Vos, señor Contreras, ¿tendréis á mano algun real de á cuatro?

dádmele, que en viniendo el dotor mi marido os le volveré.

--Sí tengo, respondió Contreras, pero téngole empeñado en veinte y dos

maravedís que cené anoche: dénmelos, que yo iré por él en volandas.

--No tenemos entre todas un cuarto, dijo Doña Clara, ¿y pedís veinte y

dos maravedís? Andad, Contreras, que siempre fuisteis impertinente.

Una doncella de las presentes, viendo la esterilidad de la casa, dijo á

Preciosa:

--Niña, ¿hará algo al caso que se haga la cruz con un dedal de plata?

Antes, respondió Preciosa, se hacen las cruces mejores del mundo con

dedales de plata, como sean muchos.

--Uno tengo yo, replicó la doncella; si este basta, héle aquí, con

condicion que tambien se me ha de decir á mí la buenaventura.

--¡Por un dedal tantas buenasventuras! dijo la jitana vieja: nieta,

acaba presto, que se hace noche.

Tomó Preciosa el dedal, y la mano de la señora tinienta, y dijo:

Hermosita, hermosita,

La de las manos de plata,

Mas te quiere tu marido

Que al rey de las Alpujarras.

Eres paloma sin hiel,

Pero á veces eres brava

Como leona de Oran,

Ó como tigre de Ocaña.

Pero en un tras, en un tris,

El enojo se te pasa,

Y quedas como alfeñique,

Ó como cordera mansa.

Riñes mucho, y comes poco;

Algo celosita andas;

Que es jugueton el tiniente,

Y quiere arrimar la vara.

Cuando doncella te quiso

Uno de una buena cara;

Que mal hayan los terceros

Que los gustos desbaratan.

Si á dicha tú fueras monja,

Hoy tu convento mandaras,

Porque tienes de abadesa

Mas de cuatrocientas rayas.

No te lo quiero decir,

Pero poco importa, vaya,

Enviudarás otra vez,

Y otras dos serás casada.

No llores, señora mia,

Que no siempre las jitanas

Decimos el Evangelio;

No llores, señora, acaba.

Como te mueras primero

Que el señor tiniente, basta

Para remediar el daño

De la viudez que amenaza.

Has de heredar y muy presto

Hacienda en mucha abundancia;

Tendrás un hijo canónigo,

La iglesia no se señala,

De Toledo no es posible.

Una hija rubia y blanca

Tendrás, que si es religiosa,

Tambien vendrá á ser prelada.

Si tu esposo no se muere

Dentro de cuatro semanas,

Verásle corregidor

De Búrgos ó Salamanca.

Un lunar tienes: ¡qué lindo!,

¡Ay Jesus, qué luna clara!

¡Qué sol, que allá en los antipodas

Escuros valles aclara!

Mas de dos ciegos por verle

Dieran mas de cuatro blancas:

Agora si es la risica;

¡Ay, que bien haya esa gracia!

Guárdate de las caidas,

Principalmente de espaldas;

Que suelen ser peligrosas

En las principales damas.

Cosas hay mas que decirte:

Si para el viérnes me aguardas,

Las oirás, que son de gusto,

Y algunas hay de desgracias.

Acabó su buenaventura Preciosa, y con ella encendió el deseo de todas

las circunstantes en querer saber la suya, y así se lo rogaron todas;

pero ella las remitió para el viérnes venidero, prometiéndole que

tendrian reales de plata para hacer las cruces.

En esto vino el señor tiniente, á quien contaron maravillas de la

Jitanilla: él las hizo bailar un poco, y confirmó por verdaderas y bien

dadas las alabanzas que á Preciosa habian dado: y poniendo la mano en

la faldriquera, hizo señal de querer darle algo; y habiéndola espulgado

y sacudido, y rascado muchas veces, al cabo sacó la mano vacía, y dijo:

--Por Dios que no tengo blanca, dadle vos, doña Clara, un real á

Preciosica, que os le daré despues.

--Bueno es eso, señor, por cierto; sí, ahí está el real de manifiesto:

no hemos tenido entre todas nosotras un cuarto para hacer la señal de

la cruz, ¿y quiere que tengamos un real?

--Pues dadle alguna valoncica vuestra, ó alguna cosa, que otro dia nos

volverá á ver Preciosa, y la regalaremos mejor.

Á lo cual dijo Doña Clara:

--Pues porque otra vez venga, no quiero dar nada ahora á Preciosa.

--Antes si no me dan nada, dijo Preciosa, nunca mas volveré acá: mas,

sí, volveré á servir á tan principales señores; pero traeré tragado que

no me han de dar nada, y ahorraréme la fatiga del esperarlo. Coheche

vuesa merced, señor tiniente, coheche y tendrá dineros, y no haga usos

nuevos, que morirá de hambre. Mire, señor; por ahí he oido decir (y

aunque moza, entiendo que no son buenos dichos) que de los oficios se

ha de sacar dineros para pagar las condiciones de las residencias, y

para pretender otros cargos.

--Así lo dicen y lo hacen los desalmados, replicó el tiniente; pero el

juez que da buena residencia, no tendrá que pagar condenacion alguna, y

el haber usado bien su oficio, será el valedor para que le den otro.

--Habla vuesa merced muy á lo santo, señor tiniente, respondió

Preciosa; ándese á eso, y cortarémosle de los harapos para reliquias.

--Mucho sabes, Preciosa, dijo el tiniente: calla, que yo daré traza que

sus Majestades te vean, porque eres pieza de reyes.

--Querránme para truhana, respondió Preciosa, y yo no lo sabré ser, y

todo irá perdido; si me quisiesen para discreta, aun llevarmeian; pero

en algunos palacios mas medran los truhanes que los discretos: yo me

hallo bien con ser jitana y pobre, y corra la suerte por donde el cielo

quisiere.

--Ea, niña, dijo la jitana vieja, no hables mas, que has hablado mucho,

y sabes mas de lo que yo te he enseñado; no te asotiles tanto, que te

despuntarás: habla de aquello que tus años permiten, y no te metas en

altanerías, que no hay ninguna que no amenace caida.

--El diablo tienen estas jitanas en el cuerpo, dijo á esta sazon el

tiniente.

Despidiéronse las jitanas, y al irse dijo la doncella del dedal:

--Preciosa, díme la buenaventura, ó vuélveme mi dedal, que no me queda

con que hacer labor.

--Señora doncella, respondió Preciosa, haga cuenta que se la he dicho,

y provéase de otro dedal, ó no haga vainillas hasta el viérnes, que yo

volveré, y le diré mas venturas y aventuras que las que tiene un libro

de caballerías.

Fuéronse, y juntáronse con las muchas labradoras que á la hora de las

Avemarías suelen salir de Madrid, para volverse á sus aldeas, y entre

otras vuelven muchas, con quien siempre se acompañaban las jitanas, y

volvian seguras; porque la jitana vieja vivia en continuo temor no le

salteasen á su Preciosa.

Sucedió pues que la mañana de un dia que volvian á Madrid á coger la

garrama con las demas jitanillas, en un valle pequeño que está obra

de quinientos pasos ántes que se llegue á la villa, vieron un mancebo

gallardo y ricamente aderezado de camino: la espada y daga que traia

eran, como decir se suele, un ascua de oro: sombrero con rico cintillo,

y con plumas de diversas colores adornado. Repararon las jitanas en

viéndole, y pusiéronsele á mirar muy despacio, admiradas de que á tales

horas un tan hermoso mancebo estuviese en tal lugar á pié y solo. Él se

llegó á ellas, y hablando con la jitana mayor, le dijo:

--Por vida vuestra, amiga, que me hagais placer que vos y Preciosa me

oyais aquí aparte dos palabras, que serán de vuestro provecho.

--Como no nos desviemos mucho, ni nos tardemos mucho, sea en buen hora,

respondió la vieja.

Y llamando á Preciosa, se desviaron de las otras obra de veinte pasos,

y así en pié como estaban, el mancebo les dijo:

--Yo vengo de manera rendido á la discrecion y belleza de Preciosa,

que despues de haberme hecho mucha fuerza para escusar llegar á

este punto, al cabo he quedado mas rendido, y mas imposibilitado

de escusallo. Yo, señoras mias (que siempre os he dar este nombre,

si el cielo mi pretension favorece), soy caballero, como lo puede

mostrar el hábito; y apartando el herreruelo, descubrió en el pecho

uno de los mas calificados que hay en España: soy hijo de fulano (que

por buenos respetos aquí no se declara su nombre), estoy debajo de

su tutela y amparo: soy hijo único, y el que espera un razonable

mayorazgo: mi padre está aquí en la corte pretendiendo un cargo, y ya

está consultado, y tiene casi ciertas esperanzas de salir con él; y

con ser de la calidad y nobleza que os he referido, y de la que casi

se os debe ya de ir trasluciendo, con todo eso quisiera ser un gran

señor para levantar á mi grandeza la humildad de Preciosa, haciéndola

mi igual y mi señora: yo no la pretendo para burlalla, ni en las veras

del amor que la tengo puede caber género de burla alguna: solo quiero

servirla del modo que ella mas gustare: su voluntad es la mia; pero

con ella es de cera mi alma, donde podrá imprimir lo que quisiere,

y para conservarlo y guardarlo, no será como impreso en cera, sino

como esculpido en mármoles, cuya dureza se opone á la duracion de

los tiempos: si creeis esta verdad, no admitirá ningun desmayo mi

esperanza; pero si no me creeis, siempre me tendrá temeroso vuestra

duda: mi nombre es este, y díjoselo: el de mi padre ya os le he dicho:

la casa donde vive es en tal calle, y tiene tales y tales señas:

vecinos tiene de quien podréis informaros, y aun de los que no son

vecinos tambien; que no es tan escura la calidad y el nombre de mi

padre, y el mio, que no le sepan en los patios de Palacio, y aun en

toda la corte: cien escudos traigo aquí en oro para daros en arras y

señal de lo que pienso daros; porque no ha de negar la hacienda el que

da el alma.

En tanto que el caballero esto decia, le estaba mirando Preciosa

atentamente, y sin duda que no le debieron de parecer mal ni sus

razones ni su talle; y volviéndose á la vieja, le dijo:

--Perdóneme, abuela, de que me tome licencia para responder á este tan

enamorado señor.

--Responde lo que quisieres, nieta, respondió la vieja, que yo sé que

tienes discrecion para todo.

Y Preciosa dijo:

--Yo, señor caballero, aunque soy jitana, pobre y humildemente nacida,

tengo un cierto espiritillo fantástico acá dentro, que á grandes cosas

me lleva: á mí ni me mueven promesas, ni me desmoronan dádivas, ni me

inclinan sumisiones, ni me espantan finezas enamoradas: y aunque de

quince años (que segun la cuenta de mi abuela para este San Miguel los

haré), soy ya vieja en los pensamientos, y alcanzo mas de aquello que

mi edad promete, mas por mi buen natural que por la esperiencia; pero

con lo uno ó con lo otro sé que las pasiones amorosas en los recien

enamorados son como ímpetus indiscretos que hacen salir á la voluntad

de sus quicios, la cual atropellando inconvenientes, desatinadamente

se arroja tras su deseo, y pensando dar con la gloria de sus ojos, da

con el infierno de sus pesadumbres: si alcanza lo que desea, mengua el

deseo con la posesion de la cosa deseada, y quizá abriéndose entónces

los ojos del entendimiento, se ve ser bien que se aborrezca lo que

ántes se adoraba: este temor engendra en mí un recato tal, que ningunas

palabras creo, y de muchas obras dudo: una sola joya tengo, que la

estimo en mas que á la vida, que es la de mi entereza y virginidad, y

no la tengo de vender á precio de promesas ni dádivas, porque en fin

será vendida, y si puede ser comprada, será de muy poca estima: ni me

la han de llevar trazas ni embelecos, ántes pienso irme con ella á la

sepultura, y quizá al cielo, que ponerla en peligro que quimeras y

fantasías soñadas la embistan ó manoseen: flor es la de la virginidad

que á ser posible aun con la imaginacion no habia de dejar ofenderse:

cortada la rosa del rosal, ¡con qué brevedad y facilidad se marchita!

Este la toca, aquel la huele, el otro la deshoja, y finalmente, entre

las manos rústicas se deshace: si vos, señor, por sola esta prenda

venís, no la habeis de llevar sino atada con las ligaduras y lazos del

matrimonio; que si la virginidad se ha de inclinar, ha de ser á este

santo yugo, que entónces no seria perderla, sino emplearla en ferias

que felices ganancias prometen: si quisiéredes ser mi esposo, yo lo

seré vuestra; pero han de proceder muchas condiciones y averiguaciones

primero: primero tengo de saber si sois el que decís: luego, hallando

esta verdad, habeis de dejar la casa de vuestros padres y la habeis de

trocar con nuestros ranchos, y tomando el traje de jitano, habeis de

cursar dos años en nuestras escuelas, en el cual tiempo me satisfaré

yo de vuestra condicion, y vos de la mia: al cabo del cual, si vos os

contentades de mí, y yo de vos, me entregaré por vuestra esposa; pero

hasta entónces tengo de ser vuestra hermana en el trato, y vuestra

esclava en serviros: y habeis de considerar que en el tiempo deste

noviciado podria ser que cobrásedes la vista, que agora debeis de tener

perdida, ó por lo ménos turbada, y viésedes que os convenia huir de

lo que agora seguís con tanto ahinco; y cobrando la libertad perdida,

con un buen arrepentimiento se perdona cualquier culpa: si con estas

condiciones quereis entrar á ser soldado de nuestra milicia, en vuestra

mano está, pues faltando alguna dellas, no habeis de tocar un dedo de

la mia.

Pasmóse el mozo á las razones de Preciosa, y púsose como embelesado

mirando al suelo, dando muestras que consideraba lo que de responder

debia. Viendo lo cual Preciosa, tornó á decirle:

--No es este caso de tan poco momento, que en los que aquí nos ofrece

el tiempo pueda ni deba resolverse: volvéos, señor, á la villa, y

considerad despacio lo que viéredes que mas os convenga, y en este

mismo lugar me podeis hablar todas las fiestas que quisiéredes, al ir ó

venir de Madrid.

Á lo cual respondió el gentil hombre:

--Cuando el cielo me dispuso para quererte, Preciosa mia, determiné de

hacer por tí cuanto tu voluntad acertase á pedirme, aunque nunca cupo

en mi pensamiento que me habias de pedir lo que me pides; pero pues es

tu gusto, que el mio al tuyo se ajuste y acomode, cuéntame por jitano

desde luego, y haz de mí todas las esperiencias que mas quisieres,

que siempre me has de hallar el mismo que ahora te significo: mira

cuándo quieres que mude el traje, que yo queria que fuese luego, que

con ocasion de ir á Flándes engañaré á mis padres, y sacaré dineros

para gastar algunos dias, y serán hasta ocho los que podré tardar en

acomodar mi partida: á los que fueren conmigo, yo los sabré engañar de

modo que salga con mi determinacion; lo que te pido es, si es que ya

puedo tener atrevimiento de pedirte y suplicarte algo, que si no es

hoy donde te puedes informar de mi calidad y de la de mis padres, que

no vayas mas á Madrid, porque no querria que algunas de las demasiadas

ocasiones que allí pueden ofrecerse, me salteasen la buena ventura que

tanto me cuesta.

--Eso no, señor galan, respondió Preciosa: sepa que conmigo ha de

andar siempre la libertad desenfadada, sin que la ahogue ni turbe la

pesadumbre de los celos; y entienda que no la tomaré tan demasiada

que no se eche de ver desde bien léjos, que llega mi honestidad á mi

desenvoltura; y en el primero cargo en que quiero enteraros, es en el

de la confianza que habeis de hacer de mí: y mirad que los amantes que

entran pidiendo celos, ó son simples ó confiados.

--Satanas tienes en tu pecho, muchacha, dijo á esta sazon la jitana

vieja: mira que dices cosas, que no las dirá un colegial de Salamanca:

tú sabes de amor, tú sabes de celos, tú de confianzas: ¿cómo es

esto? que me tienes loca, y te estoy escuchando como á una persona

espiritada, que habla latin sin saberlo.

--Calle, abuela, respondió Preciosa, y sepa que todas las cosas que me

oye son nonadas, y son de burlas para las muchas que de mas veras me

quedan en el pecho.

Todo cuanto Preciosa decia, y toda la discrecion que mostraba, era

añadir leña al fuego que ardia en el pecho del enamorado caballero.

Finalmente, quedaron en que de allí á ocho dias se verian en aquel

mismo lugar, donde él vendria á dar cuenta del término en que sus

negocios estaban, y ellas habrian tenido tiempo de informarse de la

verdad que les habia dicho. Sacó el mozo una bolsilla de brocado,

donde dijo que iban cien escudos de oro, y dióselos á la vieja; pero

no queria Preciosa que los tomase en ninguna manera, á quien la jitana

dijo:

--Calla, niña, que la mejor señal que este señor ha dado de estar

rendido, es haber entregado las armas en señal de rendimiento; y el

dar, en cualquiera ocasion que sea, siempre fué indicio de generoso

pecho; y acuérdate de aquel refran que dice: al cielo rogando, y con

el mazo dando; y mas, que no quiero yo que por mí pierdan las jitanas

el nombre que por luengos siglos tienen adquirido de codiciosas y

aprovechadas: ¿cien escudos quieres tú que deseche, Preciosa, que

pueden andar cosidos en el alforza de una saya que no valga dos

reales, y tenerlos allí como quien tiene un juro sobre las yerbas de

Estremadura? Si alguno de nuestros hijos, nietos ó parientes cayere

por alguna desgracia en manos de la justicia, ¿habrá favor tan bueno

que llegue á la oreja del juez y del escribano, como estos escudos,

si llegan á sus bolsas? Tres veces por tres delitos diferentes me he

visto casi puesta en el asno, para ser azotada; y de la una me libró un

jarro de plata, y de la otra una sarta de perlas, y de la otra cuarenta

reales de á ocho, que habia trocado por cuartos, dando veinte reales

mas por el cambio: mira, niña, que andamos en oficio muy peligroso y

lleno de tropiezos y de ocasiones forzosas, y no hay defensas que mas

presto nos amparen y socorran, como las armas invencibles del gran

Filipo: no hay pasar adelante de su _plus ultra_: por un doblon de dos

caras se nos muestra alegre la triste del procurador y de todos los

ministros de la muerte, que son arpías de nosotras las pobres jitanas,

y mas precian pelarnos y desollarnos á nosotras, que á un salteador de

caminos: jamas por mas rotas y desastradas que nos vean, nos tienen

por pobres, que dicen que somos como los jubones de los gabachos de

Belmonte, rotos y grasientos, y llenos de doblones.

--Por vida suya, abuela, que no diga mas, que lleva término de alegar

tantas leyes en favor de quedarse con el dinero, que agote las de los

emperadores: quédese con ellos, y buen provecho le hagan, y plega á

Dios que los entierre en sepultura donde jamas tornen á ver la claridad

del sol, ni haya necesidad que le vean: á estas nuestras compañeras

será forzoso darles algo, que ha mucho que nos esperan, y ya deben

estar enfadadas.

--Así verán ellas, replicó la vieja, moneda destas, como ven al turco

agora: ese buen señor verá si le ha quedado alguna moneda de plata, ó

cuartos, y los repartirá entre ellas, que con poco quedarán contentas.

--Sí traigo, dijo el galan.

Y sacó de la faldriquera tres reales de á ocho, que repartió entre las

tres jitanillas, con que quedaron mas alegres y mas satisfechas, que

suele quedar un autor de comedias cuando en competencia de otro le

suelen retular por las esquinas, _victor, victor_.

En resolucion concertaron, como se ha dicho, la venida de allí á ocho

dias, y que se habia de llamar cuando fuese jitano Andres Caballero,

porque tambien habia jitanos entre ellos deste apellido.

No tuvo atrevimiento Andres, que así le llamaremos de aquí adelante,

de abrazar á Preciosa, ántes enviándole con la vista el alma, sin

ella, si así decirse puede, las dejó, y se entró en Madrid, y ellas

contentísimas hicieron lo mismo. Preciosa, algo aficionada, mas con

benevolencia que con amor, de la gallarda disposicion de Andres, ya

deseaba informarse si era el que habia dicho: entró en Madrid, y á

pocas calles andadas encontró con el paje poeta de las coplas y el

escudo: y cuando él la vió, se llegó á ella diciendo:

--Vengas en buen hora, Preciosa; ¿leiste por ventura las coplas que te

di el otro dia?

Á lo que Preciosa respondió:

--Primero que le responda palabra, me ha de decir una verdad, por vida

de lo que mas quiere.

--Conjuro es ese, respondió el paje, que aunque el decirla me costase

la vida, no la negaré en ninguna manera.

--Pues la verdad que quiero que me diga, dijo Preciosa, es, si por

ventura es poeta.

--Á serlo, replicó el paje, forzosamente habia de ser por ventura; pero

has de saber, Preciosa, que ese nombre de poeta muy pocos le merecen,

y así yo no lo soy, sino un aficionado á la poesía: y para lo que he

menester, no voy á pedir ni buscar versos ajenos: los que te di son

mios, y estos que te doy agora tambien, mas no por esto soy poeta, ni

Dios lo quiera.

--¿Tan malo es ser poeta? replicó Preciosa.

--No es malo, dijo el paje; pero el ser poeta á solas no lo tengo por

muy bueno: hase de usar de la poesía, como de una joya preciosísima,

cuyo dueño no la trae cada dia, ni la muestra á todas gentes, ni á cada

paso, sino cuando convenga y sea razon que la muestre: la poesía es

una bellísima doncella, casta, honesta, discreta, aguda, retirada, y

que se contiene en los límites de la discrecion mas alta: es amiga de

la soledad, las fuentes la entretienen, los prados la consuelan, los

árboles la desenojan, las flores la alegran; y finalmente, deleita y

enseña á cuantos con ella comunican.

--Con todo eso, respondió Preciosa, he oido decir que es pobrísima, y

que tiene algo de mendiga.

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