Guzmán, sin dinero y con algunas deudas; Angelón, con unos duros y
mucho más endeudado que su amigo: tal era el estado de uno y otro
cuando se juntaron a vivir en la misma casa. El optimismo de Angelón no
desmayaba: lanzábase de continuo y con denuedo a la persecución de la
peseta. Los fracasos no le abatían. Al segundo día de estar juntos no
tenían un céntimo.
Comían en cafés y restoranes conocidos, dejando a crédito el gasto. Los
mozos les servían a regañadientes y con gestos de procacidad. De los
cafés pasaron a las tabernas. Alberto estaba en constante agitación
nerviosa. Una mañana despertó con fuerte calentura. No pudo salir de
casa y aprovechó la reclusión para escribir artículos. A la tarde llegó
Ríos, segregando alborozo por toda la cara; traía varios paquetes que
contenían pan, huevos, carne, leche y vino. Además manifestó cinco
duros en plata; los sonó y resonó y dio varias zapatetas en el aire:
--Terminó la mala racha al fin --hizo la higa con la mano izquierda
para ahuyentar el maleficio, y añadió en son misterioso--: estos cinco
duros no son cinco, sino cien.
Alberto comprendió que Ríos pensaba jugarse los cinco duros. El propio
Angelón cocinó la cena y, en terminando de cenar, salió a la calle.
Alberto reanudó su trabajo. Quería hacer, por lo menos, dos artículos.
Tiritaba y no se le ocurrían sino absurdidades y sandeces. Recorría
de punta a cabo la habitación; sentábase de tarde en tarde a escribir
una línea o dos, y así pasaban las horas. Por filo de la media noche
dejó de lado los artículos y se puso a escribir a Fina, su novia. De
la fiebre tomaba la imaginación exaltadas formas y le hacía creer a
Alberto que nunca había amado tanto como aquella noche, ni nunca había
aspirado al hogar y al regazo de la esposa con tan intensa y dolorida
ternura como en aquellos momentos. Estando Alberto a punto de concluir
la carta, ya muy avanzada la noche, surgió Angelón, acompañado de
Verónica.
Era Verónica una muchacha como de veintitrés años, algo huesuda, la
cara almendrada, levemente olivácea la piel, ojos y cabellos negros
sobremanera.
Muy tentada de la risa, celebraba a carcajadas cualquier dicho, como
si fuera un donaire. Sus labios, de extraordinaria elasticidad, se
distendían graciosamente, descubriendo los blancos y frescos dientes,
antes grandes que menudos. Su alegría era amable y contagiosa. Metíase
Verónica tan llanamente en el afecto que a los pocos minutos de hablar
con ella no parecía sino que se la conocía y estimaba de toda la vida.
Alberto cambió con Verónica contadas palabras aquella noche y ya la
consideraba como una vieja amistad.
Antes de retirarse a sus respectivas estancias, Angelón y Alberto
hablaron un momento a solas:
--¿Qué, se multiplicaron los cinco duros?
--Pss... No pasaron de cincuenta.
--Bastante es. Mañana se perderán. ¿Dónde ha pescado usted esta pobre
chica?
--En el Liceo Artístico. No está mal Liceo... Es una timba disimulada,
mal disimulada, y luego mujeres... uf, así --arracimó los dedos--.
Tiene usted que ir una noche.