Verónica continuó viniendo por las noches a casa de Angelón, y algunas
veces permanecía todo el día acompañando a Alberto. Había transcurrido
una semana desde el encuentro con Ríos en el Liceo y no se había
atrevido aún a pedir dinero, a pesar de que su madre estaba impaciente
y la azuzaba sin tregua. Verónica vivía con su familia: padre, madre,
una hermana mayor, enferma y casi consumida, otra menor, apenas púber,
que acechaba la oportunidad de contratarse en un cine o teatro de
variedades y de entregar a buen precio la doncellez, y un hermano que
andaba siempre perdido por capeas y tentaderos, adoctrinándose en los
primeros rudimentos del arte taurino. Toda la familia vivía a expensas
de la prostitución de Verónica.
Alberto y Verónica habían simpatizado desde el punto en que por primera
vez se habían visto. Tanto la muchacha como Ríos, si bien cada cual por
diferentes razones, parecían haberse propuesto que Alberto menoscabase
la virginidad de Pilarcita, la hermana menor.
--Chico, que seamos dos a ganarlo en casa, que ahora todo carga sobre
mí, y como si no es hoy será mañana y parece que le gustas, no seas
bobo. Que sea de una vez, porque la verdad, para mí es mucho. Me estoy
quedando en los huesos. Si me hubieras conocido no hace más que seis
meses, tan redondita...; no soy sombra de lo que fui. Luego, para
colmo, mi madre dice que si es porque yo soy viciosa y tonta...
Alberto, dos tardes que se sentía mejor, había ido a casa de Verónica:
un hogar pobre, cuya fisonomía tiraba más a la clase media que a la
artesana.
La madre, de pergeño embrujado, acecinada, aguileña, sin dientes y
con largas uñas, era repulsiva. Por obra de su avaricia e ignorancia,
adoraba a don Ángel en forma fetichista. Sabía que el amigo de su
hija había sido diputado varias veces, se figuraba que lo volvería a
ser, y daba por sentado que los representantes en Cortes percibían
sueldos archiepiscopales y estaban unidos a la dinastía reinante por
lazos de consanguinidad. No solo la vieja, que también el resto de la
familia tenían la esperanza colgada de los labios de don Ángel, el
cual, nada parco en el prometer, había prometido al padre la portería
de un ministerio; al hijo, hacerle banderillero del célebre torero
_Toñito_; a Pilarcita, una contrata pingüe en el Royal Kursaal; a la
hermana enferma, la asistencia gratuita de una celebridad médica, y a
un chulillo sin vergüenza, amante de esta última, un empleo en una casa
de banca. Y así, aun cuando no tenían qué comer, ninguno osaba traducir
en palabras lo que les escarbaba en la mollera: «Por lo pronto, afloje
usté unas cuantas pelas a Verónica.»
V
Después de cerrar la puerta en las narices del zapatero irascible,
Alberto volvía a su cuarto a lavarse el pie con agua de espliego por
ver de restañar la sangre, cuando la puerta del cuarto de baño se
entreabrió: asomó entonces la cabecita de Verónica, con la cabellera
caída y remansada sobre los desnudos hombros.
--¿Qué ocurre, Alberto?
--Nada, Verónica. Buenos días, ¿cómo estás?
--Bien, bien.
--¿Y Ángel?
--Salió esta mañana, temprano, como siempre. Me dijo que siguiera
durmiendo y que estuviera en casa contigo; que traerían carbón, y
la comida de un restorán o del Casino, y que él vendría a comer con
nosotros. Dice que tiene que celebrar hoy, imprescindiblemente, una
conferencia con Zancajo. Entra.
Alberto entró.
--¿Pero no te sientes mejor? Qué cara tienes, Alberto. A ver si es algo
de cuidado. ¿Por qué no llamas a un médico?
Verónica estaba en camisa, descalza de pie y pierna. El descote dejaba
al aire el nacimiento de los senos, pequeñuelos, morenuchos y algo
cansados. La piel era cariciosa a los ojos y de matices veladamente
musgosos, verdimalva.
--Toda la noche he tenido fiebre alta y pesadillas, pero se conoce que
la sangría me ha sentado bien.
--¿Qué sangría?
Alberto levantó el pie herido, sangrante.
--¡Virgen de Guadalupe! ¿Qué es eso, criatura?
--Vamos a ver si se estanca la sangre. Ayúdame. ¿No hay por aquí algún
trapo?
--Espera: esta camisa parece de hilo. Que ni de perlas, pal caso.
Tomó una camisa de hombre y con unas tijeras la redujo a tiras.
--¿Qué has hecho, mujer? Una camisa nueva, sin estrenar. Quizás sin
pagar aún... Cuando se entere Angelón te mata.
--Que encargue otra. ¿Para qué le sirve tanto dinero como tiene?
Alberto no pudo menos de reír. Verónica le acompañó a todo trapo, muy
satisfecha, con la vaga noción de haber hecho y dicho una gracia.
La sangre se estancó pronto.
Llamaron a la puerta. Verónica estaba ya vestida; Alberto a punto de
concluir de vestirse.
--¿No puedes abrir tú, Alberto? Esa gente que viene por las mañanas me
da miedo. Ángel dice que son conservadores, sus enemigos políticos.
¡Qué mundo!
--Ve tú y abre. Si fuera algo de importancia ya iré yo.
Alberto oyó el ruido que hacía la puerta al abrirse; después, un
cuchicheo de diapasón femenino.
Presentose Verónica otra vez en el cuarto de baño:
--Es mi hermana Pepa y su chulo. Pues... Me da vergüenza decírtelo. Ya
sabes que en casa no entra más dinero que el que yo gano, y como hace
varios días que no les doy nada... Dice Pepa que en la tienda no les
fían ya. Yo creía que Ángel me daría sin que yo se lo pidiera. Como
ahora él no está, Pepa se empeña en que te pida un duro a ti. Me da una
grima...
--Es el caso, Verónica, que no tengo el duro que me pides.
Verónica rio sigilosamente.
--Te he tañao --dio un golpecito en la mejilla de Alberto y salió
saltando.
A los dos minutos volvía Verónica, y en pos de ella Pepa y su novio.
La mujer tenía cara de tísica, los ojos febriles; se arrebujaba en un
mantón color pulga. El amigo no se había despojado de la gorra; vestía
un marsellés de tela de cobertor y llevaba las manos descansando en
los verticales bolsillos. Sus actitudes eran de petulancia seminal y
sugerían la imagen de un gallo.
--Nada, que esta golfa... --comenzó Verónica, con sofrenada indignación.
--¡A mí no me llames golfa! --atajó Pepa, desafiando a su hermana con
pupila arisca.
El chulo, que se apoyaba de un modo indolente sobre la pierna
izquierda, traspasó la base de sustentación a la derecha y entornó los
párpados con gesto de hastío. Continuó Pepa:
--En casa no hay más golfa que tú.
--Así me lo pagáis. Estúpida de mí --dirigiéndose a Alberto--: ¿qué te
acabo de pedir?
--Un duro, que no tengo.
--¿Lo ves? --preguntó Verónica, furibunda.
--Tira p’alante y agur la compañía --ordenó el chulo, sacudiendo la
cabeza hacia la puerta.
Cuando marcharon, Verónica habló, sonriendo:
--Si vieras cuánto me alegro que no le hayas dado el duro.
--¿Cómo se lo iba a dar si no lo tengo?
--A ver...
--Lo que oyes, mujer.
--Me querrás meter el dedo en la boca.
Después de examinar la expresión grave de Alberto, Verónica meditó.
--Vaya, que es imposible. Bueno; no tienes el duro en el bolsillo por
casualidad, pero lo tienes en otra parte.
--En ninguna parte.
--¿Quiere decirse que estás como yo?
--Ni más ni menos. Tú _haces hombres_, como se dice; yo hago
literatura, artículos, libros. Si la gente no nos paga o no nos acepta,
nos quedamos sin comer. Tú vendes placer a tu modo; yo, al mío; los
dos a costa de la vida. En muy pocos años serás una vieja asquerosa,
si antes no te mueres podrida; yo me habré vuelto idiota, si antes no
muero agotado.
Verónica se abalanzó a abrazar a Alberto, movida de un sentimiento que
no atinaba a explicarse:
--¡Qué cosas dices! ¡Y qué tonta soy! No sé lo que hago ni lo que
pienso. ¡Qué tonta soy! --y con transición inopinada--: Vamos a ponerle
los cuernos al viejo --el viejo era Angelón.
--No digas tonterías, Verónica. Bueno estoy yo para poner cuernos a
nadie.
Verónica humilló la cabeza, avergonzada:
--¡Perdona! No sé lo que digo.
Salieron al gabinete.
--En tanto viene Angelón y la comida, si vienen, yo voy a trabajar un
poco. Como te vas a aburrir en mi compañía, y aquí se me figura que hoy
no llenas la tripa, me parece lo mejor, Verónica, que te vayas a tu
casa. Digo, ya no me acordaba que en tu casa tampoco hay menú.
--Pero, hombre; si Ángel me ha dicho que traerán la comida del Casino...
--¡Ah!, entonces siéntate a esperar mientras yo trabajo.
--¿Qué vas a hacer?
--Estoy traduciendo del inglés un drama para el actor Moreu. Allá
veremos si lo concluyo y me lo ponen.
--¿Cómo se llama?
--Otelo. ¿No has oído hablar de Otelo?
--Espera, Otelo... ¿No era uno muy celoso?
--El mismo.
Alberto se sentó a escribir. Hacía frío. Oyéronse unas patadas en
la puerta. Alberto salió a abrir. Era un carbonero con un saco de
antracita a cuestas.
--¡Buen augurio! --exclamó Alberto.
--¿Eh? --interrogó el carbonero. Con la somera modulación de estas dos
letras, una de las cuales es muda, delató el carbonero su oriundez
galaica. Entre la mucilágine tenebrosa que le embadurnaba el rostro, el
blanco de los ojos adquiría tonos calientes de ocre.
Después de descargar el saco, el carbonero aguardaba que le pagasen.
--¿Cómo? Ya pasará el señorito o yo por la carbonería --dijo Alberto.
--¡Quia! Si no me dan los cuartos el carbón vuélvese pa casa.
Alberto procuró quebrantar la obstinación del gallego con diferentes
recursos retóricos; pero todo era en balde. El gallego sacudía la
cabeza, se arrascaba con estrépito el cuero cabelludo y miraba
amorosamente el saco de carbón, a sus pies en tierra.
--No perdamos tiempo. Ni los cuartos ni el carbón --rezongó Alberto,
perdiendo la serenidad. Cogió al carbonero por un brazo y lo empujó
fuera del piso.
--Entonces... --tartajeó el carbonero, amedrentado--, ¿cuándo traigo la
cuenta?
--Cuando se le antoje --y cerró la puerta de golpe.
Sentados en cuclillas sobre la alfombra cargaban Verónica y Alberto la
salamandra. Dijo Verónica:
--También Angelón tiene una asadura... ¿Qué trabajo le costaba haber
pagado el carbón?
--¿Cómo lo iba a pagar, Verónica, si no tiene un cuarto?
--¿Eh?
--Que no tiene un cuarto.
--¿Qué quieres decir?
--Que no tiene un cuarto --repitió, sin mirarla y pensando: «Cuanto
antes lo sepa, mejor. Es una barbaridad tener tanto tiempo engañada a
esta pobre muchacha.»
--¿Como tú y como yo?
--Peor; porque si bien si es cierto que tiene alguna renta, sus
necesidades son mayores que las nuestras, y sus deudas, a lo que
presumo, todavía mayores que sus necesidades --de propósito evitaba
mirar a Verónica, sospechando que su expresión sería de doloroso
desencanto.
--¿Y este piso?...
--Se lo paga la familia, creo.
Hubo un silencio que rompió Verónica riendo a carcajadas. Se puso en
pie y palmoteó como una niña, revelando infinito contento.
--¿De manera que sois unos bohemios?
--¿Qué quieres decir, Verónica?
--Como esos de los libros y de las novelas y de las óperas. ¡Viva la
vida bohemia! Y yo que creí que eran inventos de los papeles y de los
escritores... ¡Pero hijo, si yo he sido loca por todo eso!... Cuando
vivíamos en Trujillo, antes de venir a Madrid, leí en el folletín de
un periódico la primera cosa de la vida bohemia, y artistas, y qué
se yo... Anda, pues si no hacía más que pensar en Mimí, y Museta y
aquel Coline tan gracioso... Luego, siempre que veo en los carteles
_Bohemios_, si tengo dinero voy al teatro. Me he ganado cada bronca
de mi madre... Me sé la música de memoria --tarareó unos compases,
enarbolando el brazo derecho, y sin dar tiempo a que Alberto le atajase
continuó vertiginosa charloteando--: Pero chiquillo, los bohemios de
las novelas y del teatro viven en buhardillas y no tienen qué ponerse;
vosotros, ya, ya: vivís en un palacio, y vestir, no digamos. Mejor
está así, una buena casa y luego, bohemios. Lo importante es no tener
dinero, no saber si se va a comer o no en el día, y cantar y recitar
versos. ¿Tú qué te creías? Pues te voy a recitar unos versos:
Soy poeta embrujado por rosas lujuriosas
y por el maleficio de la luna espectral.
Mi carne ha macerado, con manos fabulosas,
uno por uno cada pecado capital.
En el burgués estulto, mis guedejas undosas
de bohemio suscitan una risa banal;
mas él no advierte, bajo mi mugre, las gloriosas
armas del caballero ungido de ideal.
Son, mi magnificencia y fasto, principescos;
adoro las manolas y los sueños goyescos;
toda la España añeja triunfa a través de mí.
Con ajenjo de luna mi corazón se embriaga,
y en mi yacija, por que la carne satisfaga,
sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí.
Precioso, ¿verdad? Sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí... ¿Sabes
de quién son los versos?
--De cualquiera.
--¿Cómo de cualquiera? ¿Es que no te gustan?
--No es eso, Verónica. Si de un jardín lleno de rosales arrancas una
rosa y me preguntas de qué rosal es esta rosa, ¿qué voy a decirte
yo, sino de cualquiera? En la poesía, hijita, hay modas según los
tiempos, y todos los poetas a veces parece que se ponen de acuerdo
para escribir cosas tan semejantes que lo mismo da que sean de uno que
de otro. Una docena de poetas, por lo menos, conozco yo, que pudieron
haber compuesto el soneto que has recitado sin quitarle ni añadirle una
tilde. De algunos años a esta parte, querida Verónica, no hay poeta que
no esté macerado por los siete pecados capitales, lo cual no impide que
si se les moteja de envidiosos se ofendan, y la verdad es que no suelen
serlo, porque ¿a quién han de envidiar si cada cual se cree por encima
del resto de los mortales? Tampoco tienen muchas ocasiones de darse a
la gula, y en cuanto a la avaricia... ¡Ojalá fueran un poco avarientos
de tropos y símiles, que tan a tontas y locas despilfarran!
--Pero, en resumidas cuentas, no has dicho si te gustaron o no los
versos que te recité.
--¿Te gustan a ti?
--Me encantan.
--Pues a mí también me gustan.
--Son de Teófilo Pajares. Supongo que le conocerás.
--Sí, sí.
--A ver si me lo presentas un día. Yo me sé de memoria muchos versos de
él. Debe de ser un gran tipo, con su melena...
--No tiene melena.
--¿Cómo que no? Entonces, ¿por qué habla de sus guedejas undosas?
¿Guedejas no es lo mismo que melena?
--Sí.
--Oye, pues eso de decir una cosa por otra no está bien. ¿Y quién es su
Mimí?
--Yo qué sé...
--A lo mejor tampoco es verdad lo de las magnolias.
--A lo mejor.
--Tú también haces versos, ¿quieres decirme algunos?
--Yo no sé de memoria mis versos.
--Algunos sabrás. Anda... --suplicó Verónica. La gravedad de su cara,
de ordinario gozosa, era persuasiva. Pero Alberto repugnaba recitar
versos propios.
--Vamos a lavarnos las manos.
Después de lavarse retornaron al gabinete. Acomodáronse en sendas
butacas a un lado y otro de la encendida salamandra.
--Anda, Alberto, sé amable. Dime algún verso tuyo.
--Si no los sé de memoria...
--Alguno sabrás.
--Solo un pequeño poema. Te lo diré y te aburrirás, porque mis versos
no tienen ninguna importancia, como no sea para mí mismo. --Fijó los
ojos en el trémulo vermellón de la salamandra, y con voz rebajada y
algo incierta, recitó:
Señor, yo que he sufrido tanto, tanto,
que de la vida tuve miedo,
y he comido mi pan húmedo en llanto,
y he bebido mi vino acedo;
yo que purgué pecados ancestrales,
y delitos confusos del antaño,
y la cosecha negra, de fatales
simientes, a estas horas agüadaño;
Señor, si es que tu mano justiciera
el humano torrente
del placer y el dolor tasa y pondera
en cada vida equitativamente,
dame la paz que he merecido. Aleja
de mis labios el pámpano en agraz.
Dame la uva ya en sazón, bermeja
en sus dulces entrañas. Dame paz.
Dame el suave manjar de la alegría
por una vez siquiera.
Dame la compañía
de la que debe ser mi compañera.
Buscaremos un rústico descanso;
que allí nuestra oración, como un incienso,
suba en el aire manso
del firmamento inmenso.
Una casa no más, de aldeana esquiveza,
con un huerto a la espalda, y en el huerto un laurel,
y un fiel regazo en donde recline mi cabeza,
y por la noche un libro y una boca de miel.
Y además, que las rosas, de corazón riente,
canten todo a lo largo de las sendas del huerto,
y la boca y las rosas yazgan sobre mi frente
cuando ya esté cumplida mi labor, y yo muerto.
Verónica se estuvo sin hablar largo tiempo, meditando sobre lo que
había oído. Habló después:
--Si no he entendido mal, tú quisieras vivir lejos del mundo, con tu
mujer, solos en la aldea. ¿Te cansa la gente?
--Un poco.
--Y todo eso que aseguras en los versos, de querer ir a vivir solo, ¿es
verdad?
--Por lo menos lo era cuando los escribí. Y ahora, al recordarlos,
vuelve a ser verdad.
--Tienes razón; eso debe de ser una felicidad --y exaltándose de
pronto--: Pero no digas, la vida de bohemia... Nada, que yo no vuelvo
a mi casa. Que lo gane Pilarcita, que ya está en edad. Yo me quedo a
vivir con vosotros, a ser Mimí, a pasar apuros y a gozar... Si era mi
ideal ese...
--Voy a contarte lo que le pasó a un francés que se llamaba M.
Jourdain. Este señor se enteró, cuando ya era una persona mayor, de
lo que era prosa, y muy maravillado, dice: «¿Es decir que he estado
hablando en prosa toda mi vida sin saberlo?» Otro tanto te ocurre a ti.
No te molestes en quedarte con nosotros a hacer vida de bohemia, porque
toda tu vida la has estado haciendo sin saberlo. No tener dinero, hija
mía, no puede ser un ideal, y menos no tenerlo y desearlo, que esto
es la bohemia, y ser perezoso e inútil para conseguirlo o crearlo.
Mientras vivas en España, Verónica, harás vida de bohemia, porque
vivirás entre gente miserable, holgazana e inútil, sin fortuna y con
ambición, sin trabajo y con lotería nacional.