Teófilo, aunque colmado de estupor y desconcierto, sonrió a pesar suyo.
Su estado de ánimo, que durante seis meses había sido de apacible
infortunio y triste resignación, se convirtió de pronto en felicidad
congojosa. Su pobre corazón volvió a representársele a la manera de
los perros vagabundos, para quienes el aire está poblado de botas y
garrotes incógnitos. Como en aquella sazón sonase la campanilla de la
puerta, Teófilo pensó: «La bota que se materializa.» Salió a abrir la
voluminosa Blanca y volvió en seguida diciendo:
--Dos caballeros que preguntan por usted, don Teófilo.
Levantose el poeta con expresión de hombre que se somete heroicamente
a los designios de la adversidad y produjo el asombro de cuantos le
escuchaban, exclamando:
--La bota que se materializa, señores --elevó los ojos a lo alto y
murmuró--: _Fiat voluntas tua_.
Los dos caballeros tenían el empaque aflamencado de dos tahúres de
oficio. Llevaban gruesos anillos en los dedos, fumaban excelentes
cigarros habanos, vestían con sobrado aliño, eran regordetes y
mostraban en el rostro la rubicundez de las digestiones prolijas.
--¿Es usted Teófilo Pajares? --preguntó uno, atusándose los bigotes,
erectos e imponentes.
--Servidor de usted.
--Está usted detenido.
--¿Se puede saber por qué?
--Eso ya lo sabrá usted a su tiempo. Ahora, ¿quiere usted indicarnos
cuál es su habitación?
--¿A qué santo les voy a indicar cuál es mi habitación?
--Tenemos que incautarnos de sus papeles.
--Bueno; sea lo que ustedes dispongan.
Los guió hasta su habitación. Los dos caballeros policíacos se iban
guardando cuantos papeles hallaron a mano.
--¿Me consienten que me despida de mis amigos? --solicitó Teófilo.
--Las buenas formas no están reñidas con los tristes deberes de la
policía --declaró uno de los caballeros, que lucía una corbata color
amarillo tortilla.
--¡Alberto, Eduardo! --gritó Teófilo desde la puerta de su alcoba, y
cuando los amigos acudieron añadió--: Me llevan preso.
Travesedo y Guzmán, después de oír a Teófilo y viendo con cuánta
diligencia los dos policías se apoderaban de toda la obra poética en
ciernes de Teófilo, no sabían si condolerse o reirse.
--¿Es que existe ya, y desde cuándo, un procedimiento criminal para
perseguir los delitos literarios? --preguntó Travesedo.
--¡Delitos literarios!... Mecachis en diez con la literatura --rezongó
uno de los policías, dejando de leer una balada con envío, perpetrada
por Teófilo, para contemplar con suspicacia las barbas lóbregas de
Travesedo y su jeta, a primera vista nada tranquilizadora--. Si al
tirar bombas lo llama usted literatura, no sé qué será la realidad...
--¡Carape! --eyaculó Travesedo, iluminándosele el rostro, a pesar de la
lobreguez de las barbas, con la luz del discernimiento--. A que resulta
que por tu amistad con ese pobre Santonja te complican en el atentado
de ayer.
--Usted lo ha dicho --aseveró el de la corbata amarillo tortilla--.
En casa del anarquista se han hallado muchas citas de este señor,
concebidas en términos misteriosos.
--Pero si este señor --explicó Travesedo-- es incapaz de matar una
mosca.
Uno de los policías, que estaba inclinado sobre el baúl de Teófilo
arrojando fuera de él, en rebujos, el mísero ajuar del poeta, volviose
a decir:
--Tampoco Napoleón era capaz de matar una mosca; pero mataba hombres
como si fueran moscas: ocho millones mató, según las estadísticas más
recientes.
Guzmán y Travesedo no podían disimular su inquietud. Preveían
complicaciones graves.
Al despedirse, Teófilo dijo:
--No os disgustéis. El corazón me dice que es lo mejor que podía
ocurrirme, y mi corazón nunca me engaña --y tosió lamentablemente.
Luego abrazó a sus dos amigos.