Y Verónica:
--Ni yo tampoco.
Responde Yago: «Sígole en provecho propio. No todos hemos de ser amos,
ni los amos han de ser siempre servidos lealmente.» (Verónica: _Muy
bien._) «Si parece que le sigo no es por amor o deber, sino para mis
peculiares fines.» (Verónica: _Algo trama. Me alegro. Y mira si es
noble y cómo dice lealmente lo que piensa._) Yago induce a Rodrigo,
antiguo cortejador de Desdémona, a que despierte a Brabantio, padre de
la doncella, y le informe de cómo esta ha sido raptada por el moro.
(Verónica: _Anda; pues nada menos que la había robado. ¡Qué criminal!_)
Yago, a Brabantio que ha aparecido en una ventana: «Haz que el clamor
de la campana despabile a los ciudadanos dormidos, de otra suerte el
mismísimo diablo te hará abuelo.» (Verónica: _Llama diablo al moro. Es
gracioso Yago._) Brabantio no quiere creer que su hija Desdémona se
haya fugado. Al fin se cerciora de que ello es verdad. Yago se retira
y desciende el viejo a la calle, en donde se junta con Rodrigo, y,
transido de pena, exclama: «Oye, ¿no hay bebedizos que trastornan el
seso de la juventud y aun de la edad madura de tal suerte que hacen
perder la voluntad? ¿No has leído, Rodrigo, algo de esto?» (Verónica:
_¿Qué otra cosa podía ser? Si no se comprende..._)
Escena segunda; otra calleja. Yago dice al moro que Brabantio, el
senador, conoce ya el rapto de Desdémona, y le aconseja que se guarde
de la cólera del viejo, a quien la magistratura que ostenta y el poder
que con ella goza hacen temible. (Verónica: _Me gusta Yago. ¿Ves lo
bien que disimula? Confío en que sabrá vengarse del negro._) Otelo:
«Que obre según su despecho. Los servicios que presté a la señoría
hablarán más alto que su querella... Porque ha de saberse que mi vida
y mi ser vienen de gentes que ocupan un solio real.» (Verónica: _Pues
no era un vagabundo afortunado, como Yago pensó. Y habla con cierta
nobleza, ¿eh?_) Pasa una ronda con antorchas. Los de la ronda dicen
que el Dogo y los cónsules están en consejo y buscan a Otelo. Se
teme una guerra con los otomanos y Otelo será el general. (Verónica:
_También es suerte lisa la del negrazo._) Aparece otra ronda. Es
Brabantio y sus seguidores, armados. Brabantio: «Caed sobre él.
¡Ladrón!» (Verónica: _Y que lo diga. Buen lío._) Otelo se interpone:
«Envainad las espadas, que el rocío de la noche puede enmohecerlas.
Señor, más fuerza tienes en tus años que en tus armas.» (Verónica:
_¡También es un tío!_) Brabantio: «Desatentado ladrón, ¿en dónde has
escondido a mi hija? Me la has enhechizado, o de lo contrario todas las
cosas carecen de sentido. Sea juez el mundo y diga si no es palpable
que con ella has usado de encantos y artes de brujería, que de su
delicada mocedad abusaste con drogas y minerales de esos que debilitan
el discernimiento.» (Verónica: _A ver. No se comprende de otro modo.
¡Pobre viejo y pobre muchacha!_) Están para irse a las manos los de
uno y otro bando. Otelo: «Detened el brazo los de mi parte y los
contrarios. Si el luchar estuviera ahora en mi papel no necesitaría de
apuntador.» (Verónica: _Que se las trae el negro. Tiene una confianza
en sí mismo..._) Parten todos camino del palacio de los Dogos, en donde
la Señoría está de consejo.
Escena tercera. En el salón del Consejo. Dogo, senadores y cónsules
hablan de la guerra. Llegan Brabantio, Otelo y séquito. El viejo se
adelanta a presentar su querella. Brabantio: «Mi hija... Peor que
muerta está para mí. Me la han seducido, me la han robado, me la han
corrompido con ensalmos y mixturas de esas que hacen los apoticarios.
La Naturaleza no puede errar tan de lleno, no siendo deficiente,
ciega o mutilada de los sentidos, sin concurso de brujería.» El Dogo:
«Quienquiera que te la haya hurtado por tan bajos medios, que del
sangriento libro de la ley y por tus propios labios oiga la sentencia
más amarga, y que tú la interpretes conforme a tu encono. Así sea,
aun cuando mi propio hijo fuese el culpable.» (Verónica: _Si ahora se
hiciese lo mismo... Daba gusto en aquellos tiempos. Sospecho que a
Yago le van a ahorrar molestias._) Brabantio dice que ha sido Otelo.
Los senadores, que necesitan de Otelo para la guerra, se alarman, y
animan al moro a que se exculpe. (Verónica, muy emocionada: _Vamos a
ver._) Otelo: «Mi habla es ruda, no tiene el don de las blandas frases
apacibles, porque desde que estos mis brazos tuvieron el vigor de los
siete años hasta hace no más de nueve lunas solo viví en batalla y en
campamentos.» Pero, sin embargo, Otelo explicará, como mejor se le
alcance, la manera que tuvo de enamorar a Desdémona. (Verónica: _Pal
gato._) Envían a buscar a Desdémona. Entretanto, Otelo, habla: «Su
padre y yo éramos amigos. Invitábame a su casa con frecuencia y pedía
que le contase la historia de mis fortunas, sitios y batallas que
hube de ganar. Le referí mi vida entera, desde mis días infantiles,
a su entero placer y talante. Le hablé de desastrosas aventuras y
emocionantes accidentes por tierra y en la mar; de peligros graves en
que libré por un cabello, sobre la mortal brecha; de cómo fui apresado
por el insolente enemigo y vendido en esclavitud; de mi liberación y de
mis largas jornadas; de las cavernas enormes y los desiertos estériles;
de los rudos subterráneos y de las rocas y montes cuyas sienes tocan
el cielo (yo hablaba, hablaba, esto fue todo); de los caníbales que se
devoran entre sí; de los antropófagos y otros hombres cuya cabeza nace
más abajo de los hombros. Y oyéndome, Desdémona que estaba presente,
se inclinaba con aire meditabundo. Huía a veces, porque los menesteres
caseros la requerían. Pero volvía presto y con solícito oído devoraba
mi discurso. Como yo lo observase, tomé a mi cuenta una hora favorable
y acerté a conseguir que ella me rogase en su corazón que aquello que
a retazos me había oído se lo dijese por entero. Consentí, y no pocas
veces gocé de sus lágrimas como yo narrase algún golpe desastroso que
mi juventud había sufrido. Tal es mi historia. En pago de mis penas
diome un mundo de sollozos. Juraba que mi historia era peregrina, muy
peregrina, digna de piedad, maravillosamente digna de piedad. Quería
no haberla oído, y quería que los cielos la hubieran hecho hombre y ser
como yo soy. Suplicábame que si algún amigo mío la amaba yo le enseñase
a referir mi historia, y que solo por esto ella le correspondería...
Me amó por mis desventuras; la amé por haberlas compadecido. No otras
fueron las artes de encantamiento que empleé. Aquí llega la dama. Sea
ella testigo.» (Verónica tiene los ojos húmedos: _Aguarda un momento.
No sigas leyendo._ Una pausa. _Sigue._) El Dogo: «La historia hubiera
ganado el corazón de mi propia hija también.» (Verónica: _Y el mío_.)
Entra Desdémona. Su padre le pregunta a quién antes que nadie obedece
de los que están presentes. Desdémona: «Aquí está mi esposo, y de
la propia suerte que mi madre os antepuso a su padre, yo profeso la
fe que al moro me une.» (Verónica: _Qué simpática._) Brabantio está
desolado. Los consuelos que el Dogo pretende prestarle en dulces
palabras no alivian su dolor, porque, dice el viejo: «No sé que el
corazón quebrantado se cure a través de las orejas.» Se habla entonces
de la guerra de Chipre. El Senado nombra a Otelo gobernador general de
la plaza. Desdémona suplica que se le consienta ir con el moro; que
si lo amó fue para vivir en su compañía: «Su rostro para mí está en
su alma.» La apoya Otelo. El Senado accede. Otelo pártese a Chipre a
seguida y deja a Desdémona encomendada a Yago y a su mujer para que
la conduzcan a la isla, cuanto antes mejor. Primero de que se retire
Otelo, Brabantio le dice: «Mírala, moro, si tienes ojos en la cara.
Engañó a su padre y te engañará a ti.» (Verónica: _Yo en la pelleja del
padre pensaría otro tanto. Y hasta lo desearía._)
Escena última del acto. Están a solas Yago y Rodrigo.
El haber perdido para siempre a Desdémona amarga el corazón de Rodrigo
en términos que desea quitarse la vida. Yago le moteja de tonto:
«No he encontrado todavía un hombre que sepa amarse a sí propio.»
Rodrigo confiesa que no tiene la virtud de sobreponerse al amor
contrariado. «¿Virtud?», pregunta Yago... «Un comino». Yago hace
algunas consideraciones morales muy atinadas, que Verónica aprueba con
signos de asentimiento. Aconseja al inexperto Rodrigo: «_Come, be a
man._ Sé hombre. Pon dinero en tu bolsillo. Alístate en la presente
campaña, desfigurando el rostro con barbas contrahechas. Mete dinero y
más dinero en tu bolsillo. Aguarda a que Desdémona se harte del moro,
que se hartará. Abarrota tu bolsillo con dinero. Busca dinero, dinero,
dinero. _Therefore make money._» Despídense, y Yago habla consigo
mismo. Odia al moro, no solo por haber recibido de él gran injusticia,
sino porque «dícese de público --murmura Yago-- que entre las sábanas
su persona suplantó a la mía en mi lecho conyugal.» Yago maquina su
venganza. El instrumento será Miguel Casio, el lugarteniente, que es
gentil y a propósito para que las damas gusten de él. Yago emponzoñará
de celos el corazón de Otelo, haciéndole creer que Desdémona y Casio
se han amado y se aman. Y termina: «Infierno y noche mostrarán este
monstruoso engendro a la luz del día.»
Hubo un descanso. Verónica estaba enovillada en un profundo sillón; las
piernas, recogidas sobre el asiento. Un resplandor maligno alumbraba
sus ojos. Dijo Alberto, por hacerle hablar:
--Verdaderamente, este Yago es un miserable.
--Gracias, hombre; en su caso te quisiera ver yo. Primero le hacen
cornudo, y luego, sobre cornudo, apaleao, como se suele decir. ¡Qué
demontre! Que me muera si ese hombre no habla en todo como un libro.
Virtud... Un comino se me da por la virtud. ¿Para qué sirve la virtud,
me quieres decir? Dinero, dinero y dinero; esa es la chipén. ¿No lo
decías tú mismo hace un poco? Di que nos andamos engañando siempre
unos a otros, y a nosotros mismos, y no nos atrevemos a decir lo que
pensamos, y ese hombre tiene el coraje de decirlo, y resulta que los
trapos que él saca a relucir son los que todos llevamos dentro. Y,
sobre todo, que él odiaba al moro; sí, lo odiaba. ¿Es que tú nunca
has sentido odio, lo que se llama odio? Yo sí, a veces, lo mismo que
ese hombre lo siente. Y ¿sabes contra quién? Te figurarás que contra
los enemigos. ¡Bah! Yo no los tengo. No; contra mi madre, contra mis
hermanas, contra mis amigas. Di que se me pasaba pronto, y, además, que
soy cobarde; pero, ¡qué gusto en ocasiones hacer tanto mal como una
quisiera!
--Sí, tienes razón. La mala persona es Otelo.
--Parece mentira que digas eso. No hay sino oírle hablar para
comprender el corazón que tiene, que no le cabe en el pecho. Se ve
que es como un niño... Y bravo... Ya ves, le hacen general en jefe,
conque, por algo será. Que al parecer tuvo o no tuvo con Emilia, la
mujer de Yago. ¿Quién está libre de un pecadillo? Aparte que a lo mejor
es un lío que le han levantado, porque en el mundo hay cada lengua,
chiquillo...
--Quizás fuera un falso testimonio. Pero, de todas suertes, no se
concibe que Desdémona se haya enamorado de él. La pobre criatura obró
alucinada; pero se dará cuenta de su error, cobrará asco al moro...
--¿Por qué? --atajó Verónica--. ¿Qué sabéis los hombres de esas cosas?
Desdémona está enamorada de Otelo; pero así, mochales, te lo digo yo.
¡Podía no! ¿Crees tú que se encuentra todos los días un hombre como
Otelo? Pues que se te quite. Si le hace llorar a una cuando habla...
Sentirse una abrazada por él, tan grandote, tan hombre, tan leal y tan
inocente... Pero, ¿cómo no le iba a querer o es posible que llegue a
cansarse de él? ¿No lo comprendes?
--Sí, lo comprendo ahora. Lo que no comprendo es cómo el bestia del
padre se oponía en aquella forma...
--También tú tienes cada cosa, chiquillo. Parece que te empeñas en
cerrar los ojos. Una niña como Desdémona, tan rubia y tan bonita, y tan
casera que se asustaba de los hombres, y va y se escapa con un negrazo
horrible... A ver. Que le dio un brebaje. Es claro como la luz. Eso
como no se escapase por correrla y ser libre, porque a veces estas
niñas que parecen tontas dan cada chasco... Te digo que yo, su padre,
¡le doy una mano de azotes!...
--Pero, ¿hablas poniéndote en el caso del padre o por tu cuenta?
--Natural que por mi cuenta.
--Como primero me habías dicho todo lo contrario...
--¿Eh?
Las ideas y sensaciones de Verónica se enmadejaron en este momento.
Estaba como estupefacta y henchida de angustia. Alberto la había
ido induciendo con cautela a que hablase, gozándose en ver cómo
sucesivamente la muchacha se asimilaba el espíritu de cada personaje
del drama hasta ajenarse de sí propia y vivir un punto la vida de
ellos. El alma de Verónica le parecía a Alberto tan plástica y tierna
como la arcilla paradisiaca entre los dedos de Jehová.
--¡Algo grave va a pasar! --habló Verónica--. Sigue leyendo. ¡Oh! ¿Para
qué comenzaste? Tengo miedo, pero no importa, sigue leyendo. Tiene
que ocurrir algo grave, lo siento, lo siento dentro de mí, como los
caballos huelen la tempestad. Sí, eso es, la tempestad. Se me figura
como si estuviese en el campo, después de una larga sequía, y que yo
hubiera estado muy enferma y me levantara ya a convalecer, y necesitara
de sol y de buen tiempo para curarme; y si llueve, yo me muero de
seguro; y si no llueve, no se dan las cosechas y todos los campesinos
se mueren; y aparece una nubecita, muy chiquitita, allá a lo lejos; y
de pronto se pone el cielo morado, y hay una tormenta que arrasa los
campos, arruina a los labradores y me mata a mí. ¿Quién tiene la culpa?
Nadie, porque a Dios no se le puede echar la culpa de nada. Nadie, pero
todos sufren, todos lloran... Es terrible. Perdona que hable tanto...
Tengo necesidad de desahogar. Ya puedes seguir leyendo: sigue, sigue.
Acto segundo. En la isla de Chipre. La tormenta ha hecho zozobrar la
flota turca. No habrá guerra. Los isleños están en los malecones de la
orilla, contemplando el embravecido mar. Llegan a la isla con buena
fortuna el lugarteniente Casio, Desdémona, con Yago y su mujer Emilia,
y Otelo. Se lee por las calles, a redoble de tambor, una proclama de
Otelo, ordenando públicos regocijos y música en celebración de sus
desposorios con Desdémona. Conviénense Yago y Rodrigo en perturbar
el seso de Casio, con licores, a tiempo que estén de guardia, y en
viéndole borracho que Rodrigo lo provoque de manera que se suscite
clamorosa contienda y le cueste a Casio su grado de lugarteniente.
Realizan con éxito el plan. En lo más recio de la pelea a que inducen
a Casio, Yago tañe al arma las campanas, sobresalta a las gentes
y obliga a Otelo a que abandonando el lecho acuda al lugar de la
contienda, con tanta cólera que al punto despoja a Casio de su dignidad
de lugarteniente. Quedan a solas Yago y Casio, que se lamenta con
amargura. Yago: «¿Estás herido, Casio?» Casio: «Sí, y no hay cirujano
que me salve.» Yago: «No lo quiera Dios.» Casio: «¡Mi buen nombre! ¡Mi
buen nombre! ¡Mi buen nombre! He perdido mi buen nombre. He perdido la
parte inmortal que en mí había, y quédame solo la de la bestia. ¡Mi
buen nombre, Yago, mi buen nombre!» (Verónica: _Pobre Casio. Perdido
el buen nombre, ¿qué queda? Díganmelo a mí._) Yago: «Por mi honor te
juro que pensé en algún daño del cuerpo; estos son de más gravedad
que los recibidos en la opinión ajena. El buen nombre es la más necia
y falsa impostura; gánase las más veces sin méritos y piérdese sin
culpa. Nadie pierde su buen nombre si no lo da él mismo por perdido.»
(Verónica: _Cabal, qué diantre, también digo yo. Y si no, fíjate en
todas esas señoronas, la Pantana, la Cercedilla, que nos dan ciento y
raya a las del oficio. Valiente tonta la que se ocupa del qué dirán. A
última hora, que le quiten a una lo bailado._) Yago muestra a Casio el
camino por donde de nuevo llegue al favor del general, y es interceder
cerca de Desdémona, rogarle, moverla a compasión, porque la voluntad
de Otelo es un juguete entre las manos de su mujer. Casio le queda muy
agradecido.
Como al terminar el acto Verónica no desplegase los labios, Alberto
continuó.
Acto tercero. Emilia, por consejo de su marido, dispone una entrevista
de Casio con Desdémona, en el parque del castillo. Casio ruega.
Desdémona le promete que será reintegrado en el puesto perdido.
Desdémona: «No dejaré en paz a Otelo en la mesa ni en el lecho, hasta
que lo consiga. A cada paso que dé yo le pondré por delante la petición
de Casio.» Sobrevienen Otelo y Yago. Casio que los ve, se retira. Yago:
«No me hace gracia eso.» Otelo: «¿Qué?» Yago: «Que Casio se aparte de
tal suerte que no parece sino que ha hecho algo malo.» Desdémona se
acerca a su marido y le habla en favor de Casio, suplicándole que lo
llame y se reconcilie con él. Otelo dilata la respuesta. Desdémona lo
acosa con fervorosos ruegos. Otelo parece ceder. Quedan solos Yago y
Otelo. Los celos comienzan a inquietar el corazón de Otelo, el cual
interroga a Yago, y este esquiva responder. Otelo: «Parece que en
tu mente se esconde un monstruo tan repugnante que no osa mostrarse
a la luz.» Yago continúa empleando subterfugios que enardezcan las
inquietudes de Otelo. «Dime lo que piensas claramente, vistiendo el
mal pensamiento con malas palabras.» Yago simula rehusar: «Mi deber no
me obliga a aquello de que hasta los esclavos son libres: decir lo que
se piensa.» El desasosiego del moro crece. Yago: «¡Guárdate, señor, de
los celos! Minutos infernales los de aquel que a tiempo que acaricia
duda; que sospecha y sin embargo ama con locura.» Otelo: «No, Yago. No
he de dudar sin ver. ¿Dudo? Quiero las pruebas. ¿Tengo pruebas? Pues
no hay sino concluir con el amor o con los celos.» Siendo así, Yago no
tiene reparo en hablar con claridad, y aconseja a Otelo que no pierda
de vista a Desdémona y Casio y tenga presente cuán simuladoras son las
mujeres, aun la misma Desdémona, quien fingía ante su padre sentir
miedo del moro cuando ya tenía determinada la fuga. Un instante que
está Otelo a solas, piensa: «¿Por qué me he casado? Este buen hombre,
Yago, ha visto y sabe mucho más de lo que dice.» Yago vuelve: «Cierto
que Casio ha sido buen lugarteniente y merece volver a serlo. Pero lo
conveniente por ahora es mantenerle degradado y observar si Desdémona
sigue su causa con excesiva vehemencia. Esto sería un gran indicio.»
A solas otra vez Otelo, vese poseído de una gran conturbación. Viene
Desdémona. Otelo, malhumorado, dice que tiene dolor de cabeza.
Desdémona, muy solícita, intenta vendarle la cabeza con un pañuelo,
pañuelo que Otelo le había regalado exhortándola a que lo conservase
siempre. Otelo aparta el pañuelo, el cual cae a tierra sin que uno ni
otro lo echen de ver. Retíranse. Emilia recoge el pañuelo y se lo da a
Yago, quien ya en repetidas ocasiones le había rogado que se lo hurtase
a Desdémona. Encuéntranse nuevamente Otelo y Yago. Los celos torturan
al moro. Ha perdido la tranquilidad: «Aquel a quien roban de lo que
no necesita, si no llega a averiguarlo, es como si no hubiera sido
robado. Si toda la soldadesca del campamento hubiera gozado su dulce
cuerpo, ignorándolo yo, fuera feliz. Pero, ahora, ¡adiós para siempre
la paz del ánimo! ¡Adiós alegría! ¡Adiós empenachadas tropas en las
empeñadas guerras que de la ambición hacen una virtud! ¡Adiós, adiós,
todo!» Los celos se truecan momentáneamente en iracundia: «Villano,
pruébame que la mujer a quien amo es una zorra, dame la prueba ocular,
o más te valiera ser un perro.» Yago afirma que ha oído a Casio hablar
y besar en sueños a Desdémona, lamentándose de que fuera la mujer
del moro, y todo de suerte que parecía demostrar oculta y culpable
inteligencia entre una y otro. Otelo es víctima de funesta cólera:
«La desharé entre mis manos». Yago habla del pañuelo y que ha creído
verlo en poder de Casio. Otelo: «¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre!» Otelo se
vengará; quiere que asesinen a Casio en el plazo de tres días.
Habiendo echado de ver la pérdida del pañuelo, Desdémona recibe gran
contrariedad y está afanosa por recuperarlo. Así que ve a su mujer, lo
primero que hace el moro es preguntar por el pañuelo. Desdémona supone
que ello es una añagaza de Otelo por impedir que su mujer reanude
las súplicas en favor de Casio, y así determínase en reiterarlas con
particular empeño, y en tanto el moro, con creciente frenesí, exige el
pañuelo, el pañuelo, Desdémona no se lo toma en cuenta y le responde
con alabanzas de Casio, hasta que Otelo se retira lleno de furor, y
convencido de la culpabilidad de Desdémona.
Yago ha puesto el pañuelo en el aposento de Casio, el cual, así como lo
encuentra, se lo regala a su amante Blanca.
Terminado este acto, Verónica, sin despegar los labios, quedose
mirando a Alberto con pupila difusa, vacua, como si le mirase y no le
viese. Durante este acto sus interpelaciones y glosas habían sido más
sucintas y espaciadas que en los comienzos de la obra, y propendían a
la interjección o grito emotivo sin contenido lógico, por donde era
fácil advertir que en lugar de ir compenetrándose y sustanciándose,
sucesivamente, con cada una de las personas dramáticas, como en los
dos primeros actos había hecho, se mantenía aparte y por encima,
acaparada por una sensación de conjunto; en lugar de ir viviendo una
tras otra las diferentes pasiones individuales, vivía ahora en su
propio corazón la emoción expectante del conflicto y choque de las
pasiones ajenas, las cuales le eran bien conocidas y sabía que habían
de obrar fatalmente por haberlas en sí misma experimentado en los actos
precedentes. De la emoción lírica había trascendido Verónica a la
emoción dramática, de la tragedia del hombre interno a la tragedia de
los hombres entre sí; y así como en el primer acto había sentido que,
en el misterio de su alma, todo hombre es justo y bueno, aun el que
no lo parece, porque sus intenciones y conducta se siguen por sutiles
impulsos, a manera de leyes necesarias, así también ahora Verónica
presentía que los sucesos que entretejen la historia y de la cual los
hombres reciben placer, dolor, exaltación, gloria, ruina, son como
tienen que ser, producto de elementos fatales en proporciones fatales.
Tal era la interpretación que Alberto daba a las emociones de Verónica.
Verónica era para él la tabla Roseta de los egiptólogos, clave con
que descifrar jeroglíficos. Consideraba, con intuición repentina,
la diferencia que hay entre el Gran Arte, floración espontánea del
espíritu humano y organismo que de sí propio vive, y el arte ruin y
farisaico, torpe artificio, que no arte, y comprendía que la esencial
diferencia era diferencia de concepción moral y no de técnica.
Encarnábanse simbólicamente estos dos artes antitéticos en dos géneros
literarios, la tragedia y el melodrama. El artista verdadero --sea
del linaje que sea, escultor, pintor, músico, poeta-- abriga en su
mente y escucha en su magno corazón gérmenes y ecos de la tragedia
universal. Y el espíritu trágico no es sino la clara _comprensión_
de todo lo creado, la _justificación_ cordial de todo lo que existe.
Para el espíritu trágico no hay _malo_ nacido del libre arbitrio,
no hay delitos, sino desgracias, acciones calamitosas; cada nuevo
acto llamado voluntario es el último punto añadido a una recta que
se prolonga de continuo, esclava de su naturaleza rígida: todo es
justo. De esta suerte, el conflicto de la tragedia, como el de la
vida, es un conflicto de bondad con bondad y rectitud contra rectitud,
conflagración de actos opuestos y justos: justos porque tienen una
razón suficiente. Y de aquí viene esa gravitación cósmica, sidérea,
que oprime el pecho del espectador de una buena tragedia, como de
todo el que está ante una obra de Gran Arte. Contrariamente, el
espíritu melodramático inventa el mal libre, crea el traidor, urde
conflictos entre malos y buenos, intenta modificar la línea recta de
acero, autónoma y agresiva, trocándola en curva arbitraria, y por
último engendra _el sentimentalismo_, morbo contagioso y funesto.
Las obras escultóricas, pictóricas, musicales y poéticas del arte
farisaico y ruin revelan _su sentimentalismo_ a modo de estigma del
espíritu melodramático. Y Alberto formulaba en su conciencia esta
interrogación desmesurada: «El espíritu de la raza a que pertenezco y
la vida histórica de esta nación en cuyas entrañas fui engendrado, ¿son
trágicos o melodramáticos? ¿Soy actor de coturno y persona, dignidad y
decoro incorporado a la caudal tragedia humana, o soy fantoche en una
farsa lacrimosa y grotesca?»
--Sigue por Dios, Alberto, sigue por Dios --rogó Verónica.
Alberto continuó traduciendo:
Yago aprieta con diligente astucia la red de intrigas en torno de
Otelo, lo enardece, lo ofusca, lo sofoca. El moro, conturbado por la
pasión de los celos, no acierta a discurrir con tiento, se deja engañar
de fútiles apariencias, adquiere la falaz certidumbre de que Desdémona
ha sido desleal a la fe jurada, está loco de ira y sediento de
venganza. Así que ve a Desdémona la injuria, la califica de prostituta
una y cien veces, enloquecido de amor y de dolor, víctima y verdugo al
propio tiempo. ¡Dulce Desdémona! ¡Pobre niña rubia, también amante y
doliente, víctima y verdugo también, sin saberlo! Apenas si osa oponer
a los dicterios del esposo mansa y suplicante quejumbre, a lo cual, el
enfurecido moro, tomándolo por artilugio rameril, replica en todo punto
con la palabra _prostituta_. Y al retirarse, Otelo premedita la pena
acerba con que castigar el supuesto adulterio de Desdémona.
Verónica paseaba por el aposento. Los nervios no le consentían
estarse quieta. A veces se detenía detrás de Alberto y escudriñaba
ahincadamente el original inglés, con gesto de religiosa suspensión,
pensando que así como en la mente de Dios hállase en cifra fatal el
curso de los acontecimientos venideros, en aquellos signos arcanos del
libro se guardaban en germen y a punto de brotar con vida los destinos
de los personajes que tan a mal traer la traían.
--¡La va a matar, la va a matar! Me lo da el corazón --solloza
Verónica, retorciéndose las manos.
También a Desdémona el corazón le sugiere sombríos presentimientos.
Ha ordenado a su dama Emilia que le haga el lecho con las sábanas del
día de la boda. «Si muriese antes que tú, Emilia, amortájame en una de
estas sábanas.» Desdémona canta porque está triste: canta la canción
del sauce, antigua tonadilla que oyera, siendo niña, de labios de
una vieja sirvienta, Bárbara, a quien el novio había abandonado, la
cual murió cantando esta canción. En concluyendo de cantar, Desdémona
pregunta a Emilia de pronto, con adorable candor: «¿Crees tú, Emilia,
que hay mujeres tales, como dicen, que sean infieles al marido?»
(Verónica: _La verdad es que parece imposible._) Desdémona: «No, no
puede existir una mujer capaz de hacer tal cosa.»
He aquí la alcoba. Desdémona duerme. Una luz arde. Entra sigilosamente
Otelo.
Verónica está frente a Alberto, rígida, algo pálida, los ojos muy
abiertos bajo las ceñudas cejas, mirándole a los labios.
Otelo se inclina sobre Desdémona a contemplarla en tanto duerme. ¡Qué
hermosa es!, y su sueño, ¡cuán cándido! Otelo: «¡Oh, aromoso aliento;
casi persuades a la justicia a que quiebre su espada! Un beso, y otro,
y otro.» Otelo la besa y llora. Desdémona despierta. Otelo le pregunta
si ha rezado, porque va a matarla. Desdémona: «¿Matarme?» Otelo: «Sí.»
Desdémona: «Entonces, Dios tenga compasión de mí.» Otelo: «Amén, con
todo mi corazón.» Desdémona: «Tengo miedo; no sé por qué tengo miedo,
pues soy inocente; pero tengo miedo.» Otelo: «Piensa en tus pecados.»
Desdémona: «Mis pecados no son sino amor.» Otelo: «Por eso morirás.»
En este momento Verónica se abalanzó sobre Alberto, arrebatóle de las
manos el libro y lo envió volando por los aires. Lloraba, llevándose
las manos al rostro; pataleaba y entre los hipos del llanto balbucía:
--¡No, no quiero que la mate, no quiero que la mate, no quiero que la
mate! ¡Oh, por Dios, Alberto! Dile a ese hombre que está equivocado,
que Desdémona es buena y le quiere... ¡Pobre niña, pobre niña! ¡Por
Dios, por Dios! Pero, ¿no hay modo de arreglarlo? ¡Qué ha de haber,
de sobra lo comprendo! ¡Si ese hombre está loco! Y ha llorado cuando
la besaba... ¿no has visto? ¡Pobre, pobre Otelo! Tenía que ser; ya lo
decía yo. ¿Qué vamos a hacerle nosotros? ¿Qué adelantamos con cerrar
los ojos? Ya la habrá matado, ¿eh? ¿La mató ya? No quiero verlo.
¿La mató ya? --preguntaba con desvariado acento, como si la escena
del drama tuviera vida histórica e independiente, y hubiera seguido
desarrollándose en tanto ella se entregaba a la desesperación.
--Sí, la mató ya, Verónica.
--¿Cómo fue? ¿Lo sabes tú?
--Sí, la estranguló.
--Y ella, ¿qué dijo?
--Dijo: «Soy inocente», y más tarde, a Emilia que acude: «Yo misma me
he matado. Ruégale a Otelo que me perdone. Adiós.»
--¡Adiós! --Verónica se dejó caer a los pies de una butaca y reclinó la
cabeza sobre el asiento, escondiéndola entre sus brazos.