Salieron juntos del circo Angelón, Teófilo y Alberto, con Verónica.
Alberto le tenía ya dicho a Angelón que Teófilo, no sabiendo dónde
dormir aquella noche, solicitaba de él hospitalidad, a lo cual Angelón
había accedido de buen grado. Subían por la calle del Caballero de
Gracia, comentando festivamente los varios sucesos trágicos y bufos de
la jornada.
--Neña, tú has sido la heroína. Ya puedes estar contenta --dijo
Angelón, que llevaba a Verónica del brazo--. ¿Cómo te sientes?
--Muy cansada.
--Entonces cenaremos en el Liceo Artístico, y así te repones.
--A la otra puerta. Lo que es yo me voy ahorita a la cama.
--Estás loca. No sabes la diversión que se nos prepara en el Liceo con
_el Obispo retirado_.
--Chico, pa mí, como si me dijeras que, no ya el obispo, el Papa en
persona va a bailar un zapateao en camisón.
--Mejor que eso, neñina.
--¿Qué es ello?--Preguntó Teófilo.
--¿Conoce usté a Mármol?
--Alberto me lo ha presentado.
--El jugador más fresco. No hay nada que le haga perder su
impasibilidad. Me ha dicho que va esta noche al Liceo, porque ha sabido
que don Jovino, _el Obispo retirado_, tu empresario, neña...
--Ya, ya me he enterado...
--Digo que _el Fraile motilón_, que tiene más dinero que pesa, y que se
lo juega con tanta frescura como Mármol, va al Liceo todas las noches.
De manera que vamos a presenciar la lucha más descomunal e interesante
que han visto los siglos.
--Pues, memoria a la familia del _Obispo_. Estoy muerta, Angelón, y
necesito dormir.
--Hijita, yo no voy a casa todavía: que te acompañe Alberto.
--Yo también me voy a dormir, si usted me lo consiente --habló
tímidamente Teófilo.
--Usted se viene conmigo, porque nadie sabe en dónde está la ropa
blanca y no se puede hacer la cama hasta que yo vuelva.
--Eso no importa. Duermo vestido.
--¡No faltaba más! Usté se viene conmigo. ¿No ha estado usted aún en el
Liceo?
--Todavía no.
--La golferancia en pleno de Madrid cae por allí todas las noches.
--Sin embargo, estoy cansado. Si usted no lo tomase a mal, yo me iría a
dormir.
--Ya lo creo que lo tomo a mal.
--No sea usted impertinente --intervino Alberto--. Deje usted a la
gente dormir cuando tiene sueño. Por otra parte ese desafío no será tan
formidable como usted supone, porque yo he estado hablando con Alfonso
del Mármol y sé que no se jugará arriba de tres mil duros, por la
sencilla razón de que es todo lo que le queda en el bolsillo después de
la paliza que ayer le han dado en el casino.
--¿Está usted seguro?
--Y tan seguro.
--De todas maneras a Pajares no le importa acostarse dos horas más
tarde o más temprano. Los poetas modernistas son noctámbulos --abandonó
el brazo de Verónica y aseguró el de Teófilo--. Bueno, adiós. Usted,
¿vuelve también, después de dejar a Verónica?
--No. Yo voy a dormir, que me he de levantar mañana temprano. ¿No
recuerda usted que mañana es el día del mitin? Y no me parece que sea
la mejor preparación espiritual un garito. Verdad que Cristo andaba
siempre entre publicanos y prostitutas; pero...
--Mítines... ¡Qué gansada! Cuándo sentará usted la cabeza...
--manifestó Angelón en tono afectuoso.
Las dos parejas se separaron.
Apenas Angelón y Teófilo habían traspuesto la mampara de bayeta verde
del garito, cuando don Bernabé Barajas acudió hacia ellos, con abiertos
brazos, acongojadas pupilas y temblequeante abdomen.
--¿No han visto ustedes a Fernandito?
Angelón no sabía quién fuese Fernandito, aunque lo presumía, y acudió
al punto a responder.
--Ahora mismo nos hemos cruzado con él.
--¿En dónde?
--En la calle de Carretas. Iba con _la Dientes_.
--¿Con esa piculina desorejada?
--Con la misma. Hacia la Central.
--¡Desdichado! --gimió don Bernabé, y tomando el sombrero de la percha
huyó desolado.
Las varias estancias y gabinetes del Liceo Artístico tenían aspecto
sórdido y de gusto depravado. Las paredes estaban revestidas con papel
descolorido, estampado de floripondios como coles; de trecho en trecho,
un pegote de papel diferente, o un rectángulo donde el papel conservaba
su color original por haberle defendido de la corrosión de la luz un
cuadro que allí había estado colgado en otro tiempo. También había en
los muros uno que otro espejo, saldo de un café o casino quebrado,
con espigas y amapolas pintadas al óleo en una esquina, y el mercurio
de la luna amortiguado y ensombrecido por unos a manera de vapores
de incierta amarillez. Teófilo esquivaba mirarse en tales espejos,
porque de primera intención, y habiéndose contemplado sin querer,
había advertido que derretían la materialidad de los cuerpos en ellos
retratados y les daban vagorosa turbiedad de fantasmas.
Recortándose duramente sobre aquel fondo precario, bullían las figuras;
las femeninas, todas ellas damas cortesanas o entretenidas, vestidas,
como criadas de casa grande en carnaval, con heterogénea y recargada
mescolanza de atavíos señoriles ya usados y envueltas en una atmósfera
de hedores que ofendía el olfato: que el olfato repugna la mucha
fragancia, así como los ojos se duelen de la mucha luz. Estas damas,
la mayor parte feas y gordas, que eran la espuma de la prostitución
madrileña, satisfacían su añeja y exacerbada hambre de lujo hartándose
de él en tanta medida que hacían pensar en las orgías deglutivas de los
salvajes de Nueva Zelandia cuando dan por ventura, y después de largas
privaciones, con una ballena putrefacta, que devoran en delirio, sin
saciarse nunca, hasta reventar.
Las figuras masculinas eran heterogéneas; junto con el hombre correcto
y de buena sangre, personaje episódico y de paso, víctima por lo
regular de las malas artes de la tafurería, podían verse el señorito
achulado, el chulo aseñoritado, el comiquillo epiceno y el chulo sin
bastardear, con todos los caracteres específicos de la casta.
Había por dondequiera mesas octogonales para _poker_ y en torno de
ellas aquellas damas tan suntuariamente vestidas regateaban a gritos
una peseta y aun menos, como cocineras que ajustan un pollo en el
mercado.
Angelón guió a Teófilo hasta la sala de juego. Estaba la gente
acomodándose en derredor del gran violón verde, en cuyo centro, junto
al tazón de níquel para las cartas jugadas, había cuatro paquetes
deshechos de barajas francesas. Entre los concurrentes estaban Alfonso
del Mármol y don Jovino, _el Obispo retirado_. Iba a comenzar la
partida. Un criado con galones subastaba la baraja.
--Talla para el _baccara_, señores --canturreó el mozo con sonsonete
sacristanesco.
--Mil pesetas --dijo Mármol entre dientes.
--Dos mil --añadió don Jovino con los ojos clavados en el cielo raso,
como si postulase la intervención divina.
--Dos mil --hizo eco el mozo--. Dos mil, una... Dos mil, dos...
--Tres mil --atajó Mármol. Tomó el largo cigarro con dos dedos y
comenzó a darle vueltas entre los labios para alisar la capa; luego lo
contempló, vio que estaba bien, se lo llevó a la boca, y las manos a la
espalda. Parecía que estaba a solas en su casa, aburriéndose.
--Cuatro mil --se apresuró a decir _el Obispo retirado_, como si
hubiera recibido una intuición celestial.
--Cuatro mil, señores. Cuatro mil, una... Cuatro mil, dos... Cuatro
mil...
Mármol retiró una mano de debajo de la chaqueta, que en él era actitud
habitual cuando estaba en pie o paseaba llevar las manos enlazadas
sobre los riñones y debajo de la chaqueta. Alargó el brazo hacia
el mozo con no menos solemnidad que Josué hacia el sol, le ordenó
tácitamente que se detuviera, sacudió la ceniza del cigarro con el dedo
meñique, y dijo con aire de indiferencia:
--Cinco mil.
--Cinco mil, señores. Cinco mil, una... Cinco mil, dos... Cinco mil...,
tres --el mozo dio con los nudillos sobre el violón y declaró al mismo
tiempo--: Don Alfonso del Mármol talla.
--Banco --agregó al punto _el Obispo retirado_.
--Bueno; yo no entiendo una palabra de todos estos ritos --murmuró
Teófilo al oído de Angelón.
--Pues es más fácil que hacer un soneto, aunque el soneto sea
modernista. El que más alto puja, ese talla. Banco quiere decir que don
Jovino juega todo lo que se talla, contra el banquero, al primer pase,
mano a mano; de manera que a los otros no les toca sino mirar. ¿Que
gana Mármol? Ya tiene diez mil pesetas en lugar de cinco mil. ¿Que las
cartas favorecen al _motilón_? Pues Mármol se queda sin las cinco mil
del ala, y a otra cosa, es decir, a otra baraja, a no ser que reponga
la banca.
--¡Es curioso! --exclamó Teófilo, que era ya víctima de la capciosidad
del juego.
--¿Curioso? No veo la curiosidad... --murmuró Angelón, con desdén hacia
la inexperiencia del poeta.
Teófilo se había interesado al punto en aquel raro combate, y con el
corazón se había puesto del lado de uno de los combatientes, del lado
de Mármol, cuyo éxito consideraba como cosa propia; a don Jovino
le aborrecía como a un adversario con el cual tuviera antiguos y
enconados motivos de resentimiento. Aplicábase a seguir las peripecias
del juego, conteniendo la respiración y con pulso agitado. Don Jovino
ganó el banco. Alfonso del Mármol colocó otras cinco mil pesetas sobre
la mesa y continuó tallando. La baraja se deslizó con alternativas y
altibajos, al fin de los cuales, Teófilo, que no perdía de vista las
manos de Mármol, estaba seguro que su aliado mental había ganado unas
seis mil pesetas. «Ahora tiene dieciséis mil pesetas», pensó. Durante
esta baraja Fernando había llegado a la mesa de juego y jugado algunos
duros, con gran circunspección y ensimismamiento. La partida estaba
muy animada. Corría en abundancia el dinero. Pero las posturas más
considerables eran siempre las del _Fraile motilón_, de suerte que se
mantenía en todo momento un antagonismo personal entre él y el banquero.
--¿Y será cierto lo que ha dicho Alberto? --inquirió Teófilo, muy
hostigado de la curiosidad.
--¿Qué es lo que ha dicho Alberto?
--Que Mármol no tiene más que quince mil pesetas en el bolsillo.
--Cuando él lo ha dicho. Son muy amigos, y Mármol no le iba a decir una
mentira.
--¿Está casado?
--Y con ocho hijos.
--Tan joven... Y se juega así el dinero... Debe de ser muy rico.
--No sé. Él siempre se juega el dinero por lo grande.
Subastaron la segunda baraja, que Mármol volvió a rematar en cinco
mil pesetas, y don Jovino a hacerle banco, que esta vez ganó Mármol.
Al final de esta baraja, según los cálculos de Teófilo, que eran muy
concienzudos, Mármol había llegado a las veintidós mil pesetas. En la
baraja siguiente, que también remató Mármol, la suma total adquirió un
valor de treinta y dos o treinta y cinco mil, que en estas alturas el
cómputo exacto era muy difícil; pero Teófilo sabía que no era menos de
lo uno ni más de lo otro.
En la subasta de la baraja inmediata las hostilidades se avivaron por
parte del _Obispo_. Subían uno y otro y nunca se daban por satisfechos.
Al llegar a las treinta y tres mil, Mármol se abstuvo de pujar y quedó
la baraja por cuenta de don Jovino. «Es que no hay más de treinta y
dos mil. Mi cálculo era correcto», pensó Teófilo. Se sentía tan en la
pelleja de Mármol, que sus pensamientos se enunciaban espontáneamente
en la primera persona del plural; así: «diez millones que tuviéramos,
diez millones que hubiéramos tallado, si ese cerdo cebado se obstinara
en seguirnos a los alcances. Pero no podemos pasar de las treinta y
dos mil.» El corazón de Teófilo comenzó a apretarse al pasar Mármol
desde el sitial del banquero al democrático escaño de _punto_; la buena
suerte de Mármol se anubló de tal manera, que en muy pocos pases perdió
treinta mil pesetas; lo que no perdió fue el gesto cansado y tedioso de
hombre que está a solas aburriéndose.
--¡Nos ha reventado ese puerco! --eyaculó Teófilo, malhumorado, sin
poder contenerse.
--¿El qué? --interrogó Angelón.
--Nada. Digo que _el Obispo_ le ha ganado a Mármol todo lo que tenía.
Solo le quedan dos mil pesetas.
--Bastante es para desquitarse. Tiene una suerte loca.
--Por mucha que tenga. ¿Qué se puede hacer con dos mil pesetas?
--¿Qué dice usted? ¿Usted sabe lo que son dos mil pesetas?
El rostro de Teófilo se empurpuró. Hubo de colocarse por un momento en
su propio presente histórico; pero se desplazó a seguida que oyó decir
a don Jovino:
--Hay una continuación.
--¿Qué quiere decir eso? --preguntó Teófilo.
--Que no talla ya más. Otro, si quiere, puede continuar tallando la
misma baraja.
--Sí, sí; a buena hora. Después que esa bestia se lo ha llevado todo.
--Yo la continúo --tartajeó Mármol, con el cigarro entre los dientes,
y con el mismo tono con que le hubiera pedido una cerilla al mozo. Se
levantó, parsimonioso, y fue a sentarse en el sitial del banquero. Dio
dos chupadas sonoras al cigarro; estaba apagado. Extrajo del bolsillo
una cerillera de oro y se las arregló de suerte que hubo de encender
seis o siete antes de que ardiese una, y entonces chupó con ahinco
hasta esfumarse detrás de una nube de humo. Cuando reapareció se le
vio que estaba sacándose los puños con aire sosegado y poniendo los
brazos en arco, como si ensayase un paso de garrotín. El resto de los
jugadores, comidos de impaciencia y de angustia, le asaetaban con los
ojos. Le hubieran dado de golpes, pero no se atrevían a hablar por no
descubrir su desazón.
Don Jovino estaba visiblemente nervioso y pálido de cólera. Con la
mano, pequeñuela y canónica, arañaba la mesa.
--¡Qué hombre admirable! --bisbiseó Teófilo en elogio de Mármol.
En efecto, Mármol era un genio en las artes aleatorias. Sabía que
la fascinación del juego está en que bajo su acción se desvanece el
sentido del tiempo, y de aquí nacen sus consecuencias, así placenteras
como funestas, porque sin el sentido del tiempo no cabe noción del
trabajo, y sin esta no existe el concepto del valor, por donde en torno
de una mesa de juego se congrega una humanidad que momentáneamente se
exime de la maldición paradisiaca, y goza, por lo tanto, de aquellos
dos edénicos atributos que, siendo humanos, eran casi divinos: no
tener miedo a la muerte ni conocer qué cosa sea trabajo. La mayor parte
de los jugadores pierden, con la conciencia del tiempo, la fruición del
juego, y aquí venía Mármol a despertarles de su letargo e inculcarles,
quieras que no quieras, la sensación del tiempo, y por corolario una
emoción contradictoria e intensísima.
En tanto duraban las maniobras de Mármol, Teófilo había estado
informándose, por medio de Angelón, de ciertos pormenores atañederos al
juego.
--Es decir, que si ahora le sale el pase en contra se tiene que pegar
un tiro...
--Eso no, porque se apresurarían a pegárselo antes de que él se
molestase: en buena parte estamos. Lo que ocurre es que no puede ser
verdad eso que nos ha contado Alberto. No puede ser; se necesitaría
estar loco.
--¿Que no puede ser? Puede ser y es --afirmó Teófilo, con entonación
infalible.
--Pues yo no lo creo.
En aquel punto Mármol recorrió con los ojos la superficie del violón.
El dinero apostado andaba por las cuatro mil pesetas. Teófilo lo contó
mentalmente, tranquilizándose. «Creí que era más. Puede que le quede
otro tanto a él», se dijo abandonando el plural, porque el trance era
harto difícil para asumir su responsabilidad. Al llegar con la mirada
al dinero de don Jovino, los ojos de Mármol se reposaron, dijérase que
a lo burlón. Don Jovino, con ademán vehemente, puso dos mil pesetas más
sobre las dos mil que ya tenía apostadas.
--Banca abierta --musitó Mármol.
--¿Qué? --clamó don Jovino.
Mármol se abstuvo de contestar, como si nada hubiera ocurrido, en lo
cual demostró gran tino, porque antes de poder decir nada ya se le
habían adelantado dos o tres jugadores, los cuales, volviéndose hacia
don Jovino, hablaron al tiempo mismo: «Que banca abierta.» Don Jovino
colocó cuatro mil pesetas más. Mármol comenzó a repartir las cartas
lentamente. Teófilo volvió las espaldas a la mesa.
--No quiero verlo --rezongó, con los pulmones en suspenso.
Había un maravilloso silencio, que se prolongaba, se prolongaba...
Teófilo oyó la cauta, elegante voz de Mármol diciendo _nueve_. Giró
sobre los talones, inflamado de júbilo. Nueve era la mejor carta.
--¡Qué suerte! --exclamó Angelón, ligeramente contrariado.
Un _croupier_ apilaba con la raqueta el dinero diseminado por los
paños; otro lo recogía con el _sable_. Mármol, en medio de los dos, no
se dignaba dar la menor muestra de interés hacia la recolección. Toda
la baraja resultó a favor de Mármol, y como don Jovino había perdido
su sangre fría, las pérdidas de este y ganancias de aquel fueron tales
que los talentos aritméticos de Teófilo se hicieron un embrollo y no
atinaron a calcularlas.
A partir de este momento la lucha perdió todo interés. El _Fraile
motilón_ era derrotado de continuo, ya de banquero, ya de punto, y,
a la sombra de Mármol, el resto de los jugadores se ensañaba en él,
extrayéndole el dinero a chorros. A medida que perdía, don Jovino
recobraba la serenidad.
Ya avanzada la noche sobrevino en la sala de juego don Bernabé Barajas,
el cual, así que vio a Fernando, corrió a su vera, jadeante y con
aliento entrecortado.
--¿Dónde te has metido? ¡Ay! ¡Qué susto me has dado!
Los presentes rieron de manera inequívoca y contemplaban, así a
don Bernabé como a Fernando, con ánimo respectivamente burlón y
despectivo. En un abrir y cerrar de ojos Fernando se había puesto en
pie, lívido sobremanera, y girando sobre la cintura aplicó una enorme
y restallante bofetada sobre el turgente rostro de su dulce amigo.
Algunos se precipitaron a sujetarlo.
--No es necesario --dijo el mozo muy sereno, apartándose de la mesa.
--Pero Fernandito, hijo, ¿qué te he hecho yo? --se lamentó el buen
señor, algo sorprendido.
--Es que todo el mundo se figura..., y yo ya estoy harto.
--Pero, ¿qué es lo que se figura, criatura?
--Diga usted aquí, delante de toda esta gente, si ha conseguido usted
algo de mí.
--¡Ay, qué cosas tienes! Yo, ¿qué iba a conseguir?
--Diga usted la verdad.
--Yo soy un caballero.
Prodújose una gran carcajada que enardeció más al ya enardecido mozo.
--¡Diga usted la verdad, se lo suplico!
En esto llegó el presidente del círculo, un matón con ribetes de
escritor o viceversa, y acercándose a Fernando, sentenció con engolada
austeridad:
--En este círculo no se toleran escándalos y menos de tal índole. Haga
usted el favor de marcharse.
--No sin que antes quede en claro que yo soy tan decente como el que
más.
--Haga usted el favor de marcharse --e iba a asirle de un brazo.
--Cuidado con tocarme ni al pelo de la ropa. Yo hice mal en abofetear a
don Bernabé, lo confieso; pero si lo hice fue porque me pareció ver que
todos estos señores se figuran algo que no es verdad y perdí la cabeza.
Yo no me voy sin que don Bernabé conteste a lo que le he preguntado.
--Don Bernabé puede contestar o dejar de hacerlo, según le salga de la
voluntad. Pero usted no puede continuar aquí.
Mármol, que hasta aquel momento había permanecido como ausente de
todo, se puso en pie, se acercó al presidente, acariciándose la
barbilla color de trigo, y muy fríamente declaró:
--Tiene razón el muchacho y no sé por qué regla de tres ha de marcharse
si no le da la gana. Por lo demás --añadió, mirando a Fernando--,
si en un principio alguien se ha figurado algo, creo que luego han
cambiado todos de parecer. Las apariencias suelen engañar --concluyó,
contemplando con ojos entornadizos y de lástima al presidente.
--Claro que las apariencias suelen engañar --corroboró don Bernabé--.
Yo soy un caballero.
Nuevas risas.
--Muchas gracias --dijo Fernando, sacudiendo virilmente la mano de
Alfonso del Mármol--. Y buenas noches la compañía.
Y el mozo salió de la sala con firme compás de pies.
--Vámonos nosotros también --rogó Teófilo a Angelón, poco después que
el desconocido e iracundo joven se hubo marchado--. Estoy rendido.
--Vámonos si usted lo desea.
Según andaban camino de casa, Teófilo sentía en el alma un malestar
oscuro y de fondo, y en la conciencia impresiones confusas y
pronósticos de ideas. Amenazábanle las silenciosas moles de la ciudad
durmiente, como si fueran a derrumbarse sobre él de un momento a otro,
disgregadas por un agente de diabólica actividad corrosiva.
Las rameras de encrucijada intentaban socaliñarlos, brindándoles con
torpes requiebros placeres complejos y módicos.
Teófilo sentía dos obsesiones que para él eran normas madres de la
vida: la del dinero y la del amor. Según su peculiar manera de concebir
la sociedad, esta se asentaba en dos pilares: el sentido conservador,
del cual nace el principio de propiedad, y el instinto de reproducción,
de perpetuación, turbio subsuelo en donde arraiga el amor, libre
o constituído en familia. Ahora, Teófilo se preguntaba: «Estos dos
principios de la sociedad, ¿son constructivos o son destructores?»
Movíale a formular este interrogante el haber visto al desnudo el
instinto de propiedad y el amoroso: el primero, en el juego; el
segundo, en la prostitución.
--¿En qué pensaba usted? --habló Angelón.
--En nada --respondió en seco Teófilo.
--He tenido mala pata. Siete duros que era todo lo que me podía jugar
me los liquidaron en un periquete. Si aguardo a las barajas últimas
del Obispo me pongo las botas. Ya ve usted aquel mozalbete, el de las
bofetadas a don Bernabé, en dos barajas se cargó unos miles de pesetas,
que yo viera. La Fortuna, mujer al fin, sonríe a los sinvergüenzas y
vuelve la espalda a los hombres honrados.