II

Eran las siete de la noche. Hallábase el señor Visitador en el salón de

su casa echando una mano de _tresillo_ con unos amigos, y acababan de

hacerle _puesta real_ en _solo de oros_ con _estuches, falla y rey

enano_, cuando entró su mayordomo y, llamándolo aparte, le dijo:

--Un caballero quiere hablar en el instante con su señoría.

--¡Algún importuno! Que vuelva mañana. ¿No te ha dicho su nombre?

--No, señor; pero me ha regalado dos onzas de oro porque pasara recado,

y como no era decente que esperase respuesta en el zaguán, lo he hecho

entrar en el cuarto de estudio.

--¡Y dices que te ha dado dos onzas de alboroque! Pues ha de ser algo de

importancia lo que trae a ese sujeto.

Y volviéndose a sus tertulios, les dijo:

--Con permiso, caballeros, no tardaré en volver, y que don Narciso

juegue por mí. ¡Es vida muy aporreada la que llevo, y no se la doy a mi

mayor enemigo!

Y don José Antonio se dirigió al estudio, que estaba situado en el patio

de la casa. Esperábalo allí un embozado que, al presentarse Areche, se

descubrió y dijo cortésmente:

--Buenas y santas noches.

--Así se las dé Dios. ¡Hola, hola, señor mío! ¿Cómo ha salido de la

cárcel sin mi licencia?

--No hizo falta, señor Visitador. He dado mi palabra, y sabré cumplirla,

de regresar en breve a la prisión.

--Supongo a lo que usted viene..., a hablarme, sin duda, de su causa.

--Precisamente, señor Visitador.

--Pues tiempo perdido, amigo mío. Lo veo a usted en mal caballo, y con

dolor de mi corazón tendré que ser severo; que el rey no me ha enviado

para que ande con blanduras y contemplaciones. En su causa hay

documentos atroces y testigos libres de tacha cuyas declaraciones bastan

y sobran para enviar a la horca diez prójimos de su calibre. Yo soy muy

recto, y tratándose de administrar justicia no me caso ni con la madre

que me parió.

--Pues, señor Visitador, contra todo lo que dice su señoría que hay de

grave en mi proceso, poseo yo mil argumentos irrefutables; sí, señor,

mil argumentos. Y lo mejor es que seamos amigos y nos dejemos de

pleitos, que no sirven sino para traer desazones, criar mala sangre y

hacer caldo gordo a escribas y fariseos.

--¿Y por qué, si tiene tanta confianza en que han de sacarlo airoso, no

ha hecho uso de sus argumentos? Ya quisiera conocer uno para

refutárselo.

--Si el señor Visitador me ofrece no airarse y guardarme el secreto,

diréle en puridad cuáles son mis argumentos.

--Hable usted clara y como Cristo nos enseña. Presénteme uno solo de sus

argumentos, y guarde los novecientos noventa y nueve restantes, que ni

tiempo hay sobrado ni ocasión es ésta para hacerme cargo de ellos.

Entonces el corregidor metió mano al bolsillo, y entre el pulgar y el

índice sacó una onza de oro.

--¿Ve su señoría este argumento?

--¡Eso es una pelucona, señor corregidor!

--Pues mil argumentos de su especie tengo listos para que se corte el

proceso. Y buenas noches, señor Visitador, que las horas vuelan y la

palabra es palabra.

Y paso entre paso, el corregidor siguió camino de la cárcel.

En cuanto al señor de Areche, refieren que volvió cogitabundo a ocupar

su puesto en la mesa de tresillo, que en toda la santa noche no hizo

jugada en regla, y que, por primera vez en su vida, cometió dos

_renuncios_, prueba clara de la preocupación de su ánimo.

Tradiciones peruanas · 第 77 / 96 题