IV

Había anochecido.

Los tres amigos subieron por la calle del Prado, hacia la plaza de

Santa Ana.

--¡Caracho, con la conferencia de Mazorral!... --exclamó Travesedo, que

estaba pereciéndose por dar gusto a la sin hueso.

--Por la Virgen santa... --rogó Teófilo--. ¿Vais a hablar todavía de la

conferencia?

--Vaya, no te enfades, Teofilín. Procuraremos ser breves. Déjanos poner

algunas cosas en claro --y se dirigió a Alberto--: ¿Me quieres decir

ahora para qué sirve la inteligencia?... Ya ves, todos esos rapaces del

Ateneo, que parecen listos todos ellos y ninguno se entiende. Todos

discurren con tino y se figura uno que tiene razón el último que habla,

hasta que viene otro a decir todo lo contrario, y también tiene razón.

Y es que la vida no es cosa de discurrir mejor o peor.

--Conforme en todo contigo --comentó Teófilo.

--La inteligencia, en último término, es una cosa mecánica. Jevons,

un filósofo inglés, inventó una _máquina lógica_, un aparato que

funcionaba tan bien como el cerebro humano. El proceso lógico ha

sido formulado por un matemático, Boole, en una simple ecuación de

segundo grado. _La crítica de la razón pura_, que no parece sino

que es un descubrimiento de ayer, a juzgar por el pote que algunos

se dan cubriéndose con ella las vergüenzas, como un salvaje con un

taparrabos, y cuando yo era mocete, ya va para tiempo, asistí dos años

seguidos a las lecciones que daba Salmerón acerca de _La crítica de la

razón pura_, digo que, para el caso este libro es como la máquina de

Jevons o la ecuación de Boole. Pensar que con _la crítica de la razón

pura_ se discurre mejor que sin ella, es absurdo. La salud del cuerpo

depende, no del hecho que la pepsina es lo que digiere, sino de que

digiera alimentos adecuados. ¿No te parece? Pero aquí viene lo curioso:

como dijo Hermoso --el hombre flaco y mal vestido-- «hablaremos bien

o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos

preocupamos. ¿Por qué será?» ¿Qué dices tú?

--Me serviré de un ejemplo: Un hombre está enfermo de un mal disimulado

y hondo. Su vida continúa aparentemente como de ordinario; pero

él adivina que algo grave está ocurriendo en lo misterioso de su

organismo. Comunica sus inquietudes a los amigos, y los amigos, que

le ven sano por las trazas, no se lo toman en cuenta. Consulta con un

médico, y por él se informa de que en efecto está enfermo y de cuidado.

Vuelve a sus amigos con la triste nueva, y estos responden: «Ese médico

es un animal.» El enfermo se enfurece, y los amigos se ríen. ¿Por

qué? Porque el mal no le ha salido aún a la cara; pudiéramos decir,

porque el mal no ha adquirido aún forma estética, patética, emoción

comunicativa. En cambio, un niño enfermo produce siempre una impresión

triste y enternecedora, porque el niño no tiene vida psíquica y a la

menor perturbación orgánica se amustia como una flor. Al punto se

echa de ver que un niño está enfermo. No es lo mismo con los hombres,

porque lo complejo de su vida psíquica, preocupaciones, afectos,

pasiones, etc., provocan a veces cierto enardecimiento, cierta

saludable apariencia engañosa que disimula el mal hasta tanto que este

no ha alcanzado el período agudo. Para mí este ejemplo explica las

diferentes vicisitudes que el problema España ha sufrido. Están primero

los que han sugerido la posibilidad de que España tuviera las entrañas

enfermas; pero en España las cosas iban, sobre poco más o menos, como

siempre; no se les hizo caso. Vino un diagnóstico de gente facultativa:

había enfermedad y grave; pero las cosas iban como siempre. Los médicos

son unos animales, se dijo. Viene entonces la etapa del hombre que

grita y se enfurece: Costa. En el fondo se rieron de él. Era preciso

que España se convirtiera en un niño triste y decaído para que los

hombres ligeros comenzaran a pensar: «Este niño debe de estar enfermo.»

Llegó para España el momento de cumplirse aquella profecía de Hesiodo:

«Para entonces esa raza de hombres dotados de palabra encanecerá casi

desde su nacimiento.» Las últimas generaciones han envejecido antes de

salir del vientre materno. Ves hombres que no han llegado a los treinta

años y parecen ancianos. Aseguran que haber nacido español y haber

nacido maldito es la misma cosa. ¿No se les ha de hacer caso? Pero aun

así y todo, a pesar de la emoción comunicativa, que es la forma nueva

de la antigua queja, el pecho español es tan yermo y empedernido, la

sensibilidad española ha estado siempre tan embotada, que creo que

tampoco se les hubiera hecho caso, a no ser porque algunos escritores

de los últimos tiempos han iniciado la empresa de otorgar sentidos a

esta raza española que nunca los había tenido.

--En resumen, que para ti el problema está en dotar de una sensibilidad

a la casta española, y esto solo lo puede hacer el arte. Pero, ¿y

si fuera imposible? ¿O si, una vez conseguido, vuelve a perderse y

embotarse aquella sensibilidad?

--Nada hay imposible, y una vez logrado nada se pierde. Millares de

siglos necesitó la vida terráquea para acertar a ponerse en dos pies;

pero en cuanto dio en el quid, aquel esfuerzo de millares de siglos se

vence en dos años y aun en diez meses, que hay niños que a los diez

meses ya andan.

Iban por la calle de Atocha, cara a los arcos de la Plaza Mayor.

Tropezaban con nutridos golpes de gente, en los cuales reinaba vivo

rumor, braceos y enarcamientos de cejas, por donde se podía deducir que

se trataba de algún suceso extraordinario acaecido recientemente. Los

tres amigos alcanzaron a oír palabras sueltas: suicidio, dos tiros,

agentes, carreras, monumento de Morral, y luego, bombas.

--¿Habrán tirado alguna bomba? Vamos a enterarnos --Travesedo se

inmiscuyó en uno de los grupos y preguntó.

Un anarquista había tirado una bomba al pie del monumento erigido

en memoria de las víctimas de Morral, y cuando los agentes le iban

a los alcances se había suicidado. Nadie conocía circunstancias más

puntuales, sino que el anarquista no había podido huir porque era cojo,

y que su cadáver estaba en la casa de socorro de la Plaza Mayor.

Los tres amigos penetraron en la plaza y se acercaron hacia la casa de

socorro, por recoger más detalles. A la puerta de la casa de socorro se

agolpaban centenares de curiosos. «El Gobernador», se oyó murmurar. Dos

agentes abrieron un pasillo entre la gente y un caballero enchisterado

y augusto penetró en la casa de socorro. Aprovechando la entrada del

gobernador los tres amigos se insinuaron a través del concurso, hasta

colocarse en primera fila. Cuatro guardias rechazaban a empellones a

los curiosos, procurando hacer un espacio libre delante de la puerta.

De vez en cuando aparecía un practicante, echaba una ojeada sobre la

muchedumbre y volvía a entrar. Uno de estos resultó ser amigo de

Travesedo.

--¡Eh, Céspedes! --gritó Travesedo.

--Hombre, don Eduardo. ¿Usted ha visto?

--¿Podemos entrar?

--Ya lo creo. Pasen, pasen ustedes...

Los tres amigos entraron en la sala de operaciones. Sobre una mesa

niquelada y agujereada yacía el anarquista, cubierto el cuerpo con una

frazada color bermellón. Un hombre le afeitaba el bigote. Céspedes

dijo que no había muerto aún ni lo habían identificado. Médicos,

practicantes, periodistas y autoridades se apiñaban en torno de la mesa

de níquel. Las manipulaciones del barbero impedían descubrir por entero

la cara del moribundo. De pronto, Teófilo cayó en tierra desmayado.

Acudieron a levantarlo, le dieron a oler éter y con esto recobró el

sentido.

--¡Vámonos, vámonos de aquí! --suplicó.

Apoyándose en Travesedo y Guzmán salió de la casa de socorro.

--Vamos a la taberna de al lado. Tomarás una copa de Cazalla, que te

sentará muy bien --ordenó Travesedo.

En la taberna, Teófilo apenas si podía llevar la copa a la boca; tal le

temblaba la mano. Su rostro estaba lívido.

--Estos poetas... --dijo Travesedo, chascando la lengua después de

trasegar una copa de aguardiente--. Eres más pusilánime que un conejo

de Indias.

--Vamos a la calle a que me dé el aire --habló Teófilo, poniéndose

trabajosamente en pie.

Cuando se hubieron alongado de la gente, Teófilo bisbiseó:

--Era Santonja.

--¿Qué dices ahí? --inquirió Travesedo.

--Santonja, mi amigo Santonja.

--¿Quién? ¿El anarquista?

--Sí.

--Pues, hombre, vamos corriendo a decirlo. ¿No habéis oído que no le

habían identificado aún? Bueno, yo iré, porque a ti maldita la gracia

que te hará volver allí. ¡Ah! El nombre...

--Homobono.

--¡Recristo! Pues si ese es Homobono, venga Dios y lo vea. ¿Vais a

casa? Yo iré en dos minutos. Adiós.

Cuando Guzmán y Teófilo quedaron solos, el último comenzó a murmurar en

voz reconcentrada, como si pensase en alta voz.

--Nunca lo hubiera creído. Y ahora que lo veo me parece que hizo

bien. ¡Pobre Santonja, pobre Santonja! ¡Y se contentó con un homenaje

platónico, una bomba a un monumento!... --de pronto rompió a hablar con

mucho fuego, enderezando miradas coléricas a su amigo--. Habláis mal de

los tertulines de café, de la charlatanería y politiquería españolas.

Pues yo que he asistido muchos años a esas tertulias, os digo que

vosotros, los que os las dais de intelectuales, con vuestro énfasis,

vuestras conferencias, vuestro redentorismo, no decís ni hacéis cosas

más ni menos razonables o profundas que las que se dicen y hacen en los

cafés. ¡Insensatos, insensatos! Queremos hacer pueblos y no sabemos

hacernos hombres. Da por supuesto que España es la nación más fuerte y

más culta. ¿Hubiera por ello sido Santonja más feliz o más infeliz? ¿Lo

sería yo? Lo que yo quiero ser es un hombre, ¿oyes?, un hombre. ¿No ves

que lloro? Y es de rabia...

V

En el gabinete de Lolita. Estaba atalajada la pieza con muebles de la

propiedad particular de esta dama, y en ella se descubría a seguida

el grado de educación y buen gusto de la dueña. El yute, el peluche,

la purpurina, los madroños, el pino so capa de nogal y otros varios

elementos de la decoración doméstica al estilo catalán, exaltaban, en

opinión de Lolita, aquel oscuro gabinete de casa de huéspedes a la

categoría de una _loggia medicea_. Colgada oblicuamente de la pared

había una guitarra, con escenas andaluzas pintadas alrededor de la

negra boca urbicular. Otro dechado del arte pictórico era un cuadrito

de subasta, al óleo, coronando la chimenea. Lolita pretendía hacer

creer a sus visitantes que lo había pintado ella.

--Pero, ¿sabes pintar?

--¡Jesú! Dende que era chiquitiya me dieron lersiones de pintura; pero

ya lo he abandonao.

No era raro que el visitante, por halagar a la autora, se acercase a

contemplar el cuadrito, y entonces, con alguna sorpresa, echaba de ver

que la obra estaba firmada en rojo por un R. Llagostera.

--¿Cómo te apellidas, Lolita?

--¿Yo? Montoya.

--¿Y por qué has puesto aquí Llagostera?

Acercábase también Lolita, que no sabía leer, y después de examinar

aquellas pinceladitas rojas, sin sentido para ella, explicaba:

--Son floresiya. ¿Y tú las llamas yagosteras? ¡Jesú, qué término! Si

son amapolas, so primo.

Había por el suelo hasta cuatro grandes sombrereras de cartón blanco,

con la tapa caída a un lado, y eran como cestos de Pomona o cornucopias

de la abundancia, a juzgar por la profusión eruptiva de flores y

frutos, de toda sazón y latitud, que rebasaba de los bordes.

Se encontraban en el aposento Verónica, Amparito, Lolita, y San Antonio

de Padua, haciendo un paso gimnástico que se suele llamar _el pino_,

sobre la rinconera. Las tres mujeres estaban sentadas en torno a un

velador con piedra de mármol; sobre el velador, varias cuartillas y un

lápiz. Amparito tenía un libro abierto en las manos.

--Escucha con atensión, Verónica, porque esto tiene muncha importansia.

Vamo, lee, niña.

Amparito leyó.

--Habiendo logrado Mr. Sonnini... --Amparito leyó _eme-erre_.

--Pero chiquiya, tú no sabe leé.

--Aquí dice eme erre: eme mayúscula, erre.

--¿Qué es lo que dise? ¿Lo uno ú lo otro? Vamo, anda p’a lante, que

ahora viene lo bueno.

--Habiendo _eme-erre_ Sonnini --prosiguió Amparito-- logrado abrir

un paso hasta el aposento interior de una de las reales tumbas del

Monte Líbico, cerca de Tebas, encontró en él un sarcófago en que se

hallaba una momia de extraordinaria belleza y en excelente estado de

conservación; examinándola prolijamente descubrió, pegado al pecho

izquierdo con un género de goma particular, un rollo largo de papiro,

el cual, habiéndole desdoblado, excitó mucho su curiosidad a causa de

los jeroglíficos que en él se veían maravillosamente pintados.

--¿Te has enterao? --preguntó Lolita a Verónica--. Ese royo de la

momia es ni má ni meno que un papé que verás ar final del libro. Es

un oráculo, y er te dise toas las cosiyas que quias sabé: de amoríos,

de dinero, de to, y siempre la chipén. Esto es mejó entavía que las

cartas. Bueno, niña; ahora lee por donde hay una crus con lapis

colorao. Y tú, Verónica, te estás mu seria, que esto es como un reso.

Amparito leyó:

--Pastoral de Balapsis, por mandado de Hermes Trimegisto, a los

sacerdotes del gran templo. ¡Sacerdotes de los tebanos! ¡Siervos del

gran templo de Hecatómpilos! ¡Vosotros que en la ciudad sagrada de

Dióspolis habéis consagrado la vida al servicio del rey de los dioses

y de los hombres! ¡Hermes, fiel intérprete de la voluntad de Osiris,

salud y paz os envía!

--¿No desía yo que era como un reso? Y no te creas que es cosa der

mengue. Eso ya se verá dempués. Ahora busca la pregunta que quies hasé.

Ahí están toas en er papé amariyo.

Verónica, un poco sobrecogida con tan misteriosos preámbulos, fue

leyendo en un gran pliego de papel apergaminado la lista de preguntas.

--¿Tengo que decir la pregunta que haga?

--Naturalmente, chiquiya.

--Pues esta: «¿Me corresponde y aprecia la persona a quien yo amo?»

--quiso dar a entender, sonriendo, que no concedía gran importancia al

oráculo; pero no acertó a sonreir y se ruborizó.

--Pero so gorfa --exclamó Lolita, alborozada sobremanera--. ¿Entavía

estamos con esas niñerías der corasón?

--Si es por preguntar...

--Yo también quiero preguntar luego --insinuó Amparito tímidamente.

--Tú ya sabes que te quiere, niña. Lee ahora lo que hay que hasé.

--Cuando cualquier hombre o mujer vaya a haceros, ¡oh! sacerdotes

--leyó Amparito--, alguna pregunta haced que se presenten las ofrendas

y se efectúen los sacrificios al mismo tiempo que los siervos del

templo eleven a lo alto las invocaciones en cánticos armoniosos.

Restablecido el silencio, el adivino encargará al extranjero que

vino a consultar el oráculo que con una caña mojada en la sangre del

sacrificio marque dentro de un círculo formado con los doce signos

del Zodiaco cinco hileras de rayas, derechas o inclinadas, al modo de

estas...

--Yo te diré; esto se hase así, a burto --y Lolita comenzó a trazar

palotes en una cuartilla, sin mirar al papel.

--Pero eso es imposible.

--Muy fásil.

--Digo lo de la sangre y aquellos signos del no sé cuantos.

--Eso no es de obligación. Lee más abajo, niña.

--El traductor --leyó Amparito-- cree de su deber advertir aquí que

él sabe por experiencia que pueden dispensarse las más de estas

ceremonias. En las consultas que se hagan al oráculo pueden omitirse

el círculo y signos del Zodiaco, y en lugar de una caña mojada en

sangre, él y sus amigos han usado constantemente, y siempre con buen

éxito, una pluma con tinta común y otras veces un lápiz o un carbón.

Los dones, sacrificios e invocaciones también son cosa superflua en

tierra de cristianos; pero, en su lugar, es de absoluta necesidad que

el consultante crea en Dios a puño cerrado y venere sus inescrutables

vías.

--¿Lo ves? Tú crees en Dios, pa chasco.

--Sí que no...

--Pues, ahora hases las rayitas.

Verónica obedeció a cuanto se le indicaba. Amparito, que había ya

comprendido cabalmente la manipulación del oráculo, hacía de pitonisa.

--Sagitario; non, tres pares, non --bisbiseó Amparito--. La respuesta

dice: «Medita bien si el objeto de tu cariño merece tu amor.»

--¿Me quies desí --interrogó Lolita, enchipada como con un éxito

personal suyo--, si no le deja a una aturuyá?

--¿Se puede hacer por dos veces la misma pregunta? --inquirió Verónica.

--Y dos mil.

Verónica trazó por segunda vez cinco filas de palotes.

--Llaves, non, cuatro pares --sentenció Amparito--. La respuesta dice:

«Una correspondencia de cariño es ahora dudosa; pero la perseverancia y

atención te asegurarán el triunfo.»

--Esto debe ser cosa de brujería, porque no se explica que responda tan

acorde --declaró Verónica con ojos resplandecientes.

--Pues aún falta otra cosa mu güena, pero que mu güena. Niña, busca ar

finá der libro. Ahí te prenostican lo que vas a sé por er día y er mes

en que has nasío.

--Yo nací el cinco de setiembre.

--Setiembre, Amparito. Busca er signo.

--Virgo --leyó Amparito, con voz candorosa.

El rostro de Verónica se encendió. Lolita, entre risotadas que no podía

retener, comentó:

--Tamién es grasioso.

--La mujer nacida por este tiempo --leyó Amparito-- será muy honrada,

sincera, franca, muy aseada en su persona y de deseos ardientes,

modesta en su conversación, afecta a los placeres matrimoniales y fiel

a su marido; será también muy buena madre y muy mujer de su casa.

--No te quejará de tu suerte, condená. Pues si vieras la mía. Lee,

Amparito, que la mía está en el escorpión. ¡Lagarto, lagarto!

--La mujer nacida por este tiempo --leyó Amparito-- será temeraria,

imperiosa, intrigante y artificiosa; de genio voluble y desagradable, y

amiga de empinar el codo.

--¡Qué calurnias! --suspiró Lolita, santiguándose y mirando con ternura

al San Antonio cabeza abajo.

--En la vida --continuó Amparito--, todos sus planes se malograrán casi

siempre por su misma locura y mala conducta en el amor; accederá a

sus placeres solamente con miras particulares, y será inconsecuente y

desleal. No dice más.

--¿Y te paece poco? Me ha puesto como un renegrido trapo.

--Ahora voy a ver la mía, si ustedes me lo permiten --habló Amparito.

--Vamo a ve, vamo a ve la donseyita de la casa.

--Yo nací el veintinueve de noviembre, de manera que... Sagitario

--decidió Amparito después de consultar el libro--. ¡Ay, no sé qué me

da!; no me atrevo.

--Anda niña y no seas desaboría.

Amparito comenzó a leer con voz rasa, como si leyese por rutina y sin

desentrañar el sentido de la lectura. Entró en esto Travesedo y se

detuvo a escuchar. Lolita y Verónica estaban tan absortas y embebecidas

que no echaron de ver la llegada de Travesedo. Leía Amparito:

--En el amor será constante; pero querrá gobernar a su marido, de

quien exigirá un estricto cumplimiento de los deberes nupciales, a

cuyos deleites será demasiado inclinada; amará a sus hijos, pero será

descuidada con ellos; será también afectuosa con su marido mientras que

este siga haciendo a Venus los debidos sacrificios...

Travesedo no se pudo contener más tiempo. Penetró con paso decidido

y continente amenazador, arrebató el libro de las manos de Amparito,

lo hizo pedazos y miró luego a Lolita con expresión tan iracunda que

la mujer quedó como petrificada por el espanto. Las otras dos tampoco

daban pie ni mano. Travesedo rompió a vociferar:

--¡Largo de aquí inmediatamente, Amparo! Largo de aquí si no quieres

que te eche a azotes, mala cabeza --Amparito salió temblando. Travesedo

se encaró con Lolita--: Y tú, sinvergüenza, idiota, ¿no comprendes que

estás corrompiendo a esa niña? Esto se ha concluido; hoy mismo coges

tus trastos y te vas con viento fresco, hoy mismo. Yo no quiero cargos

de conciencia.

Soltose Lolita a llorar con extremada amargura. Entrecruzó las manos

en actitud orante, hipaba, volvía los ojos inocentes y cuitados tan

pronto hacia el San Antonio acrobático como hacia Travesedo, y decía

entrecortadamente.

--¡Ay, virgensita de mi arma, San Antonio... si yo no he tenío la

curpa... que ha sío eya misma... por ver su sino der sodiaco!

La aflicción de Lolita y sus peregrinas lamentaciones determinaron en

Travesedo una sensación epicena de ternura y de hilaridad. Verónica

intercedió, asumiendo la responsabilidad de lo acaecido. Travesedo

atenazó suave y paternalmente con los nudillos el desaforado apéndice

nasal de Lolita e hizo por mitigar su desconsuelo con palabras blandas.

--Ea, sosiégate, feúcha, que la cosa no vale la pena. Fue un arrebato

mío y no he querido disgustarte. Pero, ¿no comprendes, mujer, que

Amparito es una niña y no debe enterarse de ciertas cosas? Verdad que

tú eres tan niña como ella. La culpa la tiene doña Verónica.

--Sí que la tengo, lo confieso; pero, ¿qué le vamos a hacer ya?

--Si es que he estado gritando, llamándoos, un cuarto de hora seguido

--añadió Travesedo--. Y como si os hubiera tragado la tierra. Ya pasa

de la una y la casa por barrer. Antonia no está en casa; la comida, por

supuesto, no estará dispuesta. Esto es un pandemonium. Vamos a ver,

Lolita, ¿no te da vergüenza no haberte lavado ni peinado aún? Hay que

verte, hija. No sé cómo le gustas a nadie.

Lolita estaba desgreñada, sucia, tripona, porque los senos, de

considerable tamaño, sin el soporte del corsé, le bajaban hasta la

cintura, simulando un bandullo. Vestía una bata de franela roja que

parecía hecha con bayeta de fregar suelos.

--¿Tú comes hoy con nosotros, Verónica? Digo, si hay qué comer.

--No, yo me voy a casita. Ya estarán por allí todos alborotaos.

--Que no. Yo ordeno y mando que te quedes a comer con nosotros de lo

que haya.

--Pues si usted lo ordena, no hay sino cerrar el pico.

--Andando al comedor. Y tú, Lolita, lávate por lo menos las manos.

Quedose Lolita a lavarse las manos y salieron juntos Travesedo y

Verónica. En el pasillo dijo Travesedo:

--Y pensar que esa pobre mujer es una de las cocotas de fuste en Madrid

y no falta quien le pague bien...

--No sea usté malo. Lolita es muy mona.

--Sí, monísima; se pudiera decir que perfecta, porque lo excesivamente

pequeño de la boca se corrige con lo excesivamente largo de la nariz.

A poco estaban todos los huéspedes reunidos en el comedor. Verónica se

sentó a la derecha de Travesedo. La voluminosa Blanca, la cocinera,

servía la comida, porque Amparito no se atrevió a presentarse.

Travesedo, junto con el decanato de la hospedería, disfrutaba

anejamente de la presidencia en la mesa y de la facultad de dirigir

y enderezar según su gusto la conversación. Casi todo se lo hablaba

él. Aquel día inició el palique haciendo consideraciones acerca del

atentado anarquista del día anterior y describiendo con puntuales

y repulsivas circunstancias el cuadro que en compañía de Teófilo y

Alberto había tenido ocasión de presenciar en la casa de socorro.

--Por lo que más quieras --rogó Teófilo--, no hables de eso.

--Claro --añadió Verónica--. Cualquiera come oyendo esas cosas.

--Por eso lo hago, precisamente --explicó Travesedo--. De este modo no

echaremos de ver la escasez de vituallas, si la hay, como presumo.

--¿No has salido ayer de casa, Lolita? --investigó Alfil, bizqueando

un poco a causa de la emoción.

--¿Salir yo dempué der prenóstico de las cartas? ¿Y por qué lo

afeitaban, don Eduardo?

--¿A quién?

--Ar tío ese anarquista.

--No sé decírtelo.

A la hora del cocido presentose Antonia. Venía de la calle, sonriendo

con gesto de cansancio. Travesedo, haciendo ostentación de sus

prerrogativas fiscales, se arrancó con innumerables preguntas y

advertencias, todo ello con aire reprobador y monitorio. Antonia,

como obedeciendo a la necesidad de exonerarse de sus sentimientos e

impresiones más que al discurso de Travesedo, comenzó a hablar:

--¡Señor, qué mundo este! ¡Pobre neñina! Me parece que va a ser muy

desgraciada.

--Bien --interrumpió Travesedo--, se ve que ha pasado usted la mañana

en casa de Tomelloso. Pero, mujer, ¿qué se le ha perdido a usted en

aquella casa?

--Déjeme en paz el alma, roncón. ¿Podré olvidar que les he estado

sirviendo diez años, y que yo estaba sirviendo en la casa cuando nació

Angelinos? --se despojaba con lentitud de la mantilla, quitando los

alfileres, que iba colocando entre los labios.

--Saque usted esos alfileres de la boca... --conminó Travesedo--. Me

pone usted nervioso. Hay dos cosas que no puedo llevar con paciencia:

que se metan en la boca alfileres, o el cuchillo para comer, como lo

hace Macías, que se lo mete hasta la campanilla.

--En esto no estamos conformes --objetó el cómico--. Brochero, el

célebre actor, hombre de sociedad como todos saben, y mi primer

director escénico, cuando teníamos que comer en escena nos ordenaba

hacerlo en esa forma, porque las gentes del buen mundo comen de esa

manera.

--¡Pobre Angelinos! --repitió Antonia.

--En resumen, ¿pobre por qué?

--¿Por qué? Porque ese tal Pascualito del diaño se me figura que la

quiere tanto como a mí. ¡Qué se me figura!... Basta tener ojos en la

cara. Lo que va ese pillo es por el dinero. Pues el señor, la señora y

la señorita, en Babia. Están locos con la tal boda.

--¿Quién es? --curioseó Lolita--. ¿Sisilia? Qué punto tan grasioso...

Retirábase Antonia; se volvió desde la puerta.

--¡Ah, se me olvidaba! El cartero me dio en la escalera esta carta para

usted, don Teófilo --y alargó un sobre al poeta.

La letra era desconocida, y el sello, de Alemania. Teófilo sostenía la

carta en la mano y la miraba sin resolverse a abrirla. En un instante

se le agolparon en el cerebro mil absurdas presunciones e hipótesis.

Palideció. Todos le miraban con curiosidad, señaladamente Verónica.

Rasgó el sobre. Dentro de él venía una tarjeta postal. Lo primero que

saltó ante sus ojos fue la firma: Rosina. De pálido se volvió lívido.

Decía la postal:

_No te pido perdón, porque sé que no merezco que me perdones.

¡Tengo tantas ganas de que nos veamos y hablemos! Quizás entonces

comprenderás y me excusarás. Yo no puedo olvidar el cariño que

me tenías, y me hago la ilusión de que, a pesar de todo, me lo

conservas. El caso es que como he tenido tanta suerte y ya estoy

hecha una_ ESTRELLA, _el empresario del teatro del Príncipe, en

Madrid, quiso contratarme. ¿Voy? Todo depende de que tú me lo

ordenes. Contesta a la lista de Correos número 1.315, Berlín_,

Troteras y danzaderas: Novela · 第 50 / 72 题