VII

El día del estreno de _A cielo abierto_, a las cuatro de la tarde, una

dama elegante llegó a casa de Antonia. Doña Juanita, que aquel día

andaba con los nervios en alta tensión y no podía estarse quieta en

parte alguna, tan pronto como oyó la campanilla salió a abrir. Grande

fue su sorpresa en oyendo que aquella dama preguntaba por su hijo.

--Está en el teatro, señora. Como hoy es el estreno... ¿Usted sabía?

--Sí, señora. Ya tengo mi localidad para esta noche.

--Cuánto le agradezco... Pero pase usted.

--Un momento solamente. ¿Puedo escribir cuatro letras?

--Sí, señora. Pase usted. Mejor será que pase al cuarto de don Alberto,

porque mi hijo, con estos jaleos de los ensayos, no para en casa y no

tendrá papel, ni pluma, ni nada.

--Pero Teófilo, ¿es hijo de usted?

--Sí, señora --doña Juanita comenzó a enternecerse.

--¡Qué suerte tener tal hijo!...

--¡Bendito sea Dios! --doña Juanita se enterneció más.

La dama parecía enternecerse también.

--¿Y cómo está? --inquirió la dama.

--Pues verá usted. Cuando yo vine de Valladolid, con ocasión de aquella

infamia de la bomba, ya estará usted enterada --la dama asintió con

la cabeza--, le encontré muy desmejoradico, muy desmejoradico; pero

sobre todo, reconcentrado y huraño de todo punto. Mucho me hizo sufrir,

porque yo, señora, no acertaba a dar con el hito de su malhumor, que

las más de las veces lo pagaba conmigo. Hasta que don Alberto, ¿conoce

usted a don Alberto Díaz de Guzmán? --la dama asintió nuevamente--.

Digo que este señor me confesó con mucho misterio que a mi Teófilo

le había hecho mucho mal una mujerzuela de esas, una perdida, de la

cual se había enamorado, y ella se fue con un bergante o golfo, como

por aquí le dicen. ¿Ve usted qué desgracia, señora? Bien dicen los

libros santos, que la mala mujer es como el estiércol que anda por los

caminos. Peor que eso, señora, peor que eso.

--¿Y sigue Teófilo siempre tan huraño... tan...? --la voz de la dama

temblaba un poco.

Doña Juanita entendió repentinamente que aquella dama era la mujer de

quien se había enamorado Teófilo.

--¿Tan enamorado quiere usted decir? --los ojos de doña Juanita echaban

chispas.

--No, señora. He querido decir tan malhumorado, tan triste...

--¡Bendito sea Dios! Ya se curó del todo y no piensa en aquella

vil ramera --doña Juanita empleaba a veces términos retóricos muy

enfáticos-- si no es para maldecirla o, por mejor decir, para reirse de

ella. Si usted es amiga de Teófilo y se interesa por él, como parece,

se alegrará cuando sepa que allá para mediados del estío se casará

con su prima Lucrecia --doña Juanita urdía todas aquellas falsedades,

lisonjeándose con la idea de que la dama había de salir furiosa y

ofendida para no acordarse más de Teófilo.

--Sí, señora; me alegro mucho que sea feliz, y a usted le doy la

enhorabuena --la perspicacia de doña Juanita quedó perpleja y no

acertó a discernir si el tono con que la dama dijo estas frases era

de quebranto o de sincera efusión. Temblábale la voz de raro modo.

Prosiguió la dama--: Ahora, si usted me lo permite, voy a escribir

cuatro letras para su hijo.

Sentose la dama a la mesa, permaneció unos momentos con la pluma

en alto, poseída de meditabunda incertidumbre, y a la postre trazó

brevísima esquela que metió en un sobre, y después de engomarlo se lo

entregó a la anciana sin haber escrito dirección ninguna.

No bien hubo quedado a solas doña Juanita se sintió embestida por

muy justificados y verosímiles presentimientos. La dama era seguro

que aludiría en el billete a la presunta boda, y aun diría cómo

había recibido la noticia, por donde Teófilo había de recibir grande

contrariedad de aquel engaño e intromisión impertinente de su madre, y

quizás su enfado se tradujese en palabras poco respetuosas, coléricas

y hasta crueles. No vaciló mucho tiempo doña Juanita. Abrió el sobre y

leyó la carta, la cual rezaba así:

«_Tu madre me dice que te casas._ (¡Qué víbora ponzoñosa!, exclamó

doña Juanita en voz alta.) _Lo mejor es que no nos volvamos a ver.

Quiero resignarme y renunciar a tu amor. No sé si podré. Tu amor

había sido en mi vida una cosa tan rara y preciosa... Si quieres

verme, como amigo, vivo en el hotel Alcázar. Creo en Dios y acepto lo

que sucede como un castigo que me tengo bien ganado._

Troteras y danzaderas: Novela · 第 53 / 72 题