Lucas de Valladolid era un mestizo, de la ciudad de Huamanga, que
ejercía en Lima el oficio de platero. Obra de sus manos eran las mejores
alhajas que a la sazón se fabricaban. Pero el maestro Lucas pecaba de
generoso, y en el juego, el vino y las mozas de partido derrochaba sus
ganancias.
Los padres agustinos le dispensaban gran consideración, y el maestro
Lucas era uno de sus obligados comensales en los días de mantel largo.
Nuestro platero conocía, pues, a palmos el convento y la iglesia,
circunstancia que le sirvió para realizar el robo de la Custodia, tal
como lo dejamos referido.
Dueño de tan valiosa prenda, se dirigió con ella a su casa, desarmó el
sol, fundió el oro y engarzó en anillos algunas piedras. Viendo la
excitación que su crimen había producido, se resolvió a abandonar la
ciudad y emprendió viaje a Huancavelica, enterrando antes en la falda
del San Cristóbal una parte de su riqueza.
La esposa del intendente Solá era limeña, y a ésta se presentó el
maestro Lucas ofreciéndole en venta seis magníficos anillos. En uno de
ellos lucía una preciosa esmeralda, y examinándola la señora, exclamó:
«¡Qué rareza! Esta piedra es idéntica a la que obsequié para la Custodia
de San Agustín».
Turbóse el platero, y no tardó en despedirse.
Pocos minutos después entraba el intendente en la estancia de su esposa,
y la participó que acababa de llegar un expreso de Lima con la noticia
del sacrílego robo.
--Pues, hijo mío--le interrumpió la señora--, hace un rato que he tenido
en casa al ladrón.
Con los informes de la intendenta procedióse en el acto a buscar al
maestro Lucas; pero ya éste había abandonado la población. Redobláronse
los esfuerzos y salieron inmediatamente algunos indios en todas
direcciones en busca del criminal, logrando aprehenderlo a tres leguas
de distancia.
El sacrílego principió por una tenaz negativa; pero le aplicaron
garrotillo en los pulgares o un cuarto de rueda, y canto de plano.
Cuando el virrey recibió el oficio del intendente de Hancavelica
despachó para guarda del reo una compañía de su escolta.
Llegado éste a Lima, en enero de 1744, costó gran trabajo impedir que el
pueblo lo hiciese añicos. ¡Las justicias populares son cosa rancia por
lo visto!
A los pocos días fué el ladrón puesto en capilla, y entonces solicitó la
gracia de que se le acordasen cuatro meses para fabricar una Custodia
superior en mérito a la que él había destruido. Los agustinos
intercedieron y la gracia fué otorgada.
Las familias pudientes contribuyeron con oro y nuevas alhajas, y cuatro
meses después, día por día, la Custodia, verdadera obra de arte, estaba
concluída. En este intervalo el maestro Lucas dió en su prisión tan
positivas muestras de arrepentimiento que le valieron la merced de que
se le conmutase la pena.
Es decir, que en vez de achicharrarlo como a sacrílego, se le ahorcó muy
pulcramente como a ladrón.