Se levantó y a gritos desde la puerta pidió agua caliente para
afeitarse. A poco se presentó una monja vieja, con el cacharro de agua
caliente.
--Buenos días, sor Cruz.
--Buenos días nos dé Dios. ¿Se ha dormido bien? ¿A qué hora hemos
venido anoche? Esta juventud... Ya me lo dirán ustedes cuando se hagan
viejos y se acerque el momento de la muerte...
--Vaya, vaya, sor Cruz. No me amargue el día dándome a desayunar ideas
tristes.
--¿Qué estaba leyendo usted ahí? Cualquier libro empecatado, como si lo
viera --sor Cruz se acercó a curiosear en la mesa de noche--. Un libro
de Santa Teresa. ¡Válgame Dios! ¿Un herejote lee estas cosas? Como no
sea para hacer mofa...
--Mal concepto tiene usted de mí, sor Cruz.
--Y una cartita. De alguna desgraciada... Vaya por Dios. Lástima
merecen las tales. Bien lo sé por experiencia. Y algunas son buenas,
buenas hasta dejarlo de sobra. La culpa es de ustedes, libertinos. Ya
lo ha dicho mi tocaya: «Hombres necios que acusáis...»
--¿Cuándo se van ustedes, sor Cruz?
--Mañana, en el tren de las ocho de la mañana. Antonia no quiere
dejarnos marchar; pero no hay más remedio. Nos ha escrito la superiora.
De manera que pasado mañana ya estamos en nuestro convento de Pilares.
Tengo una gana que no veo de encontrarme en mi celdita, y a bregar con
aquellas infelices recogidas. Si usted fuera hembra en lugar de varón
nos lo llevábamos a meterle por el buen camino.
--Si usted quiere llevarme tal como soy... No crea, a mí me gustaría.
--Señor, qué atrevido. Sería el diablo en el convento. Y esa pobre
Lolita... ¿No cree usted que estaría mejor con nosotras?
--Pss. Déjela usted. Si ella se encuentra a gusto... En todas partes y
de todas maneras se puede servir a Dios --dijo Alberto.
--¡Jesús, qué abominaciones! Me voy, no quiero oírle a usted --y sor
Cruz salió riendo con benevolencia.
Las relaciones de Antonia eran innúmeras, complejas, y con todas las
clases de la sociedad. A raíz de haber tenido a Amparito había estado
recogida en el convento de monjas adoratrices de Pilares y se había
captado el afecto de las monjitas. Una de las recogidas, compañera y
muy amiga de Antonia, había profesado en la orden, bajo el nombre de
sor Sacramento, la cual, en unión de sor Cruz, estaba hospedándose
ahora en casa de Antonia, de paso por Madrid. Siempre que venía a
la corte alguna monja del convento de Pilares se alojaba en casa de
Antonia.
Salió Alberto de casa, no sin haber guardado en el bolsillo _Las
Moradas_, porque tenía por costumbre llevar siempre un libro consigo, y
fue derechamente al hotel Alcázar. Rosina salió a recibirle en peinador
y le regaló con un beso de salutación.
--No te parecerá mal que te bese, ¿eh?
--Ni que fuera tonto --respondió Guzmán, devolviéndole afectuosamente
el regalo.
--Eso ya no. Te beso como se besaría a un hermano. Te quiero mucho,
pero como se quiere a uno de la familia. Estoy segura que si Fernando
me viera besarte no lo tomaría a mal. Siéntate. Yo voy a concluir de
vestirme. ¿Te quedas a almorzar conmigo? --Alberto asintió--. Quizás
venga Verónica también. ¡Qué chica tan excelente! Somos las grandes
amigas. A nosotras nos ha pasado como con ese drama que le dicen _El
Galeoto_: el público nos ha hecho amigas. Que si ella es la mejor
bailarina y yo la mejor cupletista, y que si somos las únicas, y dale y
dale; pues a mí me entró la curiosidad de conocerla y a ella lo mismo,
y aquí nos tienes a partir un piñón. Sobre todo desde que se concluyó
la temporada de ella y la mía; pues, hijo, que no se aparta de mi lado.
Parece que me adora.
--Bien. ¿Qué era la cosa que me iba a hacer la mar de gracia?
--¡Pues no eres nada ansioso! Calma, calma, porque hasta la hora del
almuerzo no digo esta boca es mía.
--Poco falta ya, de manera que tendremos calma.
--¿Qué es de Teófilo?
--En casa estará durmiendo...
--Siempre dije que era un gran hombre. Ya ves, ahora todo el mundo lo
reconoce así --Rosina cambió de expresión--. Tú ya sabes que Teófilo y
yo hemos sido muy amigos un poco de tiempo.
--Sí, lo presumía.
--Ahora parece que me aborrece. ¿Tú que crees?
--Lo que tú; que está enamorado de ti.
--Perdona. Por esta vez tu listeza se me figura que ha fallado. Tú
sabrás de otras cosas; pero lo que es de aquello que se refiere a mí
directamente, no me vengas con pamplinas. Si tratas de halagarme, te
advierto que no es por ahí. Fernando es mi sino y con él he de vivir
lo que me reste de vida. Así es que me tiene sin cuidado que Teófilo
esté o no esté enamorado; pero, la verdad, tampoco me hace gracia que
me odie y me trate con desdén. Yo no le hice nada malo. Lo que hice
fue lo que no pude menos de hacer --el rostro de la mujer adquirió una
expresión meditativa.
Desde que había vuelto a Madrid, Rosina no se había visto a solas con
Teófilo, sino siempre rodeados de otras muchas personas. Teófilo,
aunque con la pasión más embravecida que nunca, había resuelto evitar a
Rosina y darle a entender que la desdeñaba, lo cual, hasta aquel punto,
había logrado sobradamente. Rosina consideraba el amor a su hombre, a
Fernando, como la necesidad permanente de su vida, el nido, el árbol,
la tierra, la base en donde posarse y reposarse. Fernando era para
ella la plenitud de su feminidad, de su sexo. Pero, al propio tiempo,
necesitaba del amor de Teófilo, lo ansiaba como complemento y realce
del otro amor. Un ave ignora que sufre la tiranía de la tierra hasta
tanto que no se le entumecen las alas o las pierde; entonces, junto con
la nostalgia del vuelo, llega a saber que la tierra es el elemento que
la domina, así como el aire es el elemento que se deja dominar. Pues
algo semejante le sucedía a Rosina. Con relación a Fernando se sentía
empequeñecida, anulada, entregada sin albedrío a él. Recordando ahora
el sumo acatamiento y entrega que de sus potencias Teófilo le había
hecho en otro tiempo, y la exaltación gozosa y altanera que de aquel
amor ella había recibido, ardía en anhelos de resucitar las emociones
de entonces.
Llegó Verónica cuando Rosina concluyó de vestirse. Rosina hizo que les
sirvieran el almuerzo en la misma habitación.
--Qué, ¿has tenido noticias de Fernando? --preguntó Verónica.
--Hoy no.
--¿Te escribe todos los días?
--Quia. No se arregla bien con lo negro; pero, en fin, escribe tan a
menudo como puede. Eso sí, a mí me obliga a ponerle un telegrama diario
y una postal por lo menos. Es celosísimo.
--Claro, si te quiere. ¡Hija, qué suerte la tuya! Ya puedes
corresponderle bien, porque un novio así no se atrapa todos los días.
Yo no sé como hay mujeres que falten a sus hombres si estos las quieren
de verdad y con fatigas. Por supuesto, no lo digo por ti; contigo no
hay caso.
--Qué ha de haber... Y menos teniéndote a ti al lado, que estás siempre
con la misma canción.
--Y ahora --entró a decir Guzmán--, ¿se puede ya saber aquello que me
iba a hacer la mar de gracia?
--Todavía no. De sobremesa.
--Resignación.
En concluyendo de almorzar, Guzmán reiteró la pregunta.
--Sí, ahora os lo voy a referir. Y no sé cómo. Es increíble. Si no
estuviera aquí cerca la heroína creeríais que os trataba de tomar la
cabellera. Bien, doy principio a mi cuento, es decir, a mi historia.
Estaba yo esta mañana en la cama cuando entra la doncella diciendo
que una joven preguntaba por mí. Que pase. Y ya está aquí la joven,
vestida de negro, muy asustadita y muy monina, sí, señores. «Señorita
Rosa», me dice, y parecía que iba a llorar. «¿No me conoce?» ¡Qué
la iba a conocer yo! «Soy Márgara, la hija de _Bergantín_». Este
_Bergantín_ es un pescador y bañero de mi pueblo. «Pero, neña, cómo has
crecido y qué guapina estás», le dije yo. Ella se puso muy colorada.
Le pregunté a qué había venido a Madrid. Al principio no se atrevía a
decir nada; pero fue animándose, animándose poco a poco y me contó
lo que le pasaba. Veréis. Dice que en Arenales había llegado a ser
muy desgraciada. La cortejaban muchos mozos; pero ninguno le gustaba
a ella. Durante los veranos, los señoritos veraneantes no la dejaban
vivir, persiguiéndola sin parar, ya podéis suponer con qué intención.
Jura que hasta ahora ningún hombre la ha tocado, y yo lo creo. Dos
horas o muy cerca empleó en contarme mil menudencias. Yo abrevio. La
cosa fue que comenzó a entrarle un gran disgusto por todo lo que veía
en el pueblo; se apartó de las amigas y se encerraba a solas a llorar.
Oye, tú, no seas grosero y cierra ese libro.
--Te escucho, Rosina. He tenido una inspiración. Este libro nos ayudará
a entender el asunto de que se trata. Verás, esa doncella sentía, según
dice este libro, _ansias y lágrimas congojosas y sospiros y grandes
ímpetus_.
--Todo eso y mucho más, porque ella misma dice que no sabe explicarlo.
Guzmán volvió unas cuantas hojas y leyó:
--_Es dificultosísimo de dar a entender._
--Dificultosísimo. Ya veréis en lo que para.
--Lo presumo --dijo Guzmán.
--Eso ya lo veremos. Dice que creyó morirse de tristeza, que no tenía
interés por nada, que no sabía lo que quería, que le entraba un dolor
en las entrañas como de fuego y después quedaba toda rendida, que le
parecía estar rodeada de enemigos malos y a veces tenía que dar gritos
y, vaya...
--_Hace crecer la pena en tanto grado que procede quien la tiene en dar
grandes gritos_ --interrumpió Guzmán, leyendo. Prosiguió--: _Parece
un fuego que está humeando y se le representó ser de esta manera los
sentimientos que padecen en el purgatorio. Y así, aunque dure poco,
deja el cuerpo muy descoyuntado y los pulsos tan abiertos..._ --Guzmán
espigaba en el libro y leía a retazos.
--¿Pero te estás chungando de mí con todos esos camelos que tú mismo
inventas?
--Prosigue, Rosina.
--Si te estás callado. Entonces, al parecer, se puso a trabajar como
una bestia para olvidarse de todo. De esta manera parece que se
contentó algo; pero aquella otra cosa rara, un no sé qué que sentía en
el corazón, continuaba siempre.
--_Los contentos_ --leyó Guzmán-- _nacen de la misma obra que hacemos
y parece los hemos ganado con nuestro trabajo. Los gustos ensanchan el
corazón._ Esa muchacha quería meterse monja y viene a pedirte el dote.
Rosina rompió a reír descompuestamente.
--¿Cómo lo has averiguado? --preguntó, sin cesar de reirse.
--¡Qué mundo! --exclamó Verónica.
--No es nada difícil caer en la cuenta --añadió Guzmán.
--Estás fresco. Conque, ¿monja, eh? Pues, hijo, todo lo contrario.
--¿Todo lo contrario? --inquirió Verónica, boquiabierta--. Entonces
fraile.
--Sí --respondió Rosina--, de San Ginés, que se acuestan dos y amanecen
tres. Quiere ser una _cocotte_, como yo, y reinar en el mundo y sus
arrabales, porque ella se figura que ser _cocotte_ y emperatriz es la
misma cosa.
--Pues está enterada --comentó Verónica.
--Me dejas anonadado --confesó Guzmán--. ¿Y cómo fue? ¿No te ha
explicado?
--Pues fue que llegaron a Arenales los periódicos con mis retratos y
los bombos que me han dado, y todas esas paparruchas que cuentan acerca
de mis triunfos en Rusia y en Pekín y en donde Cristo dio las tres
voces, y cátate que la niña piensa: «Yo voy a ser otra como Rosina.»
Y sin más se escapa de su casa y se me plantifica aquí. Decía, con
deliciosa ingenuidad: «Es mi vocación. Comprendí de pronto que era mi
vocación.» Ya veis: vocación de _cocotte_...
Pausa.
--Y ahora, ¿qué vas a hacer con ella? ¿Devolverla a su familia?
--inquirió Guzmán.
--Ya, ya. De eso traté; pero habíais de ver cómo se puso la mosquita
muerta. No me lo dijo, pero le conocí en los ojos que pensaba que yo
era una envidiosa. Le dije que de un millón de mujeres que se pierden,
solo una, y a veces ninguna, llega a darse buena vida. En balde,
chicos: ella erre que erre. ¿Qué hacemos? ¿Qué os parece?
--Darle cuatro azotes y enviarla facturada al pueblo --aconsejó
Verónica, con ardimiento.
--Tengo un proyecto. A ver qué opináis --habló Guzmán.
--Venga de ahí, que siendo tuyo será bueno --jaleó Verónica.
--Es esto. Por la noche cogemos a esa niña y nos la llevamos de casa
en casa, a través de todas las casas de mal vivir, desde las de ínfima
categoría hasta las de cierto rango. Alistaremos a unos cuantos amigos,
reconocidamente brutos, y haremos que beban y desarrollen su brutalidad
hasta la máxima potencia. Buscaremos aquellos antros en donde no se
puede entrar sin que el alma se aflija y le haremos ver a Márgara, ¿no
has dicho que se llama Márgara?, que lo más probable es que vaya a
dar con sus huesos allí si se obstina en seguir esa vocación que dice
tener...
--¿Y nosotras vamos a ir también? --preguntó Rosina, algo alarmada.
--¿Por qué no, boba? Nos ponemos un mantoncito...
--No tengo mantón.
--Yo te lo prestaré. Ya verás, hasta nos vamos a divertir.
--Tanto como divertir... --observó Alberto--. Entonces, ¿qué os parece?
--A mí, de perlas --declaró Verónica.
--Sí, yo también creo que es una buena idea. Entonces... ¡Ah! Tenéis
que conocer a Márgara --Rosina se levantó y llamó al timbre. Cuando
apareció la camarera, Rosina añadió--: Que venga esa chica que llegó
esta mañana.
Presentose Márgara. Era antes alta que baja, gentilísima: un armonioso
aire de nobleza natural en toda su persona y movimientos. Muy morena,
casi bronceada; tenebroso el cabello; los ojos pequeñuelos, duros y
perseverantes en el mirar; los labios apretados y finos, y dientes
menudos de roedor; dulce pelusa por la quijada y sobre el labio. No era
bella; era peor que bella: diabólicamente incitativa.
--No tengo más que verte la cara para comprender que te gusta de una
manera enorme --dijo Rosina a Guzmán por lo bajo. Y luego, en voz
alta--: Es bonita, ¿verdad? Pues si vierais qué carnes, qué durezas --y
comenzó a oprimirle los senos y los muslos--. Tocad. Es mármol.
Verónica fue a probar y corroboró el juicio de Rosina, la cual,
dirigiéndose a Guzmán, le invitó a cerciorarse por experiencia personal.
--Toca, hombre, y no seas primo. Si a ella no le parece mal, ¿verdad,
Márgara?
Márgara no respondió. Guzmán hubo de experimentar la dureza específica
de Márgara.
--Sí, parece una estatua --declaró Guzmán, aludiendo, no tan solo a las
apretadas carnes, sino a la digna y fría inmovilidad en que se mantuvo
la muchacha.
Quedó todo convenido para la noche y Guzmán se despidió.
A media noche salía del hotel Alcázar la pandilla, compuesta de Rosina,
Verónica y Márgara, a pelo y con mantones achulados, y Angelón Ríos,
Travesedo, Guzmán, Celedonio Grajal y Felipe Artaza, muy conocidos
estos dos últimos en el mundillo del libertinaje y de la juerga por
el mucho dinero que tenían, por la manera ostentosa de gastarlo,
por la excesiva afición a los placeres báquicos y venustos, por la
heroica resistencia y brío en uno y otro ejercicio, y, en suma, por
sinnúmero de hazañas elegantes e ingeniosas, tales como arrojar a una
mujer cortesana al estanque del Retiro, apalear a un guardia, hacer
añicos los muebles de un restorán, meterse con el automóvil por el
escaparate de una tienda y reparar luego los daños y perjuicios con
jactanciosa largueza. Constituían dos tipos, o mejor, arquetipos del
héroe moderno, a quien el prosaísmo de la vida contemporánea fuerza y
constriñe a emplear el esforzado ánimo en empresas poco lucidas y muy
inferiores a su ímpetu y arrestos. Con todo, como la plebe propende
siempre a admirar el carácter heroico y encarece sus hechos trocándolos
en animada narración oral, que a veces se alza hasta crear la leyenda,
Grajal y Artaza tenían su gesta heroica popular que era muy celebrada
por estudiantes, horteras y provincianos en las tertulias de los cafés.
Encamináronse todos, lo primero, a casa de la Socorrito, una casa de
cinco duros. Fueron muy bien acogidos por la dueña, que tenía en los
dos héroes sendas fuentes de muy caudalosos rendimientos. Además, la
Socorrito había oído cantar a Rosina y visto bailar a Verónica, y las
admiraba mucho, según ella misma declaró en seguida, si bien, como
sevillana, opinaba que el _cante jondo_ y el baile flamenco, lo castizo
en una palabra, son superiores a las danzas y los cuplés modernistas.
Pasaron los visitantes al comedor, atalajado con muebles de nogal
y herrajes dorados. La Socorrito llamó a las niñas que se hallaban
libres. La Socorrito era una mujer joven, agraciada y pizpireta.
Llevaba un pañolillo andaluz, de crespón verde veronés, sobre el busto;
el peinado caído en crenchas, agitanadamente, y flores debajo del moño.
Presumía de usufructuar el monopolio de la sal; subrayaba las frases
con guiños y sonrisas maliciosas, como si cada palabra suya tuviera un
valor cómico extraordinario. Llegaron al comedor tres de las niñas:
_la Talones_, _la Lorito_ y Pepita, ni guapas ni feas, vestidas con
discreción, como señoritas de la clase media. Al ver tanta gente, y en
particular tres personas de su mismo sexo, se corrieron no poco y se
sentaron en actitud cohibida, de la cual no lograron hacerles salir las
vayas, desatinos y sobos de Angelón, Grajal y Artaza.
Artaza pidió champaña, y salió la Socorrito a buscarlo. No bien hubo
salido, cuando _la Talones_ dijo, aludiendo a la dueña:
--Es más templada y más graciosa. Luego tié cada golpe.
Entre las tres pupilas comenzaron a hacer el elogio de la Socorrito.
Había sido --y aún coleaba, afirmó _la Lorito_-- querida de uno de los
hermanos González Fitoria, los celebrados autores de comedias.
--¿Creen ustedes --preguntó Pepita, mirando a Rosina-- que las comedias
de los Fitoria son de ellos? ¡Quia!
--Pues, ¿de quién son? --interrogó Travesedo.
--¿De quién? Anda, pues de la Socorrito. Todos, pero así, todos los
chistes y golpes que ponen en las comedias son de la Socorrito. Si
lo sabremos nosotras... Tiene un ángel esta mujer... Nosotras nos
fijamos en sus chistes y decimos: en la primera comedia que estrenen
los Fitoria saldrán estos chistes. Luego, en el estreno, porque nunca
faltamos a los estrenos (la Socorrito nos lleva), zas, los chistes del
último semestre, uno por uno.
--¿Es posible? --inquirió Travesedo, con escepticismo.
Las tres pupilas, con la gravedad que el caso requería, juraron por la
salud de las madres respectivas que aquello era la pura verdad y que
ellas eran testigo de mayor excepción.
Angelón reía a torrentes.
--Aun cuando no fuera verdad, tiene la mar de gracia --dijo
Travesedo--. Y pensar que los Fitoria son los autores favoritos de las
niñas cursis y de las incultas clases burguesas... Admirable. Si uno
pudiera decir en un teatro: sandio y pazguato público, paquidérmicas
matronas, amenorreicas doncellas e idiotas niños litris; los donaires
que con tanto gusto reís son donaires de una alcahueta, espigados por
los autores en el muladar de una mancebía. Por supuesto, eso no puede
ser.
Volvió Socorrito con algunas botellas de champaña. A poco llegó una
nueva pupila; venía con abrigo de calle y mantilla. Era casi una niña,
de belleza nada común. Se llamaba Remedios y bailaba en un cine todas
las noches.
--Ven a sentarte aquí, chuchería, preciosidad --gritó Artaza,
golpeándose los muslos. Remedios, después de despojarse del gabán, fue
a sentarse sobre las piernas de Artaza, con desenfado más de inocencia
que de corrupción.
Después de beber el champaña, los visitantes se marcharon. Rosina,
Márgara y Guzmán hicieron terna aparte.
--¿Qué te parece esa chica que llegó a última hora? --preguntó Rosina.
--Es preciosa, guapísima --respondió Márgara.
--Pues ya ves cómo y en dónde está. ¿Quién crees que es más guapa, ella
o tú?
--Ella, ella ye mucho más guapa --dijo Márgara, con vehemente
convicción.
--Pues ya ves, hija. Y no se puede quejar de que le falten ocasiones de
lucirse y cazar hombres ricos.
Rosina continuó sermoneando y haciendo tenebrosas pinturas de la vida
que llevan las mujeres recluidas en una casa de trato, y cómo todo el
dinero que ganan se queda entre las uñas de la dueña y a la postre casi
todas terminan en un hospital, y por ahí adelante.
En esto, los que iban a la vanguardia se cruzaron con Teófilo. Angelón
obligó al poeta, quieras que no quieras, a sumarse a la pandilla.
El segundo lugar que visitaron fue la casa de la Alfonsa, una casa
de a duro, en donde las pupilas proporcionaban al parroquiano
voluptuosidades antinaturales y perversas.
En el umbral de la casa había una gran losa de mármol, con letras
negras, que decían: ALFONSA.
Pasaron todos a la sala de recibir, pieza rectangular, empapelada de
rojo, con divanes también rojos en derredor. Sobre los divanes, y
sentadas la mayor parte a la turca, había hasta siete mujeres, muy
pintadas, con tocados complejísimos y oleaginosos, vestidas como
máscaras, descotadas hasta el ombligo y mostrando las piernas. Tenían
todas ellas un mirar manso y lelo, de vacas. Había una negra. Otras
eran portuguesas y dos francesas. No había ninguna española. Algunas
eran bastante lindas, señaladamente _Lilí_, una francesa, que hacía
crochet en aquellos momentos, sin manifestar ningún interés por los
recién llegados. Grajal propuso que las niñas hicieran cuadros vivos.
--¿Qué es eso? --inquirió Rosina.
Se lo explicaron. Hubo necesidad de pagar cinco pesetas por cada una
de aquellas siete mujeres. La encargada examinó las piezas de plata
recibidas, calándose unos lentes de recia armadura de cuerno. Salieron
las mujeres y volvieron muy pronto, desnudas. En el centro de la
estancia, sobre unas colchonetas que al efecto había introducido la
encargada, las siete mujeres, desnudas, comenzaron a hacer simulaciones
de amor lésbico y otra porción de nauseabundas monstruosidades.
Rosina, Verónica y Márgara, rojas de vergüenza por su propio sexo, se
levantaron y salieron, seguidas de los hombres.
En la calle, Rosina volvió a la carga, haciendo saludables
consideraciones que Márgara escuchó con hosco silencio.
De casa de la Alfonsa fueron a una casa de la calle del Horno de la
Mata, de dos pesetas. A medida que se internaban por aquellos sombríos
y fétidos senos de Madrid menudeaban los grupos de rameras de ínfima
condición, apostadas de trecho en trecho por socaliñar viandantes.
Entraron los peregrinos excursionistas en un enorme caserón, en donde,
según se les había dicho, cada uno de los pisos era una casa de bajo
estipendio. Llamaron, a la ventura, a una puerta. Entreabriose la
mirilla; les preguntaron, quién; luego se oyeron gritos en el interior:
_Casianaaa... Opulencia..._ Pero no abrían. Dos duros que Grajal
introdujo por la mirilla forzaron las puertas del antro. Oficiaba
de portera una criatura indefinible y lamentable; la cabellera era
femenina, y el rostro varonil, hirsuto; para hallarle los ojos era
menester una larga investigación; el cuerpo, raquítico; chato el pecho.
Esta inquietante criatura condujo a los visitantes a una alcoba amplia,
en donde había una cama matrimonial de blanca madera curva, algunas
sillas y un lavabo. Poco después, la dueña hizo su aparición; era
gorda, vieja y sucia.
--¿Qué hueso se os ha roto por aquí? --preguntó con voz insolente y
gesto desconfiado.
--Pues, ya ves --respondió Angelón--. Venimos a hacer una visita a tu
palacio. Enséñanos las niñas.
--Están haciendo la calle.
--Pues que traigan champaña --ordenó Artaza.
--Mal rayo te parta. ¿Quieres quedarte conmigo?
Artaza puso un billete de cinco duros en manos de la mujer, la cual se
domesticó al instante.
--Opulencia, trae sidra y cerveza. ¿Queréis cerveza? Y sal a la calle,
que vengan las niñas.
Cuando la llamada _Opulencia_, que era la criatura indefinible,
salió, Travesedo, obedeciendo a los requerimientos de su carácter
inquisitivo, preguntó por qué habían apodado así a aquella mujer. La
dueña lo explicó. Opulencia, al parecer, aunque no en tanto grado como
la Socorrito, era también dicharachera y sentenciosa. Aquel cuerpo
ambiguo y encanijado encerraba una gran dosis de sabiduría práctica,
que brotaba acuñado en forma proverbial. Su sentencia favorita era:
«Donde no hay opulencia no hay meneo», y de aquí le venía el remoquete.
Volvió Opulencia con la bebida, y en aquel punto a Grajal le acometió
el capricho de verla desnuda.
--¿Quieres desnudarte delante de nosotros? --preguntó Grajal.
--¿Desnudarme? --exclamó Opulencia, manifestando a flor de piel sus
ojillos tenaces de insecto venenoso.
--Sí, desnudarte. Tres pesetas te doy.
--¿Desnudarme? --repitió Opulencia, esforzándose en darse por enterada
de la proposición.
--Tendrá miedo que lo sepa su novio --observó la dueña.
--¿Su novio? --preguntó Rosina maravillada.
--Sí, mi novio, mi querido, mi cabrito si quieres --se apresuró a decir
Opulencia con los brazos en jarras. Su expresión era perfectamente
zoológica. Era absurdo suponer que detrás de aquel rostro se escondiese
un espíritu humano.
--¿Qué edad tienes? --preguntó Alberto.
--Veinte --respondió la dueña.
Verónica no pudo menos de exclamar:
--Eso pal gato.
--Sí, veinte, veinte, veinte --afirmó Opulencia, subiendo la voz.
--¿Sabes contar? --preguntó Alberto.
--¿Contar qué?
--Contar números.
--No, pero tengo veinte.
--Bueno, a lo mío; dos duros te doy, ¿quieres desnudarte?
Opulencia consultaba con los ojos a la dueña. Decidiose con impulso
repentino.
--¡Qué Dios! Dos machacantes son dos machacantes. Donde no hay
opulencia no hay meneo.
Allí mismo y con presteza quedó desnuda. Iba desprendiéndose de sus
fementidas prendas indumentarias, que caían a tierra, formando un cerco
alrededor de sus pies; la falda, la enagua de tela escocesa, y otras
vestiduras más interiores, de un blanco arqueológico, con reliquias de
la historia sexual de Opulencia. Al propio tiempo, la atmósfera íntima
de aquel desdichado cuerpo se expandía en el aire a manera de husmillo
bascoso difícil de soportar con entereza. Cuando se quedó desnuda, sin
otros atavíos que unas medias color lagarto, sujetas con bramantes a
guisa de ligas, y unas botas destaconadas, Opulencia saltó por encima
del cerco que las ropas ponían a sus pies y se mostró, con inconsciente
impudicicia, a la admiración de los circunstantes. Veíasele el
esqueleto, malamente tapado por la parda pelleja, pegada al hueso.
Sus senos eran flácidos por modo increíble, cónicos y negruzcos, como
coladores de café. De la coyuntura de los muslos le brotaba una madeja
capilar, abundosa y salediza, como el extremo de un rabo de buey.
Parecía la creación macabra de uno de aquellos pintores medioevales,
atosigado por el terror de la muerte y del diablo. Angelón, Grajal y
Artaza le prodigaron requiebros sarcásticos que Opulencia admitía con
estulta complacencia, y le indujeron a hacer actitudes escultóricas, a
lo cual ella se prestó dócilmente. Grajal cogió un enorme gato capón
que por allí andaba y se lo dio a Opulencia, diciendo:
--Así; te lo pones así. Esta pierna más hacia atrás. Los ojos elevados
al cielo. De órdago. Ahora eres Diana cazadora.
--¡Basta! --suplicó Travesedo.
--¡Basta, basta, por Dios! --añadió Verónica, con lágrimas en los ojos.
--Como ustedes quieran. Puedes vestirte, Opulencia --habló Grajal.
A medida que Opulencia se vestía iban surgiendo nuevas mujeres: _la
Coral_, picada de viruelas y los ojos encenagados en el pus de una
oftalmía purulenta; _la Leopolda_, segoviana, según dijo, joven y
bonita; _la Araceli_, coja y con cara de foca; _la Aragonesa_, de
pecho prominente, expresión abatida y la piel revestida de dura costra
rojiza, como un dermatoesqueleto. Todas ellas ostentaban dolorosa
estolidez, y apenas si se les descubría atisbos de racionalidad.
Preguntaron a los hombres en qué cine o café cantaban, dando por
sentado que eran cantadores o ventrílocuos, y a las mujeres en qué casa
de trato estaban de pupilas.
Oyose llorar a un niño: sus lamentos eran desesperados, lacerantes. _La
Aragonesa_ salió y volvió a poco, dando el biberón a una criatura de
pocos meses, toda llagada, ciega. El niño resistíase a tomar el biberón
y lloraba exasperadamente.
--¿Es su hijo? --preguntó Verónica.
--Sí. Tómalo, condenao, que ahora iremos a la botica --rezongó la
madre, introduciendo a la fuerza el pezón de goma en la boca del niño.
--¿Qué tiene? --preguntó Rosina.
--Sífilis --respondió la madre.
--Entonces usted... --insinuó Verónica.
--Yo no. ¿Qué t’has creído? La cogió la criatura, cuando yo estaba
embarazada, de un cochino sifilítico que se ocupó conmigo. Pero yo
estoy tan sana como tú. Oye, ninchi --añadió, volviéndose hacia
Artaza--, dame dos pelas pa la medecina.
Artaza se las dio.
En aquel abyecto concurso de mujeres perdidas sin remisión destacaban
con triste contraste el encanto esquivo de Márgara, el brío latente de
Verónica y la bella serenidad de Rosina.
Los visitantes salieron a la calle, después de haber dejado algún
donativo metálico, y caminaron en silencio largo rato. Angelón fue el
primero en decir:
--Così va il mondo.
--Y nosotros no lo hemos de arreglar, de modo que vamos a concluir la
noche en la Bombilla --propuso Artaza.
Teófilo tenía el alma arrebatada y el cerebro como dormido. Toda la
pasión que sentía por Rosina se señoreaba de él más tiránicamente que
nunca. Afectaba desdeñosa frialdad y perfecta indiferencia; pero el
corazón se le quebraba por momentos y perdía el dominio de sí mismo.
Pensó marcharse, pero le faltó la fuerza de voluntad.
Rosina, de su parte, daba por seguro que la frialdad y desdén de
Teófilo eran reales y no contrahechos. Esta convicción, fundiéndose con
las sensaciones depresivas experimentadas durante la noche, le desolaba
el pecho, provocándole deseos de llorar, que acallaba con una alegría
sobrepuesta, ficticia y extremosa. Como quiera que Artaza gustaba no
poco de Rosina y venía persiguiéndola desde hacía algún tiempo, ella
determinó simular que le correspondía con creces y dar a entender a
Teófilo que si él no se cuidaba de ella, ella se cuidaba menos de él.
Y así acogió con muestras de exagerado contento la proposición de
Artaza, y habló, colgándosele con zalamería del brazo:
--Eres un hombre, Felipín. A la Bombilla, y bailaremos tú y yo, muy
ceñiditos, una polquita de organillo.
En el resto de la pandilla se disimulaban otros antagonismos que
amenazaban estallar por la virtud expansiva del vino. Eran estos entre
Angelón y Travesedo, cortejadores de Verónica, y entre Grajal y Guzmán,
encendidos en deseos por Márgara.
Fueron todos en dos coches a la Bombilla y se apearon en casa de Juan.
Era tarde, y coyuntura muy sazonada para cenar. Pidieron la cena en un
gabinete reservado del entresuelo, que daba al patio. La comida fue
copiosa y suculenta, caudalosamente irrigada por diferentes clases de
vinos. Entre plato y plato salían a veces, por parejas, a bailar al son
del organillo. Los antagonismos ocultos se exacerbaban con movimiento
progresivamente acelerado. El primero que conflagró fue el de Angelón y
Travesedo, que se vinieron a las manos con iracundo denuedo. Costó Dios
y ayuda destrabarlos. Al final de la lucha, Travesedo había perdido el
sentido de la vista, con la destrucción de sus lentes, y sangraba por
las narices; Angelón tenía un ojo medio pocho y sangraba por una oreja.
Entre Grajal, Artaza, Guzmán y Verónica consiguieron apaciguarlos
y hasta que se dieran las manos, echando pelillos a la mar. Luego,
los dos combatientes, seguidos, por si acaso, de Artaza, Guzmán y
Verónica, subieron a una habitación a mitigar las lesiones, lavarse
y componer los desperfectos del traje. Se fueron tranquilizando, y
gracias a los buenos oficios de Verónica depusieron su ofuscación y
solicitaron dispensa por el escándalo y susto que habían ocasionado.
Pasaba el tiempo y Guzmán, que no las tenía todas consigo a causa
de la pertinaz ausencia de Márgara y Grajal, salió de la estancia y
descendió al gabinete del piso bajo. El gabinete estaba vacío. Guzmán
salió y curioseó en otros gabinetes vecinos. En uno de ellos encontró a
Grajal y Márgara sobre una _chaise longue_, luchando jadeantes a brazo
partido. Por el desorden de las ropas y otros indicios, Guzmán vino
a entender que algún hecho grave se había consumado. Grajal se puso
en pie, así que vio aparecer a Guzmán, arregló y colocó en su punto
algunas partes de su vestido, se alisó los cabellos con las manos, y
salió del aposento sonriendo y haciendo guiños a Guzmán. Este cerró la
puerta por dentro y fue a sentarse al lado de Márgara, la cual se dejó
caer sobre él, llorando. Guzmán la estrechó entre sus brazos, le besó
la frente, los ojos, la boca, dura y fresca.
Cuando salieron del gabinete era de día. Al cobijo de una glorieta de
amortiguado verde polvoroso estaban Artaza, Grajal, Angelón, Travesedo
y Verónica, tomando sopas de ajo con huevos. Recibieron a Guzmán y
Márgara con chanzas picantes.
--¿Y Rosina y Teófilo? --preguntó Guzmán, sin darse por enterado de las
malicias.
--Nos la han dado con queso --respondió Angelón.
--Es la zorra más zorra que ha parido madre --decretó Artaza--. Toda la
noche dándome coba y al menor descuido, pum, se las guilla con el poeta
lilial.
--Pero, ¿cuándo ha sido?
--¿Cuándo? Cuando estábamos arriba acabildando a estos gaznápiros, que
tienen la culpa de todo. Se les va el vino en seguida a la bola --habló
Artaza, con enojada mueca--. Vosotros, al fin, no habéis perdido la
noche. Tomad sopas de ajo, o, como dice el poeta lilial en su drama,
_tomar_ sopas de ajo. Recoime con los poetas, que ni hablar saben.
Vamos hijos, meteos por las sopas de ajo, que no hay nada como eso
después de una juerga.
A las siete de la mañana terminaba aquella refección matutinal. Grajal,
Artaza, Angelón, Travesedo y Verónica volvieron juntos en un coche a
Madrid.
En quedándose a solas, Guzmán preguntó a Márgara:
--¿Qué quieres hacer? ¿Te quieres quedar en Madrid o volver a tu pueblo?
--A mi pueblo en seguida-- respondió Márgara.
--En seguida. Dentro de poco sale un tren. Vamos andando, que la
estación está cerca.
Salieron a la carretera y comenzaron a andar hacia la estación del
Norte. Oíase el agrio bramido de cornetas marciales y el tecleteo de
algún miserable piano de manubrio. El sol, a rebalgas sobre los altos
de la Moncloa, ponía un puyazo de lumbre cruel en los enjutos lomos
de la urbe madrileña, de cuyo flanco se vertía como un hilo de sangre
pobre y corrupta el río Manzanares. Un tren silbó. En el andén de la
estación estaban sor Cruz y sor Sacramento.
--Esas monjitas son amigas mías. ¿Quieres hacer el viaje con ellas?
--dijo Alberto.
--¿Adónde? --inquirió Márgara, con ojos ariscos.
--Ellas van a Pilares.
--Bueno.
--Toma este dinero.
--No lo necesito.
--Sí; lo necesitas para comer en el viaje.
Márgara lo aceptó sin dar las gracias.
Sor Cruz y sor Sacramento recibieron a Márgara con franca afabilidad.
Alberto ayudó a las tres mujeres a acomodarse en un departamento de
tercera y aguardó hasta que el tren partiera.
Dos meses después, Antonia recibía una carta de su amiga sor
Sacramento, en la cual había un párrafo que rezaba: «Dile al señor de
Guzmán que aquella muchacha que nos recomendó en el tren se vino con
nosotras directamente al convento, como recogida. Dentro de muy poco
profesará. Su piedad es ejemplar, y en esta casa la consideramos como
un ángel más que como una mujer.»