VI

Verónica se sobrecogió al ver entrar por la puerta de su cuarto aquel

torrente de hombres desconocidos; pero la presencia de Alberto le dio

ánimos. A las alabanzas y encomios respondía riéndose sin tasa, con su

transparente risa muchachil, y andaba de un sitio a otro sin pararse un

punto, desasosegada de los nervios.

--Pues na, señores; que he pasao un canguelo que ya, ya... Ha sido una

tontería de este chalado --señalando a Alberto--, que se empeñó en que

había de bailar. Luego, me pesó tanto haber dicho que sí. Pero si lo

gracioso es que no sé bailar: bailo lo que buenamente me sale.

Alcázar y Alba, entrambos afamados pintores, solicitaron hacerle sendos

retratos al óleo.

--Retratos míos... ¿y en color? Quiten allá... Si parezco una

aceitunilla. Pero si ustedes se empeñan... El que pinta como las rosas

es este, es muy habilidoso --por Guzmán.

Travesedo se asomó a la puerta y llamó a Alberto.

--¿Qué te ocurre? --preguntó Guzmán, ya en el pasillo.

--Que tengo miedo que se nos agüe la fiesta. Y cuidado que va saliendo

bien todo. ¿Has visto qué éxito el de esa neña? Ahora, con que se monte

en las nubes y quiera subir el contrato...

--No creo.

--Por esta vez, y es la primera, me va a salir bien un negocio. No te

figures que ganaré gran cosa. Jovino me paga cincuenta duros al mes;

luego, el veinticinco por ciento de las utilidades. A esto renuncio de

buena gana, y me conformo con que lo comido vaya por lo servido. La

cuestión es que los cincuenta duros tiren hasta la próxima primavera.

Pero, ese Jovino... En mi vida he visto hombre como él. ¿Crees tú

que se le importa un pitoche el negocio del circo? Ni esto. Solo

piensa en jugarse el dinero en casinos y chirlatas. Pero yo quería

hablarte del conflicto. Ya sabes que la Íñigo y Monte-Valdés no se

pueden ver. Es una mujer escandalosa de veras y no de boquilla, como

la pobre italiana, y le tiene al cojo unas ganas... Pues nada, que se

ha enterado de que está aquí en los cuartos, y Angelón, que ha estado

hablando con ella, ha venido a decirme que lo va a esperar y tirarle

de las barbas, y qué sé yo. Figúrate.

--No hagas caso. No hará nada porque le tiene mucho miedo.

--¿Esa, miedo?

--Sí, hombre.

--No me tranquilizas.

--¿Y qué quieres que yo haga?

--Que con cualquier pretexto te lo lleves abajo.

--Ni que fuera un niño.

--Por Dios te lo pido. Mira que si se me tuerce el espectáculo ahora,

en la tercera parte, que es la de sensación... Hay una ansiedad enorme

por ver a Rosina; me lo ha dicho Mármol; por cierto que ha venido de

Pilares, ¿lo sabías?

--Sí, ya lo he visto.

--El ministro ha comprado media entrada general y le van a hacer una

ovación a Rosina... Después la princesa Tamará. Creo que se presenta

casi en pelota... Si salimos hoy con bien se asegura la temporada. Por

lo que más quieras, llévate a Monte-Valdés abajo.

--Haré lo que pueda.

Cuando Alberto entró de nuevo en el cuarto de Verónica, Monte-Valdés

peroraba elocuentemente acerca del baile, y la bailarina le oía

embelesada. La elocuencia del literato era tan prieta y fluente, que

Alberto no encontraba coyuntura por donde meterse a cortarla y luego

precipitar la despedida.

Sonaron los timbres para la tercera parte. Monte-Valdés continuaba

perorando, y el resto de la reunión seguía con interés su amena charla.

Después de pasado un tiempo, y cuando se oían los ecos de la orquesta,

Alberto consideró que no había peligro ya y se levantó.

--Señores, hace un momento que ha comenzado la tercera parte. ¿Les

parece que nos vayamos?

--¿Es posible? Yo no he oído los timbres. Pues sí, la orquesta está

tocando. Vámonos. Dicen que esa Antígona es una mujer hermosísima.

Se levantaron todos.

--¿Se marcha usté ya? --dijo Verónica a Monte-Valdés--. A mí que me

gusta tanto oírle... Deje usté que se vayan estos señores y quédese

usté conmigo.

--Mujer, no seas egoísta --amonestó Alberto.

--O si no --Verónica comenzó a dar saltitos--, si a estos señores no

les parece mal, puede usté venir conmigo al escenario y sigue usté

hablando, y al mismo tiempo entre bastidores lo ve usté todo.

--Eso es imposible, Verónica --atajó Alberto.

--¿Por qué? Tú también te vienes con nosotros. Si es muy divertido

estar entre bastidores. A estos señores no les digo nada porque no sé

si consentirán tanta gente.

Verónica condujo a Monte-Valdés y Alberto a la segunda caja del

escenario, precisamente donde estaba la Íñigo aguardando la salida de

un momento a otro. Monte-Valdés, con ampuloso desdén, fingió ignorar

la presencia de su enemiga, la cual comenzó a agitarse nerviosa, a

lanzar miradas aviesas al escritor y a sonreírse malignamente. Alberto

estaba tranquilo, porque en sitio y ocasión tales no era verosímil una

conflagración. Llegole a la Íñigo el turno para salir a escena. La

música atacó un pasacalle jacarandoso. La cupletista, que lucía capa y

montera de torero, encendió un pitillo, se ciñó la capa a las caderas

y al vientre, sobradamente abultado, e hizo un breve, obsceno y raudo

cadereo, como tanteando sus facultades; propedéutica o introducción

del arte coreográfico, semejante al del cantador que carraspea y se

escamonda el gañote antes de salir por peteneras. La Íñigo dio dos

pasos hacia la escena, y ya en el borde de los bastidores, escorzó

el torso en actitud desgarrada y hostil, miró de través y de arriba

abajo al escritor, vomitole en el rostro un agravio indecoroso y huyó

a presentarse ante el público, moviendo desordenadamente el trasero,

según andaba. Monte-Valdés, con perfecta naturalidad, salió también

a escena en pos de la Íñigo, y cuando la tuvo cerca, sustentándose

sobre la pierna de palo por un milagro de equilibrio, le aplicó con

la pierna íntegra tan desaforado puntapié en las asentaderas que la

mujer dio de bruces sobre las tablas. Hubo unos minutos de estupor

general y de silencio hondo. A seguida estalló el escándalo con

caracteres pavorosos, y la confusión de baladros, bramidos, pataleos,

imprecaciones, carcajadas, ir y venir y correr de gente amenazaba dar

al traste con el circo. Por encima del estruendo general nadaba la

exasperada voz de Monte-Valdés.

--¡Como yo tengo tanto pudor para las broncas!...

Calmose la marejada antes de lo que fuera de esperar, y el público, muy

regocijado después de aquel número fuera de programa, exigía ahora la

continuación del espectáculo. Por fortuna, la princesa Tamará estaba

dispuesta y en su punto, y salió a bailar unas danzas orientales,

después que un criado anunció al respetable que a la señorita Íñigo le

era imposible continuar su trabajo por haberle acometido inopinadamente

una ligera indisposición.

La indisposición consistía en un turbulento patatús. Entre seis hombres

la habían llevado pataleando y echando espuma por la boca al cuarto de

la dirección.

Algunos amigos de Monte-Valdés y algunos que no lo eran, entre

ellos el comisario de policía, habían acudido al escenario. De los

primeros en subir fue don Bernabé Barajas, acompañado de su agraciado

amigo, al cual no perdía de vista un momento, por temor a que se le

extraviase. Iba don Bernabé de aquí acullá, escudriñando los orígenes

del conflicto con femenina curiosidad, por ver en qué paraba el jaleo,

cuando en una de estas echó de menos al joven amigo, y entonces,

perdiendo todo interés por el resto de las cosas humanas, se consagró a

recuperar a su compañero.

--¿Han visto ustedes a Fernandito? --inquiría por todas partes con

desolado lamento.

Pero nadie le hacía caso. Fernando había subido las escaleras que

conducen a los cuartos de las artistas y husmeaba en busca de alguna

mujer bonita a quien requebrar. A la puerta de la dirección había un

remolino de curiosos; el resto del pasillo estaba solitario. Veíase una

puertecilla abierta y sobre el cuadrado de luz destacaba, al sesgo,

gallarda figura de mujer.

Era Rosina, que aguardaba a Conchita con nuevas de lo sucedido.

Fernando se acercó a la mujer con disimulo y como si pasease, por

verla más de cerca. «Debe de ser una gachí de órdago», pensaba, e

iba aproximándose al desgaire. No podía distinguirle bien el rostro,

porque estaba entre dos luces encontradas, pero observó con sorpresa

que se llevaba entrambas manos al corazón, que se reclinaba en uno de

los quicios, que se enderezaba nuevamente, y oyó que decía con voz

desfalleciente:

--¡Fernando!

Fernando salvó de un salto los tres metros que le separaban de la

mujer, la cual, en teniéndole cerca de sí, le tomó de la mano y le hizo

entrar en la estancia, entornando después la puerta.

--¡Fernando! --suspiró de nuevo la mujer. Estaba mortalmente pálida--.

¿No me conoces ya?

El mozo se había contagiado de la palidez y emoción de su incógnita

compañera. Sentía la angustia dolorosa de un recuerdo, del cual estaba

por entero saturado y con cuya expresión no acertaba. Era como si le

estuvieran revolviendo las entrañas y arrancando aquello que estaba

más hondo y lejano para ponerlo en la superficie y a la luz. De pronto

abrazó a la mujer con varonil reciedumbre y rugió más que dijo:

--¡Rosina!

Rosina, estrujada sobre el poderoso tórax de Fernando y sin poder

respirar, en parte por la presión del hombre y en parte por el arrebato

confuso que le atormentaba el pecho, elevando los ojos, como si con

ellos bebiese los de él, alentó con delgado soplo y acento entre tierno

y orgulloso:

--Tenemos una hija: Rosa Fernanda.

De pronto sacudiose por desasirse de Fernando y dijo atropelladamente:

--¿Cuándo nos vemos? Hay que arreglarlo todo en seguida. Ya no te

separas de mí. Vete inmediatamente a la esquina de la calle del

Barquillo y Alcalá. Pasaré yo en dos minutos y te meterás en mi coche.

En seguida, en seguida. Vete ya, que alguien llega.

Besáronse y Fernando partió. Rosina no tuvo fuerzas para sustentarse en

pie y cayó desmadejada sobre el pequeño diván. Conchita se alarmó al

entrar.

--¿Qué le ocurre a usté?

--Nada, Conchita. Dame el abrigo. Me siento muy mal y voy a casa.

--¿Y el debut?

--¿No te digo que estoy muy mal? Acompáñame hasta el coche, nada más

que hasta el coche; después ya no te necesito. Puedes pasar la noche

con Apolinar, si quieres. Dile a Travesedo que me he puesto muy mala,

muy mala y que no puedo cantar.

A favor del desorden y aturdimiento que aún duraban, a consecuencia del

incidente movido por Monte-Valdés, Rosina y su doncella pudieron salir

del teatro sin que nadie parase mientes en ello. Conchita iba pensando:

«Nuevo lío. Y ahora es gordo. ¡Qué asco de vida esta! ¡Dios nos

ampare, Dios nos ampare! ¡Virgen de la Paloma!» Le entró un arrechucho

de ternura, y antes de que Rosina subiera al coche, se abalanzó a

besarla, llorando.

--Si supieras, Conchita... Ea, adiós.

--Adiós, señorita, adiós, adiós, adiós.

Conchita volvió a la dirección, en donde la Íñigo, rodeada de gentes

solícitas que le daban masajes precordiales en el desnudo seno,

comenzaba a recobrar el sentido. Travesedo y Alberto observaban la

operación. Conchita refirió a Travesedo lo que ocurría. Alberto vio

que el rostro de Travesedo, ebúrneo y linfático de ordinario, se

congestionaba y que sus ojos se inyectaron de sangre.

--¿Qué te ocurre? --preguntó solícito.

--Nada, Bertuco; una friolera. Que Rosina se ha ido a su casa, muy

enferma de un mal que le dio de repente. Y ahora, ¿quién se lo dice al

público, después del escandalazo de Monte-Valdés? ¿No te lo decía yo?

Mi sino es más negro que mis barbas --y se las mesó con ensañamiento.

La omisión del número Antígona acarreó tan airada protesta que la

policía hubo de intervenir y obligar a la Empresa a devolver el importe

de los billetes, con lo cual la desesperación de Travesedo llegó a

términos que anduvo a punto de pelarse las barbas, y si no lo consiguió

fue porque las tenía tan arraigadas como su mala suerte.

Y aún faltaba el rabo por desollar. Y fue, que cuando Travesedo subía a

la dirección, curvado bajo la pesadumbre de su infortunio, descendía la

condesa Beniamina, somera pero lindamente ataviada con un casaquín, no

más abajo de medio muslo ni más arriba de medio seno; aquellas flores

funerarias que tanto enojo le habían producido, cogidas en un brazado;

el mico sobre un hombro y una sonrisa seráfica en los labios. Su número

debía ser el último; número de gran espectáculo. Consistía en un globo

luminoso en cuya barquilla iba la condesa cantando y arrojando flores y

que a través de los ámbitos del teatro, apagadas las luces, avanzaba y

hacía extrañas evoluciones por medio de ingenioso artificio.

--¿Adónde vas? --inquirió Travesedo ásperamente.

--¿Adónde? Al palco escénico.

--Pues mejor te vas a otra parte --Travesedo añadió una frase poco

gentil.

--¿Cosa?

--Lo que has oído. Que se terminó la función.

--¿Y el pallone?

--¿El pallone? --esta vez su frase fue menos gentil aún.

Cuando después de media hora Travesedo salía del malhadado circo, su

lóbrego sino se había complicado con otro sino sangriento, porque

desde la raíz de las barbas hasta muy cerca de los ojos le labraba las

mejillas una red de purpurinos arañazos, obra de la inofensiva condesa;

aquella que, al decir del propio Travesedo, era escandalosa solo de

boquilla.

Troteras y danzaderas: Novela · 第 40 / 72 题