Amparito se casó en la primera decena de octubre. La boda fue en la
parroquia de San Martín. Día solemne en la casa de huéspedes, aun
cuando el hecho de ser invitados solo Travesedo y Guzmán originó
no poca contrariedad a los preteridos. En honor al acto, a las ocho
de la mañana, hora en que la novia abandonó la casa materna, todos
los huéspedes estaban en pie. Por unanimidad se decretó que Amparito
estaba preciosa. Lolita, llorando como una Magdalena, aunque no de
arrepentimiento, precipitose a abrazar y besar a Amparito, despertando
con su tumultuosa cordialidad la indignación moral de Travesedo y la
ira indumentaria de Antonia, que veía chafarse entre los brazos de la
cortesana los albos arreos nupciales y las cándidas flores de azahar.
Luisito Zugasti, que así se llamaba el novio de Amparito, ofreció a
los asistentes a su boda un almuerzo en el _Ideal Room_. Aparte de
Travesedo, Guzmán y el cura que había sacramentado el desposorio,
el resto de los invitados eran ingenieros de minas, como Zugasti,
compañeros de promoción en la escuela: todos ellos hombres curtidos
por la vida activa al aire libre, modestos en el vestir, sobrios en
el comer, alegres con alguna rudeza, afables con toda simplicidad, y,
aunque ya maduros y entrecanos, el sentido que de la vida tenían era
muchachil, llano y placentero. Prolongose la sobremesa largo tiempo, y
desde el restorán fueron todos a despedir a los recién casados.
Volvieron de la estación solos y a pie Travesedo y Guzmán.
--Son felices; serán felices --exclamó Travesedo, aludiendo al flamante
matrimonio.
--Son felices; serán felices --hizo eco Guzmán.
--He aquí el único ideal en la vida: casarse; tener muchos hijos,
educarlos bien; vivir tan apartado del mundo como se pueda; no hacer
mal a nadie y morir respetado por todos los conocidos. ¡Hermosa tarde!
La vida es bella, la vida es buena. Tiene razón Leibniz, vivimos en el
mejor de los mundos posibles.
Y los dos amigos se lanzaron en líricas disquisiciones acerca de la
bondad y la belleza de la vida.
En llegando a casa, salióles a abrir la ventruda Blanca.
--Don Alberto, ahí en su cuarto hay un judío que ha venido preguntando
por usted hace dos horas.
--¿Un judío?
--O un protestante. Él no habla palabra de cristiano y ni Dios le
entiende lo que dice.
Alberto entró en su cuarto, en donde estaba aguardándole el
corresponsal de un diario alemán, Herr Heinemann, con el cual, así como
con su amante, Guzmán sostenía relaciones amistosas desde hacía unos
meses.
Heinemann revelaba gran agitación.
--Tengo que hablarle de asuntos muy importantes. No se ofenda usted si
le digo que los españoles que conozco me parecen poco personas y no
me merecen ninguna confianza. Usted es el único con quien me atrevo a
consultar lo que me ocurre --dijo en francés.
«El sablazo se cierne sobre mi sesera», pensó Guzmán. Dijo en voz alta:
--Muchas gracias. Siéntese, y si en algo puedo servirle.
--En algo... ¡En todo! ¡Sálveme usted!
Entonces Heinemann refirió que su amante estaba encinta de cuatro
meses; que tanto él como ella habían resuelto provocar el aborto, y que
no conociendo en Madrid a nadie en cuya discreción pudiera fiar, acudía
a Guzmán para que este le indicase algún médico o comadrona que se
prestase a ello.
--¿Y cómo quiere usted que yo sepa nada de eso? --murmuró Guzmán.
--Puede usted informarse. Desde luego, ya suponía yo que no iba a estar
usted enterado; pero a usted le es más fácil enterarse. Es necesario.
Nora dice que de lo contrario se suicida.
--¿Sabe Nora que la operación es peligrosa y puede costarle la vida?
--Lo sabe. Estamos decididos.
--Dispénseme si me atrevo a hacerle alguna consideración de índole
moral.
--Lo que usted quiera.
--Pudiera ser excusable que Nora arriesgase su vida voluntariamente.
Pero aquí no se trata de eso, sino de destruir otra vida. En suma...
--¿De un crimen, quiere usted decir?
--No quiero decir un crimen, pero sí algo semejante.
--Yo, por el contrario, creo realizar un nobilísimo acto moral. Si
a usted, antes de nacer, le hubieran dado a elegir entre la vida o
la nada, ¿qué hubiera usted elegido? --Heinemann ponía y quitaba el
monóculo a cada dos palabras, con obstinación de monomaníaco. Sus ojos
eran grises y taciturnos; su rostro, en absoluto huérfano de expresión.
Guzmán callaba. Prosiguió Heinemann--: ¿Qué hubiera elegido usted?
La vida es mala, la vida es fea, la vida es dolorosa. La vida es una
contradicción radical que nunca se resuelve. Vivir es sufrir. Engendrar
a un ser es condenarlo a la muerte y, lo que es peor, al sufrimiento.
Oscurecía. Los dos hombres estaban en un ángulo sombrío del aposento.
Heinemann se exaltaba, desarrollando una vasta teoría pesimista acerca
de la vida. Guzmán le interrumpió.
--Todo eso que usted dice es materia opinable; pero el caso concreto es
que yo no conozco a ningún médico o comadrona...
--¡Sálveme usted! --suplicó Heinemann, tomando entre las suyas
entrambas manos de Guzmán.
--¿Qué puedo hacer yo? Además, no logro entender por qué les alarma
tanto a ustedes tener un hijo.
--Si usted se enterase de ciertos antecedentes e interioridades que
no puedo revelar, lo entendería, aparte de las razones de principio,
convicción de conciencia, de que ya he hablado. ¡Sálveme! Usted tiene
amigos; entre ellos es seguro que alguno sabrá lo que necesitamos saber.
En esto Guzmán recordó haberle oído contar a Travesedo la historia
de los abortos de la Íñigo, con la relación circunstanciada de las
personas que habían intervenido y ayudado en ellos. Acercose a la
puerta y gritó:
--¡Eduardo!...
Llegó Travesedo. Guzmán lo presentó a Heinemann, y a seguida le repitió
lo que Heinemann pretendía.
--Pero eso es un crimen --comentó Travesedo, sin poder contenerse.
--Si antes de nacer --replicó secamente el alemán-- le hubieran dado a
usted a elegir entre la vida o la nada, ¿qué hubiera usted elegido?
Hubo una pausa.
--La nada --respondió Travesedo, con energía.
Adensábanse las sombras dentro de la estancia. Los tres hombres, por
movimiento instintivo, acercáronse al balcón. La noche caía sobre
Madrid, aplastando contra los tejados al día, ya caduco, cárdeno y
macilento, congestionado en sus últimos esfuerzos por sostener en los
hombros aquella masa sideral de tinieblas.
--Yo amo a los niños --bisbiseó Travesedo, con acento de confesión--.
Yo siento una gran ternura por los niños. Yo no puedo ver un niño sin
conmoverme, como en la iniciación de un misterio. Yo no puedo ver un
niño sin pensar: ¿Será, andando el tiempo, un Sócrates, un Dante, un
Goethe? --Hizo una pausa--. ¿No le parece a usted, Herr Heinemann, que
en casos como el presente esta misma consideración tiene gran fuerza?
--O esta otra --repuso el taciturno Heinemann--. ¿Será un tirano, un
ladrón, un traidor, un asesino? Pero, sobre todo, genio o degenerado,
grande hombre ú hombre miserable, será ineludiblemente una criatura
sujeta al mal metafísico, al físico y al moral; será una criatura
imperfecta, atormentada por el dolor de pensar, acosada por la pasión,
tentada por el delito, perseguida por la enfermedad y la vejez y
vencida a la postre por la muerte. El mundo es malo; la vida es mala y
fea y no vale la pena de ser vivida.
Otra pausa. Las puertas de la noche se habían cerrado sobre el cielo,
dejando apenas una estría de luz rojiza a ras de tierra.
Travesedo encendió la luz eléctrica, sacó del bolsillo una tarjeta de
visita y la respaldó con lápiz.
--Aquí tiene usted una tarjeta de presentación para la Íñigo. Yo me
lavo las manos. Usted se entenderá con ella.
Heinemann se despidió, dando las gracias y sacudiendo con reciedumbre
la mano de Travesedo y de Guzmán. En quedando a solas, Travesedo apagó
la luz y salió a sentarse al balcón. Guzmán estaba en pie, apoyado en
el barandal. Después de largo silencio, Travesedo habló como consigo
mismo:
--La vida es mala. No hay otro remedio que el suicidio cósmico que
aconseja Hartmann.
V
A los dos días de casarse Amparito recibiose un telegrama en casa de
Antonia. Era de Verónica. Decía así: «Tren correo llegamos Teófilo y
yo. Teófilo mal.»
Travesedo y Guzmán descendieron a la estación a esperar a los viajeros.
Al detenerse el tren, Verónica asomó por una ventanilla e hizo señas
a Travesedo y Guzmán. Venía desencajada, descolorida, como después de
haber pasado una mala noche. No bien se acercaron los dos amigos,
Verónica, sin saludar, dijo impaciente:
--Suban a ayudarme. No se puede mover. Está muy malito.
Teófilo estaba tendido a lo largo de un diván. Su lividez era tanta que
semejaba transparecer una amarilla luz interna, la cual, al asomar en
el negro vidrio de los ojos, emitía angustiados reflejos.
--¡Me muero, me muero, me muero! --sollozó Teófilo. Cortole la palabra
un acceso de tos.
--Sí, está muy malito. Pero no tanto. Es un cobardón. Parece mentira...
--y se volvió a mirar a Teófilo, con sonrisa reconfortante.
--Me muero. Escupo sangre. Me muero en seguida. Avisad a mi madre.
--Quizás no sea nada grave. ¿No habéis visto a ningún médico en
Celorio? --preguntó Travesedo.
--No ha querido él. Se empeñó en venir a Madrid a escape.
Con infinitos cuidados y no poca dificultad trasladaron a Teófilo a la
casa de huéspedes. Se telegrafió a doña Juanita y Travesedo salió a
buscar a un médico joven y talentoso, amigo suyo.
El médico, después de examinar, auscultar y percutir a Teófilo, en un
aparte que tuvo con Travesedo y Guzmán, declaró:
--No sé lo que tiene. El cuadro sintomático es dudoso. Lo mismo puede
ser pulmonía que fiebre tifoidea. A la tarde volveré, a ver si se han
especificado los síntomas.
--En todo caso, la enfermedad es grave --sugirió Travesedo.
--Muy grave. Otra cosa. Es necesario mudar a Pajares de habitación. La
que tiene carece de condiciones de capacidad y de ventilación.
Recorrieron las diferentes estancias de la casa, hasta la de Lolita,
quien estaba aún en el lecho, con San Antonio, rodeado de flores, en
la mesa de noche, prueba concluyente de que el santo miraba a Lolita
con singular predilección por aquellos días.
El médico eligió la habitación de Lolita como la más amplia y a
propósito para el caso. Lolita, abnegadamente, se la cedió al poeta,
con todos los muebles y ropas.
Verónica se instaló en casa de Antonia; no quería apartarse del
enfermo, y este, de su parte, no admitía otra enfermera que Verónica.
Alberto inquirió cerca de Verónica los orígenes del mal.
--Pues verás, hijo mío --explicó Verónica--. Hace cosa de ocho días,
Rosina recibió una carta de Fernando, en la cual él le decía que iba
de un momento a otro a Arenales. Ya sabes que Arenales es el pueblo
de Rosina. Fernando creía que ella estaba pasando el verano allí. Si
supieras el lío que se traía con eso de las cartas... para no descubrir
el pastel. Bueno; con la última carta el cielo se le cayó encima. Vino
a decírmelo a mí, con mucho misterio, y quería que yo, con cualquier
pretexto, me trajera a Teófilo a Madrid. ¡Qué pretexto ni qué ocho
cuartos! Pues va ella, y un día a la mesa, como un escopetazo, le
dice a Teófilo que todo tiene que concluir, porque llegaba Fernando.
El infeliz Teófilo se quedó talmente como un cadáver. ¡Daba compasión
verlo! Tanto, que hasta esa perra se compadeció, y se fue a él
haciéndole cucamonas e hipocresías, y «no te apures, bobín, que es para
unos días», y aquello de «yo no quiero a nadie más que a ti», y lo de
siempre. ¡Qué hiena sin entrañas! A todo esto Teófilo no dijo esta
boca es mía; pálido, pálido como un muerto, y un aire tan orgulloso,
tan noble... Al día siguiente se nos fue la pájara. En todo el día
Teófilo no salió del cuarto. Yo no entré porque respetaba su tristeza,
¡a ver qué iba a hacer yo! Pero, ya por la noche, viendo que no daba
señales de sí, le llamé desde la puerta. Él contestaba, pero eran cosas
sin sentido. Tomé entonces un quinqué; entré en el cuarto... ¡Virgen
de Guadalupe! Todas las almohadas llenas de sangre; Teófilo como un
desenterrado, delirando y como si se ahogase. Le toqué la frente; era
un horno. Cuando volvió en sus sentidos, lo primero que dijo fue:
«Vámonos a Madrid, a escape.» Yo quise llamar al médico del pueblo;
él se puso furioso; me entró miedo, y así nos vinimos a Madrid; yo,
temiendo que se me muriese en el viaje, porque le entraban a veces unos
ahogos que partía el alma verlo. Está muy malito, como veis; pero me da
el corazón que cura.
A la tarde, el médico añadió una nueva y más fatídica presunción a su
diagnóstico.
--Sospecho que se trata de un caso de granulia --dijo.
--¿Qué es granulia? ¿Alguna erupción? --inquirió Travesedo.
--Tuberculosis virulenta, fulminante. Una antigua tuberculosis latente
que de pronto se agudiza, estalla y se propaga a toda la sangre.
¿Ustedes recuerdan si solía toser o tener fiebres frecuentes?
--Él siempre tuvo la aprensión de estar tísico --habló Guzmán.
--Si fuera granulia, como presumo --continuó el médico--, conviene que
ustedes se precavan del contagio.
--Y si fuera granulia --preguntó Travesedo--, ¿el caso es desesperado?
--Desesperado. Cosa de diez, quince, veinte días. Pajares se encuentra
muy débil.
--¿Sin remedio?
--Sin remedio.
A la mañana siguiente, muy temprano, el médico vino nuevamente, y
sentenció que la enfermedad era granulia y que no había salvación.
--¿No será lo mejor llevarlo a El Pardo? --consultó Travesedo.
--¿Para qué? --interrogó a su vez, con amargura, el médico--. Por el
contrario, no debe moverse. Que esté en cama o en una butaca, como
más a gusto se encuentre; pero que no se mueva. Repito que anden con
cuidado con el contagio.
Aquí dio prolijas instrucciones acerca del modo de defenderse del
contagio. Concluyó:
--Por supuesto, después de terminado todo, que por desgracia terminará
antes de lo que se piensa, es preciso destruir los muebles, ropas, etc.
que han estado en contacto con el enfermo y desinfectar la habitación.
Es una tuberculosis virulentísima.
Cuando Lolita supo que su ajuar estaba condenado fatalmente a la
destrucción, exclamó con ánimo heroico:
--¡Anda y que se lo lleve er mengue! Eso y too lo que tengo daría yo
porque er probesiyo tuviera salú. Y eso que no le debo ninguna finesa,
porque cuidao que era eriso pa tratá a la gente. ¡Dios lo perdone!
Aquella misma mañana llegó doña Juanita. Todos temían que el
encuentro entre madre e hijo trajera consigo escenas lamentables y la
subsiguiente agravación de la enfermedad. Estaba Teófilo sentado en
una butaca, detrás de los vidrios del balcón. Doña Juanita, con mucha
entereza, se acercó a besarle la frente. Teófilo elevó hacia su madre
los ojos, con ternura infantil y suplicante:
--Madre, me muero.
--Eso será si yo lo consiento. Pues estaría bueno que yo te dejara
morir; yo, una vieja que de nada sirve en el mundo, y tú, un mozo que
tiene muchos años y mucha felicidad por delante. Conque, ya lo has
oído: no consiento que se hable de cosas tristes.
--Madre, creí que usted no vendría.
--¿Que no vendría? Cállate, pillo; ¿por qué no iba a venir?
--Creí que no vendría, madre. Ya sabe usted por qué.
--Estos mozuelos --replicó doña Juanita, esforzándose en dar un tono
descuidado a sus locuciones por esperanzar al hijo--, estos mozuelos
tan sabidores y poetas, que presumen de conocerlo todo y se les
enfrían las migas de la mano a la boca. Calla, aturdido; ya sé a qué
te refieres; pero no sabes de la misa la media. Ya te explicaré,
ya te explicaré --y a pesar suyo su voz temblaba con oscilaciones
dubitativas, como caminando a oscuras entre los dédalos de la vida y de
la muerte.
Verónica, de enfermera todo el tiempo que duró aquel morbo ávido que
consumía a Teófilo hora por hora, condújose con abnegación, solicitud
y blandura tales, que a todos tenían admirados y movieron a doña
Juanita al más amante y maternal reconocimiento. No se avenía Verónica
fácilmente a que Teófilo muriese. Confiaba en el milagro. Como prestaba
absoluta fe al oráculo de Hermes Trimegisto, entre ella y Lolita, con
mucha discreción, consultaron por dos veces el libro de los augurios,
en la pregunta: «¿Sanará el enfermo?» La primera vez respondió la
palabra revelada: «El enfermo puede sanar, pero bueno es estar
preparado para lo peor.» La segunda: «Los dolores con que es afligido
el enfermo terminarán muy pronto.»
--Nos hemos quedao como estábamos, a la luna de Valensia y sin saber a
qué carta quedarnos --dijo Lolita.
Pero Verónica tuvo la corazonada de que aquellas respuestas
anfibológicas anunciaban la muerte de Teófilo.
Una tarde estaban a solas el poeta y la bailarina. Verónica, sentada
en una sillita baja, no lejos del enfermo. Teófilo, hundido en un
butacón, con los ojos entornados.
--¿Sabe que dentro de ocho días es la apertura del teatro y comienzo a
bailar de nuevo? --habló Verónica.
--¿Y te vas a marchar? --bisbiseó Teófilo.
--Marcharme... vamos. Pues solo faltaba eso. No sé si aceptar el
contrato. En todo caso iría tres horitas al teatro, por la noche, y
luego vuelta aquí, si usted me necesita.
--Sí, sí.
--¿Le molesta que hable? ¿Le duele la cabeza?
--Sí; pero no me molesta que hables. Al contrario.
--¿Quiere un poco de agua azucarada?
--Sí; me abrasa la boca.
Verónica acudió con el vaso de agua y lo acercó a los labios de Teófilo.
--Gracias, Verónica. Bendita seas.
--Calle, no diga. Si no vale la pena...
Teófilo envió una mirada ardiente y escrutadora al rostro de Verónica,
la cual, por huirla y disimular su turbación, se retiró con el vaso.
--Acércate a mí, Verónica --suplicó Teófilo--. Tengo que hacerte una
revelación.
--Ya ha oído al médico, que no le conviene a usted hablar. Estese
quietecito y haga por dormir y no pensar en nada. Yo hablaré, si le
entretiene, muy bajito para que no le empeore el dolor de cabeza
--Verónica no sabía lo que decía.
--Acércate.
--¿Qué me quiere?
--Si yo me hubiera enamorado de ti en lugar de la otra... Si yo
me hubiera enamorado de ti... --interrumpiose para toser. Respiró
afanosamente y continuó--: Pero es ya tarde. No tengo derecho a saber;
pero quiero saber. Tú... ¿me hubieras querido?
Verónica no acertó a responder. Respondieron por ella las lágrimas que
asomaron a sus ojos, las cuales Teófilo parecía querer secar con el
fuego de los suyos.
--¡Verónica! ¡Verónica!
Verónica había caído acurrucada a los pies de la butaca, y Teófilo le
pasaba la mano sobre la abatida cabeza de bravos y abundosos cabellos
negros. Hubo un largo silencio.
--Yo también te quiero a ti, Verónica.
Verónica, con la cara oculta entre la manta que cubría las piernas de
Teófilo, murmuró:
--Usted no puede dejar de querer a la otra.
--No digas eso. Aquello no era amor. Si volviera a estar sano quizás
cayera de nuevo y a pesar de todo en el mismo desorden y locura. Pero
ahora soy un alma sin cuerpo, en los umbrales de la eternidad, y veo
claro, veo claro, veo claro. Te quiero, Verónica, te quiero.
Verónica estrechaba la mano de Teófilo y apoyaba en ella la mejilla,
sin atreverse a besarla. A poco penetró en el aposento doña Juanita, y
más tarde Guzmán y también Macías, el actor, el cual, a una distancia
prudencial, por temor al contagio, estudiaba la expresión del enfermo,
la deformación de sus facciones, sus gestos, ademanes e inflexiones de
voz, por si llegaba el caso de representar en escena algún moribundo
de granulia, que todo podía ocurrir. Luego se iba a su cuarto y hacía
sinnúmero de muecas ante el espejo, repapilándose de antemano con el
éxito que había de tener el día que se muriese en escena con arte tan
concienzudo, tomado del natural. Como más adecuado observatorio Macías
solía apostarse en los ángulos sombríos; aparte de que por nada del
mundo se hubiera colocado en las estrías y haces luminosos que pasaban
de claro la estancia, con sus infinitas partículas de polvo danzante,
que no eran otra cosa que visibles microbios voladores, en opinión de
Macías. Después de cinco minutos de tácitos estudios, Macías salió a
grabar bien en la memoria la aprendida lección.
Aquella misma tarde la obesa Blanca entregó una carta a Guzmán.
--¿Quién te escribe? --curioseó Teófilo, que había caído en un
infantilismo dulce y mimoso al perder la salud.
--Voy a ver. Arsenio Bériz.
Teófilo, volviéndose hacia su madre, refirió quién era Bériz, y cómo,
huyendo de Madrid, había encontrado la felicidad.
Guzmán leyó para sí: «Dos palabras, querido Guzmán; dos palabras de
hiel. Necesito desahogar con alguno. Perdona que te haya elegido a ti.
Seis meses de casado... ¿Tú sabes lo que son seis meses de casado? Y
vendiendo abanicos. He pensado en el suicidio. En serio, Alberto. No
vayas a creer que mi mujer es mala. ¡Quia! Todo lo contrario. No puede
ser mejor, más afectuosa, más empalagosa quiero decir. Y ahora se
encuentra en estado. ¡Vaya por Dios! Dirás, ¿por qué el suicidio? Por
tedio. Esto no es vivir. Constantemente, con tenacidad de alucinación,
me persiguen los recuerdos de aquellos años de vida madrileña. Una
temporadilla, muy corta por cierto, se me había embotado la memoria
por efecto del incentivo carnal --llámalo amor, si quieres-- que me
inspiraba mi Petrilla. Acabose aquello, y aquí estoy yo, como Prometeo,
encadenado a la roca conyugal, sin dar pie ni mano, y los buitres
insaciables del hastío, de la concupiscencia, del ansia de vivir, de
todas las pasiones nobles, en suma, desgarrándome la tripa. Comprendo
a Heliogábalo, comprendo a César Borgia, comprendo a todos los que han
experimentado la sed de lo extraordinario y el desprecio de este bajo
animal que llamamos burgués; el tirano, el guerrero, el crapuloso, el
libertino. Vivir es exacerbar la sensación de vivir y con ella el
anhelo de vivir más. Estoy desesperado. ¡Madrid, mi Madrid fascinador y
canallesco! Compadéceme, _Arsenio_.»
Entretanto, Teófilo decía a doña Juanita:
--¿Se acuerda usted, madre, de una carta que me escribió en que me
rogaba: «Vente a Palacios; te casarás con tu prima Lucrecia. Qué vejez
tan dichosa me deparabas si te decidieras a escucharme»? ¿Se acuerda
usted? Fue en la misma carta en que usted me anunciaba que no me podía
enviar la mensualidad porque se le habían marchado los huéspedes, hasta
don Remigio, el canónigo; parece mentira --doña Juanita palideció--.
Si le hubiera hecho a usted caso... A estas horas estaría ya casado y
seríamos todos felices. Pero, no vaya usted a creer, madre; casado, y
no con Lucrecia --contempló a Verónica con ojos vagos y diluidos, que
no se sabía si estaban vueltos hacia el pasado o hacia el futuro; en
todo caso hacia lo imposible--. Ese Bériz, ¡qué suerte la suya! Huyó a
tiempo y se salvó. ¿Qué te dice, Alberto? Será venturoso; ha encontrado
el paraíso en la tierra. ¿Qué te dice? Léeme la carta.
--¿Para qué? Lo de la otra vez.
--Sí, mejor es que no la leas. No le deseo mal, pero me hace sufrir el
ver que yo, torpe y cobardemente, pude gozar también de lo mismo que
otros gozan. Y tú, Alberto, ¿cuándo te casas?
En esto entró Travesedo.
--Nunca.
--¿Y tu novia?
--He roto con ella.
--¿Cuándo?
--Hace varios días.
Oír esto Travesedo, tomar a Guzmán de un brazo y sacarlo fuera de la
habitación, fue obra de un minuto.
--¿Es cierto lo que has dicho?
--Sí.
--¿Te has cansado de Fina?
--No.
--Entonces, ¿es cuestión de ideología?
--Desde luego, y otras cosas largas de explicar.
--Bueno, hombre; me haces gracia. En cambio yo te anuncio con toda
solemnidad que me voy a casar. ¿Enarcas las cejas? Sí, hijo, sí. Me
caso, y en seguida. Por amor y por ideología.
--¿Cuándo?
--No lo sé aún.
--¿Con quién?
--No lo puedes saber aún.
Penetraron de nuevo en la habitación de Teófilo. Estaban todos
sentados, sin hablar palabra.
--¡Aquel día, aquel día!... --exclamó Teófilo con voz tenue y afligida.
--¿Qué día, hijo mío? --preguntó doña Juanita.
--El día que recibí aquella carta de usted, madre. ¡Aquel día! De
aquel día vienen todos mis infortunios, por mi ceguedad y estupidez;
de aquel día que debió ser el manantial de mi dicha. Aquel día te
conocí, Verónica. Fue aquel el día de mi caída, y debió ser el de mi
renacimiento. En aquel día cometí la acción más cobarde, vergonzosa,
fea y miserable que puede cometer un hombre. Cerca estoy de la muerte;
quiero entrar en ella libre de toda carga. Quiero confesarme.
Doña Juanita, que andaba toda preocupada con el asunto de la confesión
sin acertar cómo insinuárselo a Teófilo, vio ahora el cielo abierto.
--¿Quieres confesarte, hijo?
--Sí, en voz alta, ante todos ustedes, como los antiguos cristianos,
para que me desprecien. Aquel día robé, sí, robé doscientas pesetas a
Antón Tejero. Las robé, se las saqué del bolsillo. No merezco que nadie
me mire a la cara, ya lo sé. Madre, que Alberto le diga las señas de
ese señor Tejero y usted le restituirá las doscientas pesetas. Ahora
quedo tranquilo.
Ninguno se atrevió a hablar. Teófilo respiraba aquel silencio piadoso e
indulgente, como si con él recibiera la paz del espíritu.
Doña Juanita, que hacía tiempo y con tácitas angustias ansiaba
descargar su conciencia de la pesadumbre de un gran secreto pecaminoso,
consideró que aquella era la mejor conyuntura. Hizo disimuladamente
señas a los presentes de que se retirasen y quedó a solas con su hijo.
--Hijo mío --comenzó a hablar con voz tenue y aplomada--, más grave que
tu delito es el que yo voy a confesarte, del cual ya me confesé ante
Dios y recibí su absolución de manos del sacerdote; pero, con venir del
mismo Señor de cielos y tierra, no me considero absuelta ni redimida
hasta tanto que tú me hayas perdonado. No creo que el tuyo haya sido
delito sino falta, fea falta si se quiere de las muchas a que nos
inclina la flaqueza de nuestra natura. Mi error fue más capital que el
tuyo, y tan funesto que me amargó el corazón toda la vida de tal suerte
que los remordimientos y sinsabores que me acarreó, si Dios en su
infinita bondad y justicia me los toma en cuenta, me cancelarán muchos
años de purgatorio. Por el amor que te tengo, hijo mío, te ruego que me
escuches con benevolencia y, aunque no lo merezco, te atengas a aquella
flaqueza humana de que antes he hablado y consideres la ceguera que
el demonio pone a veces en nuestra carne mortal --doña Juanita estaba
de espaldas a la luz. Sus palabras fluían en un curso sereno y claro.
Teófilo escuchaba con recogimiento. Doña Juanita añadió concisa y
netamente--: Tú no eres hijo de Hermógenes Pajares, sino de don Remigio
Villapadierna.
Una pausa. Doña Juanita hizo ademán de arrojarse a los pies de su hijo;
este la detuvo con un movimiento del brazo.
--No, Teófilo, no puedes entenderme hablándonos a esta distancia.
Déjame tenerte tan junto a mí, tan pegado a mi cuerpo que mis
sentimientos pasen de mi corazón al tuyo sin necesidad de palabras.
Ni ¿qué palabras podrían expresar lo que yo siento? --doña Juanita
se acercó a la butaca de su hijo y reclinando su cabeza junto a la
del enfermo comenzó a murmurar en voz baja--: Hermógenes se casó
conmigo con engaño y doblez. No me amaba, sino que pretendía solamente
apoderarse de la corta hacienda que al matrimonio llevé. No bien nos
hubimos casado, me abandonó. No quiero decir que hubiera huído de mi
lado, no. Ante los ojos de la gente era un marido como otro cualquiera.
Pero, en la intimidad de nuestra casa, era despegado, de todo punto
indiferente, duro y hasta cruel a veces. Vivíamos en el pueblo. Él
administraba mis bienes, y tan pronto como recibía el importe de las
pequeñas rentas marchábase a Valladolid a gastárselo Dios sabe cómo.
Yo, y bien lo sabes tú, que en eso eres como yo, siempre he tenido
un alma muy tierna y sensible: yo he querido bien a todo el mundo, y
el desamor ajeno siempre me ha dolido sobremanera. Imagina, pues, lo
que me haría sufrir el desamor del propio marido. ¿Qué iba a hacer
yo? Busqué consuelos en la religión. Era por entonces don Remigio
coadjutor del pueblo y yo su hija de confesión; yo le juzgaba noble,
caritativo, afectuoso. Y así fue cómo, paso a paso, sin echar de ver
uno ni otro que nos perdíamos, caímos en el pecado. Naciste tú --doña
Juanita guardó silencio y continuó al cabo de unos minutos--: Durante
los primeros años de tu infancia don Remigio parecía amarte hasta no
más y de doble modo, como padre en la carne y padre espiritual, pues
le preocupaba grandemente formarte el espíritu e instruirte en las
cosas del saber, que él siempre fue persona muy leída. Viéndole tan
solícito de tu bien, el ardor de mis remordimientos se mitigaba un
tanto. Más tarde, por empeño de mi marido, pasamos a Valladolid con la
fonda. La vida de Pajares fue tal que no había dinero que le bastase.
Hubimos de trocar lo que era fonda en humilde casa de huéspedes, a
tiempo que Pajares era llamado por Dios a juicio y moría lleno de
arrepentimiento. ¡Dios le haya perdonado! Por aquel tiempo don Remigio
vino con una parroquia a Valladolid y se hospedó en mi casa. Tú ya
eras mayorcito, y entonces es cuando él te enseñaba latín y a hacer
versos. Lo odiabas ya entonces y eso que no podías saber nada ni era
fácil que lo sospechases, porque a su vuelta a Valladolid, si bien
parecía conservarte algún afecto, a mí, que había envejecido bastante,
me trataba con menosprecio. ¡Solo Dios sabe lo que yo hube de padecer!
--nueva pausa de Doña Juanita--. Años y más años, muchos años, hijo
mío, me consideraba a mí misma tan malvada que en lugar de desear tu
perdón solo apetecía tu maldición, por recibir con ella esa triste paz
que dan las penas justamente recibidas. Por eso, aquella noche que me
maldijiste, hijo mío, yo, desde el fondo de mis entrañas te estaba
bendiciendo y loando a Dios porque había enviado, después de muchos
años, un rayo de luz a mi alma. Sin lo ocurrido aquella noche, nunca,
nunca me hubiera atrevido a revelarte este secreto ni a solicitar, con
lágrimas en los ojos, tu perdón.
En efecto, en este punto, doña Juanita comenzó a derramar abundoso y
sosegado llanto, que se esparcía sobre la frente de Teófilo, aliviando
el fuego de su calentura.
--Todo eso lo sabía yo, madre, antes de que usted me lo confesara, y le
había perdonado a usted, la había perdonado con toda mi alma. No llore,
madre. Sí, llore, madre, que sus lágrimas me refrescan la frente y el
alma.
--¿Que tú sabías?... --Dijo doña Juanita, incorporándose.
--Venga más cerca de mí, madre, que yo la sienta pegada a mí. Así. No
sabía las circunstancias que usted me ha referido; pero he sentido
siempre en lo más hondo y arcano de mi ser la certidumbre de que yo
había sido engendrado por una mala sangre en una sangre generosa.
Siempre ha habido en mí dos naturalezas: una torpe y vil, simuladora y
vana, otra sincera y leal, entusiasta y dadivosa. Usted madre, me ha
dado todo lo que tenía: porque todo lo bueno que hubo en mí usted me lo
transfundió al darme la vida. ¿No la he de perdonar? Lo malo y ruin me
viene de aquel hombre, que al engañarla a usted me perdió a mí. Madre,
béseme.