I
Cuentan que un fraile con ribetes de tuno y de filósofo, administrando
el sacramento del matrimonio, le dijo al varón:
_Ahí te entrego esa mujer:_
_trátala como a mula de alquiler,_
_mucho garrote y poco de comer._
Otro que tal debió ser el que casó en Lima al platero Román, sólo que
cambió de frenos y dijo a la mujer:
_Ahí tienes ese marido:_
_trátalo como a buey al yugo uncido_
_y procura que se ahorque de aburrido._
Viven aún personas que conocieron y trataron al platero, a quien
llamaremos Román; pues causa existe para no estampar en letras de molde
su nombre verdadero. El presente sucedido es popularísimo en Lima y te
lo referirá, lector, con puntos y comas, el primer octogenario con quien
tropieces por esas calles.
La mujer de Román, si bien honradísima hembra en punto a fidelidad
conyugal, tenía las peores cualidades apetecibles en una hija de Eva.
Amiga del boato, manirrota, terca y regañona, atosigaba al pobrete del
marido con exigencias de dinero; y aquello no era casa, ni hogar, ni
Cristo que lo fundó, sino trasunto vivo del infierno. Ni se daba
escobada, ni se zurcían las calcetas del pagano, ni se cuidaba del
puchero, y todo, en fin, andaba a la bolina. Madama no pensaba sino en
dijes y faralares, en bebendurrias y paseos.
A ese andar, la tienda y los haberes del marido se evaporaron en menos
de lo que se persigna un cura loco, y con la pobreza estalló la guerra
civil en esa república práctica que se llama matrimonio. Los cónyuges
andaban siempre a pícame Pedro que picarte quiero. Por quítame allá esta
paja se tiraban los cacharros a la cabeza, a riesgo de descalabrarse, y
no quedaba silla con palo sano. A bien librar salía siempre el bonachón
del marido llevando en el rostro reminiscencias de las uñas de su
conjunta persona.
Este matrimonio nos trae al magín un soneto que escribimos, allá por los
alegres tiempos de nuestra mocedad, y que, pues la ocasión es tentadora
para endilgarlo, ahí va como el caballo de copas:
_Caséme por mi mal con una indina,_
_fresca como la pera bergamota;_
_trájome suegra y larga familiota_
_y por dote su cara peregrina._
_A trote largo mi caudal camina_
_a sumergirse en una sirte ignota;_
_pronto he de hacer con ella bancarrota,_
_salvo que encuentre una boyante mina._
_Un diablo pedigüeño anda conmigo;_
_es ¡dame! su perenne cantinela,_
_y así estoy en los huesos, caro amigo._
_¿Qué me dices? ¿Mi afán te desconsuela?_
--_Dígote, don Peruétano, que digo,_
_que aquella no es mujer... es sanguijuela._
No recuerdo a quién oí decir que los mandamientos de la mujer casada
son, como los de la ley de Dios, diez:
El primero, amar a su marido sobre todas las cosas.
El segundo, no jurarle amor en vano.
El tercero, hacerle fiestas.
El cuarto, quererlo más que a padre y madre.
El quinto, no atormentarlo con celos y refunfuños.
El sexto, no traicionarlo.
El séptimo, no gastarle la plata en perifollos.
El octavo, no fingir ataque de nervios ni hacer mimos a los primos.
El noveno, no desear más prójimo que su marido.
El décimo, no codiciar el lujo ajeno.
Estos diez mandamientos se encierran en la cajita de los polvos de
arroz, y se leen cada día hasta aprenderlos de memoria.
El quid está en no quebrantar ninguno, como hacemos los cristianos con
varios de los del Decálogo. Sigamos con el platero.
Una mañana, después de haber tenido Román una de esas cotidianas zambras
de moros y cristianos, gutibambas y muziferreras, se dijo:
--Pues, señor, esto no puede durar más tiempo, que penas más negras que
las que paso con mi costilla no me ha de deparar su Divina Majestad en
el otro mundo. Bien dijo el que dijo que si el mar se casase había de
perder su braveza, y embobalicarse. Decididamente, hoy me ahorco.
Y con la única peseta columnaria que le quedaba en el bolsillo, se
dirigió al ventorrillo o pulpería de la esquina y compró cuatro varas de
cuerda fuerte y nueva, lujo muy excusable en quien se prometía no tener
ya otros en la vida.