--Cree en Dios... ¡Qué blasfemia! Estas corrompidas mujeres no respetan
nada --exclamó de nuevo doña Juanita. Rasgó la carta. Era un deber
de conciencia destruir el cínico papelucho. Pero anticipándose a
cualquiera eventualidad, con la mejor intención, quiso curarse en salud
por si Teófilo llegaba a saber que habían dejado una carta para él y
venía pidiendo la fementida carta. Doña Juanita determinó adelantarse
a decir a su hijo, tan pronto como este volviera, que una mujer había
venido a visitarle y no encontrándole en casa había dejado escrito un
billete, el cual estaba sobre la mesa de despacho del señor Guzmán;
luego echaría la culpa del extravío a Milagritos. No iba a ser Teófilo
tan suspicaz que presumiese nada malo de su propia madre. Con esto doña
Juanita pareció sosegarse. Se sentó en una butaca e insensiblemente
comenzó a dar cabezadas, dormitando. De pronto creyó oír un murmurio
en sus orejas que le avivó el seso y le hizo abrir los ojos con
sobresalto. Decía claramente el murmurio: «Creo en Dios y acepto lo
que sucede como un castigo que me tengo bien ganado.» ¿Por qué no
había de creer en Dios aquella mala mujer? Doña Juanita pensó: «Mala
mujer, pero no tan mala como yo soy, sin ningún temor de Dios y ciega
a su alta justicia. Mejor mujer es que yo soy, pues ella me enseña la
resignación y el acatamiento a lo que no es sino castigo de nuestros
desvaríos. ¡Dios! ¡Dios! Este desamor, y aun yo dijera odio, que
Teófilo me tiene, ¿qué es sino justa sanción de mis pecados para con
él? Hijo mío de mi alma, hijo mío de mi alma, cómo me haces sufrir.»
La tribulación de doña Juanita se deshizo en lágrimas. Le acometió
la necesidad de orar y fue al cuarto de Lolita a postrarse ante San
Antonio y el Niño Dios. Maravillose de no hallar al santo en su lugar
acostumbrado. Giró la vista en torno, y viéndolo todo sucio, revuelto,
patas arriba, con aquella su infantil volubilidad, obra de sus muchos
años, dejando de lado por un momento sus congojas, murmuró entre
dientes:
--¡Qué cabeza! ¡Qué criatura! ¡Qué desorden! ¡Qué leonera! Media tarde
y hay que ver esta habitación. ¡Piñones!...
Sus hábitos de hacendosidad le indujeron a poner algún arreglo en
el menaje de Lolita. En el velador del centro parecíanse peines,
cacharros, potes de afeites y unturas y ovillos de pelos. Doña Juanita
tomó con el pulgar y el índice, a manera de pinzas, como quien coge un
bicho sucio, aquellos despojos de la cabellera de Lolita, hablando a
media voz:
--Bueno; esto es ya guarrería. Se le iba a caer el cetro por tirar esta
pelambre en el cubo.
Cuál no sería su estupor y espanto al ver al bendito San Antonio,
flotando panza abajo en las turbias aguas de aquel miserable recipiente.
--¡Dios me ampare! ¡Qué sacrilegio! --suspiró la vieja santiguándose.
Pero se tranquilizó muy presto atribuyendo la fechoría a Milagritos.
Extrajo al santo del cubo, lo enjutó y reintegró a la rinconera; pero
no pudo devolverle el Niño Dios, al cual no pudo encontrar por más
vueltas que dio. Luego salió en busca de la niña a fin de echarle una
reprimenda y amonestarla para lo sucesivo. Milagritos estaba sentada
en el suelo, detrás de los hierros de un balcón, mirando la gente que
pasaba por la calle. Los ojos de la niña, color miosotis, cernidos por
grandes ojeras de violeta, volvíanse a mirar a las personas con amarga
e inmóvil intensidad. Era una niña que no reía nunca y hablaba raras
veces. Negó haber hecho tomar un baño a San Antonio, y por mucho que
doña Juanita le instó a que fuese buena niña, sincera, y confesase su
delito, la niña no se dignó responder una palabra más. En vista de
esto doña Juanita cedió en sus ardores pesquisitorios, y no teniendo
cosa mejor que hacer se sentó también a contemplar lo que pasaba en la
calle. Doña Juanita estaba muy nerviosa y la niña no apartaba los ojos
de ella.
--¿Qué le pasa a usted, doña Juanita?
--Miren el arrapiezo, qué fisgona.
--¿Qué le pasa a usted, doña Juanita, que no se puede estar quieta?
Sin saber por qué, doña Juanita se sentía al lado de Milagritos más
acompañada que no con las personas mayores.
--Pues, estoy nerviosa, doña Marisabidilla.
--¿Por qué está usted nerviosa?
--No quiere saber poco la señorita Renacuajo. Pues estoy nerviosa
porque esta noche voy al teatro, y hasta que no llegue la hora, pues
estoy nerviosa --doña Juanita no acertaba con expresiones tan claras
como ella quisiera.
--¿Y por eso está usted nerviosa? --Milagritos se levantó, se marchó y
volvió a poco con un reloj de sobremesa en las manos. Era una criatura
precoz. En el corto tiempo que había asistido a la escuela, de la cual
hubo de salir por delicada de salud, había aprendido a contar y a
leer--. ¿Cuántas horas faltan? --preguntó.
--¿Qué hora es?
--Las cinco.
--Pues faltan cuatro horas.
Milagritos abrió la tapa del reloj y con el dedo puso las manecillas en
las nueve. Dijo con firmeza, mirando de hito en hito a doña Juanita.
--Ya puede usted ir al teatro.
Doña Juanita se quedó aturrullada, como idiota. Balbució:
--Hija mía...
--Ya puede usted ir al teatro --repitió Milagritos, sin despegar los
ojos del rostro de doña Juanita y presentando el reloj, como prueba
incontrovertible de que era hora de ir al teatro.
--Hija mía, el reloj marca el tiempo, pero no es el tiempo. El tiempo
es cosa de Dios; mejor dicho, no es cosa de Dios, porque Dios es
eterno. No sé cómo explicarme.
--Si usted no quiere ir al teatro usted se lo pierde --dijo Milagritos
con gesto de desdén. Sentose en tierra y volviose a mirar a un hombre
mutilado de entrambas piernas, a la altura de medio muslo, que avanzaba
sobre los muñones por el medio de la calle, tañendo con singular
denuedo un cornetín de pistón.
La vieja y la niña permanecieron sentadas y en silencio hasta después
de anochecido.
Aquella noche Teófilo no vino a cenar. Después de la cena todos los
moradores de la casa, a excepción de Blanca y Milagritos, fueron al
teatro de los Infantes a presenciar el estreno de _A cielo abierto_.
Ocuparon un palco segundo. Díaz de Guzmán estaba en butacas. En la
sala, de tonos claros, luminosa y decorada con lujo, veíanse muchas
damas ricamente vestidas y no pocos caballeros con frac y _smoking_.
Levantose el telón. La escena representaba unas Cortes de Amor, en
Provenza. Surgió del público un inequívoco susurro de admiración. En
efecto, el cuadro era deslumbrante y grato a los ojos, como tapiz de
Oriente. En el fondo del escenario, acomodada en trono de púrpura con
guirnaldas floridas, veíase a la Roldán, prestanciosa y patricia, la
cabeza erguida con grácil continente de majestad, el rostro ovalado en
dulce proporción, los ojos arábigos, profundos, sedeños, al aire la
pulcra y halagüeña sonrisa de un blanco de arroz. Incorporaba en el
drama la princesa Liliana de Rousillon. Hacían cortejo a la princesa,
al pie del trono, dos filas de hermosas señoras o azafatas, con túnicas
de joyante seda, las cuales, como las damas se rebullesen una que otra
vez, movían manso ruido de foresta o de agua entre guijas. Alongados
respetuoso trecho del trono, teníanse en pie un golpe de caballeros y
galanes, guerreros, juglares, poetas y hasta media docenita de bufones;
quiénes con calzas estiradas a la florentina, quiénes con breves
dalmáticas a usanza de París, de ellos con esclavinas y capuces, aquí
con armaduras y cotas de malla, acullá con la botarga histriónica. En
suma, que de aquel pintoresco y lindo concurso no podía por menos de
manar poesía a borbollones. Así se lo olió el público, apercibiéndose a
fruir del lírico festín.
Un rey de armas, o cosa así, destácase del grupo de hombres y
prosternándose, declamó:
Que el hada Felicidad
derrame, noble Princesa,
su dorada cornucopia,
de bienes y rosas llena,
sobre tus hombros gentiles,
sobre tu gentil cabeza.
Muchedumbre de galanes
por tu amor riñen contienda
de rimada pleitesía
a uso de la Gaya Ciencia,
y tus antojos atisban
antes que los labios muevas,
como el espía que escucha
con el oído en la tierra.
Este romancillo inicial produjo muy buena impresión. La metáfora de
la cornucopia, que la mayoría de la audiencia entendió que aludía a
cierto linaje de espejos antiguos, y la del escucha con el oído pegado
a tierra, agradaron por su originalidad.
A continuación, feroces guerreros y cortesanos galanes comenzaron a
_reñir contienda_, como había dicho el rey de armas, por un beso en
la mano de Liliana. Adelantábanse uno a uno a esgrimir sus armas, las
cuales si herían era muy dulcemente, pues las tales armas consistían
en baladas, tensiones, rondeles y otras diferentes especies de ataques
y escaramuzas poéticas. Los metros eran muy variados y sonoros, en
extremo musicales, como con acierto observaron algunos críticos, y
de acentos tan bien repartidos que convidaban a bailar un zapateado
por lo rotundo y enérgico del compás o sonsonete que tenían. «Estos
son versos, y cualquiera puede sentir que son versos», pensaban los
entusiastas. Un guerrero, que _aunque rudo y áspero como la crin del
león de los desiertos_, aspiraba, como bobo, a _ungir su braveza_ con
aquel minúsculo homenaje osculatorio en la mano de Liliana, salió a
recitar una canción que por la reciedumbre de los versos remedaba con
mucha propiedad el fragor y estruendo de las armas al entrechocarse
o un armario lleno de cachivaches que cae en tierra. Y no contento
con recabar para sí el osculatorio goce, comenzó a echar pestes en
alejandrinos contra los afeminados cortesanos, _parásitos de la mesa de
los magnates y polilla de las damas_, que de esta suerte los calificó
el terrible guerrero, y en particular contra los poetas, _que fuerzan
el corazón de las bellas con versos falaces e insidiosos_, no de otra
suerte que _el ladrón abre en la noche las puertas con ganzúa_. Esta
imagen fue muy encomiada. Pero nunca el bárbaro guerrero hubiera hecho
tal, porque salió de estampía Raymond de Ventadour, un trovador, a
quien Liliana, según era fácil observar, miraba con ojos zaragateros,
y en un rapto de inspiración vertida _en las ánforas helénicas de
los endecasílabos y en los pebeteros muslímicos de los heptasílabos_
(insólitas calificaciones, disculpables en cuanto licencias poéticas)
encareció el divino papel de la poesía en el mundo, y cómo la voz de
los poetas era la voz del mismo Dios puesta en palabras bien casadas
que suenen la una con la otra, y abominó de la guerra y de todo
ejercicio corporal, prediciendo, como vate que era, que allá con el
rodar de las edades las letras triunfarían de las armas y la vida de
los hombres llegaría a ser en aquel lejano cabo de los tiempos tan
apacible, rítmica y tersa como un rondel de oro. En este punto sonó
la primera ovación en la sala. Tras de lo elevado vino lo burlesco o
satírico, y fue que Raymond de Ventadour improvisó un apólogo en el
cual establecía un parangón entre el pavo real o pájaro de Juno, con
los cien ojos de Argos en la cola, y el mocoso pavo común, o pavo de
Navidad. Era el primero, para los efectos de la sátira, el poeta; el
segundo, el guerrero, y más genéricamente el hombre bruto y vulgar. El
apólogo tenía un estribillo que decían a coro los seis bufones: esta
industria agradó mucho al público. En vista de lo cual, la hermosa
Liliana dio su mano a besar a Raymond de Ventadour, por donde el resto
de los muchos galanes postergados recibieron dolorosa llaga en su amor
propio y salieron mascullando palabras enconadas; pero más que todos el
terrible guerrero, quien, con extraña voz que del público pudiera ser
oída y no de aquellos que se hallaban más cerca de él en el escenario,
juró para sus crines de león que se había de vengar, y con esto se
inició el conflicto dramático. En un periquete quedaron solos Liliana y
Raymond; dijéronse mutuamente que se amaban hasta no más; pero Liliana,
mujer al fin, mostrábase un poco displicente y recelosilla. Preguntole
el Trovador a qué venían aquellas bobadas, si bien él empleó otros
términos más galanos y melifluos, y Liliana respondió que no estaba
muy segura aún del amor de su Ventadour y que le exigía una prueba
concluyente. No una, mil pruebas estaba dispuesto a darle el apasionado
Raymond, y así rogó a su dama que cuanto antes echase por aquella boca
lo que quisiera mandar. Entonces Liliana, muy zalamera y con la mayor
naturalidad del mundo, dijo que se trataba de una cosa muy sencilla, o
sea, darse un paseito a pie hasta Tierra Santa, besar el santo sepulcro
de Nuestro Señor Jesucristo y luego volver a recoger el premio. El
premio, ¡qué premio!, consistía en holgarse cuanto le viniera en gana
con la hermosa señora de Rousillon. Cierto que Liliana estaba casada;
pero, aparte de que el señor de Rousillon era un viejo imposible
(Teófilo quiso pintar a don Sabas), en la Provenza de aquellos tiempos
es cosa sabida que se hacía abstracción completa de los sagrados
derechos del marido. De aquí que las señoras que se encontraban en el
teatro calificaran de poético sobremanera el medio ambiente que el
autor había elegido para su drama. Oír el simpático Raymond el deseo
de su amada y ponerse en camino para Palestina fue todo a un tiempo.
Viósele perderse a lo largo de un jardín que detrás de un rompimiento,
en lo más profundo del escenario, había, y Liliana, melancólicamente
reclinada en una columna de mármol, le seguía con los ojos. Fue
una escena muda enternecedora. Algunas señoras derramaban lágrimas
considerando el acerbo trance en que la princesa se encontraba, con un
marido viejo y un amante que va de paseo a pie camino de Tierra Santa,
y ansiaban con toda su alma que la princesa volviese de su resolución,
y, llamando hacia sí a Raymond, comenzaran a holgarse cuanto antes,
puesto que él se lo tenía bien merecido, y además, en este mundo el
fandango que se pierde no se vuelve nunca a bailar. Pero Liliana
permaneció muda e inmóvil hasta que Raymond desapareció, y en aquel
punto, con voz sobrehumana, melodiosa y nocturna, porque más que voz
parecía la suya un retazo del aterciopelado azul de una noche serena
que se hubiera transmutado en sonido, se puso a plañir una balada. El
público experimentó un escalofrío de emoción. La primera estrofa de la
balada tenía el consonante en _ía_:
Tras de tu airón yo me iría,
tras tu canto-hechicería
que trueca la noche en día,
y la sombra en armonía,
y el desierto en lozanía
de rosas de Alejandría.
Tras de tu airón yo me iría,
trovador del alma mía,
cisne del ala bravía... etc., etc.
y nunca concluía. Este agudo artificio poético, semejante, salvando
diferencias de naturaleza, al del clown que se despoja sucesivamente
de innumerables chalecos, o al del prestidigitador que extrae del
buche kilómetros y kilómetros de multicolores cintas, si bien sería
más exacto compararlo a una concha que encerrase un racimo de perlas
unánimes, o a un armiño que tuviese tantas pellejas superpuestas como
capas tiene una cebolla; este sorprendente artificio, decimos, deleitó
por extremo al público. El deleite a cada nuevo _ía_ se acrecentaba
hasta trocarse en verdadera angustia, aunque sabrosa, que obligaba a
los espectadores a ir levantándose paulatinamente de los asientos,
a golpes de consonante, y después del último verso volviéronse a
sentar de sopetón, divinamente conturbados y desfallecidos, como mujer
ardiente que ha sido gozada muchas veces en corto tiempo.
La segunda estrofa aconsonantaba en _on_, y era la misma canción:
Me iría tras de tu airón,
tras tu canto-anunciación,
que encinta a la creación
con luz viva de ilusión... etc., etc.
La tercera estrofa tenía el consonante en _aba_, y nunca se acababa;
esto es, parecía no acabarse nunca, como sus hermanas mellizas. Pero
se acabó, y con ella el acto. La ovación fue inenarrable. El público
requirió la presencia del autor en el escenario, y, en viéndole
aparecer, los aplausos se acercaron al frenesí.
La gente salía a los pasillos tiritando de entusiasmo.
--¡Qué poeta! ¡Qué bárbaro! --se oía de un lado a otro.
Algunos traían pegado aún al oído el triquitraque de la última balada,
y sin poderse reprimir arrancaban a manotear y declamar: _Tras de
tu airón yo me iría_, remedando, en la medida de sus respectivas
facultades, la bella voz y aterciopeladas inflexiones de la Roldán.
Pero nunca faltan seres malévolos y descontentadizos. Uno de estos, don
Alberto del Monte-Valdés, a grandes voces, como de costumbre, declaraba
sin empacho que la obra era un adefesio y que aquella ya famosa balada
_de los ías, ones y abas_ hacía pensar en un borrico dando vueltas a
una noria. Un caballero entrecano y barrigudo que andaba por allí cerca
fumando un cigarro con la anilla puesta se acercó en actitud hostil a
Monte-Valdés, y dijo:
--Eso hay que probarlo --sus ojos estaban anublados aún por el éxtasis
pimpleo.
--En primer lugar, este acto que hemos visto no tiene ningún carácter
provenzal: defecto imperdonable, sobre todo si se tiene en cuenta que
con solo leer el libro de Nostradamus acerca de los poetas provenzales
se adquieren cuantos datos se pueden apetecer para reconstruir la época.
--Paso porque Paternoster o Nostradamus no sea un camelo y que la obra
no tenga ambiente, que para mí lo tiene y grande --como si el ambiente
fuera a la obra artística lo que la nariz al rostro humano--. ¿Qué me
dice usted con eso? --habló el caballero barrigudo.
--En segundo lugar --continuó Monte-Valdés sin conceder atención al
interpelante y enarcando mucho las cejas--, el conflicto dramático es
absurdo, según los usos y la sensibilidad de aquella edad, que pudiera
llamarse la edad del cuerno. El código del amor, compuesto por numerosa
corte de damas y caballeros, código del cual nos da noticia André el
capellán, estipula en su trigésimoprimero y último artículo que nada
impide que una mujer sea amada por dos hombres y un hombre por dos
mujeres, _unam feminam nihil_...
--Camelos, no --atajó el caballero barrigudo.
--Es absurdo, repito, y ridículo suponer que un caballero provenzal
jure vengarse de un poeta porque este haya sido preferido en el amor
de una dama. Contiendas de este linaje nunca las hubo en Provenza. En
tercer lugar, todas las metáforas e imágenes de la obra son lugares
comunes retóricos, palabras sin contenido ni valor plástico, _como la
crin del león, cisne del ala bravía_, cuando me consta que Pajares no
ha visto en su vida un león, ni el paralítico del Retiro, ni un cisne,
porque en el Pisuerga ni en el Esgueva hay cisnes, sino palominos, como
Góngora asegura.
--Todo lo que usted dice son apreciaciones críticas más o menos
respetables. Pero lo que yo le preguntaba a usted era que nos hiciese
notar los desatinos de la obra.
--En falange. Por lo pronto, aquel grotesco parangón entre el pavo real
y el pavo común. La obra se supone que acontece por los siglos XII o
XIII. Pues bien, el pavo común nos ha venido de América, de tierras de
Nueva España, las cuales fueron descubiertas, como todos saben, el año
de gracia de 1518, y en cuya conquista tomó parte un antepasado mío.
Es decir, que un poeta provenzal versifica sobre el pavo común nada
menos que tres siglos antes de ser conocida en Europa esta suculenta
gallinácea.
--¿Y eso lo sabe usted acaso --interrogó el caballero barrigudo, con
sorna-- directamente por su antepasado?
--Lo sé como lo sabe cualquiera que no sea mestizo de cretino e idiota.
La primera mención que se hace del pavo común está en el libro de
Oviedo, _Sumario natural de la historia de las Indias_, y él lo llama
pavogallo, y explica las diferencias que lo separan del pavo real o
pavón. Además, en todos los libros clásicos se le llama pavigallo: es
cosa archisabida.
Como siempre que Monte-Valdés hacía una cita pintoresca, los oyentes se
quedaban en la duda de si las inventaba él mismo según la discusión lo
requiriese: con tanto gracejo y oportunidad las enjaretaba.
--Aunque así sea, señor; en toda obra poética hay siempre
convencionalismos lícitos que ni dan ni quitan al mérito de la obra --y
el caballero barrigudo se apartó del corrillo que presidía Monte-Valdés.
La decoración del segundo acto representaba la cubierta de un buque de
vela. Raymond vuelve por mar a Marsella, porque el viaje de regreso
no era obligatorio a pie; así se lo había dicho Liliana antes de la
partida. No ocurre nada a bordo, sino que cuándo un marinero, cuándo
el piloto, ahora el contramaestre, luego Raymond, tienen algo que
decirle al mar. Raymond se lamenta de la pereza de los vientos: él
quisiera que inflasen las velas _con tanta violencia como la pasión le
hinche a él el pecho_. Los marineros refieren historias de piratas. Y
como en hablando del rey de Roma luego asoma, un vigía grita: ¡Buque
a la vista! Y el público se cala al instante que es un buque pirata.
Como por arte de encantamiento el buque misterioso se les viene encima
a los cristianos. _Es una fusta o pequeña embarcación, famélica loba
de los mares._ _Son piratas_, ruge el piloto. La fusta se acerca. Los
cristianos carecen de armas. Sensación. Abordaje. Raymond, aunque
poeta, lucha bravamente. En balde. Los piratas apresan la embarcación
cristiana. Aparece el caíd pirata, y resulta no ser otro que aquel
caballero del primer acto, rudo como la crin del león, el cual había
renegado de la fe de Cristo y salido a correr aventura domeñando los
mares. Esta aparición era un poco dura de pelar, pero, como decía
con sumo tino el caballero barrigudo, hay en los dramas en verso
convencionalismos lícitos en cuanto a la acción, una vez que se ha
aceptado y digerido una sarta de _ías_, una retahíla de _ones_ y un
celemín de _abas_. Pero faltaba aún el rabo por desollar. Y fue que
Liliana en persona surge de la embarcación pirata. ¿Estaba acaso
cautiva? Cautiva en las redes de amor de Lotario, que este era el
nombre del antiguo caballero y ahora pirata. Liliana dice con todo
desparpajo que el mundo es de los fuertes, y que por encima de la ley
de Cristo, que es una ley para esclavos, está la ley eterna, la ley
natural. Raymond castiga ejemplarmente estas bachillerías arrojando
a la cabeza de la ingrata y de Lotario unos cuantos endecasílabos
de punta. Segunda ovación, tan calurosa como la del primer acto. El
público convenía en que el segundo final era un tanto efectista, pero,
se añadía, el teatro es siempre efectismo.
En el entreacto Guzmán subió al saloncillo a dar su parabién a
Teófilo. Esperaba encontrarle radiante de alegría, esponjado con
esa saturación plenaria, jovial y un poco insolente que da de sí
el orgullo satisfecho. Teófilo parecía estar contento, pero no en
proporción con el triunfo que había obtenido. Atestaba el saloncillo
nutrido contingente de escritores y aficionados a las letras, los
cuales oprimían la mano del poeta con simulada efusión y cordialidad,
desmentidas por involuntaria tristeza de los ojos. Cuatro o cinco
poetas imberbes daban señales de entregarse al entusiasmo sinceramente,
sin la bastardía de ningún otro sentimiento deprimente e inconfesable.
Pero parando un poco la atención en ellos, se echaba de ver que
su entusiasmo participaba en mayor grado de la vanidad que de la
admiración desinteresada. Pertenecían a la misma escuela poética, o
como se la quiera llamar, de Teófilo, y el éxito del drama era para
ellos empeño del amor propio.
Poco a poco, los admiradores se fueron marchando, porque no tenían
nada que decir espontáneamente en elogio del drama y, aunque muy por
lo nebuloso, sentíanse mal a gusto y como rebajados en la vecindad del
poeta triunfante. Quedaron tan solo sentados en divanes que corrían en
torno del saloncillo los más amigos de Pérez de Toledo, primer actor y
empresario de la compañía. Presidía este la reunión, en pie y dando la
espalda a una chimenea sin lumbre, vestido de trovador, con el cráneo
muy erecto, astuta expresión de afabilidad burlesca, y la cínica nariz
respingada, como venteando un leve humillo de cosa ridícula que flotaba
en el aire. Era un hombre de gran finura intelectual, a quien estorbaba
para ser insuperable actor, aparte de cierta deficiencia de facultades,
el ser casi siempre superior a los autores y obras que representaba,
de manera que no podía tomar en serio los unos ni las otras, si bien lo
disimulaba con arte sobremanera sutil. Complicaba el trato social con
mil fórmulas y agasajos de exagerada cortesanía y, al propio tiempo,
su sarcástica cabeza de Diógenes revelaba estar en el gran secreto
filosófico de que el mundo de las ficciones no muere allí donde se
acaba el tablado histriónico. Era muy hábil en el manejo de la ironía,
o, como se dice en el lenguaje vernacular, tomaba el pelo a la gente
sin que la gente se enterara.
Un crítico, que tenía una fama y unas orejas detestables (una y otras
de asinidad definitiva), habló así:
--Estamos en unos tiempos de claudicaciones, transacciones y
corruptelas vergonzosas.
--Vamos a ver, don José, que sepamos por qué son estos tiempos tan
claudicantes y transitorios --dijo Pérez de Toledo.
--¿Le parece a usted, Alfonso? ¿No se ha enterado que mañana debuta
en el teatro del Príncipe, un teatro serio, esa cupletista llamada
Antígona? Es una claudicación vergonzosa. Si levantara la cabeza
Calderón, o Lope, o Tirso...
--Esa tal Antígona es tan rica hembra que sería muy capaz de
conseguirlo. Ya ve usted con don Sabas... --comentó un joven
periodista, induciendo al concurso a reirse, con gran sorpresa del
crítico, quien preguntó:
--Conseguir, ¿qué?
--Lo que se proponga, don José.
--Estamos en la edad de la sicalipsis, está visto --concluyó el crítico.
Generalizose la conversación acerca de Rosina; casi todos tenían algún
dato o noticia que comunicar, y así se vino a saber que Rosina era una
de las más fulgentes estrellas del género ínfimo, mimada y disputada
por el público europeo; que el empresario del teatro del Príncipe le
pagaba setecientas pesetas diarias por cantar tres cuplés; que estaba
aquella noche presenciando el estreno y aplaudía con vehemencia; que
don Sabas, ¡habráse visto descoco!, no se había recatado en ir a
visitarla a su palco, y, a lo que se decía, procuraba reanudar ciertas
viejas relaciones; pero Antígona no aceptaba el envite del caduco
político, pues era de clavo pasado que había repelido pretendientes y
proposiciones fabulosos, hasta de príncipes rusos, porque, al parecer,
tenía un apaño (_está metidísima_, _está enchuladísima_, fueron dos
de las expresiones empleadas para definir este punto) con un hombre
verdaderamente interesante. Al llegar aquí la conversación recayó sobre
el hombre interesante. Había sido hércules de feria, muy guapo; luego
cómico en una compañía de poco pelo.
--Alto ahí --cortó don Bernabé Barajas, que estaba presente--. La
compañía no era de poco pelo. Yo fui empresario. Íbamos a hacer una
turné por los pueblos de la provincia de Teruel. Por cierto que
Fernando (este es su nombre) mostraba felices disposiciones para el
arte. De manera que lo que ahora es a mí me lo debe, que yo le enseñé
los principios esenciales del arte escénico.
--¿Y es tan guapo como dicen, don Bernabé? --inquirió Pérez de Toledo.
--Eso, ¡guapísimo! No me extraña que esa golfa esté pirrada por él
--respondió don Bernabé, con no poca exaltación estética.
Prosiguió la información colectiva. En París, Fernando había comenzado
a cultivar un género nuevo de arte que quizás fuese el arte del
porvenir, un arte mestizo de arte escénico y de acrobatismo, para el
cual se requieren condiciones excepcionales; en suma, que se había
hecho actor cinematográfico, peliculero, y el famoso Dick Sterling,
cuyas muecas, desplantes, brincos y fortaleza reía y admiraba el mundo
entero, no era otro que el amante de Rosina.
Después de esto se entabló una discusión acerca de si el cinematógrafo
es arte o no. Los pareceres se dividían. Unos aseguraban que en
corto plazo absorbería al teatro. Otros sostenían que eran dos cosas
diferentes, sin concomitancia ninguna. Un dramaturgo catalán, de luenga
guedeja entrecana, expuso que a él el cinematógrafo le parecía más
dramático que la representación oral, y que podía asegurarse no ser
bueno un drama que, despojado de gárrulos parlamentos y reducido a sus
simples elementos de acción cinematográfica, no conmoviese al público.
Sonaron en esto los timbres para el tercer acto de _A cielo abierto_
y corrieron todos a ocupar sus localidades, dejando a Teófilo con una
sombra funesta diluida sobre el semblante.
La decoración del tercer acto era la misma del acto segundo. Los
piratas habían abandonado la fusta para adueñarse de aquella otra
embarcación más holgada y marinera. Lotario demuestra con creces
lo que todos habían sospechado de él; esto es, que era un salvaje
sanguinario y vengativo. Hace dar tormento a Raymond, el cual lo sufre
con maravillosa entereza, expeliendo toda suerte de metros y rimas en
lugar de lamentos. Los piratas se sienten sobrecogidos ante la grandeza
moral del trovador, y la carcoma del remordimiento comienza a roer los
livianos sesos de la hermosa renegada. Esta siente su ánimo combatido
por dos encontrados sentimientos. Ya no sabe si ama a Lotario o si ama
a Raymond, y en la duda se dirige a las murmuradoras ondas pidiéndoles
que le den la clave del enigma. El público experimenta gran ansiedad
y se pregunta, ¿cuál triunfará al fin? Las cosas se complican. Los
piratas presumen que una religión que infunde tan recio valor en el
pecho de sus creyentes debe ser la verdadera religión. La gracia les
está haciendo sus primeros toques delicadísimos. Hay entre ellos un
torvo renegado que no logra hallar paz para su conciencia, el cual,
por hacer obra meritoria a los ojos de Cristo, induce a sedición a la
marinería. El horizonte está preñado de luctuosos presagios. Estallan
las primeras chispas de la sedición. Lotario se mesa las barbas y
vomita alejandrinos truculentos. Raymond apacigua a los levantiscos,
hace una invocación al mar, comparándolo con la turbulencia amarga
de su propio corazón y con la infinitud de Dios; dice que perdona a
Liliana, y a Lotario le ruega que la haga feliz; pone una pausa, y sin
decir oste ni moste se arroja al mar. Este trágico final fue premiado
con una nueva ovación.
El drama tuvo un epílogo. La escena simulaba el claustro de un convento
de monjas. Tañidos de campanas, dulces gangosidades litúrgicas, etc.,
etc. Liliana ha profesado con el nombre de sor Resignación. Sale al
claustro. Se siente enferma y a punto de morir. Informa al público de
que Lotario era un bruto que le dio muy malos tratos y la abandonó por
una agarena de tez lustrosa y ojos diabólicos. Asegura que en el fondo
de su alma nunca amó sino a Raymond. Sor Resignación va cogiendo rosas
y luego arrojándolas en los arroyuelos del jardín; se queda pensativa
viendo aquellos _cadáveres de rosas en féretros de espuma_. De la
propia suerte, su alma huye camino de la eternidad. La voz se le apaga
y expira, en verso, lentamente, entre el tañido de la campana y la
canturria nasal de las otras monjas. Bello epílogo. En el público se
veían muchos ojos empañados por las lágrimas.
Cuando terminó el drama, Travesedo dijo a doña Juanita:
--Ya estará usted contenta, señora.
Doña Juanita se echó a llorar.
--Sí, sí, comprendo. La cosa no es para menos.
Doña Juanita balbució:
--Los días más solemnes de mi vida han sido el de hoy y el día
en que Teófilo hizo su primera comunión --doña Juanita temblaba
extraordinariamente.
El teutón, que tenía un alma susceptible de inopinados y fatales
ímpetus románticos, abrazó a la vieja. Estaba enternecido y repetía que
Teófilo era un Schiller.
Travesedo condujo a casa a la madre de Teófilo en un coche de punto.
Ya en casa, como doña Juanita temblara más de lo regular, Travesedo le
aconsejó que tomara tila y se metiera en la cama.
--¿Meterme yo en la cama hoy sin haber besado a mi hijo? No piense
usted locuras.
--Es que lo más probable, señora, será que los amigos le entretengan
hasta las mil y quinientas.
--Aunque le entretuvieran mil y quinientos años. Yo no me acuesto.
Antonia preparó tila para doña Juanita, y esta, después de ingerir la
poción fue a encerrarse en el cuarto de Teófilo, y sentose junto a un
balconcito, a esperar. Apagó la luz. Estaba acongojada. Lloraba con
frecuencia, se retorcía las manos y murmuraba: hijo de mis entrañas.
Así transcurrieron varias horas. Oyose angustioso llanto de mujer.
Doña Juanita se puso en pie, con sobresalto; abrió los ojos y tendió
el oído. En el marco del balcón, por detrás de los tejados fronteros,
levantábase un vaho lechoso y húmedo que iba deslustrando la luz de las
estrellas. Amanecía. La anciana escuchó. Era Lolita quien lloraba, con
infinito desconsuelo y requiriendo a gritos a Antonia. Acudió diligente
doña Juanita en socorro de Lolita. Llamó en la puerta de la habitación
y preguntó:
--¿Qué le ocurre, señorita Lola? ¿Puedo entrar?
--Sí, sí, adelante doña Juanita. ¿Por qué se ha molestado usted?
--Lolita no cesaba de llorar--. Es que llamaba a Antonia para que me
quitase las botas, que me aprietan mucho. Además me han dado _mico_
--diose cuenta que había expulsado involuntariamente una palabra
vitanda, de las prohibidas por Travesedo, y con el sobresalto que esto
le originó olvidose de llorar.
Doña Juanita no estaba para detener la atención en cosas de tan poco
momento como la emisión del vocablo _mico_, porque le traía asombrada y
absorta el ver a Lolita vestida de pies a cabeza, con traje de calle,
a tales horas. Grande fue el aturdimiento de la señora; pero no tanto
que le impidiese oír un sonoro ronquido varonil, y, como volviese la
cabeza para averiguar de dónde venía, descubrió al teutón durmiendo
panza arriba y con la boca abierta en el lecho de Lolita. Lolita, de
su parte, creyó perder la razón. En su cerebro se agitaba la sombra
iracunda de Travesedo, denostándola y plantándola de patitas en la
calle.
--Soy inosente, doña Juanita; créamelo usté, por estas. Er pobresiyo
viene acá toas las noches, porque dende que apretó la caló su cama está
cuajadita de chinche y no pué dormí en eya. Pero le juro a usté, por
la gloria de mi mare, que no me ha tocao entavía, lo que se yama ni
tocarme. Ahí lo tiene usté toa la noche durmiendo como una criatura, o
mejó, como un serdito --y así era la verdad. Lolita quedó satisfecha
con su explicación, que ella juzgaba compatible con las más estrechas
leyes de la honestidad, y doña Juanita salió de la alcoba sin saber qué
decir ni qué pensar.
En la caja de la escalera sonaba runrún de voces masculinas. Doña
Juanita reconoció a su hijo y al señor Guzmán. Salió a abrir la puerta.
* * * * *
En el saloncillo de Pérez de Toledo se sostenía a diario una tertulia
íntima hasta muy avanzada la noche. El día del estreno, Teófilo no
pudo dejar el teatro hasta la tres de la mañana. Salió en compañía de
Guzmán y de los poetas imberbes, sus secuaces. Uno de estos propuso
celebrar el éxito con champaña en _Los Burgaleses_. En el restorán
fueron a guarecerse en un gabinete reservado. Los jóvenes poetas se
mostraban muy expansivos y locuaces. Teófilo no desplegaba los labios.
Alberto observó que en la frente de su amigo destacaba aquella robusta
vena negra que según las tradiciones mahometanas precedía a los accesos
coléricos del profeta. Los jóvenes poetas llegaron a cansarse del
ensimismamiento del ídolo, que ellos atribuían a engreída embriaguez
del triunfo. Deshízose pronto la reunión, no sin que uno de ellos
murmurase al oído de Alberto, según bajaban las escaleras:
--No hay nada más difícil que escoger un sombrero nuevo de modo que no
le vaya a uno ridículo o le mude la cara. Pues si esto ocurre con los
sombreros, que los cambiamos a cada tres por cuatro, ¿qué será con la
corona o la diadema cuando uno se la pone por primera vez? También es
verdad que hay pocas diademas hechas a la medida de la cholla que las
ha de lucir. ¿Ha visto usted este pobre hombre, qué fatuo, qué estúpido
se ha puesto? Pues la cosa no es para tanto.
En estando a solas Teófilo y Guzmán, este propuso tomar un coche de
alquiler para ir a casa. Teófilo se negó.
--Piensa que tu madre te estará esperando, de seguro.
--No voy a casa, no voy a casa; no te molestes. Voy a pasear por las
calles. Si quieres me acompañas, y si no, me dejas.
--Te acompaño. ¿Adónde vamos?
--A la ventura.
«Algo grave le ocurre a Teófilo», pensó Alberto. Y así como a veces
se alivia un gran dolor provocando otro distinto, creyó distraer a
su amigo de aquellas negras cavilaciones hiriéndole su amor propio
profesional, su vanidad de poeta.
--¿Quieres que te diga sinceramente, de amigo a amigo, lo que me parece
tu drama?
Teófilo no respondió.
--¿Me escuchas? Porque si no me escuchas te dejo solo.
Teófilo agarró un brazo de Guzmán y dijo con voz suplicante:
--No me dejes solo. Habla, que te escucho.
--Tu drama me parece estúpido. --Pausa. Teófilo no se dio por
entendido. Añadió--: Palabras, palabras, palabras. Tus versos no son
versos ni cosa que se le parezca, sino rimbombancia y estropajosidad;
suenan mucho, pero suenan a hueco. A mí me hacen el efecto de estar
comiendo bizcochos secos, amarillos, sin jugo, que no hay quien se
trague doce seguidos a palo seco --Alberto sintió una leve presión en
su brazo. Pensó: «Esto va bien»--. Por supuesto, no se te puede echar
a ti toda la culpa, antes bien a la tradición poética española, la
tradición del verso tónico, que nunca ha sido verso, sino corrupción
nacida de los cantos de la soldadesca, de la marinería y de las
personas iletradas, gente de áspero oído. ¿Qué será que los españoles
no abren la boca sino para caer en el énfasis, la ampulosidad, la
garrulería? Es cosa vieja y presumo que será eterna. Ya Cicerón
vituperaba en los latinistas españoles el _aliquid pingue_, un algo
pingüedinoso, inflado. A uno de los grandes predicadores españoles,
San Dámaso, se le llamaba _Auriscalpius matronarum_, cosquilleador
de orejas femeninas. De tu drama podía decirse lo propio. No vayas a
creer que me ensaño en tu drama: no lo considero mejor ni peor que la
mayor parte de los dramas y comedias de nuestro teatro clásico. Y, sin
embargo, todo esto que te digo, con la conciencia de que es la pura
verdad, no impide que, mirándolo bien, en los entresijos de tu drama
se advierta algo escondido, hondo, a manera de resaca que le sobrecoge
e inquieta a uno. ¿Qué es ello? Es algo que también corre y muge por
debajo de toda la literatura española, aun de sus obras más áridas y
tediosas. Recuerdo que un día me dijiste que las dos inspiraciones
matrices de tu drama te vinieron de aquel marinero ciego y de aquel
desdichado suicida. La primera, y permite que traduzca en una frase tus
sentimientos a ver si doy en el quid, la primera, se pudiera llamar
aspiración a lo infinito; la segunda, conciencia del fracaso y su
amargura consiguiente. La primera es nada menos que el deseo de subir
hasta Dios y codearse con él; la segunda, descubrimiento tardío de que
por pretender lo demasiado hemos descuidado lo preciso, y que sin haber
llegado a dioses ni siquiera nos hemos hecho hombres. Dijérase que
toda la literatura española, y aun el carácter español, están cuajados
en estas dos normas sentimentales. Y hay que ver, por lo que atañe a
la primera, o aspiración desapoderada de lo infinito, que si es muy
intensa lo es precisamente por la vaguedad del concepto de lo infinito,
como a ti te ocurre con el del mar, que lo has recibido a través de
un ciego que no tiene de él sino el recuerdo. Cuando veas el mar por
primera vez vas a sufrir una gran desilusión. En suma, que comencé
echando pestes de tu obra y vengo a parar en que hago de ella no flojos
elogios.
Teófilo no respondió. Caminaron cerca de una hora en silencio.
--¿Qué te pasa? --preguntó Alberto.
--No sé lo que me pasa. No puedo discurrir, no puedo hablar. Tengo
toda la sangre en la cabeza --su voz era ronca y salía en coágulos.
Atenazaba nerviosamente el brazo de su amigo.
--Teófilo, dime lo que te ocurre. Te ruego que te confíes a mí. No
puedes dudar de mi cariño. Trataré de aliviarte de tus pesadumbres lo
mejor que pueda. Aquel viejo amor ¿te hace sufrir aún? ¿Es eso?
--No, no es eso. Es decir, claro que es eso. Pero son otras cosas.
¿Cómo te lo voy a decir, si yo mismo no lo sé? Nunca me he sentido más
desamparado, empequeñecido e impotente, más inútil para la vida, más
hombre frustrado que hoy, después de eso que llaman mi triunfo. ¿Lo
comprendes tú? Pues tampoco yo lo comprendo. Es una voz irracional y
frenética que me grita dentro de la cabeza: «Estás perdido.» Eso que
has dicho acerca de esos dos sentimientos me parece que tiene mucho de
verdad; pero hay tantas, tantas cosas además, por encima, por debajo
y alrededor de lo que tú has dicho. ¿Y sabes en lo que se resuelven
aquellos dos sentimientos? Se resuelven en otro sentimiento bárbaro,
desmesurado, avasallador... de odio a mi madre. ¿No es monstruoso? --la
voz de Teófilo se quebró como si fuese a llorar. Alberto no respondió.
Repitió Teófilo--: ¿No es monstruoso? Desde que ella vino de Valladolid
comencé a sentir una aversión latente que me horrorizaba. Esta noche la
adversión se ha convertido en odio: no lo puedo remediar. La culpa no
es mía, la culpa no es mía. ¿Crees que es mía la culpa?
--No, claro que no. Ahora sosiégate.
--Vamos a casa. Está amaneciendo. Tengo necesidad de reposo.
Guzmán pensó: «Doña Juanita se habrá cansado de esperar y a estas horas
estará durmiendo como una bendita.»
--Tomaremos un coche, si te parece --habló Guzmán.
--Sí; como tú quieras.
Muy cerca de ellos estaba parado un simón abierto. El rocín macabro, en
los puros huesos, contemplaba con tristes ojos el albear del cielo. El
cochero dormía sentado en el piso del coche con los pies en el estribo
y la cabeza caída sobre el asiento.
Durante el trayecto ninguno de los dos amigos desplegó los labios.
En la caja de la escalera flotaba un vapor grisáceo, melancólico y
soporífero como sensación de convalecencia. Un pájaro cantó.
--Es algo aquí, en semejante parte --murmuró Teófilo, señalando la
base de la caja torácica--. Algo que me ahoga, que me arrebata, que me
enfurece --añadió, levantando la voz y crispando los puños.
--Habla bajo.
--Es algo aquí, como una espada mohosa que me atravesara. Siempre lo
he sentido, desde que era niño; pero hoy más fuerte que nunca. Es
algo anterior a mi vida, ¿entiendes?, como el recuerdo de una mala
sangre que me hubiera engendrado, ¿entiendes?; es algo que me ha hecho
desgraciado sin que yo tenga la culpa, ¿entiendes?
--No te entiendo, porque eso son locuras. Hazme el favor de callar o de
bajar la voz.
Cuando se acercaban al segundo rellano, la puerta se abrió,
apareciendo, entre la luz incierta de la matinada y a medias disuelta
en la penumbra, la figura de doña Juanita, quien dijo, con voz cansada
y amorosa:
--Hijo de mis entrañas.
Teófilo hubo de apoyarse en Guzmán para no dar en tierra. Con acento
estrangulado de ira o de pavor, bramó:
--¿Sueño? Apártate de mí, sombra maldita.
La anciana avanzó un paso y su lóbrego cuerpo destacó sobre el gris
caótico.
--¡Hijo! ¡Hijo! --La primera exclamación fue de estupor, la segunda de
manso reproche.
--Apártate de mí, odiosa criatura; apártate, apártate que no te vea,
porque te desharé entre mis manos --y Teófilo forcejeaba por desasirse
de los brazos de Alberto.
Doña Juanita se perdió, huyendo, en el seno de las tinieblas. Guzmán
retuvo unos minutos a Teófilo y luego le condujo a su alcoba. En
estando dentro de la estancia, el poeta se desbordó en manifestaciones
de violenta rabia. Hacía añicos cuanto encontraba por delante, emitía
sonidos sordos y palabras incoherentes, y de pronto comenzó a saltar
y a correr como loco en torno al aposento. Por último, se dejó caer
en la cama boca abajo, hundió la cabeza en la almohada y así estuvo
unos minutos. Incorporose súbitamente, y con desvariados ojos se quedó
mirando a Guzmán, que estaba inmóvil en el centro de la habitación.
--¿Eres un hombre? ¿O eres una estatua de piedra? ¿Qué haces? ¿Qué
miras? ¿Qué piensas? ¿Qué dices? ¿Sonríes? Dame tu corazón de bronce;
muéstrame cómo he de llegar a tu indiferencia e insensibilidad.
--Ea. Ahora acuéstate y haz por dormir --Guzmán estrechó la mano de su
atribulado amigo y salió en busca de la madre, a quien imaginaba más
atribulada aún.
Estaba la señora en su aposento, sentada, y, según las señales
exteriores, muy tranquila. Antes de que Alberto abriera la boca, doña
Juanita se adelantó a hablar:
--No se moleste usted en consolarme, señor de Guzmán. Le agradezco su
buena intención; pero en este caso no necesito consuelo.
--Es que...
--No, no; ni una palabra. Las cosas del alma son harto sutiles, señor
de Guzmán, para que los hombres las entiendan. Solo incumben a Dios, y
Dios sabe lo que se hace. Retírese a dormir que ya es tarde y déjeme a
solas. ¿No ve usted que estoy serena? De todas suertes, muchas gracias
por su solicitud. Buenas noches.