AL POETA ESPAÑOL DON TOMÁS RODRÍGUEZ RUBÍ, AUTOR DE UN DRAMA QUE LLEVA
EL MISMO TÍTULO DE ESTA TRADICIÓN
I
_De cómo Mariquita Martínez no quiso que la llamasen Mariquita la
pelona_
Allá por los años de 1734 paseábase muy risueña por estas calles de
Lima, Mariquita Martínez, muchacha como una perla, mejorando lo
presente, lectora mía. Paréceme estar viendo, no porque yo la hubiese
conocido, ¡qué diablos! (pues cuando ella comía pan de trigo, este
servidor de ustedes no pasaba de la categoría de proyecto en la mente
del Padre Eterno), sino por la pintura que de sus prendas y garabato
hizo un coplero de aquel siglo, que por la pinta debió ser enamoradizo y
andar bebiendo los vientos tras de ese pucherito de mixtura. Marujita
era de esas limeñas que tienen más gracia andando que un obispo
confirmado, y por las que dijo un poeta:
_Parece en Lima más clara_
_la luz, que cuando hizo Dios_
_el sol que al mundo alumbrara,_
_puso amoroso en la cara_
_de cada limeña, dos._
En las noches de luna era cuando había que ver a Mariquita paseando,
Puente arriba y Puente abajo, con albísimo traje de zaraza, pañuelo de
tul blanco, zapatito de cuatro puntos y medio, dengue de resucitar
difuntos, y la cabeza cubierta de jazmines. Los rayos de la luna
prestaban a la belleza de la joven un no sé qué de fantástico; y los
hombres, que nos pirramos siempre por esas fantasías de carne y hueso,
la echaban una andanada de requiebros, a los que ella, por no quedarse
con nada ajeno, contestaba con aquel oportuno donaire que hizo
proverbiales la gracia y agudeza de la limeña.
Mariquita era de las que dicen: Yo no soy la _salve_ para suspirar y
gemir. ¡Vida alegre, y hacer sumas hasta que se rompa el lápiz o se
gaste la pizarra!
En la época colonial casi no se podía transitar por el Puente en las
noches de luna. Era ése el punto de cita para todos. Ambas aceras
estaban ocupadas por los jóvenes elegantes, que a la vez que con el
airecito del río hallaban refrigerio al calor canicular, deleitaban los
ojos clavándolos en las limeñas que salían a aspirar la fresca brisa,
embalsamando la atmósfera con el suave perfume de los jazmines que
poblaban sus cabelleras.
La moda no era lucir constantemente aderezos de rica pedrería, sino
flores; y tal moda no podía ser más barata para padres y maridos, que
con medio real de plata salían de compromisos, y aun sacaban alma del
purgatorio. Tenían, además, la ventaja de satisfacer curiosidades sobre
el estado civil de las mujeres, pues las solteras acostumbraban ponerse
las flores al lado izquierdo de la cabeza y las casadas al derecho.
Todas las tardes de verano cruzaban por las calles de Lima varios
muchachos, y al pregón de _¡el jazminero!_, salían las jóvenes a la
ventana de reja, y compraban un par de hojas de plátano, sobre las que
había una porción de jazmines, diamelas, aromas, suches, azahares,
flores de chirimoya, y otras no menos perfumadas. Las limeñas de
entonces buscaban sus adornos en la naturaleza, y no en el arte.
La antigua limeña no usaba elixires odontálgicos ni polvos para los
dientes; y, sin embargo, era notable la regularidad y limpieza de éstos.
Ignorábase aún que en la caverna de una muela se puede esconder una
California de oro, y que con el marfil se fabricarían mandíbulas que
nada tendrían que envidiar a las que Dios nos regalara. ¿Saben ustedes a
quién debía la limeña la blancura de sus dientes? Al _raicero_. Como el
jazminero, era éste otro industrioso ambulante que vendía ciertas raíces
blandas y jugosas, que las jóvenes se entretenían en morder
restregándolas sobre los dientes.
Parece broma; pero la industria decae. Ya no hay jazmineros ni raiceros,
y es lástima; que a haberlos, les caería encima una contribución
municipal que los partiera por el eje, en estos tiempos en que hasta los
perros pagan su cuota por ejercer el derecho de ladrar. Y, con venia de
ustedes, también se han eclipsado el _pajuelero_ o vendedor de mechas
azufradas, el _puchero_ o vendedor de puntas de cigarros, el
_anticuchero_ y otros industriosos.
Digresiones a un lado, y volvamos a Mariquita.
La limeña de marras no conoció peluquero ni _castañas_ sino uno que otro
ricito volado en los días de repicar gordo, ni fierros calientes ni
papillotas, ni usó jamás aceitillo, bálsamos, glicerina ni pomadas para
el pelo. El agua de Dios y san se acabó, y las cabelleras eran de lo
bueno, lo mejor.
Pero hoy dicen las niñas que el agua pudre la raíz del pelo, y no estoy
de humor para armar gresca con ellas sosteniendo la contraria. También
los borrachos dicen que prefieren el licor, porque el agua cría ranas y
sabandijas.
Mariquita tenía su diablo en su mata de cabellos. Su orgullo era lucir
dos lujosas trenzas que, como dijo Zorrilla pintando la hermosura de
Eva,
_la medían en pie la talla entera._
Una de esas noches de luna iba Mariquita por el Puente lanzando una
mirada a éste, esgrimiendo una sonrisa a aquél, endilgando una pulla al
de más allá, cuando de improviso un hombre la tomó por la cintura, sacó
una afilada navaja, y ¡zis! ¡zas!, en menos de un periquete le rebanó
una trenza.
Gritos y confusión. A Mariquita le acometió la pataleta, la gente echó a
correr, hubo cierre de puertas, y a palacio llegó la noticia de que unos
corsarios se habían venido a la chita callando por la boca del río y
tomado la ciudad por la sorpresa.
En conclusión, la chica quedó _mocha_, y para no dar campo a que la
llamasen _Mariquita la pelona_, se llamó a buen vivir, entró en un
beaterio y no se volvió a hablar de ella.