GOETHE.

--A todo esto, ¿qué hora es? --preguntó Verónica.

Alberto consultó el reloj.

--Las tres menos diez.

--Y Angelón sin venir.

--Qué, ¿tienes apetito?

--La verdad, un poquitín.

--En la cocina debe de haber algún resto de otros días. Acaso hasta

tres o cuatro huevos, y pan duro, y un infiernillo con alcohol, y

quizás aceite.

Verónica fue a la cocina y volvió muy alegre.

--Todo lo que tú dices hay. Lo repartiremos entre los dos, como buenos

hermanos. Yo haré de cocinera y verás que sé freír bien. El pan está

como una piedra, chiquillo. Lo mejor es freírlo también.

Verónica aderezó rápidamente la parva refección y la trajo a la

estancia en donde Alberto estaba.

--He encontrado vino, ¿qué te parece? Luego dirás... Si esto es

encantador. Los huevos me van a saber a gloria. ¡Ea!, estos para ti.

--Gracias. Hoy no como.

--¿Que no comes? Pues no faltaba otra cosa. Te digo que con un par de

huevos estrellados y el pan frito tengo de sobra hasta la noche, y a la

noche, Dios dirá.

--No es por eso. Tengo un poco de calentura y no me atrevo a comer. Por

no comer un día no se muere nadie. Cómetelo tú todo, anda.

Verónica comió lo que había y más que hubiera sido.

--Te juro que nunca he comido nada que mejor me supiera. Te voy a pedir

un favor ahora.

--Lo que quieras.

--Que me leas ese drama de Otelo. ¿Quieres?

--¿Por qué no?

--Me hago la ilusión de ser una gran señora, que, después de haber

comido ancas de rana y criadillas de ruiseñor va al teatro --se

acurrucó en la butaca, muy cerca de la lumbre--. Arriba el telón.

A poco de iniciar la lectura, Alberto estaba más interesado en las

glosas, preguntas y observaciones de Verónica, que Verónica en lo que

escuchaba, y esta lo estaba sobremanera. Las reacciones sentimentales

e intelectuales que el drama promovía en Verónica eran tan simples

y espontáneas, y al propio tiempo tan varias, que Alberto estaba

maravillado y sobrecogido, como ante la iniciación de un gran secreto.

Era como si se encontrase en la reconditez de un laboratorio mágico,

y palpitando entre sus dedos el desnudo corazón humano en su pureza

prístina, sobre el cual vertía él los reactivos del gran arte, el arte

verdadero, y descubriendo cómo este raro elixir se mudaba en latido,

penetraba Alberto en la naturaleza de entrambos, del arte y de la vida.

Arte y vida parecían entregársele, y él se figuraba poder aprisionarlos

en una fórmula, de exactitud casi matemática. Antiguas meditaciones

acerca del arte y conclusiones provisionales desarticuladas entre sí se

aclaraban y soldaban en un fresco y sensible tejido orgánico, como si

su cuerpo se hubiera enriquecido con un sexto sentido interno, síntesis

de los otros cinco y del alma, prodigiosamente apto para deglutir,

asimilar y dar expresión a lo más oscuro del arte y de la vida, y

rechazar lo antiartístico y lo antivital. Leía, ahora, en voz alta y

comentaba a Shakespeare, y al propio tiempo sentíase transfundido en la

persona del autor durante la gestación y creación de la tragedia.

Hizo Alberto antes que nada una descripción de Venecia, y Verónica

suspiró:

--¡Qué hermosa debe de ser! Como una ciudad encantada, ¿verdad? Yo ya

me figuro estar en ella.

Llegaba Alberto al punto de la escena primera (una calleja de Venecia:

noche) en que Yago dice a Rodrigo: «No hay remedio; tales son los gajes

del servicio. La promoción se guía por recomendaciones y por el afecto

personal, no por antigüedad y ascenso. Ahora, señor, juzga por ti

propio si yo en justicia estoy llamado a amar al moro.»

Verónica interrumpió, apasionadamente:

--Natural que odiase al negrazo. Yo en su caso haría lo mismo. Mira tú

que el pobre Yago, que era tan valiente y había peleado siempre junto

al moro, y cuando llega la ocasión de hacerle lugarteniente le deja en

abanderado y lo posterga en favor de ese Casio, que era un estúpido, al

parecer, y no sabía nada de batallas. Te aseguro que las injusticias me

han encendido siempre la sangre. ¡Odiar al moro!... Más que eso: yo no

cejaría hasta arruinarlo y hundirlo. ¡Por estas!

Troteras y danzaderas: Novela · 第 28 / 72 题