IV

Desalentados los que acompañaban a Rodil y convencidos de la esterilidad

de esfuerzos y sacrificios, se echaron a conspirar contra su jefe. Clara

idea del estado de ánimo de los habitantes del castillo puede dar este

pasquín:

_Como estuvimos estamos,_

_como estamos estaremos,_

_enemigos sí tenemos_

_y amigos... los esperamos._

El presidente marqués de Torre-Tagle y su vicepresidente don Diego

Aliaga, los condes de San Juan de Lurigancho, de Castellón y de Fuente

González, y otros personajes de la nobleza colonial, habían muerto

víctimas del escorbuto y de la disentería que se desarrollan en toda

plaza mal abastecida. Los oficiales y tropa, estaban sometidos a ración

de carne de caballo, y sobrándoles el oro a los sitiados, pagaban a

precios fabulosos un panecillo o una fruta. El marqués de Torre-Tagle,

moribundo ya del escorbuto, consiguió tres limones ceutíes en cambio de

otros tantos platillos de oro macizo, y llegó época en que se vendieron

ratas como manjar delicioso.

Por otra parte, las cartas y proclamas de los patriotas penetraban

misteriosamente en el Callao alentando a los conspiradores. Hoy

descubría Rodil una conspiración, e inmediatamente, sin fórmulas ni

proceso, mandaba fusilar a los comprometidos, y mañana tenía que repetir

los castigos de la víspera. Encontrando muchas veces un traidor en aquel

que más había alambicado antes su lealtad a la causa del rey, pasó Rodil

por el martirio de desconfiar hasta del cuello de su camisa.

Las mujeres encerradas en el Callao eran las que más activamente

conspiraban. Los soldados del general Salom llegaban de noche hasta

ponerse a tiro de fusil, y gritaban:

--A Lima, muchachas, que la patria engorda y da colores--palabras que

eran una apetitosa promesa para las pobres hijas de Eva, a quienes el

hambre y la zozobra traían escuálidas y ojerosas.

V

A pesar de los frecuentes fusilamientos no desaparecía el germen de

sedición, y vino día en que almas del otro mundo se metieron a

revolucionarias. ¡No sabían las pobrecitas que don Ramón Rodil era

hombre para habérselas tiesas con el purgatorio entero!

Fué el caso que una mañana encontraron privados de sentido, y echando

espumarajos por la boca, a dos centinelas de un bastión o lienzo de

muralla fronterizo a Bellavista. Eran los tales dos gallegos crudos,

mozos de letras gordas y de poca sindéresis, tan brutos como valientes,

capaces de derribar a un toro de una puñada en el testuz y de clavarle

una bala en el hueso palomo al mismísimo gallo de la Pasión; pero los

infelices eran hombres de su época, es decir, supersticiosos y fanáticos

hasta dejarlo de sobra.

Vueltos en sí, declaró uno de ellos que, a la hora en que Pedro negó al

Maestro, se le apareció como vomitado por la tierra un franciscano con

la capucha calada, y que con aquella voz gangosa que diz que se estila

en el otro barrio le preguntó:--¡Hermanito! ¿Pasó la monja?

El otro soldado declaró, sobre poco más o menos, que a él se le había

aparecido una mujer con hábito de monja clarisa, y díchole:--¡Hermanito!

¿Pasó el fraile?

Ambos añadieron que no estando acostumbrados a hablar con gente de la

otra vida, se olvidaron de la consigna y de dar el quién vive, porque la

carne se les volvió de gallina, se les erizó el cabello, se les atravesó

la palabra en el galillo y cayeron redondos como troncos.

Don Ramón Rodil, para curarlos de espanto, les mandó aplicar carrera de

baquetas.

El castellano del Real Felipe, que no tragaba rueda, de molino ni se

asustaba con duendes ni demonios coronados, dióse a cavilar en los

fantasmas, y entre ceja y ceja se le encajó la idea de que aquello

trascendía de a legua a embuchado revolucionario. Y tal maña dióse y a

tales expedientes recurrió, que ocho días después sacó en claro que

fraile y monja no eran sino conspiradores de carne y hueso, que se

valían del disfraz para acercarse a la muralla y entablar por medio de

una cuerda cambio de cartas con los patriotas.

Era la del alba, cuando Rodil en persona ponía bajo sombra, en la

casamata del castillo, una docena de sospechosos, y a la vez mandaba

fusilar al fraile y a la monja, dándoles el hábito por mortaja.

Aunque a contar de ese día no han vuelto fantasmas a peregrinar o correr

aventuras por las murallas del hoy casi destruido Real Felipe, no por

eso el pueblo, dado siempre a lo sobrenatural y maravilloso, deja de

creer a pies juntillas que el fraile y la monja vinieron al Callao en

tren directo y desde el país de las calaveras, por el solo placer de dar

un susto mayúsculo al par de tagarotes que hacía centinela en el bastión

del castillo.

Tradiciones peruanas · 第 60 / 96 题