Teófilo pasó la noche en claro. Meditaba las últimas palabras de
Rosina: «Si no tienes dinero, róbalo», y las muestras de amor que esta
le había hecho. El recuerdo era tan agudo y gustoso que la respiración
se le entorpecía, combatida por apasionadas olas de entusiasmo, y
sollozaba, estrujando las ropas del lecho con dedos engarabitados.
¡Pobre Rosina! ¿No fuera mejor que Rosina no le hubiera amado nunca?
¿Cómo iba él a pagarle aquel su acendrado y rendido amor? Robar
dinero... ¿En dónde? Ya lo había robado, si no para ella, por ella. Se
preguntaba en serio: «¿Por qué no acudirá el diablo en estos tiempos
cuando se le llama, como lo hacía en la Edad Media, para venderle el
alma?»
A las siete de la mañana cayó dormido. Alberto entró al medio día en
su alcoba, pero le dejó dormir. Despertó a las tres de la tarde. En
la casa había alguna comida, que Verónica condimentó para Teófilo.
Así que concluyó de comer salió a la calle. «¡Qué hombre!», había
dicho Verónica. «Parece que vive entre nubes. Tal como yo me lo había
imaginado al leer sus versos. Ni una palabra se dignó decirnos.» Y
Alberto había respondido: «Es que está enamorado.» Lo cual entristeció
a Verónica.
Teófilo se dirigió a casa de Rosina, como tenía por costumbre. Le salió
a abrir la cocinera y le hizo pasar a la salita del piano, en donde
estaban don Sabas y el marinero ciego. El marinero profería palabras
turbias, entre las cuales se derretía un a manera de llanto recio,
ronco; pero los ojos los tenía enjutos e inmóviles. Teófilo fue a dar
la mano al marinero, sospechando de pronto que Rosina estaba enferma de
algún cuidado.
--¿Qué ocurre? --preguntó anheloso.
--¡Ay, señor poeta! --sollozó el ciego, con esa voz varonil quebrada
que enternece aun a los corazones más enteros.
--¿Está enferma de gravedad?
El ciego se desató en un llanto de palabras sin sentido, siempre con
los ojos enjutos. Habló don Sabas.
--Por fortuna, no. Se ha marchado... con la niña... no sabemos adónde
--separaba las palabras para pronunciarlas con firmeza, porque
pretendía aparecer sereno y no lo estaba. Miró a Teófilo, por ver el
efecto que en él hacía la noticia. Teófilo palideció un poco; por
lo demás, no se le descubrió señal alguna de congoja, sorpresa o
desesperación.
--Entendámonos --agregó Teófilo--. ¿No puede ocurrir que haya salido
con la niña y les haya ocurrido algún accidente?
--No; porque en esta carta que me ha dejado escrita declara que huye
con el hombre a quien ama, y nos pide perdón a su padre y a mí.
En este punto, Teófilo no pudo reprimir una sonrisa. Estaba seguro de
que Rosina había huído para irse a vivir con él; quizás a aquellas
horas andaba buscándole. Acaso habría ido a la casa de huéspedes,
porque ella no sabía que la patrona le hubiera despedido. ¡Oh, dulce y
apasionada Rosina!
--Creía yo --prosiguió el ministro--, antes de concluir de leer la
carta, que se había marchado con usted. Pero en la carta, hacia el
final, dice que ha vuelto a dar, milagrosamente, con el padre de Rosa
Fernanda y que es una cosa fatal. De todas suertes, no veo la necesidad
de huir, ni comprendo cómo Rosina, tan bondadosa y de buen sentido, ha
dado tan gran disgusto a este pobre viejo, dejándolo en la calle, como
quien dice.
El dolor de don Sabas era a pesar suyo tan sincero que en un punto
destruía el artificio de sus adobos y cosméticos, dejando al
descubierto una ancianidad herida, dolorosa y claudicante.
El marinero continuaba llorando a su modo. Teófilo sentía los sesos
azotados por un ramalazo de locura.
--¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Yo digo que no puede ser! Si sabré yo
que no puede ser... ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! --gritaba
Teófilo recorriendo de punta a cabo la estancia.
--Serénese usted, señor Pajares.
--¡Absurdo, absurdo! Si lo sabré yo... A ver, que lo diga Conchita.
¡Conchita! ¿Dónde está Conchita?
--Conchita... ¿Pero no sabe usted? --Teófilo se detuvo frente a don
Sabas, sin escuchar--. ¿No ha leído usted los periódicos de esta
mañana? Conchita ha asesinado ayer noche a su seductor y luego se ha
suicidado. Vivió una hora, lo necesario para declarar ante el juez
--aquí la voz de don Sabas temblaba--. Una desgracia nunca viene
sola --don Sabas evitaba mirar al ciego, que había sacado un pequeño
crucifijo del seno y lo besaba con desvarío.
Hubo un largo silencio; al cabo del cual, como si en aquel punto don
Sabas hubiera terminado de hablar, Teófilo, con ojos desmesurados y voz
sombría, interrogó:
--Pero, ¿Conchita?...
--¡Pobre Conchita! --balbució don Sabas.
El ciego continuaba llorando con los ojos secos.