Desalentados los que acompañaban a Rodil y convencidos de la esterilidad
de esfuerzos y sacrificios, se echaron a conspirar contra su jefe. Clara
idea del estado de ánimo de los habitantes del castillo puede dar este
pasquín:
_Como estuvimos estamos,_
_como estamos estaremos,_
_enemigos sí tenemos_
_y amigos... los esperamos._
El presidente marqués de Torre-Tagle y su vicepresidente don Diego
Aliaga, los condes de San Juan de Lurigancho, de Castellón y de Fuente
González, y otros personajes de la nobleza colonial, habían muerto
víctimas del escorbuto y de la disentería que se desarrollan en toda
plaza mal abastecida. Los oficiales y tropa, estaban sometidos a ración
de carne de caballo, y sobrándoles el oro a los sitiados, pagaban a
precios fabulosos un panecillo o una fruta. El marqués de Torre-Tagle,
moribundo ya del escorbuto, consiguió tres limones ceutíes en cambio de
otros tantos platillos de oro macizo, y llegó época en que se vendieron
ratas como manjar delicioso.
Por otra parte, las cartas y proclamas de los patriotas penetraban
misteriosamente en el Callao alentando a los conspiradores. Hoy
descubría Rodil una conspiración, e inmediatamente, sin fórmulas ni
proceso, mandaba fusilar a los comprometidos, y mañana tenía que repetir
los castigos de la víspera. Encontrando muchas veces un traidor en aquel
que más había alambicado antes su lealtad a la causa del rey, pasó Rodil
por el martirio de desconfiar hasta del cuello de su camisa.
Las mujeres encerradas en el Callao eran las que más activamente
conspiraban. Los soldados del general Salom llegaban de noche hasta
ponerse a tiro de fusil, y gritaban:
--A Lima, muchachas, que la patria engorda y da colores--palabras que
eran una apetitosa promesa para las pobres hijas de Eva, a quienes el
hambre y la zozobra traían escuálidas y ojerosas.
V
A pesar de los frecuentes fusilamientos no desaparecía el germen de
sedición, y vino día en que almas del otro mundo se metieron a
revolucionarias. ¡No sabían las pobrecitas que don Ramón Rodil era
hombre para habérselas tiesas con el purgatorio entero!
Fué el caso que una mañana encontraron privados de sentido, y echando
espumarajos por la boca, a dos centinelas de un bastión o lienzo de
muralla fronterizo a Bellavista. Eran los tales dos gallegos crudos,
mozos de letras gordas y de poca sindéresis, tan brutos como valientes,
capaces de derribar a un toro de una puñada en el testuz y de clavarle
una bala en el hueso palomo al mismísimo gallo de la Pasión; pero los
infelices eran hombres de su época, es decir, supersticiosos y fanáticos
hasta dejarlo de sobra.
Vueltos en sí, declaró uno de ellos que, a la hora en que Pedro negó al
Maestro, se le apareció como vomitado por la tierra un franciscano con
la capucha calada, y que con aquella voz gangosa que diz que se estila
en el otro barrio le preguntó:--¡Hermanito! ¿Pasó la monja?
El otro soldado declaró, sobre poco más o menos, que a él se le había
aparecido una mujer con hábito de monja clarisa, y díchole:--¡Hermanito!
¿Pasó el fraile?
Ambos añadieron que no estando acostumbrados a hablar con gente de la
otra vida, se olvidaron de la consigna y de dar el quién vive, porque la
carne se les volvió de gallina, se les erizó el cabello, se les atravesó
la palabra en el galillo y cayeron redondos como troncos.
Don Ramón Rodil, para curarlos de espanto, les mandó aplicar carrera de
baquetas.
El castellano del Real Felipe, que no tragaba rueda, de molino ni se
asustaba con duendes ni demonios coronados, dióse a cavilar en los
fantasmas, y entre ceja y ceja se le encajó la idea de que aquello
trascendía de a legua a embuchado revolucionario. Y tal maña dióse y a
tales expedientes recurrió, que ocho días después sacó en claro que
fraile y monja no eran sino conspiradores de carne y hueso, que se
valían del disfraz para acercarse a la muralla y entablar por medio de
una cuerda cambio de cartas con los patriotas.
Era la del alba, cuando Rodil en persona ponía bajo sombra, en la
casamata del castillo, una docena de sospechosos, y a la vez mandaba
fusilar al fraile y a la monja, dándoles el hábito por mortaja.
Aunque a contar de ese día no han vuelto fantasmas a peregrinar o correr
aventuras por las murallas del hoy casi destruido Real Felipe, no por
eso el pueblo, dado siempre a lo sobrenatural y maravilloso, deja de
creer a pies juntillas que el fraile y la monja vinieron al Callao en
tren directo y desde el país de las calaveras, por el solo placer de dar
un susto mayúsculo al par de tagarotes que hacía centinela en el bastión
del castillo.