VIII

Salieron juntos del circo Angelón, Teófilo y Alberto, con Verónica.

Alberto le tenía ya dicho a Angelón que Teófilo, no sabiendo dónde

dormir aquella noche, solicitaba de él hospitalidad, a lo cual Angelón

había accedido de buen grado. Subían por la calle del Caballero de

Gracia, comentando festivamente los varios sucesos trágicos y bufos de

la jornada.

--Neña, tú has sido la heroína. Ya puedes estar contenta --dijo

Angelón, que llevaba a Verónica del brazo--. ¿Cómo te sientes?

--Muy cansada.

--Entonces cenaremos en el Liceo Artístico, y así te repones.

--A la otra puerta. Lo que es yo me voy ahorita a la cama.

--Estás loca. No sabes la diversión que se nos prepara en el Liceo con

_el Obispo retirado_.

--Chico, pa mí, como si me dijeras que, no ya el obispo, el Papa en

persona va a bailar un zapateao en camisón.

--Mejor que eso, neñina.

--¿Qué es ello?--Preguntó Teófilo.

--¿Conoce usté a Mármol?

--Alberto me lo ha presentado.

--El jugador más fresco. No hay nada que le haga perder su

impasibilidad. Me ha dicho que va esta noche al Liceo, porque ha sabido

que don Jovino, _el Obispo retirado_, tu empresario, neña...

--Ya, ya me he enterado...

--Digo que _el Fraile motilón_, que tiene más dinero que pesa, y que se

lo juega con tanta frescura como Mármol, va al Liceo todas las noches.

De manera que vamos a presenciar la lucha más descomunal e interesante

que han visto los siglos.

--Pues, memoria a la familia del _Obispo_. Estoy muerta, Angelón, y

necesito dormir.

--Hijita, yo no voy a casa todavía: que te acompañe Alberto.

--Yo también me voy a dormir, si usted me lo consiente --habló

tímidamente Teófilo.

--Usted se viene conmigo, porque nadie sabe en dónde está la ropa

blanca y no se puede hacer la cama hasta que yo vuelva.

--Eso no importa. Duermo vestido.

--¡No faltaba más! Usté se viene conmigo. ¿No ha estado usted aún en el

Liceo?

--Todavía no.

--La golferancia en pleno de Madrid cae por allí todas las noches.

--Sin embargo, estoy cansado. Si usted no lo tomase a mal, yo me iría a

dormir.

--Ya lo creo que lo tomo a mal.

--No sea usted impertinente --intervino Alberto--. Deje usted a la

gente dormir cuando tiene sueño. Por otra parte ese desafío no será tan

formidable como usted supone, porque yo he estado hablando con Alfonso

del Mármol y sé que no se jugará arriba de tres mil duros, por la

sencilla razón de que es todo lo que le queda en el bolsillo después de

la paliza que ayer le han dado en el casino.

--¿Está usted seguro?

--Y tan seguro.

--De todas maneras a Pajares no le importa acostarse dos horas más

tarde o más temprano. Los poetas modernistas son noctámbulos --abandonó

el brazo de Verónica y aseguró el de Teófilo--. Bueno, adiós. Usted,

¿vuelve también, después de dejar a Verónica?

--No. Yo voy a dormir, que me he de levantar mañana temprano. ¿No

recuerda usted que mañana es el día del mitin? Y no me parece que sea

la mejor preparación espiritual un garito. Verdad que Cristo andaba

siempre entre publicanos y prostitutas; pero...

--Mítines... ¡Qué gansada! Cuándo sentará usted la cabeza...

--manifestó Angelón en tono afectuoso.

Las dos parejas se separaron.

Apenas Angelón y Teófilo habían traspuesto la mampara de bayeta verde

del garito, cuando don Bernabé Barajas acudió hacia ellos, con abiertos

brazos, acongojadas pupilas y temblequeante abdomen.

--¿No han visto ustedes a Fernandito?

Angelón no sabía quién fuese Fernandito, aunque lo presumía, y acudió

al punto a responder.

--Ahora mismo nos hemos cruzado con él.

--¿En dónde?

--En la calle de Carretas. Iba con _la Dientes_.

--¿Con esa piculina desorejada?

--Con la misma. Hacia la Central.

--¡Desdichado! --gimió don Bernabé, y tomando el sombrero de la percha

huyó desolado.

Las varias estancias y gabinetes del Liceo Artístico tenían aspecto

sórdido y de gusto depravado. Las paredes estaban revestidas con papel

descolorido, estampado de floripondios como coles; de trecho en trecho,

un pegote de papel diferente, o un rectángulo donde el papel conservaba

su color original por haberle defendido de la corrosión de la luz un

cuadro que allí había estado colgado en otro tiempo. También había en

los muros uno que otro espejo, saldo de un café o casino quebrado,

con espigas y amapolas pintadas al óleo en una esquina, y el mercurio

de la luna amortiguado y ensombrecido por unos a manera de vapores

de incierta amarillez. Teófilo esquivaba mirarse en tales espejos,

porque de primera intención, y habiéndose contemplado sin querer,

había advertido que derretían la materialidad de los cuerpos en ellos

retratados y les daban vagorosa turbiedad de fantasmas.

Recortándose duramente sobre aquel fondo precario, bullían las figuras;

las femeninas, todas ellas damas cortesanas o entretenidas, vestidas,

como criadas de casa grande en carnaval, con heterogénea y recargada

mescolanza de atavíos señoriles ya usados y envueltas en una atmósfera

de hedores que ofendía el olfato: que el olfato repugna la mucha

fragancia, así como los ojos se duelen de la mucha luz. Estas damas,

la mayor parte feas y gordas, que eran la espuma de la prostitución

madrileña, satisfacían su añeja y exacerbada hambre de lujo hartándose

de él en tanta medida que hacían pensar en las orgías deglutivas de los

salvajes de Nueva Zelandia cuando dan por ventura, y después de largas

privaciones, con una ballena putrefacta, que devoran en delirio, sin

saciarse nunca, hasta reventar.

Las figuras masculinas eran heterogéneas; junto con el hombre correcto

y de buena sangre, personaje episódico y de paso, víctima por lo

regular de las malas artes de la tafurería, podían verse el señorito

achulado, el chulo aseñoritado, el comiquillo epiceno y el chulo sin

bastardear, con todos los caracteres específicos de la casta.

Había por dondequiera mesas octogonales para _poker_ y en torno de

ellas aquellas damas tan suntuariamente vestidas regateaban a gritos

una peseta y aun menos, como cocineras que ajustan un pollo en el

mercado.

Angelón guió a Teófilo hasta la sala de juego. Estaba la gente

acomodándose en derredor del gran violón verde, en cuyo centro, junto

al tazón de níquel para las cartas jugadas, había cuatro paquetes

deshechos de barajas francesas. Entre los concurrentes estaban Alfonso

del Mármol y don Jovino, _el Obispo retirado_. Iba a comenzar la

partida. Un criado con galones subastaba la baraja.

--Talla para el _baccara_, señores --canturreó el mozo con sonsonete

sacristanesco.

--Mil pesetas --dijo Mármol entre dientes.

--Dos mil --añadió don Jovino con los ojos clavados en el cielo raso,

como si postulase la intervención divina.

--Dos mil --hizo eco el mozo--. Dos mil, una... Dos mil, dos...

--Tres mil --atajó Mármol. Tomó el largo cigarro con dos dedos y

comenzó a darle vueltas entre los labios para alisar la capa; luego lo

contempló, vio que estaba bien, se lo llevó a la boca, y las manos a la

espalda. Parecía que estaba a solas en su casa, aburriéndose.

--Cuatro mil --se apresuró a decir _el Obispo retirado_, como si

hubiera recibido una intuición celestial.

--Cuatro mil, señores. Cuatro mil, una... Cuatro mil, dos... Cuatro

mil...

Mármol retiró una mano de debajo de la chaqueta, que en él era actitud

habitual cuando estaba en pie o paseaba llevar las manos enlazadas

sobre los riñones y debajo de la chaqueta. Alargó el brazo hacia

el mozo con no menos solemnidad que Josué hacia el sol, le ordenó

tácitamente que se detuviera, sacudió la ceniza del cigarro con el dedo

meñique, y dijo con aire de indiferencia:

--Cinco mil.

--Cinco mil, señores. Cinco mil, una... Cinco mil, dos... Cinco mil...,

tres --el mozo dio con los nudillos sobre el violón y declaró al mismo

tiempo--: Don Alfonso del Mármol talla.

--Banco --agregó al punto _el Obispo retirado_.

--Bueno; yo no entiendo una palabra de todos estos ritos --murmuró

Teófilo al oído de Angelón.

--Pues es más fácil que hacer un soneto, aunque el soneto sea

modernista. El que más alto puja, ese talla. Banco quiere decir que don

Jovino juega todo lo que se talla, contra el banquero, al primer pase,

mano a mano; de manera que a los otros no les toca sino mirar. ¿Que

gana Mármol? Ya tiene diez mil pesetas en lugar de cinco mil. ¿Que las

cartas favorecen al _motilón_? Pues Mármol se queda sin las cinco mil

del ala, y a otra cosa, es decir, a otra baraja, a no ser que reponga

la banca.

--¡Es curioso! --exclamó Teófilo, que era ya víctima de la capciosidad

del juego.

--¿Curioso? No veo la curiosidad... --murmuró Angelón, con desdén hacia

la inexperiencia del poeta.

Teófilo se había interesado al punto en aquel raro combate, y con el

corazón se había puesto del lado de uno de los combatientes, del lado

de Mármol, cuyo éxito consideraba como cosa propia; a don Jovino

le aborrecía como a un adversario con el cual tuviera antiguos y

enconados motivos de resentimiento. Aplicábase a seguir las peripecias

del juego, conteniendo la respiración y con pulso agitado. Don Jovino

ganó el banco. Alfonso del Mármol colocó otras cinco mil pesetas sobre

la mesa y continuó tallando. La baraja se deslizó con alternativas y

altibajos, al fin de los cuales, Teófilo, que no perdía de vista las

manos de Mármol, estaba seguro que su aliado mental había ganado unas

seis mil pesetas. «Ahora tiene dieciséis mil pesetas», pensó. Durante

esta baraja Fernando había llegado a la mesa de juego y jugado algunos

duros, con gran circunspección y ensimismamiento. La partida estaba

muy animada. Corría en abundancia el dinero. Pero las posturas más

considerables eran siempre las del _Fraile motilón_, de suerte que se

mantenía en todo momento un antagonismo personal entre él y el banquero.

--¿Y será cierto lo que ha dicho Alberto? --inquirió Teófilo, muy

hostigado de la curiosidad.

--¿Qué es lo que ha dicho Alberto?

--Que Mármol no tiene más que quince mil pesetas en el bolsillo.

--Cuando él lo ha dicho. Son muy amigos, y Mármol no le iba a decir una

mentira.

--¿Está casado?

--Y con ocho hijos.

--Tan joven... Y se juega así el dinero... Debe de ser muy rico.

--No sé. Él siempre se juega el dinero por lo grande.

Subastaron la segunda baraja, que Mármol volvió a rematar en cinco

mil pesetas, y don Jovino a hacerle banco, que esta vez ganó Mármol.

Al final de esta baraja, según los cálculos de Teófilo, que eran muy

concienzudos, Mármol había llegado a las veintidós mil pesetas. En la

baraja siguiente, que también remató Mármol, la suma total adquirió un

valor de treinta y dos o treinta y cinco mil, que en estas alturas el

cómputo exacto era muy difícil; pero Teófilo sabía que no era menos de

lo uno ni más de lo otro.

En la subasta de la baraja inmediata las hostilidades se avivaron por

parte del _Obispo_. Subían uno y otro y nunca se daban por satisfechos.

Al llegar a las treinta y tres mil, Mármol se abstuvo de pujar y quedó

la baraja por cuenta de don Jovino. «Es que no hay más de treinta y

dos mil. Mi cálculo era correcto», pensó Teófilo. Se sentía tan en la

pelleja de Mármol, que sus pensamientos se enunciaban espontáneamente

en la primera persona del plural; así: «diez millones que tuviéramos,

diez millones que hubiéramos tallado, si ese cerdo cebado se obstinara

en seguirnos a los alcances. Pero no podemos pasar de las treinta y

dos mil.» El corazón de Teófilo comenzó a apretarse al pasar Mármol

desde el sitial del banquero al democrático escaño de _punto_; la buena

suerte de Mármol se anubló de tal manera, que en muy pocos pases perdió

treinta mil pesetas; lo que no perdió fue el gesto cansado y tedioso de

hombre que está a solas aburriéndose.

--¡Nos ha reventado ese puerco! --eyaculó Teófilo, malhumorado, sin

poder contenerse.

--¿El qué? --interrogó Angelón.

--Nada. Digo que _el Obispo_ le ha ganado a Mármol todo lo que tenía.

Solo le quedan dos mil pesetas.

--Bastante es para desquitarse. Tiene una suerte loca.

--Por mucha que tenga. ¿Qué se puede hacer con dos mil pesetas?

--¿Qué dice usted? ¿Usted sabe lo que son dos mil pesetas?

El rostro de Teófilo se empurpuró. Hubo de colocarse por un momento en

su propio presente histórico; pero se desplazó a seguida que oyó decir

a don Jovino:

--Hay una continuación.

--¿Qué quiere decir eso? --preguntó Teófilo.

--Que no talla ya más. Otro, si quiere, puede continuar tallando la

misma baraja.

--Sí, sí; a buena hora. Después que esa bestia se lo ha llevado todo.

--Yo la continúo --tartajeó Mármol, con el cigarro entre los dientes,

y con el mismo tono con que le hubiera pedido una cerilla al mozo. Se

levantó, parsimonioso, y fue a sentarse en el sitial del banquero. Dio

dos chupadas sonoras al cigarro; estaba apagado. Extrajo del bolsillo

una cerillera de oro y se las arregló de suerte que hubo de encender

seis o siete antes de que ardiese una, y entonces chupó con ahinco

hasta esfumarse detrás de una nube de humo. Cuando reapareció se le

vio que estaba sacándose los puños con aire sosegado y poniendo los

brazos en arco, como si ensayase un paso de garrotín. El resto de los

jugadores, comidos de impaciencia y de angustia, le asaetaban con los

ojos. Le hubieran dado de golpes, pero no se atrevían a hablar por no

descubrir su desazón.

Don Jovino estaba visiblemente nervioso y pálido de cólera. Con la

mano, pequeñuela y canónica, arañaba la mesa.

--¡Qué hombre admirable! --bisbiseó Teófilo en elogio de Mármol.

En efecto, Mármol era un genio en las artes aleatorias. Sabía que

la fascinación del juego está en que bajo su acción se desvanece el

sentido del tiempo, y de aquí nacen sus consecuencias, así placenteras

como funestas, porque sin el sentido del tiempo no cabe noción del

trabajo, y sin esta no existe el concepto del valor, por donde en torno

de una mesa de juego se congrega una humanidad que momentáneamente se

exime de la maldición paradisiaca, y goza, por lo tanto, de aquellos

dos edénicos atributos que, siendo humanos, eran casi divinos: no

tener miedo a la muerte ni conocer qué cosa sea trabajo. La mayor parte

de los jugadores pierden, con la conciencia del tiempo, la fruición del

juego, y aquí venía Mármol a despertarles de su letargo e inculcarles,

quieras que no quieras, la sensación del tiempo, y por corolario una

emoción contradictoria e intensísima.

En tanto duraban las maniobras de Mármol, Teófilo había estado

informándose, por medio de Angelón, de ciertos pormenores atañederos al

juego.

--Es decir, que si ahora le sale el pase en contra se tiene que pegar

un tiro...

--Eso no, porque se apresurarían a pegárselo antes de que él se

molestase: en buena parte estamos. Lo que ocurre es que no puede ser

verdad eso que nos ha contado Alberto. No puede ser; se necesitaría

estar loco.

--¿Que no puede ser? Puede ser y es --afirmó Teófilo, con entonación

infalible.

--Pues yo no lo creo.

En aquel punto Mármol recorrió con los ojos la superficie del violón.

El dinero apostado andaba por las cuatro mil pesetas. Teófilo lo contó

mentalmente, tranquilizándose. «Creí que era más. Puede que le quede

otro tanto a él», se dijo abandonando el plural, porque el trance era

harto difícil para asumir su responsabilidad. Al llegar con la mirada

al dinero de don Jovino, los ojos de Mármol se reposaron, dijérase que

a lo burlón. Don Jovino, con ademán vehemente, puso dos mil pesetas más

sobre las dos mil que ya tenía apostadas.

--Banca abierta --musitó Mármol.

--¿Qué? --clamó don Jovino.

Mármol se abstuvo de contestar, como si nada hubiera ocurrido, en lo

cual demostró gran tino, porque antes de poder decir nada ya se le

habían adelantado dos o tres jugadores, los cuales, volviéndose hacia

don Jovino, hablaron al tiempo mismo: «Que banca abierta.» Don Jovino

colocó cuatro mil pesetas más. Mármol comenzó a repartir las cartas

lentamente. Teófilo volvió las espaldas a la mesa.

--No quiero verlo --rezongó, con los pulmones en suspenso.

Había un maravilloso silencio, que se prolongaba, se prolongaba...

Teófilo oyó la cauta, elegante voz de Mármol diciendo _nueve_. Giró

sobre los talones, inflamado de júbilo. Nueve era la mejor carta.

--¡Qué suerte! --exclamó Angelón, ligeramente contrariado.

Un _croupier_ apilaba con la raqueta el dinero diseminado por los

paños; otro lo recogía con el _sable_. Mármol, en medio de los dos, no

se dignaba dar la menor muestra de interés hacia la recolección. Toda

la baraja resultó a favor de Mármol, y como don Jovino había perdido

su sangre fría, las pérdidas de este y ganancias de aquel fueron tales

que los talentos aritméticos de Teófilo se hicieron un embrollo y no

atinaron a calcularlas.

A partir de este momento la lucha perdió todo interés. El _Fraile

motilón_ era derrotado de continuo, ya de banquero, ya de punto, y,

a la sombra de Mármol, el resto de los jugadores se ensañaba en él,

extrayéndole el dinero a chorros. A medida que perdía, don Jovino

recobraba la serenidad.

Ya avanzada la noche sobrevino en la sala de juego don Bernabé Barajas,

el cual, así que vio a Fernando, corrió a su vera, jadeante y con

aliento entrecortado.

--¿Dónde te has metido? ¡Ay! ¡Qué susto me has dado!

Los presentes rieron de manera inequívoca y contemplaban, así a

don Bernabé como a Fernando, con ánimo respectivamente burlón y

despectivo. En un abrir y cerrar de ojos Fernando se había puesto en

pie, lívido sobremanera, y girando sobre la cintura aplicó una enorme

y restallante bofetada sobre el turgente rostro de su dulce amigo.

Algunos se precipitaron a sujetarlo.

--No es necesario --dijo el mozo muy sereno, apartándose de la mesa.

--Pero Fernandito, hijo, ¿qué te he hecho yo? --se lamentó el buen

señor, algo sorprendido.

--Es que todo el mundo se figura..., y yo ya estoy harto.

--Pero, ¿qué es lo que se figura, criatura?

--Diga usted aquí, delante de toda esta gente, si ha conseguido usted

algo de mí.

--¡Ay, qué cosas tienes! Yo, ¿qué iba a conseguir?

--Diga usted la verdad.

--Yo soy un caballero.

Prodújose una gran carcajada que enardeció más al ya enardecido mozo.

--¡Diga usted la verdad, se lo suplico!

En esto llegó el presidente del círculo, un matón con ribetes de

escritor o viceversa, y acercándose a Fernando, sentenció con engolada

austeridad:

--En este círculo no se toleran escándalos y menos de tal índole. Haga

usted el favor de marcharse.

--No sin que antes quede en claro que yo soy tan decente como el que

más.

--Haga usted el favor de marcharse --e iba a asirle de un brazo.

--Cuidado con tocarme ni al pelo de la ropa. Yo hice mal en abofetear a

don Bernabé, lo confieso; pero si lo hice fue porque me pareció ver que

todos estos señores se figuran algo que no es verdad y perdí la cabeza.

Yo no me voy sin que don Bernabé conteste a lo que le he preguntado.

--Don Bernabé puede contestar o dejar de hacerlo, según le salga de la

voluntad. Pero usted no puede continuar aquí.

Mármol, que hasta aquel momento había permanecido como ausente de

todo, se puso en pie, se acercó al presidente, acariciándose la

barbilla color de trigo, y muy fríamente declaró:

--Tiene razón el muchacho y no sé por qué regla de tres ha de marcharse

si no le da la gana. Por lo demás --añadió, mirando a Fernando--,

si en un principio alguien se ha figurado algo, creo que luego han

cambiado todos de parecer. Las apariencias suelen engañar --concluyó,

contemplando con ojos entornadizos y de lástima al presidente.

--Claro que las apariencias suelen engañar --corroboró don Bernabé--.

Yo soy un caballero.

Nuevas risas.

--Muchas gracias --dijo Fernando, sacudiendo virilmente la mano de

Alfonso del Mármol--. Y buenas noches la compañía.

Y el mozo salió de la sala con firme compás de pies.

--Vámonos nosotros también --rogó Teófilo a Angelón, poco después que

el desconocido e iracundo joven se hubo marchado--. Estoy rendido.

--Vámonos si usted lo desea.

Según andaban camino de casa, Teófilo sentía en el alma un malestar

oscuro y de fondo, y en la conciencia impresiones confusas y

pronósticos de ideas. Amenazábanle las silenciosas moles de la ciudad

durmiente, como si fueran a derrumbarse sobre él de un momento a otro,

disgregadas por un agente de diabólica actividad corrosiva.

Las rameras de encrucijada intentaban socaliñarlos, brindándoles con

torpes requiebros placeres complejos y módicos.

Teófilo sentía dos obsesiones que para él eran normas madres de la

vida: la del dinero y la del amor. Según su peculiar manera de concebir

la sociedad, esta se asentaba en dos pilares: el sentido conservador,

del cual nace el principio de propiedad, y el instinto de reproducción,

de perpetuación, turbio subsuelo en donde arraiga el amor, libre

o constituído en familia. Ahora, Teófilo se preguntaba: «Estos dos

principios de la sociedad, ¿son constructivos o son destructores?»

Movíale a formular este interrogante el haber visto al desnudo el

instinto de propiedad y el amoroso: el primero, en el juego; el

segundo, en la prostitución.

--¿En qué pensaba usted? --habló Angelón.

--En nada --respondió en seco Teófilo.

--He tenido mala pata. Siete duros que era todo lo que me podía jugar

me los liquidaron en un periquete. Si aguardo a las barajas últimas

del Obispo me pongo las botas. Ya ve usted aquel mozalbete, el de las

bofetadas a don Bernabé, en dos barajas se cargó unos miles de pesetas,

que yo viera. La Fortuna, mujer al fin, sonríe a los sinvergüenzas y

vuelve la espalda a los hombres honrados.

Troteras y danzaderas: Novela · 第 42 / 72 题