II

Acababan de _picar_ a bordo del navío de guerra _San Fermín_ (construído

en 1731 en el astillero de Guayaquil, con gasto de ochenta mil pesos)

las diez y media de la noche, cuando un ruido espantoso, acompañado de

un atroz sacudimiento de tierra, vino a interrumpir a los jaranistas.

Pasado éste, y sin cuidarse de averiguar lo ocurrido en la población,

volvió aquella gentuza a meterse en el chiribitil y a continuar el

fandango.

Un cuarto de hora después Juan de Andueza, que había dejado su caballo a

la puerta del lupanar, salió para sacar cigarros de la bolsa del pellón,

y de una manera inconsciente dirigió la mirada hacia el mar. El

espectáculo que éste ofrecía era tan aterrador, que Andueza se puso de

un brinco sobra la silla, y aplicando espuela al caballo, pardo al

escape, no sin gritar a sus compañeros de orgía:

--¡Agarrarse, muchachos, que el mar se sale y apaga el sango!

En efecto, el mar, como un gladiador que reconcentra sus fuerzas para

lanzarse con mayor brío sobre su adversario, se había retirado dos

millas de la playa, y una ola gigantesca y espumosa alanzaba sobre la

población.

De los siete mil habitantes del Callao, según las relaciones del marqués

de Obando, del jesuíta Lozano y del ilustrado Llano Zapata, no alcanzó

al número de doscientos once años, contados desde la fundación de la

ciudad por las olas.

El terremoto, habido a las diez y media de la noche, ocasionó en Lima no

menores estragos; pues de setenta mil habitantes quedaron cuatro mil

sepultados entre las ruinas de los edificios. «En tres minutos--dice uno

de los escritores citados--quedó en escombros la obra de doscientos once

años, contando desde la fundación de la ciudad».

Aunque los templos no ofrecían seguro asilo, y algunos, como el de San

Sebastián, estaban en el suelo, abriéronse las puertas de las

principales iglesias, cuyas comunidades elevaban preces al Altísimo, en

unión del aterrorizado pueblo, que buscaba refugio en la casa del Señor.

Entretanto, ignorábase en Lima el atroz cataclismo del Callao, cuando

después de las once, un jinete, penetrando a escape por un lienzo

derrumbado de la muralla, cruzó el Rastro de San Jacinto y la calle de

San Juan de Dios, y viendo abierta la iglesia de la Merced, lanzóse en

ella y llegó a caballo hasta cerca del altar mayor, con no poco espanto

del afligido pueblo y de los mercedarios, que no atinaban a hallar

disculpa para semejante profanación.

Detenido por los fieles el fogoso animal, dejóse caer el elebronado

jinete, y poniéndose de rodillas delante del comendador, gritó:

--¡Confesión! ¡Confesión! ¡El mar se sale!

Tan tremenda noticia se esparció por Lima con velocidad eléctrica, y la

gente echó a correr en dirección al San Cristóbal y demás cerros

vecinos.

No hay pluma capaz de describir escena de desolación tan infinita.

El virrey Manso de Velazco estuvo a la altura de la aflictiva situación,

y el monarca le hizo justicia premiándole con el título de conde de

Superunda.

Tradiciones peruanas · 第 84 / 96 题