II

Durante el sitio disparó sobre el campamento de Bellavista, ocupado por

los patriotas, 9.553 balas de cañón, 454 bombas, 908 granadas, y 34.713

tiros de metralla, ocasionando a los sitiadores la muerte de siete

oficiales y ciento dos individuos de tropa, y seis oficiales y sesenta y

dos soldados heridos. Los patriotas, por su parte, no anduvieron cortos

en la respuesta, y lanzaron sobre las fortalezas 20.327 balas de cañón,

317 bombas e incalculable cantidad de metralla.

Al principiarse el sitio contaba Rodil en los castillos una guarnición

de 2.800 soldados, y el día de la capitulación sólo tuvo 376 hombres en

estado de manejar un arma. El resto había sucumbido al rigor de la peste

y de las balas republicanas. En las calles del Callao, donde un año

antes pasaban de 8.000 los asilados o partidarios del rey, apenas si

llegaban a 700 almas las que presenciaron el desenlace del sitio. Según

García Camba, fueron 6.000 las víctimas del escorbuto y 767 los que

murieron combatiendo.

En los primeros meses del sitio, Rodil expulsó de la plaza 2.389

personas. El gobierno de Lima resolvió no admitir más expulsados, y

vióse el feroz espectáculo de infelices mujeres que no podían pasar al

campamento de Miranaves ni volver a la plaza, porque de ambas partes se

las rechazaba a balazos. Las desventuradas se encontraban entre dos

fuegos y sufriendo angustias imposibles de relatarse por pluma humana.

He aquí lo que sobre este punto dice Rodil en el curioso manifiesto que

publicó en España, sin alcanzar ciertamente a disculpar un hecho ajeno a

todo sentimiento de humanidad.

«Yo, que necesitaba aminorar la población para suspender consumos que no

podían reponerse, mandé que los que no pudieran subsistir con sus

provisiones o industria saliesen del Callao. Esta orden fué cumplida con

prudencia, con pausa y con buen éxito. La noticia de los primeros que

emigraron fué animando a los que carecían de recursos para vivir en la

población, y en cuatro meses me descargué de 2.389 bocas inútiles. Los

enemigos, a la decimocuarta emigración de ellas, entendieron que su

conservación me sería nociva, y tentaron no admitirlas con esfuerzo

inhumano. Yo las repelí decisivamente».

Inútil es hacer sobre estas líneas apreciaciones que están en la

conciencia de todos los espíritus generosos. Si indigna hasta la

barbarie y ajena del carácter compasivo de los peruanos fué la conducta

del sitiador, no menos vituperable encontrará el juicio de la historia

la conducta del gobernador de la plaza.

Rodil estaba resuelto a prolongar la resistencia; pero su coraje desmayó

cuando, en los primeros días de enero de 1826, se vió abandonado por su

íntimo amigo el comandante Ponce de León, que se pasó a las filas

patriotas, y por el comandante Riera, gobernador del castillo de San

Rafael, quien entregó esta fortaleza a los republicanos. Ambos poseían

el secreto de las minas que debían hacer explosión cuando los patriotas

emprendiesen un asalto formal. Ellos conocían en sus manores detalles

todo el plan de defensa imaginado por el impertérrito brigadier. La

traición de sus amigos y tenientes había venido a hacer imposible la

defensa.

El 11 de enero se dió principio a los tratados que terminaron con la

capitulación del 23, honrosa para el vencido y magnánima para el

vencedor.

Las banderas de los regimientos Infante don Carlos y Arequipa, cuerpos

muy queridos para Rodil, le fueron concedidas para que se las llevase a

España. De las nueve banderas españolas tomadas en el Callao, dispuso el

general La Mar que una se enviase al gobierno de Colombia, que cuatro se

guardasen en la Catedral de Lima, y las otras cuatro en el templo de

Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de las armas peruanas.

¿Se conservan tan preciosas reliquias? Ignoro, lector, el contenido de

la pregunta.

Tradiciones peruanas · 第 58 / 96 题