El día del estreno de _A cielo abierto_, a las cuatro de la tarde, una
dama elegante llegó a casa de Antonia. Doña Juanita, que aquel día
andaba con los nervios en alta tensión y no podía estarse quieta en
parte alguna, tan pronto como oyó la campanilla salió a abrir. Grande
fue su sorpresa en oyendo que aquella dama preguntaba por su hijo.
--Está en el teatro, señora. Como hoy es el estreno... ¿Usted sabía?
--Sí, señora. Ya tengo mi localidad para esta noche.
--Cuánto le agradezco... Pero pase usted.
--Un momento solamente. ¿Puedo escribir cuatro letras?
--Sí, señora. Pase usted. Mejor será que pase al cuarto de don Alberto,
porque mi hijo, con estos jaleos de los ensayos, no para en casa y no
tendrá papel, ni pluma, ni nada.
--Pero Teófilo, ¿es hijo de usted?
--Sí, señora --doña Juanita comenzó a enternecerse.
--¡Qué suerte tener tal hijo!...
--¡Bendito sea Dios! --doña Juanita se enterneció más.
La dama parecía enternecerse también.
--¿Y cómo está? --inquirió la dama.
--Pues verá usted. Cuando yo vine de Valladolid, con ocasión de aquella
infamia de la bomba, ya estará usted enterada --la dama asintió con
la cabeza--, le encontré muy desmejoradico, muy desmejoradico; pero
sobre todo, reconcentrado y huraño de todo punto. Mucho me hizo sufrir,
porque yo, señora, no acertaba a dar con el hito de su malhumor, que
las más de las veces lo pagaba conmigo. Hasta que don Alberto, ¿conoce
usted a don Alberto Díaz de Guzmán? --la dama asintió nuevamente--.
Digo que este señor me confesó con mucho misterio que a mi Teófilo
le había hecho mucho mal una mujerzuela de esas, una perdida, de la
cual se había enamorado, y ella se fue con un bergante o golfo, como
por aquí le dicen. ¿Ve usted qué desgracia, señora? Bien dicen los
libros santos, que la mala mujer es como el estiércol que anda por los
caminos. Peor que eso, señora, peor que eso.
--¿Y sigue Teófilo siempre tan huraño... tan...? --la voz de la dama
temblaba un poco.
Doña Juanita entendió repentinamente que aquella dama era la mujer de
quien se había enamorado Teófilo.
--¿Tan enamorado quiere usted decir? --los ojos de doña Juanita echaban
chispas.
--No, señora. He querido decir tan malhumorado, tan triste...
--¡Bendito sea Dios! Ya se curó del todo y no piensa en aquella
vil ramera --doña Juanita empleaba a veces términos retóricos muy
enfáticos-- si no es para maldecirla o, por mejor decir, para reirse de
ella. Si usted es amiga de Teófilo y se interesa por él, como parece,
se alegrará cuando sepa que allá para mediados del estío se casará
con su prima Lucrecia --doña Juanita urdía todas aquellas falsedades,
lisonjeándose con la idea de que la dama había de salir furiosa y
ofendida para no acordarse más de Teófilo.
--Sí, señora; me alegro mucho que sea feliz, y a usted le doy la
enhorabuena --la perspicacia de doña Juanita quedó perpleja y no
acertó a discernir si el tono con que la dama dijo estas frases era
de quebranto o de sincera efusión. Temblábale la voz de raro modo.
Prosiguió la dama--: Ahora, si usted me lo permite, voy a escribir
cuatro letras para su hijo.
Sentose la dama a la mesa, permaneció unos momentos con la pluma
en alto, poseída de meditabunda incertidumbre, y a la postre trazó
brevísima esquela que metió en un sobre, y después de engomarlo se lo
entregó a la anciana sin haber escrito dirección ninguna.
No bien hubo quedado a solas doña Juanita se sintió embestida por
muy justificados y verosímiles presentimientos. La dama era seguro
que aludiría en el billete a la presunta boda, y aun diría cómo
había recibido la noticia, por donde Teófilo había de recibir grande
contrariedad de aquel engaño e intromisión impertinente de su madre, y
quizás su enfado se tradujese en palabras poco respetuosas, coléricas
y hasta crueles. No vaciló mucho tiempo doña Juanita. Abrió el sobre y
leyó la carta, la cual rezaba así:
«_Tu madre me dice que te casas._ (¡Qué víbora ponzoñosa!, exclamó
doña Juanita en voz alta.) _Lo mejor es que no nos volvamos a ver.
Quiero resignarme y renunciar a tu amor. No sé si podré. Tu amor
había sido en mi vida una cosa tan rara y preciosa... Si quieres
verme, como amigo, vivo en el hotel Alcázar. Creo en Dios y acepto lo
que sucede como un castigo que me tengo bien ganado._