En tanto que el sepulturero abría la zanja, una brisa fresca y retozona
oreaba el rostro del muerto, quien ciertamente no debía estarlo en
regla, pues sus músculos empezaron a agitarse débilmente, abrió luego
los ojos y, al fin, por uno de esos maravillosos instintos del organismo
humano, hízose cargo de su situación. Un par de minutos que hubiera
tardado nuestro español en volver de su paroxismo o catalepsia, y las
paladas de tierra no le habrían dejado campo para rebullirse y
protestar.
Distraído el sepulturero con su lúgubre y habitual faena, no observó la
resurrección que se estaba verificando hasta que el muerto se puso sobre
sus puntales y empezó a marchar con dirección a la puerta. El buho de
cementerio cayó accidentado, realizándose casi al pie de la letra
aquello que canta la copla:
_el vivo se cayó muerto
y el muerto partió a correr._
Encontrábase don Gil en la sala de San Ignacio vigilando que los
topiqueros no hiciesen mucho gasto de azúcar para endulzar las tisanas
cuando una mano se posó familiarmente en su hombro y oyó una voz
cavernosa que le dijo: ¡Avariento! ¿Dónde está mi mortaja?
Volvióse aterrorizado don Gil. Sea el espanto de ver un resucitado de
tan extraño pelaje, o sea que la voz de la conciencia hubiese hablado en
él muy alto, es el hecho que el infeliz perdió desde ese instante la
razón. Su sacrílega avaricia tuvo la locura por castigo.
En cuanto al español, quince días más tarde salía del hospital
completamente restablecido, y después de repartir en limosnas las
peluconas, causa de la desventura de don Gil, tomó el hábito de lego en
el convento de los padres descalzos, y personas respetables que lo
conocieron y trataron nos afirman que alcanzó a morir en olor de
santidad, allá por los años de 1812.