III

Guzmán, sin dinero y con algunas deudas; Angelón, con unos duros y

mucho más endeudado que su amigo: tal era el estado de uno y otro

cuando se juntaron a vivir en la misma casa. El optimismo de Angelón no

desmayaba: lanzábase de continuo y con denuedo a la persecución de la

peseta. Los fracasos no le abatían. Al segundo día de estar juntos no

tenían un céntimo.

Comían en cafés y restoranes conocidos, dejando a crédito el gasto. Los

mozos les servían a regañadientes y con gestos de procacidad. De los

cafés pasaron a las tabernas. Alberto estaba en constante agitación

nerviosa. Una mañana despertó con fuerte calentura. No pudo salir de

casa y aprovechó la reclusión para escribir artículos. A la tarde llegó

Ríos, segregando alborozo por toda la cara; traía varios paquetes que

contenían pan, huevos, carne, leche y vino. Además manifestó cinco

duros en plata; los sonó y resonó y dio varias zapatetas en el aire:

--Terminó la mala racha al fin --hizo la higa con la mano izquierda

para ahuyentar el maleficio, y añadió en son misterioso--: estos cinco

duros no son cinco, sino cien.

Alberto comprendió que Ríos pensaba jugarse los cinco duros. El propio

Angelón cocinó la cena y, en terminando de cenar, salió a la calle.

Alberto reanudó su trabajo. Quería hacer, por lo menos, dos artículos.

Tiritaba y no se le ocurrían sino absurdidades y sandeces. Recorría

de punta a cabo la habitación; sentábase de tarde en tarde a escribir

una línea o dos, y así pasaban las horas. Por filo de la media noche

dejó de lado los artículos y se puso a escribir a Fina, su novia. De

la fiebre tomaba la imaginación exaltadas formas y le hacía creer a

Alberto que nunca había amado tanto como aquella noche, ni nunca había

aspirado al hogar y al regazo de la esposa con tan intensa y dolorida

ternura como en aquellos momentos. Estando Alberto a punto de concluir

la carta, ya muy avanzada la noche, surgió Angelón, acompañado de

Verónica.

Era Verónica una muchacha como de veintitrés años, algo huesuda, la

cara almendrada, levemente olivácea la piel, ojos y cabellos negros

sobremanera.

Muy tentada de la risa, celebraba a carcajadas cualquier dicho, como

si fuera un donaire. Sus labios, de extraordinaria elasticidad, se

distendían graciosamente, descubriendo los blancos y frescos dientes,

antes grandes que menudos. Su alegría era amable y contagiosa. Metíase

Verónica tan llanamente en el afecto que a los pocos minutos de hablar

con ella no parecía sino que se la conocía y estimaba de toda la vida.

Alberto cambió con Verónica contadas palabras aquella noche y ya la

consideraba como una vieja amistad.

Antes de retirarse a sus respectivas estancias, Angelón y Alberto

hablaron un momento a solas:

--¿Qué, se multiplicaron los cinco duros?

--Pss... No pasaron de cincuenta.

--Bastante es. Mañana se perderán. ¿Dónde ha pescado usted esta pobre

chica?

--En el Liceo Artístico. No está mal Liceo... Es una timba disimulada,

mal disimulada, y luego mujeres... uf, así --arracimó los dedos--.

Tiene usted que ir una noche.

Troteras y danzaderas: Novela · 第 25 / 72 题