FRAY LUIS DE LEÓN.

Entró don Sabas, acercose a Rosina, le dio dos palmaditas en la

mejilla, con gesto paternal, y saludó con estas palabras:

--¡Hola, Pitusa! Hace frío.

--Siempre con frío metido en los huesos. Pues no eres tan viejo para

ser tan friolero.

--No es cosa de la edad. Desde niño he sido friolero. No puedo vivir

sin calor; necesito toda especie de calor, calor en el cuerpo y calor

de afecto en el alma --su afirmación contrastaba con la frialdad

del tono en que la hacía y con la indiferencia de la sonrisa--. Me

consentirás que no me quite el gabán.

--Claro, hombre. Pues no faltaba otra cosa.

Se sentó y se restregó las manos. Echábase de ver al punto que era

hombre público por la carátula que llevaba puesta, ocultándole la

verdadera y móvil expresión del rostro: esa carátula social de las

personas que han vivido muchos años ante los ojos de la muchedumbre,

carátula que tiene vida propia, pero vida escénica, y tiende a

tipificar con visibles rasgos fisionómicos el ideal y singulares

aspiraciones del individuo, de manera que facilita la labor del

caricaturista, porque la carátula tiene ya bastante de caricatura. Lo

típico en el semblante social de don Sabas era el escepticismo y cierta

afabilidad protectora que él reputaba como la más cabal realización

expresiva del _magnificum cum comitate_ o dignidad benévola de Séneca.

Su voz era más que recia, tonante, e incompatible con el aire de

duda que cuidaba de imprimir a sus dichos. En su perfil dominaba la

vertical, como en el de las cabras, y de hecho, a primera vista, con su

faz alongada y huesuda, sus barbas temblantes, saledizas y demasiado

lóbregas por la virtud del tinte, sus ojos oscuros y distraídos y el

despacioso movimiento de la mandíbula, según daba mesurado curso a

la densidad del vozarrón, hacía pensar en una cabra negra, rumiando

beatíficamente un pasto abundoso y graso.

Rosina estaba sentada de espaldas al perchero; don Sabas, cara a Rosina.

--Estoy cansado, Pitusa.

--¿Has trabajado mucho hoy?

--¿Trabajar? Qué inocentes eres, Pitusa. ¿Tú crees que le hacen a uno

ministro para trabajar? ¿Te figuras de veras que los ministros servimos

para algo, que el Gobierno sirve para algo? ¿Sabes qué papel hace

el Gobierno en una nación? El mismo que hace la corbata en el traje

masculino. ¿Para qué sirve la corbata? ¿Qué fin cumple o qué necesidad

satisface? Y, sin embargo, no nos atrevemos a salir a la calle sin

corbata. ¿Dónde está Platón? --desde que había comenzado a negar la

utilidad del Gobierno había echado de menos a Platón; pero como tenía a

orgullo poner en orden sus ideas y emociones y hacerles guardar cola,

esto es, conservar en todo momento una perfecta y estoica serenidad,

tanto intelectual como afectiva, no había inquirido acerca del pez

hasta que no hubo dado lento y adecuado desarrollo al parangón entre

los ministros y las corbatas.

Rosina refirió concisamente el triste acabamiento del pez de color de

azafrán.

--¡Qué hermosas enseñanzas nos ofrece la realidad a cada paso! Ya ves

de qué manera han concluido los días de Platón, embuchándoselo un

hombre como Angelón Ríos, un libertino que no piensa más que en gozar

mujeres, y mujeres, y más mujeres. Y es que toda filosofía, Pitusa,

tarde o temprano no sirve sino para alimentar el amor carnal.

A Rosina le había parecido siempre que en el tono que don Sabas

imprimía a su charla había un no sé qué implícito que podía traducirse

así: «No prestéis mucha fe a lo que digo, porque lo mismo me da decir

esto que todo lo contrario. La cuestión es pasar el rato.» Y este tono

Rosina lo había juzgado en otras ocasiones como buen tono y sutil

elegancia, aunque en rigor un poco ofensivo. Pero ahora le ofendía

extraordinariamente. En realidad, no sabía si echarle la culpa a don

Sabas o echársela a sí propia y a la impertinente nerviosidad que la

poseía. No lograba concentrar el pensamiento. Presumía la inminencia de

un conflicto.

Teófilo, entretanto, se hallaba sumido entre los pliegues de dos

faldas bajeras. Su irracional pavura se había disipado, y en su vez le

estrujaba los sesos una obsesión no menos irracional. La seda de las

faldas era muy crujiente, y a la más leve moción de Teófilo producía un

ruido crepitante que le transía los dientes. No temía que el ruido le

delatase, sino que le horrorizaba la sensación en la dentadura y que el

tormento se prolongara mucho. Y así, huérfano el cerebro de toda idea y

casi con ahínco de loco, luchaba por conseguir la inmovilidad absoluta.

--Sí, sí, Pitusa, estoy muy cansado. Pero el verte tan rosada, tan

linda, me alivia tanto... El peso de una cartera, Pitusa, es increíble.

Es como si tuviera sobre las espaldas una de las pirámides de Egipto,

con la punta hacia abajo. Me parece que no tardaré en presentar mi

dimisión.

Como la pausa de don Sabas se alargase demasiado, Rosina se vio

obligada a hablar, y como no tenía nada que decir, lo que dijo resultó

a destiempo:

--¿Tan pronto?

--Tan pronto ¿qué?

--La dimisión, digo.

--¿Tan pronto después de ocho días? Hace ocho días que soy Ministro y

te parece poco tiempo. ¿Tú qué sabes de eso, Pitusa? Ocho días tardó

Dios en hacer el mundo; poco fue para tan gran obra, por eso son

disculpables algunos olvidos que tuvo. Pero ocho días para arreglar

un trozo diminuto de una pequeñísima parte de aquella obra es más que

suficiente, y si no se arregla en este tiempo es por una de dos: o que

uno no sirve para el caso o que la cosa no tiene arreglo.

Después de unos minutos, Rosina se vio obligada de nuevo a decir algo.

Por suerte se acordó de la carta de Ríos.

--Se me había olvidado. Ríos ha dejado una carta para ti. Aquí está.

Disponíase a leerla don Sabas cuando echó de ver un par de botas viejas

y empolvadas asomando por debajo de la cortina del perchero. Como ya

había hecho propósito de leer la carta, aplazó toda hipótesis para en

concluyendo de leerla.

--Bien; otra petición. Esto es lo que me cansa, lo que me abruma.

Desde que entré en el ministerio, por todas partes me persigue gente

postulando. Esto no es una nación, es un asilo de mendicantes --y con

mirada distraída examinó las botas--. ¿De quién son aquellas botas?

A tiempo que don Sabas hacía la pregunta, una de las botas desapareció

detrás de la cortina. Teófilo no había podido reprimir el movimiento

instintivo de retirar un pie.

Don Sabas se levantó, se acercó al perchero y descorrió la cortina.

Rosina no se atrevió a mirar.

Don Sabas estuvo algún tiempo perplejo y mudo ante aquel hombre tan

largo y cenceño, de mirar desvariado, que parecía estar sepulto en

posición erecta, a la usanza rabínica.

Teófilo comprendía que el único modo de evitar, o cuando menos anular

lo grotesco del lance, era convertirlo en trágico. Don Sabas, a

quien desagradaba por igual lo trágico que lo grotesco, porque le

interrumpían momentáneamente la fruición de su voluptuosidad rumiada

y quieta, resolvió aceptar el descubrimiento de Teófilo con serena

cortesía, como si fuera uno de los infinitos sucesos nimios que forman

la urdimbre de la rutina social.

--¡Oh! --dijo con graciosa solicitud, tendiéndole la mano--. Cuánto

siento... Siéntese usted. Rosina, preséntame a este caballero.

Rosina levantó la cabeza. Había entrado en posesión de sí misma y

estaba tranquila.

--Es un amigo mío.

--Y yo no deseo otra cosa sino que lo sea mío también.

--El señor Pajares.

--Pajares... ¿Es usted el escritor?

--Servidor de usted --habló Teófilo, esforzándose en parecer altanero.

Sin embargo, ante don Sabas sentíase sugestionado, empequeñecido, como

si aquel hombre pudiera hacer de él lo que le viniera en gana.

--Sí, sí, ya recuerdo; Pajares, novelista.

--No, poeta --corrigió Rosina, con involuntaria hostilidad.

A don Sabas no le gustaba molestar a sabiendas a la gente, ni rodearse

de personas irritables o melancólicas; en general, le molestaba el

sufrimiento ajeno, no por compasión, sino por egoísmo, y así se cuidaba

de huir la presencia de él, mas no de evitarlo.

--Pues yo he leído algún cuento y novelas cortas del señor Pajares --lo

cual era falso.

--Sí, he escrito también cuentos y novelas cortas --corroboró Pajares,

muy lisonjeado.

--Y versos también he leído, ¡ya lo creo! Mi hijo Pascual habla mucho

de usted y con gran admiración. Usted es modernista, y nosotros, los

viejos, no podemos ser modernistas; pero en todos los géneros hay bueno

y malo. Y usted es de lo bueno, sí, señor. --Don Sabas no se proponía

otra cosa que halagar al poeta y reducirlo a una sociabilidad corriente

y moliente, de visita. No había leído un solo verso de Teófilo y le

importaba un ardite la llamada poesía modernista. Tanto a Teófilo como

a Rosina les cosquilleaba una leve zozobra; no sabían si don Sabas

hablaba en serio o irónicamente. Don Sabas preguntó--: Bajo su palabra

de caballero, señor Pajares, ¿me promete usted decirme la verdad?

--Según de lo que se trate.

--¡Bah!, una cosa muy sencilla; ¿promete usted?

--Sí, señor; prometo.

--¿Está usted enfermo?

Teófilo palideció.

--¿Lo está usted? Dígame la verdad.

--No le entiendo a usted...

--De sobra que me entiende...

--Le juro a usted, que no entiendo... ¿Qué puede importar a usted que

yo esté o no esté enfermo?

--¿No ha de importarme? Verá usted; cuando entra a servirme un nuevo

mozo de comedor, lo primero que hago es decirle: «Mira, hijo, aquí está

la botella de vino y aquí un vaso. Este vaso es solamente para ti. Ya

sé que no puedo impedirte que bebas el vino de escondite; por eso, lo

único que te ruego es que no bebas por la botella y nos sirvas luego

a los demás tus babas.» ¿Comprende usted ahora? De todos los crímenes

que conozco, el más grave, para mí, es el de esos hombres atacados de

enfermedades vergonzosas que no tienen reparo en corromper y contagiar

a otros cientos de hombres por intermedio de mujeres que toman y dejan

a la ventura.

--Si no he comprendido mal, para usted lo grave de este crimen no es

que una pobre mujer caiga enferma, sino que, por segundo endoso, otros

hombres, quizás personas respetables, grandes personajes, sufran el

contagio.

Rosina sonrió cordialmente a Pajares, quien en aquel instante se sentía

muy superior a don Sabas.

--No me he explicado claramente. No he hablado de la mujer sino como

vehículo, porque, si usted se para a pensarlo ecuánimamente y aparte la

lástima que nos inspire, no es otra cosa que vehículo. Y si no, compare

usted la proporción numérica del mal, y verá que de un lado hay una

mujer y de otro cientos y cientos de hombres a quienes ella infesta.

--En este caso no veo sino una mujer, y muy en segundo término un solo

hombre.

--Se exalta usted sin motivo. Parece usted echarme en cara que cuando

abomino del mal general no pienso sino en el mío propio. Es decir,

que mis palabras no estaban dictadas por el amor al prójimo, sino por

el temor de un daño que pudiera sobrevenirme; en suma, que he hablado

egoístamente. Sí, señor; así es. Lo reconozco. Y no puede menos de ser

así, porque el egoísmo es la medula espinal del espíritu humano. Cuanto

hacemos, aun las acciones más generosas, no tiene otro móvil que el

egoísmo. Su exaltación de usted hace un momento, y sus nobles palabras

de lástima por las mujeres caídas y enfermas, ¿qué eran sino balbuceos

de un egoísmo inconsciente que le movió a usted a declararse paladín

del sexo por ganar el amor, o acrecentarlo y robustecerlo, de una

mujer que le estaba escuchando? Pues el progreso moral no es otra cosa

que la más clara conciencia de este egoísmo radical y el mayor valor

para declararlo en público; de manera que, contrastándose egoísmo con

egoísmo, cede cada cual en aquello que puede y debe ceder y se alcanza

una paz deleitable, armoniosa y duradera. El progreso moral consiste en

aprender a no engañarse ni engañar. La caballerosidad, el honor no son

sino la moneda admitida en los contratos o chalaneos de buena fe entre

varios egoísmos. Y así, de caballero a caballero, invocando mi egoísmo,

lo cual equivale a darle a usted derecho para que usted me invoque el

suyo cuando lo necesite, le pregunto: ¿está usted enfermo?

Teófilo volvió a sentirse empequeñecido por don Sabas. Pensaba que

no tenía razón el ministro; pero no sabía qué contestarle. Y Rosina

pensaba como Teófilo.

--Pero es que... --atajó Rosina, dirigiéndose a don Sabas--, si te

figuras que ha habido algo entre nosotros...

--Si no te echo nada en cara, Pitusa... Me parece muy natural. Yo soy

viejo y tú eres joven, ¿cómo te voy a exigir fidelidad absoluta? Y

hasta me parece preferible que hayas elegido un artista a uno de esos

señoritos silbantes...

--De caballero a caballero --habló Pajares--, puesto que usted se

obstina en preguntarlo, le respondo, por última vez, que no le va a

usted ni le viene en mis enfermedades. Y no le va ni le viene, porque,

como ha dicho Rosa, nada ha habido entre nosotros, ni puede haberlo,

porque yo no lo aceptaría entretanto que no sepa que Rosa es mía y

solamente mía. Usted parece que no puede comprender esto...

Don Sabas inclinó la cabeza, reflexionando:

--No, no lo puedo comprender. Pero, aun cuando hubiera habido algo, lo

disculpo; es más, lo justifico. Rosa es, por decirlo así, el ornamento

de mi vida, y ella sabe cuán humildes son mis exigencias. ¡Si solo

mirarla me deleita!... No soy tan insensato que me obceque en obligarla

a una fidelidad completa. Lejos de eso, me hace feliz saber que ella lo

es por diferentes caminos. Tampoco puede usted comprender esto.

--No lo puedo comprender.

--Y es que usted piensa que el suyo, por ser desordenado, es mejor

amor. Pues mire usted, yo renunciaría ahora mismo a Rosa si supiera que

mi renuncia le acarreaba verdadera ventura, a pesar de todo mi egoísmo

--por primera vez se le cayó la carátula de afabilidad protectora,

dejando al desnudo un rostro gravemente triste. A seguida superpuso

nuevamente la carátula, y añadió--: Pero, por ahora, Rosa no necesita

mi renuncia, ni con ella piensa ser más venturosa, ¿verdad, Pitusa?

Las emociones de Teófilo se concretaron en una sentencia mental: «Si

yo tuviera unos miles de pesetas en el bolsillo...» Como si Rosina lo

hubiera adivinado, respondió:

--Ya te he dicho, Sabas, que nada hay entre nosotros, y yo no miento.

Por lo tanto, claro está que no necesito esa renuncia.

Teófilo miró con estupor a Rosina, quien aprovechando la distracción

del ministro, guiñó un ojo al poeta, como haciéndole cómplice de su

disimulo.

--A propósito, Pitusa. Me ha escrito don Jovino, por mal nombre

_el Obispo retirado_. Dice que dentro de tres o cuatro días es la

inauguración de la temporada y que aguarda el nombre con que has de

presentarte al público; es urgente, porque necesitan tirar los carteles

con alguna anticipación. ¿Sabía usted, señor Pajares, que la Pitusa nos

ha resultado una gran cupletista y se lanza definitivamente a la escena?

--Sí, señor.

--Bien, bien; pues ayúdenos usted a elegir un nombre para ella...

Convendrá usted conmigo en que del nombre depende la mitad del éxito,

sobre todo en la mujer. Es necesario encontrar uno que, como exige

el código del Manú, cuando se pronuncie sepa dulce en los labios. Yo

he seleccionado unos pocos que someteré al juicio de ustedes. Por lo

pronto siento una invencible inclinación hacia los nombres de mujer

que comienzan por A. Entre otras razones: para producir el sonido de

la A se abre de pleno la boca, porque A es una vocal admirativa, y,

dado que es cosa probada que los movimientos y actitudes musculares

provocan ciertos estados de ánimo, como el hipnotismo ha demostrado,

resulta que al pronunciar un nombre de mujer que empieza por A,

involuntariamente propendemos a la admiración. Todo esto le parecerá a

usted extraordinario, ¿verdad, señor Pajares? En último término puede

que sea una de tantas tonterías como a uno se le ocurren. He aquí los

nombres: Acidalía, que es una de las advocaciones de Afrodita; Actea,

una nereida; Adrastia, hija de Júpiter o Zeus y de la Necesidad;

Antígona, que todo el mundo sabe quién fue --y miró irónicamente a

Teófilo--, y Lotos, una ninfa. Este último nombre no tiene la A por

inicial; pero a mí me suena muy bien. Lotos o Antígona, me parecen dos

buenos nombres de cartel. ¿Qué dices, Pitusa?

--¿Qué te parece a ti? --solicitó de Teófilo Rosina, proporcionándole

con el tuteo, en presencia del Ministro, gran satisfacción.

--Antígona me parece un nombre muy bello. Suena un poco trágico, pero

no importa.

De que era un personaje de la tragedia antigua estaba seguro, y esto

era todo lo que sabía acerca de Antígona; él, Pajares el poeta, que

había decorado siempre sus versos con innúmeras alusiones al arte y a

la mitología helénicos.

--¿Ha oído usted ya cantar a Antígona?

--No, señor.

--¿Quieres cantar algo, Antígona?

--Ya lo creo, con mucho gusto --se levantó de la butaca, y con

gentil alacridad fue hasta el piano. Volviose un punto para decir a

Teófilo--: Te advierto que toco rematadamente mal. Solo lo preciso para

acompañarme.

--¿Qué vas a cantar, Pitusa?

--_Ninon._

--¡Oh, Pitusa; canta cualquiera otra cosa!... ¡Eso es tan

sentimentalmente cursi!...

--A mí me gusta, Sabas.

Rosina cantó:

Ninon, Ninon, qu’as tu fait de la vie?

L’heure s’enfuit, le jour succède au jour.

Rose ce soir, demain flétrie,

Comment vis-tu, toi qui n’a pas d’amour?

Aujourd’hui le printemps, Ninon,

Demain l’hiver...

La voz de Rosina era escasa; pero tenía densa transparencia de óleo y

se insinuaba dentro del espíritu con cariciosa suavidad. Desafinaba a

veces un poco, y era en todo momento insegura, algo temblorosa, como

si diluida dentro de ella palpitase una gran emoción, de la cual se

contagiaba muy presto el oyente. Teófilo no entendía las palabras;

pero la música se le filtraba hasta el más oscuro rincón del alma,

colmándole de ciega felicidad, que al esforzarse en adquirir luz y

conciencia de sí propia producía dolor gustoso.

Don Sabas tenía los párpados caídos, y la carátula también. Con

profunda angustia recibía en el corazón los versos de Musset y el

lamento _sentimentalmente cursi_ de Tosti: «_¿Qué has hecho de tu

vida? Huyen las horas, y las días suceden a los días. La rosa de esta

tarde, mañana estará marchita... Hoy, primavera; invierno, mañana._»

Y luego, _¿cómo se puede vivir sin amor?_ ¡Oh, amor; necio engaño!

Sicilia, de la propia suerte que había teñido de negro la ancianidad

de sus barbas, había blanqueado de filosofía la negrura desolada de su

espíritu escéptico. Pero ahora, bajo el influjo de aquella musiquilla

cándida, quejumbrosa, el postizo embadurnamiento se resquebrajaba, se

derretía, dejando al aire hielo vivo entre sombras. Y con el corazón

aterido, Sicilia abarcaba la desmesurada vacuidad de todo lo creado.

¿De qué le había servido aquel emplasto de estoicismo, epicureísmo y

anacreontismo, a dosis iguales, aplicado al alma por curarla del miedo

a la muerte y darle fuerza y virtudes? Era honesto y virtuoso en el

sentido clásico; no había hecho mal a nadie; pero sus virtudes, ¿qué

eran sino groseros simulacros, prendas de abrigo que no abrigaban?

Mesábase las barbas, engañosamente negras, y la amargura del pecho casi

le rebasaba por los ojos.

Terminada la canción, cuando Teófilo y Rosina miraron de nuevo a don

Sabas, este tenía ya superpuesta la carátula social.

--Muy bien, Pitusa. Tienes una voz muy dulce y mimosa. Pero esa

romancita...

--La romanza es admirable. Nada hay tan penetrativo ni que tan

hondamente remueva el alma como la música --sentenció el poeta.

Como poeta español que era, tenía por característica un sistema

nervioso esencialmente refractario a la música. Nunca había sentido

la música. Oyendo cantar ahora a Rosina había recibido insospechadas

emociones, que no eran sino voluptuosidad sin satisfacer, evaporada

en bruma de anhelo, y que él tomaba por puras emociones musicales.

Encontrábase tan enorgullecido con el reciente don de sensibilidad que

preguntó a don Sabas:

--Pero, ¿de veras no le ha conmovido la romanza?

--¿Qué quiere usted que le diga? A esta música dulzona italiana, y

aun a la alemana, prefiero la española, porque es más instintiva, más

sincera. El español no concibe la música sino como aderezo de la

lujuria o a manera de desfogo físico y bramido carnal; por eso los

músicos españoles no aciertan a componer nada que valga la pena, como

no sean chotis, tangos y jotas. Chotis, tangos, jotas: esa es música, y

buena música, música centrífuga, que le vacía a uno el cerebro a través

de los miembros, derramándolo hacia afuera, en un prurito de danzas,

de cabriolas y otros ejercicios más placenteros. Pero, la otra música,

la centrípeta, cuya acción es a la inversa, de fuera adentro... Si

corrieran tiempos de tiranía y yo fuera tirano, suprimía de un golpe,

así, con un rasgo de la pluma, semejante clase de música. O mejor, y

para mayor seguridad, suprimía la música en absoluto --y sonrió con

afabilidad indiferente.

Rosina, vejada por la frialdad de don Sabas y sin haberle entendido,

habló en tono algo áspero:

--En resolución, que para ti la música, como quien oye llover.

--Psss... Ojalá nunca aprendas, Pitusa, a oír llover.

--Oh, Sabas; a veces me atacas los nervios, porque no pareces una

persona...

--Está por la primera vez que veo enfadada a la Pitusa. No he querido

enojarte, Rosina, y ya te he dicho que tu voz es muy suave y bella.

Harto sabes cuánto me gusta oírte cantar. Te pronostico grandes éxitos

en el teatro.

--Allá veremos --contestó Rosina con mal simulada humildad.

La fuerza atractiva de la gloria la orientó hacia el futuro, de

manera que continuó hablando con voz de lontananza, como si los

seres y cosas en torno de ella hubieran dejado de existir. Dijo que

no cantaba en Madrid sino a guisa de ensayo o prueba por ver si el

público la atemorizaba; que en cantando dos o tres noches rescindiría

el contrato con _el Obispo retirado_, por grande que fuera el éxito

de su presentación; que el foco de sus ambiciones era París, y que

deseaba también conocer los Estados Unidos del Norte de América. Tanto

don Sabas como Teófilo sentían por modo evidente cuán lejos de ellos

estaba aquella mujer, cuán inasible e indomeñable era su corazón. Hubo

un silencio que rompió Antígona, retrotraída al futuro próximo.

--Se me olvidaba decirte, Sabas, que pienso pasar la semana que viene

en El Escorial.

--Es el caso, Pitusa, que como estamos en las tareas preliminares del

Gobierno no podré acompañarte. Te haré alguna visita.

--No, no te molestes. Quiero estar sola, completamente sola, unos días.

--Como gustes --don Sabas había comprendido.

Pajares consideraba los días de El Escorial como la crisis decisiva

de su existencia. Durante ellos, había de apoderarse para siempre de

Rosina o perderla para siempre.

Don Sabas, que había venido a casa de Rosina en la esperanza y aun con

la certidumbre de mitigar un poco el hastío de su vida, exasperado en

las horas de ministerio, hallábase más triste y cansado que nunca. Le

hostigaba la necesidad de sentir sobre el rostro la tersura lenitiva de

la mano de su amante. Le hacían falta mansas caricias físicas, como al

terruño yermo el agua de llovizna.

Lentamente y renqueando, Sesostris avanzaba por la habitación.

--¡Oh, excelente Sesostris! --exclamó don Sabas--. ¡Quién fuera

galápago o tortuga! --como de ordinario, sus interlocutores ignoraban

si lo decía en serio o de chanza--. Todos los males del hombre, ¿no

cree usted, señor Pajares?, se derivan de un mal original; el de

tener epidermis. Parece a primera vista que el mal original es la

inteligencia, entendiendo por inteligencia la manera específica y

necia que el hombre tiene de conocer el universo; pero si en lugar

de epidermis tuviéramos un caparazón, como este animal privilegiado,

o un dermatoesqueleto, como la langosta, nuestra inteligencia

sería de distinto y aun de opuesto linaje. El hombre es el único

animal que tiene epidermis. Tener epidermis equivale a andar con el

alma desnuda, de suerte que de todas partes recibe heridas. Y por

todas partes mendiga halagos. Por eso, cuando Platón dijo que el

hombre era un bípedo sin pluma, sentaba una gran verdad que nunca

ha sido bastantemente desentrañada. Tres son las fuerzas naturales

de toda sociedad animal: la necesidad de alimentarse, la necesidad

de reproducirse y la necesidad de moverse. ¿No se da usted cuenta,

señor Pajares, de las terribles consecuencias que arrastra consigo la

aparición de la epidermis, y cómo aquellas que eran fuerzas naturales

se truecan en fuerzas morales, que es lo peor que pudo haber sucedido?

¡Oh, excelente Sesostris, la más noble de las criaturas, la de sangre

más azul y aristocrática, porque tu abolengo tiene millones y millones

de años de historia cierta! ¡Oh, tú, reptil insigne, cuyos antepasados

reinaron en el aire, en el agua y sobre la tierra, señoreando el mundo

y sus elementos! ¡Maldito el hado que os puso enfrente tan despreciable

y bruto adversario como es el mamífero, y en sus bárbaros designios

determinó que fuerais extirpados casi totalmente!

Sesostris, como cualquier diputado de la mayoría, no prestaba atención

a la elocuencia ministerial, y seguía su pausada y renqueante ruta en

busca de cucarachas.

En esto entró Rosa Fernanda, que había vuelto del paseo, y fue a

agazaparse en el regazo de su madre.

--Ven a darme un beso, Rosa Fernanda --dijo don Sabas--. Ven y te

contaré el cuento del príncipe narigudo.

Rosa Fernanda acudió al requerimiento y se acomodó entre las piernas

del ministro, el cual recibía sutil deleite físico contemplando la

rosada fragilidad de la niña y acariciándole el oro resbaladizo de los

cabellos. Rosa Fernanda levantó la cabeza cuando don Sabas comenzó a

referir el cuento. Escuchaba como los niños acostumbran, con los ojos,

como si las palabras, al desgajarse de los labios, se materializasen

adquiriendo la forma y color de los objetos representados. Veía los

vocablos en su religiosa desnudez originaria.

Entretanto, Rosina y Pajares pudieron hablar a solas y puntualizar la

fecha y sitio de la próxima entrevista.

Rosa Fernanda se fatigó muy pronto de escuchar el cuento. Don Sabas le

era antipático, así como sus caricias. Los niños, en su selección de

amistades y afectos entre personas mayores, tienen el don de rehuir

instintivamente aquellos individuos cuyo contenido ético es antivital,

como la raposa huele y teme la pólvora antes de toda experiencia. No es

raro encontrar este don en las mujeres. Sienten apego por Don Quijote y

Don Juan; Hamlet les es repulsivo.

La niña volvió al regazo de la madre y allí se mantuvo en silencio,

asimilándose la realidad externa con largas, inquisitivas miradas.

Hablaban don Sabas, Pajares y Rosina de cosas de poco momento y en tono

indiferente, porque después de las emociones de la tarde, cada cual se

recogía dentro de sí mismo y laboraba por extraer claras impresiones

críticas.

_Punto de vista de don Sabas._--Tenía conciencia de ser antipático,

instintivamente antipático, a Rosa Fernanda, como se lo era a todos

los niños, aun cuando él los amaba, y esto le acongojaba; de ser a

medias antipático a Rosina y también del origen de este sentimiento

fluctuante; de ser antipático por entero a Teófilo, o, por mejor decir,

odioso, y cómo la causa del odio era el creerse Teófilo muy por debajo

de don Sabas en inteligencia, ingenio y fortuna. Y, sin embargo, don

Sabas sabía que Pajares le era superior; primero, en juventud, y

señaladamente en la posesión de una cualidad divina, el entusiasmo, o

sea aptitud para la adoración o para el odio. Teófilo podía caer en

dolorosos desalientos o subir a la cima del más apasionado rapto; podía

alternativamente pensar, tan pronto que el mundo era malo sin remisión,

como que era divino, el mejor de los mundos posibles. Don Sabas sabía

que el mundo era tonto, comenzando por Teófilo, un tonto, como todos

los tontos, susceptible de felicidad o de infelicidad.

_Punto de vista de Rosina._--Don Sabas le parecía, cuándo

extremadamente sensible, cuándo extremadamente embotado de nervios e

indiferente. La sugestionaba como el vaivén de un péndulo brillante.

Veía que aventajaba a Teófilo, con mucho, en inteligencia y agilidad

para urdir frases que quizás fuesen profundas; pero con todo no se

resolvía a concederle más talento que a Pajares. No podía explicárselo;

pero en Pajares adivinaba la verdad oculta, y sobre todo una fuerza

misteriosa que le hacía atractivo y amable.

_Punto de vista de Pajares._--La presencia y sonrisa de don Sabas le

hacían el efecto de insultos. Era como si después de árida jornada,

cuando creemos andar por lo postrero de ella, encontrásemos otro

caminante que en son de burla nos dijera haber equivocado nuestro

camino y hubiéramos de desandar lo andado. La sonrisa de don Sabas

sugería la posibilidad de que todo aquello que Teófilo tomaba tan a

pecho eran fruslerías y nonadas, como si don Sabas estuviera en el

secreto de la vida y no quisiera descubrirlo; y lo peor es que quizás

don Sabas tuviera razón. Veíase, pues, forzado a reconocer en don Sabas

una superioridad, y, viéndose en su presencia tan empequeñecido, lo

aborrecía.

_Punto de vista de Rosa Fernanda._--Como el de todos los niños, era a

ras de tierra. Podía ver la parte inferior de los muebles, la arpillera

que les forraba la panza, un intestino de estopa saliendo por debajo

del diván, y a Sesostris, debajo del piano. En circunstancias normales,

las personas no existían para ella sino desde los pies a las rodillas.

Teófilo y su indumentaria le parecían más pintorescos que don Sabas. La

parte baja de los pantalones de Teófilo, con flecos y raros matices,

pero sobre todo las botas, la tenían encantada. La afición que los

niños muestran a los mendigos es tan solo gusto de lo pintoresco. En

una de las botas de Teófilo había una larga goma, como un gusanillo

negro, colgando del elástico. Rosa Fernanda hubiera dado cualquiera

cosa por ir a arrancarla y jugar con ella.

Sería interesante conocer el punto de vista de Sesostris.

Teófilo se levantó, dispuesto a irse. Don Sabas se despidió también.

Bajaron juntos las escaleras. En la puerta de la calle, don Sabas

preguntó:

--¿Por dónde va usted?

--¿Y usted?

--Yo, hacia arriba.

--Yo, hacia abajo.

--Ea, pues hasta la vista.

--Hasta la vista.

X

Caminaba Teófilo cuesta abajo, automáticamente; su espíritu descendía

también; se apartaba de la claridad consciente; se diluía en una

especie de niebla letárgica. Así anduvo toda la calle de Cervantes y el

Botánico, cara a la Cibeles. En la plaza de Neptuno dudó si subir hacia

el Ateneo o continuar Prado adelante; resolvió lo último. Su estado

de ánimo se iba definiendo poco a poco, iluminándose de resplandor

intuitivo que manaba de una palabra: _dinero_. Era fuerza que buscase

dinero cuanto antes. Un sentimiento de rebeldía contra la vida moderna

le henchía el pecho. El sentido y trascendencia de esta calificación,

_edad capitalista_, se le hicieron patentes. La actividad motriz de

estos tiempos no era sino la rapiña del capital, como quiera que fuese;

las demás actividades, solo rebabas, añadiduras, ejercicios suntuarios.

En otras épocas, amor y belleza, las dos mitades de la vida, habían

sido _res nullius_, cosas no estancadas, de libre disfrute para todos.

Pero la edad capitalista había constituído el monopolio de la vida a

modo de sociedad anónima por acciones, y escindido el género humano en

dos partes: los que cobran dividendo y los que no lo cobran, los que

tienen derecho a vivir y los que no pueden vivir. ¿Qué es el amor sino

dulce plenitud y exuberancia de energías que por no perderse aspiran

a perpetuarse, a reproducirse? Y ¿cómo pueden hacer amiganza el amor

y la miseria física, el hambre y la fecundidad? De otra parte, ¿es

verosímil enjaretar cuatro versos mediocres sin cuatro malas pesetas en

el bolsillo?

Pero lo apremiante para Teófilo era que necesitaba hallar unos cuantos

duros inmediatamente. Como ocurre en las coyunturas capitales de la

vida, Teófilo esterilizó de toda emoción su pensamiento y se aplicó a

hacer cuentas en frío. Era el último día del mes. Al día siguiente,

o quizás aquel mismo día, tendría la paga que su madre acostumbraba

enviarle cada mes. Teófilo vivía en la misma casa de huéspedes desde

hacía tres años, y si bien no había mes que pagase los quince duros

íntegros del pupilaje, a razón de 2,50 por día, con todo era un pagador

exacto en la medida de sus recursos, de manera que hasta cierto

punto le era lícito dejar de pagar aquel mes y reservarse el dinero

para el viaje a El Escorial. Tal vez su madre le enviase también el

extraordinario. En este caso, la suma total andaría tocando con las

cien pesetas. Pero, era poco. No había otra salida que pedir dinero

prestado a un amigo. ¿A quién? A Díaz de Guzmán; sí, él era el hombre.

Teófilo llegó a su casa, de noche cerrada. Era una misérrima casa de

huéspedes de la calle de Jacometrezo. En el pasillo, apenas esclarecido

por una bombilla exhausta, el vaho de los potajes se fundía con otras

hediondeces. Teófilo cruzó con un huésped, Santonja.

--Hola, poeta. ¿Ha habido convite hoy? Le he echado a usted mucho de

menos, porque no tuve con quién discutir.

Santonja se había repatriado hacía poco tiempo desde la Argentina.

Estaba desviado de la espina dorsal y era cojo; la faz, chata,

simuladamente jocosa. Venía en mangas de camisa (una camisa de color

sangre de toro) y llevaba un libro de la biblioteca Sempere debajo

del brazo. Las discusiones de las horas de comer eran casi siempre

sobre anarquismo. Un día, por dárselas de hombre terrible y espantar

a los comensales --dos burócratas, tres horteras, un alcarreño de

paso y un comandante--, Teófilo había modulado una rapsodia lírica en

loor de Morral y la propaganda por el hecho. Santonja le interrumpió,

calificando sus frases de absurdidades. Acalorado, Teófilo llegó a

sostener que él no tendría inconveniente en tirar una bomba. Santonja

había añadido que ninguna persona con sentido común puede ser

anarquista; pero que, dado que la persona careciera de aquel sentido,

cosa frecuente, para tirar bombas se necesita mucho ombligo. A partir

de entonces, Santonja solicitaba de Teófilo, con evidente ironía,

razones que apoyasen el ideal anarquista. Respondíale Teófilo con

argumentos que él consideraba muy originales y funambulescos; pero el

otro replicaba que todo aquello era una pamplina.

Tales discusiones habían obsesionado a Teófilo en términos que no era

raro oírle jactarse de sus ideas anarquistas en el Ateneo y otras

tertulias literarias.

--¿Viene usted a cenar hoy, señor Pajares?

--Creo que sí; ¿por qué?

--Porque me parece que hoy no trae usted cara de discutir conmigo.

--Le advierto que yo no he discutido nunca con usted.

--No; ya sé que usted me desprecia. Yo soy un hombre sin instrucción y

usted es un literato. Y, a propósito, como me ha dado usted la matraca

con Kropotkin, he comprado este libro escrito por él. ¡Puaf! Macana

pura; pura filfa... ¿Cree usted que el mundo es bueno, señor Pajares?

--Sí, señor.

--¿Cree usted que eso que llaman _amor_ existe?

--Sí, señor.

Una pausa.

--Bien; ¿qué hay con eso? --preguntó Pajares.

--Nada, sino que quizás hice mal en dudar de su sinceridad de usted

como anarquista; pero como usted no compone versos sino sobre la

muerte, la tumba y la podre... como si este mundo fuera el peor de los

mundos imaginables, y esto, mi amigo, creo yo que no se compadece con

ser anarquista...

--Hombre, al contrario.

--Puede; depende del punto de vista. Creer que el mundo es bueno, y que

hay amor en él; pero no tener dinero y no poder tener novia, o si uno

la llega a tener que se la pegue a uno, porque uno no es un Adonis (y

no lo digo por usted), entonces sí que comprendo lo de las bombas, aun

con poco ombligo.

--¡Bah, bah! Valiente anarquismo el que tuviera móviles tan bajos.

--Oiga, mi amigo; me parece que lo mismo que las plantas, los grandes

hechos requieren su abono. La flor o el fruto viene a lo último, y el

abono, que es lo primero, siempre es abono, ¿qué le parece?

--Nada, que tengo prisa. Hasta luego.

--Hasta luego, señor Pajares.

Pajares entró en su cuarto. Sobre la mesilla de noche había una carta,

de su madre. Teófilo la abrió con dedos ágiles y optimista corazón. No

contenía ningún cheque. Decía la carta:

_Amado hijo: No sabes cuánto he sufrido estos últimos ocho días

del mes pensando en ti. Me es imposible enviarte la acostumbrada

mesada, y lo peor es que tampoco podré de aquí en adelante. Sabes

que los Martín, labradores de Zaratán, han tenido en mi casa

todo el curso pasado a su hijo Arístides, que estudia Farmacia.

Me habían prometido pagarme todo junto en comenzando el nuevo

curso, por la cosecha. Pero dicen que la cosecha fue mala, y por

más cartas que les escribo no sueltan prenda. ¿Para qué enviarán

un hijo a los estudios si no cuentan con medios? Solo para vivir

del sudor ajeno. Yo, bien sabe Dios que los perdonaría de buen

grado; pero no puedo menos de pensar que el hijo de ellos ha

estado engordando a costa del mío, que te aseguro que comía más

que un cavador. Para este curso lo han enviado a otra casa, y yo

me alegro, no de que caiga sobre otro la carga, sino por verme

libre de él, porque era además muy calaverón y escandaloso, como

son todos estos zafios cuando vienen a la ciudad. No había querido

decirte antes que don Remigio, el canónigo, se marchó de casa; ya

ves, después de tantos años, y el único huésped formal y seguro.

Fue un gran golpe para mí. Ya hace de ello dos meses, y no me he

podido recobrar del disgusto. Creí que nos tenía algún apego. Decía

que últimamente no se podía comer en casa, y te echaba la culpa a

ti, porque yo te enviaba ahorrillos, cuando él debiera estar tan

interesado como yo, que te conoció desde que eras una criatura y

fue tu primer maestro. Por todo ello he estado tan apurada que

no podía pagar el alquiler, y anduvieron si me desahucian; pero

gracias a Coterón el usurero, que me hizo unos pagarés sobre los

muebles, pude salir del atranco. No estoy muy bien de salud; pero

no te preocupes. Mi mayor pena es si tú pensarás que no te envío el

dinero por propia voluntad. No, hijo mío; tú no puedes pensar eso

de tu madre, que sabes te adora._

_El recorte de periódico que me has enviado me ha hecho derramar

lágrimas de ternura y orgullo. Sí, debían echar flores a tu paso.

Ya desde chiquitín se comprendía que ibas a ser una gran cosa.

Componías coplas mejor que los mayores, y así lo reconocían todos.

Pero ya sabes que por estas pobres tierras de las Castillas los

poetas se han muerto de hambre siempre. No me acuerdo de nombres;

pero así lo he oído asegurar a los viejos. Luego, tus poesías son

demasiado buenas y no las saben apreciar; yo, por ejemplo, que soy

una ignorante, no las entiendo, y a veces temo que digas alguna

herejía contra Nuestra Santa Madre la Iglesia. No; es imposible,

que has sido criado en el temor de Dios. Pero lo principal es,

Teófilo, que como eres tan sencillo y bondadoso crees que los demás

son como tú y te ilusionas con que de un día a otro te van a dar

oros y montones. Dices que si hasta ahora no has ganado las pesetas

por miles es por la envidia que te tienen, y yo lo creo; pero

piensa que la envidia es planta que nadie desarraiga del mundo, y

si te la han tenido, te la seguirán teniendo y siempre estaremos

igual. Gloria, como muy bien me dices, ya has conquistado de sobra,

¿qué más quieres? Tres años hace que no nos vemos, y a mí me han

parecido tres siglos. ¿Por qué no vienes y dejas esa maldita Corte?

Irías a pasar unos días de visita a casa de tus tíos, en Palacios.

Tu prima Lucrecia te quiere como siempre, o, por mejor decir, te

quiere mucho más desde que andas por los papeles. Ya sabes que

tienen un majuelo y no sé cuántas yugadas de buena tierra de pan

llevar, y Lucrecia es hija única, que se perecen por ella los mozos

de los pueblos y los señoritos de Rioseco, y hasta alguno de

Valladolid. ¡Qué vejez tan dichosa, hijo mío, me deparabas si te

decidieras a escucharme! Pero yo nada te digo si crees que debes

seguir tu vocación..._

_Un beso de tu madre que te quiere_,

Troteras y danzaderas: Novela · 第 19 / 72 题