Una mañana estaba Guzmán todavía en la cama, leyendo _Las Moradas_, de
Santa Teresa, cuando la ventruda Blanca penetró en la habitación con
un gran sobre color espliego, perfumado de violeta. Decía la carta:
_Querido Alberto: pásate por mi hotel cuanto antes mejor. Tengo que
comunicarte una cosa que te hará la mar de gracia. Estupendo, chico,
estupendo. Un caso de vocación; pero qué vocación. ¿Quieres venir a
almorzar conmigo? Tu amiga_,