El excelentísimo señor don Manuel Guirior, natural de Navarra y de la
familia de San Francisco Javier, caballero de la Orden de San Juan,
teniente general de la real armada, gentilhombre de cámara y marqués de
Guirior, hallábase como virrey en el nuevo reino de Granada, donde había
contraído matrimonio con doña María Ventura, joven bogotana, cuando fué
promovido por Carlos III al gobierno del Perú.
Guirior, acompañado de su esposa, llegó a Lima de incógnito el 17 de
julio de 1776, como sucesor de Amat. Su recibimiento público se
verificó con mucha pompa el 3 de diciembre, es decir, a los cuatro meses
de haberse hecho cargo del gobierno. La sagacidad de su carácter y sus
buenas dotes administrativas le conquistaron en breve el aprecio
general. Atendió mucho a la conversión de infieles, y aun fundó en
Chanchamayo colonias y fortalezas, que posteriormente fueron destruidas
por los salvajes. En Lima estableció el alumbrado público con pequeño
gravamen de los vecinos, y fué el primer virrey que hizo publicar bandos
contra el diluvio llamado juego de carnavales. Verdad es que, entonces
como ahora, bandos tales fueron letra muerta.
Guirior fué el único, entre los virreyes, que cedió a los hospitales los
diez pesos que, para sorbetes y pastas, estaban asignados por real
cédula a su excelencia siempre que honraba con su presencia una función
de teatro. En su época se erigió el virreinato de Buenos Aires y quedó
terminada la demarcación de límites del Perú, según el tratado de 1777
entre España y Portugal, tratado que después nos ha traído algunas
desazones con el Brasil y el Ecuador.
En el mismo aciago año de los tres sietes nos envió la corte al
consejero de Indias don José de Areche, con el título de superintendente
y visitador general de la real Hacienda, y revestido de facultades
omnímodas tales, que hacían casi irrisoria la autoridad del virrey. La
verdadera misión del enviado regio era la de exprimir la naranja hasta
dejarla sin jugo. Areche elevó la contribución de indígenas a un millón
de pesos; creó la junta de diezmos; los estancos y alcabalas dieron
pingües rendimientos; abrumó de impuestos y socaliñas a los comerciantes
y mineros, y tanto ajustó la cuerda que en Huaraz, Lambaveque, Huánuco,
Pasco, Huancavelica, Moquegua y otros lugares estallaron serios
desórdenes, en los que hubo corregidores, alcabaleros y empleados reales
ajusticiados por el pueblo. «La excitación era tan grande--dice
Lorente--que en Arequipa los muchachos de una escuela dieron muerte a
uno de sus camaradas que, en sus juegos, había hecho el papel de
aduanero, y en el llano de Santa Marta dos mil arequipeños osaron,
aunque con mal éxito, presentar batalla a las milicias reales.» En el
Cuzco se descubrió muy oportunamente una vasta conspiración encabezada
por don Lorenzo Farfán y un indio cacique los que, aprehendidos,
terminaron su existencia en el cadalso.
Guirior se esforzó en convencer al superintendente de que iba por mal
camino; que era mayúsculo el descontento, y que con el rigorismo de sus
medidas no lograría establecer los nuevos impuestos, sino crear el
peligro de que el país en masa recurriese a la protesta armada,
previsión que dos años más tarde y bajo otro virrey, vino a justificar
la sangrienta rebelión de Tupac-Amaru. Pero Areche pensaba que el rey lo
había enviado al Perú para que, sin pararse en barras, enriqueciese el
real tesoro a expensas de la tierra conquistada, y que los peruanos eran
siervos cuyo sudor, convertido en oro, debía pasar a las arcas de Carlos
III. Por lo tanto, informó al soberano que Guirior lo embarazaba para
esquilmar el país y que nombrase otro virrey, pues su excelencia maldito
si servía para lobo rapaz y carnicero. Después de cuatro años de
gobierno, y sin la más leve fórmula de cortesía, se vió destituido don
Manuel Guirior, trigésimo segundo virrey del Perú, y llamado a Madrid,
donde murió pocos meses después de su llegada.
Vivió una vida bien vivida.
Así en el juicio de residencia como en el secreto que se le siguió,
salió victorioso el virrey y fué castigado Areche severamente.