Eran las siete de la noche. Hallábase el señor Visitador en el salón de
su casa echando una mano de _tresillo_ con unos amigos, y acababan de
hacerle _puesta real_ en _solo de oros_ con _estuches, falla y rey
enano_, cuando entró su mayordomo y, llamándolo aparte, le dijo:
--Un caballero quiere hablar en el instante con su señoría.
--¡Algún importuno! Que vuelva mañana. ¿No te ha dicho su nombre?
--No, señor; pero me ha regalado dos onzas de oro porque pasara recado,
y como no era decente que esperase respuesta en el zaguán, lo he hecho
entrar en el cuarto de estudio.
--¡Y dices que te ha dado dos onzas de alboroque! Pues ha de ser algo de
importancia lo que trae a ese sujeto.
Y volviéndose a sus tertulios, les dijo:
--Con permiso, caballeros, no tardaré en volver, y que don Narciso
juegue por mí. ¡Es vida muy aporreada la que llevo, y no se la doy a mi
mayor enemigo!
Y don José Antonio se dirigió al estudio, que estaba situado en el patio
de la casa. Esperábalo allí un embozado que, al presentarse Areche, se
descubrió y dijo cortésmente:
--Buenas y santas noches.
--Así se las dé Dios. ¡Hola, hola, señor mío! ¿Cómo ha salido de la
cárcel sin mi licencia?
--No hizo falta, señor Visitador. He dado mi palabra, y sabré cumplirla,
de regresar en breve a la prisión.
--Supongo a lo que usted viene..., a hablarme, sin duda, de su causa.
--Precisamente, señor Visitador.
--Pues tiempo perdido, amigo mío. Lo veo a usted en mal caballo, y con
dolor de mi corazón tendré que ser severo; que el rey no me ha enviado
para que ande con blanduras y contemplaciones. En su causa hay
documentos atroces y testigos libres de tacha cuyas declaraciones bastan
y sobran para enviar a la horca diez prójimos de su calibre. Yo soy muy
recto, y tratándose de administrar justicia no me caso ni con la madre
que me parió.
--Pues, señor Visitador, contra todo lo que dice su señoría que hay de
grave en mi proceso, poseo yo mil argumentos irrefutables; sí, señor,
mil argumentos. Y lo mejor es que seamos amigos y nos dejemos de
pleitos, que no sirven sino para traer desazones, criar mala sangre y
hacer caldo gordo a escribas y fariseos.
--¿Y por qué, si tiene tanta confianza en que han de sacarlo airoso, no
ha hecho uso de sus argumentos? Ya quisiera conocer uno para
refutárselo.
--Si el señor Visitador me ofrece no airarse y guardarme el secreto,
diréle en puridad cuáles son mis argumentos.
--Hable usted clara y como Cristo nos enseña. Presénteme uno solo de sus
argumentos, y guarde los novecientos noventa y nueve restantes, que ni
tiempo hay sobrado ni ocasión es ésta para hacerme cargo de ellos.
Entonces el corregidor metió mano al bolsillo, y entre el pulgar y el
índice sacó una onza de oro.
--¿Ve su señoría este argumento?
--¡Eso es una pelucona, señor corregidor!
--Pues mil argumentos de su especie tengo listos para que se corte el
proceso. Y buenas noches, señor Visitador, que las horas vuelan y la
palabra es palabra.
Y paso entre paso, el corregidor siguió camino de la cárcel.
En cuanto al señor de Areche, refieren que volvió cogitabundo a ocupar
su puesto en la mesa de tresillo, que en toda la santa noche no hizo
jugada en regla, y que, por primera vez en su vida, cometió dos
_renuncios_, prueba clara de la preocupación de su ánimo.